Archivos para 30 septiembre 2008

Croquetas frente a la crisis

El presidente Zapatero está reunido con sus dos vicepresidentes (vicepresidente y vicepresidenta). Y, como es lógico después del fiasco del plan Bush para salvar la economía, dan vueltas a cómo vadear la crisis. En esto tercian las croquetas de Puri, que el Tesoro Público ha sacado a colación en una campaña de publicidad y que tanto ha mosqueado a la ministra de Igualdad. Qué error, qué inmenso error: abundan en la imagen de la mujer que ella trata erradicar. ¿Una mujer que hace croquetas? ¿De qué estamos hablando? Puri se dedica a la física cuántica, a la investigación de células madre o, como poco, a hacer desmontes con la pala excavadora. El presidente da la razón a Bibiana Aído, pero, como gran prestidigitador dialéctico, da la vuelta a la croqueta y ve en ella una buena idea -¡al fin!-para aliviar la situación que nos aflige. Recordemos el valor de la croqueta -le dice a Solbes- Difundamos el mensaje de que la desaceleración -nunca crisis- es más llevadera si las familias (y los familios) aprovechan a fondo el hueso del jamón, el pescuezo del pollo y las raspas del pescado para dar más sabor a este espléndido plato de la cocina tradicional. Contra el muermo de los pusilánimes y el catastrofismo de los antipatriotas, croquetas, croquetas para el bienestar.

Esto es un delirio, o una parida de las que Javier Capitán y el Duende aún se guisan a diario. Pero tiene su sustancia. Mientras que Forest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, el Duende piensa que cada día es como una croqueta. El rebozo pinta más o menos parecido, pero luego le metes el diente y la cremosidad y el sabor de la bechamel marcan las diferencias.

Curiosamente en croquetas los grades pontífices como Adriá, Arzac o Subijana tienen mucho menos cartel que la Puri del spot o nuestra madre, pues de la misma manera que todos los españoles creen jugar al mus mejor que nadie, las croquetas que hacían sus mamás son siempre las mejores del mundo. Sólo tenían un inconveniente, al menos en los tiempos de austeridad que marcaron aquellas infancias de posguerra: eran demasiado pocas. En las cenas de familias numerosas, raramente sobraban, con lo que eliminaban el placer de la tornacroqueta, esa croqueta trasnochada que, a mitad de la mañana siguiente y con un vaso de vino, hace un tentempié insuperable. La croqueta, como el frito de merluza, es de los pocos manjares que dejá vue, gusta tanto o más que la primera vez.

En su simpleza, la croqueta -o cocreta, o cocleta, que de todas formas se dice- nos acabará dando una lección de filosofía práctica. Y es que no hace falta gastar mucho para ser feliz en la mesa. Al menos los diez minutos que puede durar un plato de ese manjar del que, como santa Bárbara, sólo nos acordamos cuando truena la economía.

Una dama entre hoyancos

Poyales del Hoyo

Poyales del Hoyo

(Foto de Joyanco)

Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de Chejov. Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de Antequera, pero ha ido a dar por lo que al sur de Avila llaman las vegas del Hoyo. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de Poyales del Hoyo, un pueblín tranquilo y guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre Arenas de San Pedro y Candeleda. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de Pío Baroja, que en su novela La dama errante describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la comarcal Alcorcón-Plasencia. El impío don Pío, como le llamaban los observadores del antiguo Indice de los libros prohibidos, mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?

-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.

Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia joyancos. Lo cual al Duende le remite al pueblo de Julio César Iglesias, zamorano de Fermoselle, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban foyacos o follacos, que malsuenan igual. Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo fermoso que podría resultar el gentilicio de Julio.

Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de Jódar, los de La Mamola, los de Guarromán, los de Cabezón de la Sal y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama Las Puercas.

En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran Federico García Lorca también bebió de un pueblo que se llamaba Asquerosa, donde su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama Villarrubia o Valderrubia, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: primum vivere, deinde filosofare.

