El hombre que no supo bordar el amor

Foto de Ana999.rm)

El se enamoró de Judith en un taller de escritura. Era ya un hombre maduro, en esa edad en la que la gente entiende mucho mejor que te intereses por la numismática o por el bel canto que por una chica de ojos grises rasgados, fino talle y largas piernas blancas. A pesar de todo se enamoró. Se lo dijo decenas de veces: en prosa, en verso libre, en cuartetos, quintillas, décimas, madrigales, sonetos y en largos poemas que aprovechaban, lección por lección, las clases de literatura práctica. Ella consentía calladamente, sin excesivos arrebatos de pasión, pero sonriendo siempre.

 Al poco, le dedicaba algún cuento breve lleno de metáforas sugerentes. El le pedía algo más, pero ella parecía disfrutar apurando su papel de seductora inexpugnable.

 Con los años, y después de mucho trabajo, él consiguió encerrar todo su amor por ella en una voluminosa novela romántica ambientada entre los lagos de Escocia, las ruinas de Petra y el casino de Cartagena, donde el protagonista renuncia a ver una apuesta de dos mil euros con escalera de color de mano por puro despiste, al recibir justo en ese momento una llamada telefónica de Judith. Judith sólo le dirá me caes bien, pero el hombre, fuera de sí, no ve los dos mil euros. La novela se alargó hasta novecientas setenta y cinco páginas, y eso sin contar el prólogo de Sempronio Sistal -pseudónimo de sí mismo- que redundaba en el mismo tema durante cuarenta páginas más. Para que no hubiera lugar a dudas, el título de la novela era Yo amo a Judith desesperadamente. Pese a lo cual no consiguió sino que ella le llamara por teléfono para anunciarle una mala noticia.

-Ya he notado que me amas -se ve que la chica era muy perspicaz-Pero para saber si es verdad, deberías de seguirme allá donde vaya y demostrar que eres el hombre perfecto para mí.

Judith abandonó el taller de literatura y se apuntó a una escuela de bordado, punto, ganchillo y macramé. Entretanto él, a punto de cumplir sesenta, abandonó la escritura para matricularse en esta nueva escuela. Pero  a pesar de sus buenas intenciones, sus progresos fueron escasos. Cansado de pelear por ella, le pidió una última prueba para poder demostrar que era el hombre de su vida. Y Judith aceptó la propuesta.

 -Ven mañana a casa a las seis de la tarde.

 Llegó a las seis y cuarto porque antes tenía que ir al oculista, y éste se retrasó. Judith le recibió con sendos besos en las mejillas, le dio un paño de hilo rectangular del tamaño de una servilleta, una aguja y varios carretes de hilo de distintos colores.

-Ahora vas a poder demostrar lo que yo te inspiro -dijo abriendo las puertas de una habitación e invitándole a pasar dentro.

El suspiró y sonrió con visible satisfacción. Quiso abrazarla, pero ella dio un paso atrás y le señaló el paño de hilo.

-No te hagas ilusiones. Como escritor prometías algo, pero con la aguja y el dedal aún no me has demostrado nada. Te quedarás solo encerrado en esta habitación, y durante una hora bordarás en este paño algo que no me haga dudar de tu valía.

 Los diez primeros minutos se quedó tan estupefacto que no pudo reaccionar. Luego pensó durante algunos más. Y finalmente se puso manos a la obra, olvidando que el oculista le acababa decir que su vista cansada reclamaba una nuevas gafas. Cuando Judith reabrió la puerta una hora después, le encontró como un loquito, con los ojos estrábicos mirando muy de cerca a la aguja que intentaba inútilmente enhebrar.

 -Quería haberte bordado Eres una hija de puta, darling- le soltó a Judith completamente desquiciado- Pero, como tú misma sospechas, nadie es perfecto…

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5 Responses to “El hombre que no supo bordar el amor”


  1. 1 maribel agosto 31, 2008 en 10:00 am

    ¿como que no supo bordar el amor? esa mujer era IDIOTA…..pero en que estaba pensando? las mujeres no queremos un hombre que nos borde para eso estan las reuniones con las amigas y de paso criticar a los hombres no? menuda paciencia…menos mal que gracias a dios las mujeres tenemos mas horizontes que antes!!!!!! besos

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  2. 2 José Ramón agosto 31, 2008 en 4:14 pm

    Enhebrar una aguja es bien difícil. A mí, que sólo sé “pegar” botones, o me sale en los primeros veinte segundos o ya me puedo olvidar.

    La Judith es tonta. Eso por supuesto. Y el novelista, un poco pesado. Menudo novelón que le salió. Y lo del autoprólogo es muy vanidoso, ¿no? Yo le veo muy pestiño. Lo que le hubiera salvado habría sido la frasecita bordada, pero como no le salió…

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  3. 3 Charivari agosto 31, 2008 en 9:41 pm

    Yo hubiera terminado el relato con la frase bordada en el trozo de panamá.

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  4. 4 adela agosto 31, 2008 en 11:40 pm

    Lo que no acabo de comprender es lo que le pasa a uno de sesenta por la cabeza…para apuntarse a un curso de bordados,punto, ganchillo y macramé y menos por petición de una mujer abusadora del amor hacia ella, pero claro es una história, lo más frecuente sería que él le dijese a ella déjalo todo y sígueme al fin del mundo y si no es que no me amas. Si él hubiese cogido un pintalábios de ella y hubiese escrito sobre el pañuelo “que te den morcillas darling” reposando sobre la almohada, le habría quedado bordado 🙂

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  5. 5 Bob de Ca's Barber septiembre 2, 2008 en 4:29 pm

    Tal ves cada dia
    nos crusamos pol la calle,
    tal ves eres mi vesina
    y no acabamos de encontra la manera
    de hablarnos
    Puede ser no hayas nasido
    o que estés muy lejos
    o…que seas una niebla
    o un rayo de sol de junio!
    o una flor serrada.
    Tal ves estés cansada
    y seas felis
    o tal vez vivas en un convento!
    o hagas macramé o ganxillo
    O puede ser, que, Dios mio!
    te haya besado la muerte.
    O tal ves eres un sueño
    que solamente existe para mi.

    Ah ha! eso lo dise Guillem D’Efak, que entiende de bordar en los ratos libres yo soy mas peresoso!! 🙂 🙂

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