Verano del 52

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Si uno volviera a ser niño y tuviera que elegir su veraneo favorito elegiría el que describe Gerald Durrell en Mi familia y otros animales. No sabe el Duende si es éste un libro para todas las edades o si cuando lo leyó, hará veinte o veinticinco años, aún latía mucha infancia bajo su aparente madurez. El caso es que lo recuerda como uno de los más apasionantes y divertidos de su biblioteca particular. Hubiera dado oro por atravesar marcha atrás el túnel del tiempo, reencarnarse en Geraldito y repetir la inolvidable aventura de viajar en los años veinte del pasado siglo desde su Inglaterra natal a la isla de Corfú. El libro, por lo demás, no tiene desperdicio: es la descripción con muy fino humor de una pintoresca familia británica, una crónica de viajes retrospectiva minuciosa y amenísima, y la narración del fascinante proceso de descubrir de la naturaleza por parte de un chaval despierto y capaz de asombrarse por casi todo. Durrell habla del mar Egeo, de algún paisano que creo que se llama Spyros, de burros, ratones, sapos, lagartos, lagartijas y peces, pero lo hace con tal genio y gracia que las criaturitas acaban siendo tan fascinantes como Ana Karenina o el comisario Maigret.

El Duende no llegaban en barco a su paraíso estival, sino en el directo, un autocar que hacía el trayecto Madrid-Arenas de san Pedro por la misma carretera que Pío Baroja siguió para escribir su novela La dama errante. El directo, normalmente cargado de paisanos y paisanas, cestos y hasta gallinas era infiel a su apodo, pues paraba en casi todos los pueblos. Y el viaje se hacía tan interminable como el de Durrell. Sorprendentemente uno no recuerda el calor, pero es fácil imaginar lo insoportable que se nos haría ahora un viaje así en un viejo autobús de línea renqueante con las ventanas abiertas como toda refrigeración. Una vez, al cruzar el puente sobre el Guadarrama que estaba en obras, el conductor detuvo el vehículo.

-Se bajen los viajeros -dijo en el mejor de los tonos posibles- Y, si no les sirve de molestia, lo pasen a pie, que la empresa no responde.

Todo lo compensaba, sin embargo, llegar a la casa de señor Paco, que era el casero. El señor Paco León era el guardia civil encargado de vigilar la cárcel, porque entonces en España aún había malvados y se les condenaba, qué cosas. Pero además tenía un hotelito de tres pisos. En el bajo vivia su familia y mantenían un bar con pista de baile y pikú. El del medio lo ocupaba la familia del Duende a la que se sumaban la tía Toly y el primo Juan. Y el alto estaba alquilado a otros veraneantes.

En la casa de al lado vivían dos gemelas que se llamaban Isabel y Pilarín, y un niño más pequeño que se llamaba Felisín. No había Cristianes, ni Sorayas, ni Vanessas entonces. Si había suerte nos invitaban a bañarnos en albercas para riego que había en las fincas vecinas. Si sólo había fuerzas -porque coches no había-nos estirábamos hasta el río Cuevas, que pasa por el pueblo, o hasta el Pelayo. Ahí había una poza natural de color esmeralda que ofrecía un baño de príncipes. Le llamaba el Charco Verde. Junto con Valen y Toñi, n dos de los hijos del señor Paco y la señora Mercedes, íbamos a los aserraderos de pinos y cogíamos listones sobrantes para construirnos puñales y espadas de madera. Por la mañana, dábamos vuelta al manubrio de la heladera del señor Paco para fabricar la leche helada. Creo que echábamos horas, pero al final nos lo premiaban con un vasito de aquella ambrosía de dioses, deliciosa y refrescante. Eso sí, era el vaso más pequeño, de diez céntimos. Por la tarde regábamos la pista terriza para preparar el baile. Por el pikú sonaban las hermanas Fleta, La Cumparsita, España Cañí y puede que Gloria Lasso y Luis Mariano. En uno de esos veranos el primo Juan, que ya era un mozo y tenía una nuez prominente, se echó novia.

-Mira, el Juan ye le muerde la oreja a la Maribel-comentaba la Merce mientras les veía bailar agarraditos.

No escuchaba el rumor de las olas, como Gerald Durrell, sino el insistente cantar de las chicharras, que era el animalito que teníamos más a mano. Aquello no era Saint Tropez ni Costa de los Pinos, ni el Duende navegaba en más barcos que los que moldeaba con la navajilla en cortezas de los pinos resineros. No era un veraneo literario, ni propio de la beautifull people, pero era un tiempo feliz. Quizás porque, cuando despertaba por la mañana, sólo había que pensar en jugar, y además tenía toda la vida por delante.

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8 Responses to “Verano del 52”


  1. 1 Trini agosto 6, 2008 en 12:07 pm

    Ay, el Duende cita uno de mis libros de cabecera. Le daré una gozosa nueva, si no lo sabe ya: es una trilogía, esto es, hay otros dos de lo mismo, tan buenos como ése, “Bichos y demás parientes” y “El jardín de los dioses”. Item más, entre la abundosa producción de Durrell, don Gerald, permítame recomendar “Un novio para mamá y otros relatos”, todos cuentos divertidísimos; de ellos yo destacaría “Un loro para el párroco” (la caridad cristiana y el sentido del humor del padre Bonete sabrán apreciarlo) y “Fred, un toque del cálido Sur” (le gustará a Doña María). Me encantaría saber qué les han parecido a los habitantes del bosq “Un loro para el párroco”

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  2. 2 Trini agosto 6, 2008 en 12:08 pm

    Del bosque del Duende, quería decir: el teclado se me ha puesto un poco torero.

