Archivos para 31 octubre 2008

Desayuno sin diamantes

No paraba de sorprenderse Homper. Quizás se tomaba su nombre demasiado en serio, como si le predestinara para abrir los ojos, otear el horizonte y ver todos los días algo que le llevara a rascarse la mollera y asombrarse . Hombre perplejo, Homper, dime qué te preguntas hoy y te diré si filosofas. Sobre lo divino y lo humano, sobre las grandes cuestiones y las pequeñeces, sobre las hojas caídas en el otoño o sobre las causas de la crisis económica.

Y aquel día se preguntó qué sirvieron en el famoso Desayuno con diamantes.

Su amiga Chapita, tan coqueta y seductora, ni se lo había planteado. Desde hacía unos días vivía sin vivir en sí, porque en los medios se había anunciado a bombo y platillo que por fin Tiffany´s abría tienda en Madrid. Dios, cómo habremos podido vivir tantos años sin esa sofisticada joyería que Truman Capote y Audrey Heburn universalizaron. No es que Chapita necesitara demasiados aditamentos para hacer notar su poderío y su encanto, porque lo tenía todo. Por fuera y por dentro de su cuerpo, donde algún escultor de la silicona ya había dejado pruebas de su destreza. A las doce de la mañana de cualquier día el Audi conducido por Vidal, su mecánico -antiguamente chófer– se detendría ante el lujoso local de la calle de Ortega y Gasset, ya saben, el del hombre (y la mujer) son el hombre (y la mujer) y su circunstancia. Por cierto, que el pensador desde el más allá se preguntaba cómo él, el más profundo y sesudo filósofo de nuestro pasado siglo veinte sólo era para la mayoría la calle más pija de la capital.

-Tiene cojones-se quejaba a Platón– Tantos estudios en Alemania, tanta meditación, tantos años de El espectador y tanta Rebelión de las masas para que luego me acaben confundiendo con una marca de lujo.

Mucho me temo que sí, se decía Homper al ver salir a Chapita con la famosa caja azul de Tiffany´s. Ella la sacó de la bolsita y se la mostró apenas se reconocieron, se besaron y se fueron a desayunar a una cafetería cercana. Porque él, tan fetichista, nunca volvería a estar tan cerca de de emular al mito cinematográfico.

-Te invito a un desayuno…¿con diamantes?- le vaciló imitando la voz del doblador de George Peppard.

Ella se rió, y antes incluso de probar el café aclaró que la cajita azul no contenía el famoso diamantón amarillo de múltiples facetas coronado por ese pajarito azul moñudo, tan cursi, que es la joya de las joyas. Ni el famoso collar que lucía la impar Holy Golightly en la película, y que, por cierto, se expone en el escaparate de la tienda. Sino unos pendientes de apenas tres mil euros que, eso sí, se probó sin dejar de sacudir su rubia melena a diestra y siniestra y alargando sus morritos. Y no es que los pendientes fueran feos, se decía Homper, sino que en la mesa de al lado desayunaba Ana, aquella mujer de ojos claros a la que conoció veinte años atrás y que también diseñaba joyas más sencillas como las que esa misma mañana lucía su maravilloso cuello: un collar de plata que engastaba cuentas de vidrios erosionados por el vaivén de las olas y turquesas recogidas en las playas de Almería.

Y mientras Chapita largaba y largaba sobre lo ideal de la muerte que era la llegada de Tiffany´s a Madrid, a Homper se le iban los ojos a Ana viendo en ella a la mismísima Audrey Hepburn. Y se sorprendía del chollo de los emperadores del lujo con la bendita ingenuidad de sus clientas, cuando está claro que la única joya es esa mujer que sabe lucir con gracia y elegancia hasta una piedrecilla del arroyo, y hace bueno aquello de la mona vestida de seda que mona se queda.

Los paraguas son como la falsa moneda

(Foto de wheat in your hair)

-¿Ves? -le dijo al Duende su abuela Mercedes mientras le mostraba un lapicero con su capucha de metal- Me lo regaló el tío Augusto.

