Los paraguas son como la falsa moneda

(Foto de wheat in your hair)

-¿Ves? -le dijo al Duende su abuela Mercedes mientras le mostraba un lapicero con su capucha de metal- Me lo regaló el tío Augusto.

Lo único notable de esa observación es que el tío Augusto había muerto veinte años antes. Y que ese lápiz no era un portaminas, entonces objeto de escritorio realmente apreciable. Sino un Joan Sindel de esos cuyo olor impregnaba las papelerías antiguas. Entonces las cosas se hacían para durar. Aunque quizás no tanto como el lápiz, ya menguado por los años, que guardaba la abuela Mercedes como una reliquia.

La economía era antaño de tan buen conformar que no necesitaba fagocitar algo en uso para sustituirlo por un nuevo artículo. Entonces no se hablaba de la milonga esa que los vendedores llaman obsolescencia. Un reloj, una estilográfica y una máquina de coser eran para toda una vida.

Esas fidelidades marcaron a varias generaciones. Algunas de ellas hemos tolerado mal la cultura del usar y tirar, y hemos mantenido una larga relación con objetos como nuestro reloj de pulsera, nuestro transistor, nuestra maquinilla de afeitar eléctrica o aquella linterna de petaca que usaban los acomodadores de cine de la época y que alguien nos regaló el día de nuestra primera comunión. Pero aún con esa educación austera, pocos habrán mantenido consigo el mismo paraguas por muchos años.

El problema filosófico es saber quién es más infiel, si el paraguas que despista a su dueño o éste que lo olvida en cualquier paragüero. Aunque el resultado es siempre el mismo: todo el mundo, por cuidadoso que sea, pierde paraguas. Y a menudo usa como suyo uno que apareció en su casa, nunca fue reclamado por nadie y acaba siendo como esos amores que entran y salen en la vida de cada quisque sin avisar.

Tal vez, por no luchar contra los designios del destino y no quebrantar el derecho a la propiedad de nadie, debíamos de aceptar que cuando compramos un paraguas nuevo estamos haciendo una aportación a la comunidad. Un objeto que pasará de mano en mano, como el famoso regalo de boda del cuento de Chejov, y que tal vez, con el tiempo, acabe regresando a la de su legítimo propietario. Los alpinistas antiguos clavaban en su bastón unas chapitas con los nombres de los picos coronados con su ayuda. Algo parecido debíamos debíamos hacer con los paraguas. Por ejemplo, grabar nuestro nombre y la fecha en que lo abrimos por primera vez. Así, el siguiente propietario nunca pasearía solo bajo la lluvia.

Por cierto, el arquitecto Aguayo, que con otro nombre deja comentarios frecuentes en este blog, dice que se dejó el otro día un paraguas en la casa del Duende. Qué pena que sea el puño de aluminio, y no haya grabado en él su nombre para identificarlo. Pero tranquilo, que el paraguas es como la falsa moneda: de mano en mano va, y ninguno se lo queda. Quién sabe si en unos años, y después de muchos chaparrones, acaba volviendo a casa.

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20 Responses to “Los paraguas son como la falsa moneda”


  1. 1 MARIBEL octubre 29, 2008 en 10:04 am

    nunca lo habia analizado tambien como el Duende lo de los paraguas….pero tiene toda la razon!!! el invierno pasado me tuve que comprar uno en una de esas lluvias de sorpresa porque no encontraba mi paraguas de siempre” pero este mes que no ha parado de llover casi nada no encuentro 2 paraguas y si otro que lo daba por perdido….espero que acaben las lluvias un poco que si no me tendre que comprar otro paraguas y con la crisis no se si me llega……besos

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  2. 2 Charivari octubre 29, 2008 en 12:01 pm

    Esta cultura del “todo a 100” se ha ido aposentando poco a poco en nuestra sociedad, de manera muy sutil. Mi madre, ya con una edad más que respetable, dice que se siente ya como la falsa moneda y yo, leyendo al Duende, me he preguntado si será como un paraguas…
    (La foto, preciosa)

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  3. 3 wallace97 octubre 29, 2008 en 12:07 pm