La estatura de Paul Newman

Tendrán que hacer con la de Paul Newman otra cara como las de Mount Rushmore – piensa Homper. Ha visto Homper esas caras, como las hemos visto todos, en muchas películas. Cuatro enormes rostros tallados en las rocas, que corresponden a Washington, Jefferson, F. Rooswelt y Lincoln. Se supone que era grande el mérito de los así representados, pero…¿y el de los canteros que los esculpieron? No han pasado a la historia, aunque los dueños de esos rostros sí lo hicieron. Fueron políticos. Y a pesar de eso, pásmense, héroes de la joven nación estadounidense.

Los americanos son así, tienen sus héroes y están encantados con ellos. Hasta John Wayne, vaquero eterno apodado el Duke, sobrevive en una estatua ecuestre en el pueblo donde nació. Wayne era alto, y en sus western crepusculares claramente barrigón. El caballo le quedaba canijo, como de juguete (casi todos los caballos de las películas del oeste lo son, fíjense), pero aunque en Europa nos cargaba por ser de derechas y amigo de los boinas verdes, en el país del tío Sam era considerado como un símbolo. Y allá -o más allá- le tienen, inmortal en su estatua, como si de un emperador romano se tratara.

Había sin embargo en Wayne un pelo de gañanía y unos andares de chusquero que le impedirían ascender hasta el Olimpo. Se entiende que los dioses, además de sabios, inteligentes y bellos, deben irradiar bondad y nobleza, y de entre todos los astros del cine nadie se pudo comparar en este aspecto con Paul Newman. Sus azules ajos hacían derretirse a las mujeres. Su sonrisa, directamente, las desmayaba. Homper mismo ha tenido que hacer esta noche de SAMUR psicológico a distancia: alguien le había dicho que en el popular bloque de Los Arándanos su muy querida doña María cerraba un sobre destinado al Señor Juez conteniendo un lacónico mensaje. Señor juez, por la presente le comunico que servidora se dispone a suicidarse ingiriendo un cotail de Fairy con barbitúricos, pues con todos los respetos pa mi Manolo, la vida sin Paul Newman no tiene sentido. Se despide de usted suya afetísima suicida y servidora, María, gladiadora del hogar y gruesa de los nervios. No se precipite, María-le dijo Homper. Si usted se había enamorado de él sin verle jamás, ahora aún sentirá más intensamente. Porque vamos a tener Paul Newman hasta en la sopa.

No en la sopa, pero sí en una salsa con su rostro impreso en la etiqueta está desde hace tiempo el inolvidable actor. Como es sabido, creó una salsa que en Estados Unidos se vende como churros, y el dinero lo destinó a fines sociales. Por eso, y por sus excelencias como actor, nos caía bien incluso a los hombres. Sólo en Camino de perdición le recuerda uno de villano, pero su físico desparramaba tanta nobleza que costaba creer que sus víctimas no merecieran morir asesinadas.

Un amigo de Homper, más bajito que él, pero bastante más importante, asegura que en un ascensor de San Francisco coincidió con Newman, se puso a su lado y se quedó encantado al ver que le superaba en algún centímetro. Dará igual: desde la tierra  todos los del Olimpo parecen igual de altos. Aunque éste, por ser del mismo país donde esculpen a sus glorias en las montañas, merecería la misma grandilocuencia monumental aquí en la tierra como en el cielo.  Newman  del lado derecho, Newman de frente, Newman del lado izquierdo. Talladas en piedra y para la eternidad. Tres versiones como las de Mount Rushmore de un tipo más bien bajito que supo alcanzar la estatura de los dioses

¿Qué te vas a poner para la boda?

