Una caja de galletas es para siempre

 La mer, la mer, toujours recomencé…, dice Paul Valery en su Cimetier Marin. Y era verdad. Fue la gran sorpresa de descubrir el mar en el verano de 1954. Aquella eternidad de azul y sal incansable, en movimiento constante, dejaba al Duende sentado en la arena, estupefacto, largos ratos. Sólo la caprichosa versatilidad del fuego embelesa tanto. Las otras sorpresas eran más prosaicas. Una, las sábanas de la cama parecían siempre mojadas. Dos, el pan de Somo estaba gomoso. Tres, lo peor: no había manera de que mordieras las galletas sin encontrarlas blandas y húmedas. Y eso sólo se lo perdonas a la galleta cuando la has sumergido en el vaso de leche, de café o de chocolate. Lo demás es humillar a la galleta.

 Desde entonces una buena caja de galletas de chapa, de esas que cierran herméticamente y preservan de la humedad o sequedad excesivas, ha sido siempre un tesoro en la modesta hacienda de un hogar cualquiera. Un tesoro que, a su vez, sirve para guardar otros tesoros. El primero de ellos, la propia galleta, uno de los grandes inventos de la historia de la alimentación. Y cuando ya dispones de otra, también esos pequeños objetos útiles o de recuerdo grato. En una caja de galletas se guardan botones, llaveros, soldados de plomo, llaves, sellos, cromos, postales. Hay cajas de galletas convertidas en costurero donde aguardan su tarea carretes de hilo, dedal, cinta métrica, tijeras, alfileres, corchetes y agujas. Otras son pequeños escritorios. Otras, archivos de postales o fotografías. Las hay redondas, rectangulares, cuadradas, ovaladas. Y casi todas tienen una estética curiosa, a veces nostálgica, casi siempre entrañable.

 Fue de Ricardo García-Nieto la idea de coronar su invitación a Camprodón con el regalo de una caja de Galletas Birba al Duende y sus acompañantes. Sin que uno lo supiera, las galletas Birba son el producto emblemático de esa villa tan hermosa del Ripollés. Ricardo está casado con May Serratosa, una sobrina del Duende que ha superado una difícil prueba de salud con voluntad admirable. Alta, rubia, sonriente y con una espléndida figura, hoy luce un palmito de belleza de la jet-set. Sin exagerar. Gran idea la de las galletas, insisto, porque de esa ciudad uno recordará siempre su espectacular puente medieval y la elegancia incomparable del Paseo Maristany, con unos árboles que son monumentos botánicos. Junto con otros recuerdos de esos que uno va acumulando sin saber cómo, serán guardados éstos en la vistosa caja de Birba una vez que su delicioso contenido se haya consumido.

 Porque, recuérdenlo, una buena caja de galletas de chapa es casi como la mar que cantaba el poeta Valery. Para siempre…

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5 Responses to “Una caja de galletas es para siempre”


  1. 1 José Ramón agosto 11, 2008 en 12:17 pm

    En mi casa, en vez de la lata de galletas, eran las latas de Colacao, de esas de diseños diversos, incluido el famoso paisaje chino, y con la base común: los hermanos que acosan a la madre que trae el Colacao.
    Mis padres deben de conservar como cuatro o cinco: una para fotos, otra para costura, otra para tornillos, tuercas y clavos (guardados a su vez en botecitos de plástico de medicinas o de carretes de fotos), etc. Mi hermano y yo teníamos una para el fútbol de chapas, otra para los soldados, etc.
    A mí, ver las fotos de la lata de Colacao en casa de mis padres me gusta mucho más que verlas en un álbum, porque salen revueltas y desordenadas, y llenas de sorpresas. (Y ahora, cada vez más, ay, llenas de gente que ya no está).

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  2. 2 Angelus P. agosto 11, 2008 en 9:49 pm

    Yo iba a decir algo de esas otras cajas, pero ya lo ha dicho José Ramón, especialmente lo de las fotos.

    Yo tengo varias de las “danesas” para las diferentes tornillerías, tirafonderías y aditamentos metálicos varios. Tienen la ventaja de ser apilables…

    Pero mi primer recuerdo de una caja de galletas va mucho más allá, cuando comprábamos las galletas Cuétara a granel, y venían en una inmensa caja cúbica de hojalata con tapa redonda, que la lechera procuraba no enseñar los domingos, cuando sólo podía vender pan y leche…

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  3. 3 MARIBEL agosto 12, 2008 en 7:07 am

    Nunca me habia planteado lo de las cajas de galletas” y desde que he leido el post contando asi por encima me parece que tengo: sin exagerar lo menos 4 para los tazos de mi hija…fotos casi olvidadas ..hilos de coser..pintauñas…etc feliz dia!! besos

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  4. 4 Charivari agosto 12, 2008 en 10:15 am

    Como buena canaria trasladada a la península, no me puede faltar el gofio del que se ocupan de sutirme mis parientes isleños. ¿Y dónde mejor se va a conservar semejante harina deliciosa herméticamente cerrada para que no pierda ese característico aroma que te embriaga cada vez que la abres? en una caja de galletas de lata, ancestral, descolorida que guarda el gofio y mil sensaciones más.

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  5. 5 adela agosto 12, 2008 en 12:52 pm

    La mar, el fuego, sorpresas en una caja en forma de galletas, fotos, postales, soldados de plomo, hélices en forma de tuercas, moldes de galletas tambien metálicos, pinturas de colores, medias de seda o velas, que su llama será fuego que recordará la mar y la mar las cajas de galletas 🙂

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