    A todos esos que ahora se preguntan por las razones de esta crisis, que estaban tan ocupados en esa renovación continua de todo, en esa sustitución compulsiva de cada objeto para ellos ya obsoleto simplemente porque el vecino ha comprado uno y es distinto y le ha costado más, cegados con la obsesión de ver a sus amigos para contarles su última adquisición, e incapaces de darse cuenta de que esta crisis, que no es tal, sino la imposibilidad de sujetar ya lo que hace tiempo que se debería de haber dejado de sujetar, previsible desde hace más o menos veinte años, se debe precisamente a eso, al inflado de todo, absolutamente de todo, para seguir huyendo por delante, a todos esos les diría que se leyeran tu post de hoy, para que vean una forma muy fina y bonita de decir lo que yo soy incapaz de decir si no es con un exabrupto como este: nos está muy bien empleado a todos, por gilipollas, por haber hecho durante toda nuestra vida el caldo gordo a esos mangantes que huían por delante enriqueciéndose a manos llenas a costa nuestra, aprovechando el chollo de que encima eran admirados y respetados por lo que hacían, porque eran “innovadores” y “proactivos”.

    A mi pobre paraguas, que tan viejecito está y que lo he vuelto a encontrar tantas veces como lo he perdido, se le ha soltado la tela de una varilla, y como soy incapaz de arreglarlo, a ver si ahora que parece que ha dejado de llover me lo apaña la foca, porque no estoy dispuesto a renunciar a él hasta que él no renuncie a mí. Tiene más de veinte años, y fue un regalo de un proveedor, pero entonces no existían de ese tamaño en las tiendas normales, y el cariño que le cogí no se lo voy a perder por nada del mundo.

    Charivari, digo lo mismo sobre la foto.

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  4. 4 lola octubre 29, 2008 en 1:24 pm

    Wallace, a mí no me insultes que mi paraguas supera al tuyo, tiene casi treinta años. Y aprende tú a arreglarlo, que no es tan complicado, así la foca tendrá más tiempo para ella.
    Prefiero los lápices de antes con su sacapuntas a los portaminas y su desagradable tacto de plástico.
    Bonita foto.

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  5. 5 José Ramón octubre 29, 2008 en 1:26 pm

    Hay muchas cosas en el texto (como siempre: muchas más de las que parecen). Me quedo con la obsolescencia. Cuando yo era niño (y no soy tan viejo; tengo menos de cincuenta años) se cogían puntos a las medias y se zurcían los tomates de los calcetines, se ponían medias suelas, tacones, rodilleras, coderas, se ponían lañas a palanganas y orinales, se afilaban cuchillos y tijeras, se arreglaba todo, y todo duraba muchísimo. Y no éramos unos miserables ni unos seres dignos de lástima. Al revés.
    Hoy todo se queda obsoleto en el acto. Un aparato nuevo es muy barato, y un arreglo cuesta cada vez más. Total, que tiramos las cosas al primer fallo y nos las compramos nuevas.
    Toda la economía mundial funciona a base de que consumamos y tiremos.
    Hace veinte años, en Nueva York, me quedé pasmado porque empezó a llover y en el acto aparecieron vendedores ambulantes ofreciendo paraguas a un dólar. ¿Cómo se podía hacer un paraguas, distribuirlo, venderlo, etc, todo por un dólar? Pues ahora eso ya lo tenemos aquí. Todo es de usar y tirar.
    ¿Arreglar un paraguas? Imposible.
    ¿Que todo esto va a pegar el petardazo? ¡Pues que lo pegue!

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  6. 6 wallace97 octubre 29, 2008 en 1:49 pm

    José Ramón, y cuanto antes mejor, lo del petardazo. Si lo hubiera pegado en su momento, cuando este sistema comenzó a hacer aguas por todas partes, hoy tendríamos otro diseñado, y con la experiencia del anterior, seguro que sería más fiable y auténtico. No existiría una demanda forzada, que es la que ha posibilitado ese crecimiento creciente continuado hasta que claro, hemos llegado a la asíntota, y eso que es imposible.

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  7. 7 wallace97 octubre 29, 2008 en 1:57 pm

    Lola, reine de la France y presidenta del mejor blog del mundo mundial, por más que reviso no encuentro el insulto. Vamos, no me hubiese atrevido bajo ningún concepto. Y nada más lejos de mi intención decir que mi paraguas es el más viejo que existe, simplemente, es el más mejor, que diría alguno.

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  8. 8 lola octubre 29, 2008 en 3:23 pm

    Detective Wallace97: “nos está muy bien empleado a todos, por gilipollas”.