Le cuenta doña María al Duende que eso de la igualdad entre el hombre y la mujer es mu correlativo. En su jerga, quiere decir que regulín regulán, unas veces más y otras menos, y se apoya en el ejemplo de Meli, una vecina del bloque los Arándanos que se queja de que mientras los hombres llevan generaciones solucionando el problema de qué ponerse en las bodas con un traje oscuro del que nadie comenta nada, ellas tienen que desvivirse por aparentar que estrenan uno cada vez. Otra injusticia, otro sinvivir, otra poblemática más de de espaldas al pueblo y, mayormente, a la mujer.

Da la casualidad de que Meli trabaja como señora de la limpieza en el complejo de Moncloa, como llaman los periodistas al conjunto al palacio presidencial y los edificios anejos. Entre sus compañeras de trabajo causa asombro el fondo de armario de la principal impulsora de la igualdad, que es la vicepresidenta María

Fernández de la Vega... ¿vestida de Dña Maria?

Fernández de la Vega... ¿vestida de Dña María?

Teresa Fernández de la Vega. Ellas han hecho circular la leyenda de que bajo sus oficinas existe un túnel secreto que perforaron en la guerra civil para el asedio de Madrid que ha sido acondicionado como armario ropero de la vice. Ya ves si tiene fondo su armario pa que pueda estrenar un modelito cada vez que da una rueda de prensa. La vice tiene fama de trabajadora discreta y eficaz, y probablemente lo sea. Pero a Meli y a doña María no se les escapa que es, además muy coqueta. Tanto como profundo es su fondo de armario, donde deben de caber un número de  modelitos al  que las gladiadoras del hogar corrientes y molientes difícilmente podrán aspirar.

Así las cosas…¿cómo van a lucir igual todas las mujeres, si la más importante de las españolas parece que estrena un modelo cada día? Podía neutralizar esa injusticia la señora de la Vega insistiendo en que sus aliños indumentarios son  servidumbres del cargo, y difundiendo el mensaje de que las distancias entre el hombre y la mujer se acortarán cuando las doñasmarías pasen y puedan ponerse un único traje suntuario sin ser  objeto de comentarios malignos. Pero nadie dice eso, y tanto a Meli como a doña María se les presenta un otoño picudo. Ya ves –se quejan al Duende- Estamos en crisis, cuatro bodas a la vista y el armario de servidoras con menos fondo que una caja de bombones. ¿A qué espera Zapatero para ayudarnos a mantener la buena imagen de la mujer española?

Lo que nos faltaba. Un Cheque Model guay con cargo al déficit público  para que Meli, María y compañía se acerquen, al menos por el forro, al ideal igualitario que persigue nuestro gobierno. Y aún así, ellos en su traje oscuro reventón no ocultarán su tripa cervecera, mientras que ellas seguirán haciendo régimen por lucir buen tipo. ¡Ay, Señor, cuán largo es el camino de la igualdad!…

Diego I el Grande

Perplejo está hoy Homper por la falta de sensibilidad social. ¿Cómo es posible?-se pregunta- que no figure con letras de oro en el gran libro de la historia? ¿Cómo no se le ha levantado un monumento? ¿Cómo no se le estudia en las facultades de ciencias políticas? Y tira de ejemplos: Alfredo el Grande: rey de los anglosajones (849-901): Consiguió la unidad de Inglaterra. Federico el Grande (1712-1786): impulsó la prosperidad de Prusia tras la guerra de los Siete Años. Pedro el Grande (1672-1725), el gran reformador que modernizó Rusia y la abrió a Europa. Catalina la Grande (1684-1727), anexionó Crimea y gobernó difundiendo los principios de la Ilustración. En diversos y distantes puntos del globo terráqueo, todos los citados tienen un monumento que recuerda su aportación a la humanidad. Pero bien mirados -añade Homper- todos se quedan en nada cuando se les compara con Diego I el Grande.