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  3. 3 MARIBEL agosto 7, 2008 en 7:29 am

    HOLA A TODOS!!!!! Yo desconozco ese libro pero por lo descrito me imagino que seria fascinante yo hasta casi los 80 no descubri el placer de la lectura, aunque me sabia todas las historias y pequños cuentos que veian en los libros de lectura del colegio(SENDA)pero si que tengo mis preciosos veranos en la playa con toda mi familia y la verdad son muy buenos recuerdos!!!!!! besos

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  4. 4 Charivari agosto 7, 2008 en 11:15 am

    Conozco y recuedo el libro de Durrell. Entonces me causó un sinfín de buenas sensaciones perfectamente descritas por el Duende, a veces he pensado en releerlo pero no quiero que me ocurra como con el Robinson de Foe, que leido en la cincuentena me resultó algo pesado y no me hizo alcanzar el gozo de entonces, en mi adolescencia, cuando era libro de cabecera que releía una y otra vez.
    Aquellos veranos fueron geniales porque -creo yo- a los niños les dejaba ser niños: jugar, soñar y ser libres aquellos casi ¡tres meses!

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  5. 5 gatablanca agosto 7, 2008 en 2:30 pm

    ¿Y qué me decís del capítulo de los escorpiones bebés en la caja de cerillas? ¿Y del paisano que le daba clases al joven Gerald? ¿Y los increíbles amigos de su hermano Larry, el más tarde afamado escritor Lawrence Durrell? Son de esos libros con los que te desternillas. Os recomiendo “Atrápame ese mono” y “Murciélagos dorados y palomas rosas”. Casi me gustan más todavía que los de Corfú. Por cierto, el de “Un novio para mamá..” no lo he leído. A ver si lo consigo.
    Es bonito recordar los veraneos de la infancia. Yo sí tenía playa en Cantabria, y vacas que ordeñar y llevar al río para que bebieran y al “prao” a pasar el día. Y por la tarde el recorrido inverso. Y cuando se iba “a la hierba”, a segar primero, a darle la vuelta con la horca (“garia” le llaman los locales) un par de días después, a cargarla en el carro y llevarla al pajar. Para los mayores un trabajo enorme, pero para nosotros una gran diversión, revolcándonos entre los montones de heno, oliendo su maravilloso perfume. Y salir “a moras” con nuestras bolsas para hacer luego mermelada. Y las excursiones por el monte, cuando al volver, con el calor, nos metíamos en el río vestidos y todo. Para nosotros, niños de ciudad, aquello era el paraíso. Yo he intentado que mis hijos lo hicieran (bueno, vacas lecheras ya no hay), pero el ordenador y la Play son demasiada competencia. Supongo que en cada época lo suyo. Tampoco nosotros jugábamos con el aro ni íbamos vestidos de marineritos.

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  6. 6 Pilarkés agosto 8, 2008 en 7:54 am

    Que calorcillo más bueno se siente el el corazón, cada vez que tocas temas tán queridos.
    Descubri “Mi familia y otros animales” hace ya unos cuantos años, fue un regalo de mi marido, y me enamoré de Corfú y de la vida que en ella describe el autor.
    Los cuatro miembros que componemos mi familia, hemos leido la trilogia, y tambien “Un novio para mamá…”.
    Corfú pasó a ser para nosostros el símbolo del paraiso y de la felicidad. Así cuando el agobio me acecha, el grito de escape siempre es: “Me marcharé a Corfú y vais a ver todos…”
    En el verano del 2005, junto con mi marido y mis dos hijos, viajamos a Corfú.
    Tenia miedo de que al conocerla despues de 60 años de descrita en la novela, hubiera sucumbido al turismo y mi paraiso se esfumase.
    Fue maravilloso: Corfú conserva mucho de lo que Durrell encontró; tiene sabor salado de mar, de inmensos y aceitados olivares, de ropa tendida de lado a lado de la calle, de gentes sencillas y amables, de playas todavia desiertas y limpias, de cipreses, de cigarras, de sol…

    No solo no perdí mi paraiso, sino que: !!Mis queridos amigos: a mi familia “Siempre nos quedará CORFÚ”…!!

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  7. 7 filomeno agosto 12, 2008 en 6:20 pm

    El duende……¿No llegó a conocer al arenense Don Mariano Fernández Bermejo?

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  8. 8 El Duende de la Radio agosto 15, 2008 en 12:18 am

    Para responder a la pregunta de Filomeno, sí, lo conoció. Aunque más tarde, quizás hacia 1963. El Duende pasó dos etapas de veraneo arenense. Una entre 1950 y 1953 y una segunda entre 1958 y 1963. En esta segunda fase si tuvo cierto trato con Mariano, un chico despierto y muy simpático, buen jugador de fútbol, hijo del dueño de la gasolinera, y hermano de Pepita, que era una chica muy lista y muy agraciada. También recuerda el colegio que tuvo su abuelo, un hombre que vestía de negro y con corbata. El era, según se decía,dicen el republicano de la familia, de quien tal vez heredó el hoy ministro su credo izquierdista. En el solar del colegio, que era un edificio de cierta nobleza arquitectónica rodeado de un gran jardin, hoy se levantan…-¿lo adivinan?-horribles bloques de viviendas

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