Lo único notable de esa observación es que el tío Augusto había muerto veinte años antes. Y que ese lápiz no era un portaminas, entonces objeto de escritorio realmente apreciable. Sino un Joan Sindel de esos cuyo olor impregnaba las papelerías antiguas. Entonces las cosas se hacían para durar. Aunque quizás no tanto como el lápiz, ya menguado por los años, que guardaba la abuela Mercedes como una reliquia.

La economía era antaño de tan buen conformar que no necesitaba fagocitar algo en uso para sustituirlo por un nuevo artículo. Entonces no se hablaba de la milonga esa que los vendedores llaman obsolescencia. Un reloj, una estilográfica y una máquina de coser eran para toda una vida.

Esas fidelidades marcaron a varias generaciones. Algunas de ellas hemos tolerado mal la cultura del usar y tirar, y hemos mantenido una larga relación con objetos como nuestro reloj de pulsera, nuestro transistor, nuestra maquinilla de afeitar eléctrica o aquella linterna de petaca que usaban los acomodadores de cine de la época y que alguien nos regaló el día de nuestra primera comunión. Pero aún con esa educación austera, pocos habrán mantenido consigo el mismo paraguas por muchos años.

El problema filosófico es saber quién es más infiel, si el paraguas que despista a su dueño o éste que lo olvida en cualquier paragüero. Aunque el resultado es siempre el mismo: todo el mundo, por cuidadoso que sea, pierde paraguas. Y a menudo usa como suyo uno que apareció en su casa, nunca fue reclamado por nadie y acaba siendo como esos amores que entran y salen en la vida de cada quisque sin avisar.

Tal vez, por no luchar contra los designios del destino y no quebrantar el derecho a la propiedad de nadie, debíamos de aceptar que cuando compramos un paraguas nuevo estamos haciendo una aportación a la comunidad. Un objeto que pasará de mano en mano, como el famoso regalo de boda del cuento de Chejov, y que tal vez, con el tiempo, acabe regresando a la de su legítimo propietario. Los alpinistas antiguos clavaban en su bastón unas chapitas con los nombres de los picos coronados con su ayuda. Algo parecido debíamos debíamos hacer con los paraguas. Por ejemplo, grabar nuestro nombre y la fecha en que lo abrimos por primera vez. Así, el siguiente propietario nunca pasearía solo bajo la lluvia.

Por cierto, el arquitecto Aguayo, que con otro nombre deja comentarios frecuentes en este blog, dice que se dejó el otro día un paraguas en la casa del Duende. Qué pena que sea el puño de aluminio, y no haya grabado en él su nombre para identificarlo. Pero tranquilo, que el paraguas es como la falsa moneda: de mano en mano va, y ninguno se lo queda. Quién sabe si en unos años, y después de muchos chaparrones, acaba volviendo a casa.

Paco Ibáñez canta a Zapatero

No era Homper un cristiano ejemplar ni un creyente a machamartillo. Pero estaba tan emocionado por el clamor de que Zapatero sea invitado a la Cumbre de Washington que aquella noche, antes de apagar la luz, se hincó de rodillas a los pies de su cama y mirando a la imagen del Niño Jesús de Praga que velaba sus sueños rezó como en su lejana infancia.

Jesusito de mi vida/ tú eres niño como y/ por eso te quiero tanto/ te ofrezco mi corazón/…¡Y te pido que a Zapatero/ le inviten a Washington!

Apagó la luz, se metió entre las sábanas y en los pocos minutos de vigilia antes de dormirse se preguntó perplejo cómo era posible que el presidente más de izquierdas que jamás conoció España suspirase por ser uno de los fundadores del nuevo capitalismo. Ni los Clicks de FAMOBIL, ni el disfraz de Batman, ni el Escalextric ni el último videojuego. Joseluisín quería ser parte del Cheminova del G 20, y demostrar que, así como era capaz de resucitar a los muertos, también lo sería de redimir al odioso becerro de oro herido por sus propios errores y torpezas.