Consulta el Duende la enciclopedia y no encuentra entrada alguna dedicada a este prócer. Lo que Homper, que se afana en hallar respuestas a todas sus perplejidades, está dispuesto a enmendar subiendo a la Wilkipedia una biografía que podría quedar más o menos así: Diego I, conocido como el Grande. Rey de la dinastía de los Desfachatoff especialmente relevante por su cinismo y caradura. Aportó a la historia de los gobernantes el dontancredismo, complementario de las virtudes de El príncipe de Nicolás de Maquiavelo, consistente en la facultad de mentir y desdecirse (dígase mejor “matizar lo dicho”) sin sentir el menor rasgo de vergüenza o remordimiento.

Aplicaciones recientes: Zapatero, Bermejo y Conde Pumpido ven con otra óptica a Arnaldo Otegui. Ya no es un hombre de paz, sino un terrorista. ANV deja de ser una organización política y pasa a ser un cubil de delincuentes. Gallardón olvida sus promesas faranoicas de convertir la orilla del Manzanares en los jardines de Babilonia y entierra el proyecto hasta que la crisis escampe. Y por último el ínclito, el prestigioso Pedro Solbes, el sabio de los sabios que, o no sabía nada de economía o lo que tenía no era un ojo caído, sino más bien los dos cerrados, dice que nunca negamos la crisis. Donde dije digo, digo Diego: Santa Coloma parió por un deo-remata Homper-y no me lo creo.

Lo dicho, tantos grandes con su estatua y con su hueco en la Enciclopedia y para este socorrido héroe civil ni una plaza, ni una calle, ni una mala estatuilla. ¿Para cuándo la reivindicación de Diego I el Grande?

Fantasmas encantadores

El Castrillin

El Castrillín

El arquitecto Carlos Aguayo, que es además un fino dibujante y acuarelista, comentó una vez que en la casa que comparte con su muy distinguida esposa Maribel en el asturiano concejo de Cudillero hay fantasmas. La casa es un sólido edificio de planta cuadrada arreglado con gusto y con el espacio y la pátina suficiente para que en él moren leyendas y retoce algún espectro travieso. De hecho varios huéspedes aportan testimonios de sus misteriosas visitas. Aldabonazos, ventanas que se abren solas, llamadas a la puerta del cuarto de baño que no hace nadie. No asustan, pero intrigantes sí que son, caramba.

Los dueños de la casa no le dan la menor importancia. El inquieto señor del Castrillín –es el nombre de la finca-que anda con el síndrome de la ansiedad del lápiz y lo garabatea todo a nada que encuentre un minuto de reposo, dice que no ha captado en sus cuadros una sola sombra sospechosa. A él, que no se le escapa una. Además hace unos meses realizó una prueba definitiva para despejar sus dudas. Por la noche dejó a la entrada dos bandejas con dos aperitivos distintos. En una bandeja preparó un plato de jamón de la sierra de Huelva en finas lonchas junto con una botella de Viña Ardanza de 1992. En la otra, un plato de mortadela de economato, de esa rosácea trufada con aceitunas, junto con una botella de Ponche Caballero. A la mañana siguiente la primera bandeja apareció intacta, mientras que no quedaba ni rastro del contenido de la segunda.

-No hay fantasmas, está claro-concluyó- No serían tan tontos como para elegir la bandeja número dos.

Anwar Rashid, un hombre de negocios árabe sólo ligeramente menos próspero que el arquitecto Aguayo, había comprado una mansión en Nottinghamshire por el módico precio de seis millones y medio de dólares. Se ha desprendido de ella porque dice que hay fantasmas. La noticia sorprende al menos por dos razones. La primera es que cómo podía imaginar Rashid que una mansión inglesa de categoría careciera, como mínimo, de un fantasma de plantilla. La segunda es que en realidad el hombre ha renunciado a su propiedad, pues había comprado la lujosa residencia con una hipoteca cuyos cuantiosos plazos no está dispuesto a pagar.

Y es que la crisis no es que esté fulminando al sector inmobiliario, sino que a este paso acabará hasta con los fantasmas. Homper se quedó perplejo hace unos días cuando un amigo que vive en un modesto chalet le contó un suceso vivido digno de un cuento de Nataniel Hawthorne o de Stevenson. El día de la gran granizada alguien llamó a la puerta de su casa. Contó que abrió y que se encontró a una dama de pelo blanco y porte distinguido, elegantemente vestida, que se protegía de la lluvia con un largo capote y un paraguas de puño de marfil labrado. Nada más verla comprendió que era un espíritu del pasado. La dama pidió refugio, y él le dejó pasar y le ofreció un te caliente. Lo aceptó encantada, y entraron en conversación. Y ella le contó que era un fantasma sin casa donde aparecerse.

-Ha venido esa enemiga que llaman hipoteca, que está imposible, y está acabando con mis colegas…¡Ya ve usted lo de Rashid en Clifton Hall!…¿Qué va a ser de nosotros?

El amigo de Homper la encontró tan educada y encantadora que le ha hecho un hueco en su chalet. Y antes de devolvérselo al banco, como el millonario Rashid, ha llegado a un acuerdo con ella y ahora es la mujer fantasma la que paga la mitad de su hipoteca.

La coronilla de Ibarreche

Una de las cosas que más perplejidad le causó en su día a Homper -el Hombre Perplejo, no lo olviden- fue un ascensor del Banco Santander donde por primera vez pudo verse al completo. No fue la suya una visión tan desalentadora como la del retrato de Dorian Gray, pero tampoco precisamente agradable. Los bancos siempre deben mostrar su opulencia en cualquier detalle. Y aquel ascensor no se conformaba con espejos en las cuatro paredes, que tanto alivian el gesto de bobo serio que indefectiblemente pone el viajante de Schindler, Otis Zardoya o Thyssen. Aquel ascensor lucía además un espejo en el techo que reflejaba en sus paredes la primera visión cenital del visitante.

-Horror-exclamó Homper-¡Me apunta una coronilla como la de Ibarreche!

El lendakari Ibarreche es el más alto representante del pueblo vasco. Eso no es incompatible con su aspecto de fraile figurante en El nombre de la rosa. En esa cabeza, lo que empezó siendo una digna tonsura monacal se va convirtiendo en un casquete polar que día a día gana paralelos hacia el sur. Sin embargo, la coronilla de Ibarreche es selectiva. Se supone que, a más superficie de la misma, mayor sensibilidad para el hartazgo. Y no es exactamente así.

El Lendakari está hasta la coronilla de España, el estado, la Constitución, el Tribunal Constitucional y la rigidez de esta democracia que no permite el ejercicio del derecho de autodeterminación. Pero sin embargo no parece que su coronilla extensiva llegue a percibir los excesos del nacionalismo que dan alas a ETA. Estos siempre le sorprenden como si él hiciera todo lo posible por evitar los desmanes terroristas. Si no, algún día declararía tajantemente que también está hasta la coronilla de ETA y sus marcas blancas, le den o le quiten votos y poder en el gobierno autonómico, los ayuntamientos y las diputaciones.

Otro alopécico vergonzante como Anasagasti descubrió que los etarras eran terroristas el día que su anciana madre casi se chamusca en un autobús urbano que incendió la llamada kale borroka. Hasta entonces quizá confundía a los cachorros de ETA con los boy scouts. Y Homper tampoco lo entiende. Cuántas coronillas, tan despejadas o más que la suya, y sin embargo tan insensibles para lo que no les interesa.

Homper hace tiempo que no ha vuelto por aquel ascensor delator. Y aún sin ese testimonio visual se ha dado cuenta de que con su calvicie también avanzan los límites de su paciencia. Por eso hoy puede afirmar con absoluta seguridad que está hasta la coronilla de todos los tontos, cínicos, hipócritas y engañabobos que cuando les convienen disfrazan la suya bajo la chapela.

-Ya se que no sirve de nada decirlo-aclara Homper-Pero en días tan aciagos como hoy, al menos desahoga…


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