Patriotismo obliga. Homper no sabía que, aunque el presidente cuestione el capitalismo, era consciente de que éste era el motor que movía el mundo. Lo sabía desde que, se le apareció Barbancio de Trebujena, apologeta del laicismo y de la revolución del proletariado, pero autor del opúsculo Cómo ser de izquierdas sin dejar de vivir como Dios, o la cuadratura del círculo. Barbancio no se anduvo por las ramas, y estuvo elocuente.

-Déjate de leches, José Luis. Con las cosas de comer no se juega. Así que trágate tu antiamericanismo y hazte un hueco en Washington para iluminar al memo de Bush, que no tiene ni puñetera idea de economía. Hazlo por España, por el progreso, sí, por la salvación del mundo.

Homper cayó rendido por el sueño. Y soñó, ¡oh sorpresa!, que en el Estado Vaticano, entre el fru frú de la vestiduras cardenalicias y las estancias perfumadas de santidad, cundía el nerviosismo. Se había convocado reunión de P-20, organización que agrupaba a los mandatarios paganos más importantes del mundo. Y Benedicto XVI, en un ataque de cuernos por no haber sido invitado, había ordenado que se pusiera en marcha la maquinaria diplomática para enmendar la afrenta.

Hasta la flemática Guardia Suiza, y los mismos ángeles de los cuadros de los Museos Vaticanos y del techo de la Capilla Sixtina se alborotaban por complacer al jefe. En lo más profundo del sueño, Homper escuchó una música que ambientaba aquella visión cuasicelestial. No era un Gloria de Vivaldi ni el Exsultate jubilate de Mozart, como cabía esperarse de la ocasión. Sino la voz de engrudo de Paco Ibáñez cantando algo revelador que despejó definitivamente la perplejidad de Homper.

Érase una vez un lobito bueno/ al que maltrataban todos los corderos/Había también un príncipe malo/ una bruja hermosa y un pirata honrado/ Todas estas cosas había una vez/ cuando yo soñaba un mundo al revés…

Todos podemos ser un poco Dudamel

Una pareja se entrega a un tórrido amor. En el culmen del orgasmo ella, fuera de sí, se retuerce y entre suspiros da rienda suelta a su ciega pasión: ¡Dios!…¡Dios!– exclama. ¡Vos podés llamarme Ricardo! -responde el caballero quitándose importancia.

El chiste, bueno o malo, sería políticamente incorrecto contado por un español. Pero en boca de un porteño tiene toda la gracia. Con todo, lo insólito es que no se escuchó tomando unas cañas o en la cola de las taquillas de un estadio de fútbol, sino en el ensayo semanal del coro Vía Magna, que, por cierto, se prepara con entusiasmo para cantar La Creación de Franz Joseph Haydn. Qué contraste, ¿no?

El chiste, claro, no era de una soprano ni de un tenor, sino de su director, Oscar Gershenssohn, un vehemente argentino que por su sensibilidad, su sentido del humor y hasta por su aspecto parece un calco de sus paisanos les Luthiers. Oscar suma a ello otras constantes del estereotipo con el que aquí imaginamos a los argentinos: pasión por el fútbol –Boca Juniors y, mucho me temo, Real Madrid son para él tan importantes como Bach o Beethoven– notable adicción al sexo, fascinación por el psicoanális y una irónica visión de la misión de su gloriosa patria en el mundo. Aún hay otro rasgo que matiza su peculiar personalidad, y es que Gershenssohn es judío woodyalleniano, lo cual le permite trufar sus ensayos de comentarios divertidos y de profunda cultura bíblica con apenas unos compases de por medio. El Duende puede certificar que entre cuarenta y cincuenta ciudadanos de ambos sexos, muchos de ellos jóvenes y algunos en la edad madura, sacrifican dos horas y media en el inicio del fin de semana para aprender y, de paso, divertirse haciendo música con él.

Su historia viene a cuento ahora que los premios Príncipes de Asturias acaban de reconocer el mérito de Juan Antonio Abréu, el impulsor del Sistema de Orquestas Jóvenes de Venezuela. Esta experiencia única, que ha conseguido llevar a la música clásica a muchos adolescentes sin recursos que probablemente se habrían convertido en delincuentes, ha generado un fenómeno llamado Gustavo Dudamel, presunto candidato, dicen, a dirigir la Orquesta Sinfónica titular en el Teatro Real. La música aprendida con rigor, pero también con el encanto que distingue a los grandes docentes, ha obrado lo que parece aún más imposible en el país dirigido por un milico mesiánico como Chávez.

Al Duende sin embargo no le parece menor la terapia que, en otros niveles, y salvando las distancias, administra Gershenssohn con su Via Magna. En su coro, y junto con el Duende, se reúnen gentes de muy distintas procedencias que pagan por cantar y ser simples ladrillos de esas catedrales sonoras que son las obras corales de los grandes compositores. Se puede ver en él, entre muchos otros, a una secretaria de Estado, a un astrónomo, a una funcionaria y a un empresario de Tomelloso. Este último, Antonio Morales Úbeda tiene estudios de guitarra, violín y piano, y además dirige su propio coro en la manchega ciudad donde el novelesco policía Plinio investigaba sus crímenes. Pero todos los viernes se pone al volante de su coche y hace cuatrocientos kilómetros en solitario para asistir al ensayo y cantar en perfecto alemán a Haydn. Qué lección.

Como se ve, todos estamos a tiempo de ser algo dudameles, y vivir en nosotros ese efecto maravilloso que nos permite sentirnos felices. Basta escuchar a los grandes genios con detenimiento, y buscar después a uno de esos abréus u óscares anónimos capaces de pastorear nuestras inquietudes y convertirlas pacientemente en ese milagro llamado música.

¿Saben que Moratinos también tiene blog?

Miguel Angel Moratinos no se limita a ser ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación. Se ha dado cuenta de que Internet es un escenario ideal para proyectar su lado humano, y ha estrenado un blog. Otro que le va a robar lectores al Duende. Del ministro sus críticos no cuentan precisamente lindezas diplomáticas, pero todos los que le conocen dicen sin embargo que es un hombre bondadoso, muy trabajador  y bien intencionado. También es famoso por su fino paladar y por su afición a los vinos de Burdeos. Lo proclamó en una entrevista con una inocencia impropia de su cargo y los bodegueros españoles se molestaron mucho. Cuánta susceptibilidad, Señor.

Al ministro Moratinos se le suponen muy firmes creencias, y una considerable dosis de voluntarismo humanista. Por ejemplo, está convencido  de que nuestra política exterior es la que más le conviene a España en función de su propia historia y de su posición geoestratégica. También cree en el Atlético de Madrid, algo quizás más sólido y trascendente que lo anterior.  El Duende  le aprecia casi más como forofo rojiblanco que como versión actualizada de Metternich.. Le tenía una gran simpatía cuando se batió el cobre como representante de la Unión Europea para el proceso de paz en Oriente Medio, pero recién nombrado ministro se atrevió a imitarle en su presencia en un acto público -es verdad que sin malas intenciones- y parece que la broma no le gustó demasiado. Al Duende también le molesta molestar, así que desde entonces cada vez que ve por televisión su  mofletudo rostro de cumulonimbo, se siente señalado por el dedo acusador del ministro ofendido. Es natural, pero él debe saber que los duendes no tienen por qué ser diplomáticos.

Ha huroneado el Duende en el blog del señor ministro y se ha quedado muy agradablemente sorprendido. No sólo con su diagramación, sino por lo muy variado de sus contenidos. Don Curro no sólo sube posts breves, pero muy claros, sobre aspectos de su labor al frente del ministerio. Sino que habla de sus viajes, de su música preferida, de sus libros favoritos y hasta da algunas recetas de cocina. Con el ministro le pasa a uno lo que con César Vidal, ese hombre orquesta con gafas de empollón  que, mientras flagela al gobierno desde la COPE, escribe libros a dos manos, publica novelas históricas cada diez minutos, acumula premios literarios y hasta tiene tiempo de hacer en la radio una muy sesuda crítica de música pop. ¿De dónde sacan el tiempo para todo lo que hacen o todo lo que dicen que hacen?

El caso es que hoy se asomó al Duende al blog de Moratinos y le extrañó no encontrar ningún post tratando de convencer Bush de que no sea tan borde y tenga la amabilidad de invitar a España a la cumbre económica del 19 de noviembre en Washington. Y es una pena, porque con lo simple que dicen que es el yankee, seguro que las justas palabras del ministro le convencían. El Duende, que es tan ignorante o más que Bush, no ha levitado ante la Alianza de Civilizaciones, cierto. Pero sin embargo ha leído la receta de tartar  de atún rojo de almadraba que propone don Miguel Angel y mañana se acercará a la pescadería y comprará cuarto y mitad de delicias de Moratinos. Para que luego digan que nuestro ministro no tiene crédito.

Cartas de un desconocido. O incluso conocido…

La perplejidad de Homper esta vez era que una vecina pudiera ser tan romántica. Ella había anotado cuidadosamente toda la correspondencia depositada en su buzón el último mes y aún no había perdido la ilusión.

-¿Sabe?-le dijo cuando coincidieron en el portal- Algún día me llegará alguna carta manuscrita.

En sobre cerrado, como las cartas de toda la vida, sólo recibía la puñalada hipotecaria, la factura mensual de Telefónica, y la de Gas Natural. La de Iberdrola no tocaba ese mes. Lo demás era morralla impresa: dos folletos de una tintorería de alfombras, tres del Banco Santander, el valor de las ideas, dos ofertas de chalets adosados con el consabido Ahora 30.000 euros menos. La primera promoción, verdaderamente tentadora, en Altos de la Coscojilla, la segunda, de más alto standing, en el Cerrado del Vizconde, sin aclarar de qué vizconde se trataba. Una octavilla de JENARO, fontanería de urgencia, y otra de Pochola y Tirulete, Fiestas infantiles. También había gangas en las pizzas, con regalo añadido, por pedido telefónico, de un buñuelo de manzana y una miniensalada de col, y una tarjeta de EL CERRAJERO DEL SMOKING, un original cerrajero para urgencias nocturnas que, según su promesa comercial, atiende a sus llamadas vestido de etiqueta.

Pese a ello, la vecina de Homper, que desde 1968 trabajaba como secretaria en el Museo de Ciencias, metía su llavín en el buzón con la esperanza de encontrar algo distinto. De la misma manera que aquel pianista en la novela de Stefan Zweig recibía Cartas de una desconocida, ella esperaba que un día llegara a sus manos la carta de alguien, le daba igual que fuera desconocido o incluso conocido. No exigía que fuera tan apuesto como Louis Jourdan, aquel galán francés que lo encarnó en el cine: ella tampoco se parecía a Joan Fontaine. Ni esperaba frases de pasión incendiaria. Me ha encantado verte, fue un rato muy agradable el que pasamos juntos, la verdad es que ha sido una alegría conocerte, ¿sabes que, con crisis y todo, la vida no está tan mal?, te deseo que pases un buen otoño, gracias por ser tan buena amiga, da gusto saber que aún queda gente sensible que aprecia cuatro letras, qué pena lo de Paul Newman, ¿no? Cosas de mujer. O, mejor todavía: algún mensaje que le recordara que detrás de una consumidora había un alma.

-¿A usted no le sorprende que no escriba nadie?

Homper le contestó que alguien le quería tanto que todos los meses le escribía una carta de cuatro folios. El primero le contaba cosas tan bellas como que la coyuntura internacional se resiente de la crisis, y los mercados son tan volátiles que aconsejan variar la estrategia. En este contexto (esto lo decía en casi todas las cartas) es aconsejable pensar en el largo plazo sin asumir riesgos excesivos. Solía acabar diciendo algo así como esperamos que a medio plazo se corrija la tendencia. Y le tranquilizaba especialmente el párrafo en el que aseguraba que nuestros expertos tomarán las medidas oportunas para asegurar el mejor rendimiento de su inversión. A Homper le extrañaba sobremanera el cariño que le demostraba el firmante, porque los tres folios siguientes le recordaban lo que ya sabía desde el momento en que liquidó sus fondos bursátiles. Su inversión era cero, sus rendimientos eran cero, el porcentaje de revalorización era cero, y, en consecuencia, el saldo era cero.

-No obstante lo cual -le sonreía a su vecina soñadora-fíjese si me quieren que me siguen escribiendo todos los meses.

Y se echaron a reir. No sin antes acordar que escribirían a Zapatero el munífico para recordarle que el Ministerio de Sensibilidadque será su próximo conejo de la chistera- debería de ocuparse de cosas como éstas. O sea, crear el CECAP (Cuerpo de Escribientes de Cartas para Animar al Personal) y prohibir la emisión de impresos innecesarios que saturan los buzones.

-Tal vez si le recordamos que esa celulosa de más está quitando la vida a muchos arbolitos inocentes…-apuntó Homper.

-Oh, sí- suspiró la vecina entornando los párpados-Le imagino contando su proyecto en el Congreso…Será tan hermoso su mensaje angélico, que casi me van a sobrar las cartas de amor…

Como niña con zapatos nuevos

Ayer domingo el Duende se propuso esquivar el desánimo de la crisis y aprovechar el otoño. Esta época del año tiene sus partidarios y adversarios. Hay algunos a los que les pesan los días cortos y la hoja amarillenta y caduca. Para otros en cambio, el ambiente húmedo y suave es como un ungüento mágico que lima las asperezas de la vida. Eso se nota muy especialmente cuando se deja el asfalto y se pisa la tierra, que a estas alturas de la estación se pone amorosa y delicada. Qué delicia pisarla y sentir que sólo el crujir de Les feuilles mortes – maravillosa canción, por cierto- rasga el muelle silencio del parque en otoño.

Por  esa joya  verde urbana que es el Retiro madrileño paseaba ayer domingo el Duende con Marina. Marina, de profesión nieta mimada, tiene tres años largos, y  está emocionada porque acaba de descubrir el termometro, que es como su lengua de trapo llama al metro. Tomar el termometro, bajarse en la estación de Retiro, comprarse unos ganchitos, mecerse en el columpio, dar de comer a los peces y los patos del estanque y ver los títeres es un planazo. Aunque hasta ahí, no demasiado original. Marina, que es tan suya como alguna de sus antecesores, había estrenado la tarde anterior, para una fiesta, unos zapatos blancos. Todas las niñas han estrenado alguna vez zapatos, pero los de Marina, cosa insólita, eran del estilo de los locos años veinte. Como los que llevaba Mía Farrow en El gran Gatsby, con su tacón alto y todo. Dicen que durmió con ellos puestos. Y, desde luego, por muy de paseo que fuera la mañana ella no estaba dispuesta a dejárselos en casa.

Lo cual  propició que el Duende, además de la nieta, tuviera que cargar una mochilita -rosa y de Hellow Kitty, para más inri- donde llevaba los zapatos ordinarios. Zapatos que le puso una vez que la niña se dio cuenta de que, como cantaría Nancy Sinatra, los nuevos are not for walking. Al cabo de un rato la operación fue a la inversa: la niña se casó de ser vulgar y quiso volver a presumir. En los parques ahora se ven cosas muy raras, pero no deja de ser curiosa la estampa de una niñita rubia sentada  en un banco mientras a sus pies un señor con el pelo blanco, como si fuera un heraldo del príncipe de La Cenicienta, le quita y le pone zapatos de princesa. No recordaba el Duende nada parecido de su abuelo, pero aquellos eran otros tiempos: ni traumas infantiles, ni complejo de culpabilidad del adulto, ni  Summerhill, ni derechos del niño ni pamplinas. Los niños entonces, cero a la izquierda y aguantoformo.

Por lo demás, disfrutó con los títeres como el que más. No exactamente mirando al Gato con botas y al Marqués de Carabás -algunos héroes infantiles no pasan de moda- sino, apostado tras el tinglado del titiritero, viendo las caras emocionadas de Marina y compañía. Como apostilla a menudo doña María, la felicidad va siempre en pequeñas diócesis.

Al regreso, abuelo y nieta se cruzaron con una columna de Hare Krishna.

-¿Y esos qué son?-preguntó la criatura aún más sorprendida que con los títeres.

A ver cómo le explicaba que, aún sin zapatos nuevos, hay otras formas de hacer el camino de la felicidad.


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