    José Ramón, siento contradecirte, pero sí es posible arreglar un paraguas. Y tantas otras cosas como las que mencionas, no soy de la cultura de usar y tirar y por ello no me considero miserable. Te aseguro que cuando te faltan medios se agudiza el ingenio, porque el bolsillo, no se estira.

    ¡Ay Duende los olores! La papelería, el antiguo horno de pan de leña, el chocolate recién hecho. Pobres los niños de ahora que sólo reconocen el olor del supermercado, el de la hamburguesería de la esquina y el coche nuevo de papá o mamá.

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  9. 9 begoña octubre 29, 2008 en 3:48 pm

    Reivindico mi síndrome de Diógenes (espero que mis hijos no lean el blog, no hago más que reprocharles este feo vicio). Guardo cosas que por su tacto, olor o color me recuerdan tiempos que no sé si fueron mejores, pero sí distintos. Entre todas ellas está el paraguas de mi padre, con un fino mango de bambú, al que no he querido cambiar su vieja y agujereada tela negra que todavía me cobija.

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  10. 10 wallace97 octubre 29, 2008 en 4:35 pm

    Vd. perdone, reine de la France, pero busqué el insulto solamente en mi frase referida al paraguas, puesto que la frase de su majestad iba absolutamente subordinada al mencionado término. Nunca imaginé que un miembro de la realeza pudiera darse por aludido cuando un siervo de la gleba se refiere a sí mismo como integrante de un colectivo cuyo calificativo define únicamente a su propia especie.

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  11. 11 Ángela octubre 29, 2008 en 4:59 pm

    También yo establezco una estrecha relación con los objetos que me rodean, los cotidianos. Me gusta que siempre sean los mismos, pero con estos objetos que aparecen, desaparecen, vienen y se van, no lo consigo. También es cierto que no recuerdo haber comprado un paraguas en mi vida. Tampoco un mechero. Por eso, aunque me gusta que duren a mi lado, tampoco me disgusto mucho si los pierdo, otro los utilizará en mi lugar.

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  12. 12 C. WaterI octubre 29, 2008 en 5:01 pm

    Querido duende: Supe que te gustaba mi paraguas y por eso lo dejaste en un rincón de tu casa a desmano, y así como al acabar tu magnífica cena-coloquio no llovía, ni me acordé del dichoso paraguas ,hasta que el otro día sin rubor te lo reclamé.
    Isabel me recriminó por hacerlo, era la disculpa para volver a tu castillo de Herodes y contemplar Madrid al anochecer desde tu magnífico enclave.
    Me imagino que tus admiradoras se dejan a menudo los paraguas y otras prendas personales y vuelven a recuperarlos a saber con qué intenciones y que tú amablemente les atiendes tan bien que dejan otra prenda.
    He de certificar que me lo has retornado, limpio, planchado y reluciente como tus Sebagos, que la cena fue magnífica y que nos encanta ser tus amigos.
    Debes comprar un para-Agüero y poner un puesto en el Rastro con todo lo que se dejan y se vuelven a dejar.
    Lo dicho duende recibes estupendamente.

    Querido duende: Supe que te gustaba mi paraguas y por eso lo dejaste en un rincón de tu casa a desmano, y así como al acabar tu magnífica cena-coloquio no llovía, ni me acordé del dichoso paraguas ,hasta que el otro día sin rubor te lo reclamé.
    Isabel me recriminó por hacerlo, era la disculpa para volver a tu castillo de Herodes y contemplar Madrid al anochecer desde tu magnífico enclave.
    Me imagino que tus admiradoras se dejan a menudo los paraguas y otras prendas personales y vuelven a recuperarlos a saber con qué intenciones y que tú amablemente les atiendes tan bien que dejan otra prenda.
    He de certificar que me lo has retornado, limpio, planchado y reluciente como tus Sebagos, que la cena fue magnífica y que nos encanta ser tus amigos.
    Debes comprar un para-Agüero y poner un puesto en el Rastro con todo lo que se dejan y se vuelven a dejar.
    Lo dicho duende recibes estupendamente.

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  13. 13 C. WaterI octubre 29, 2008 en 5:03 pm

    Mi paraguas es tu paraguas

    Querido duende: Supe que te gustaba mi paraguas y por eso lo dejaste en un rincón de tu casa a desmano, y así como al acabar tu magnífica cena-coloquio no llovía, ni me acordé del dichoso paraguas ,hasta que el otro día sin rubor te lo reclamé.
    Isabel me recriminó por hacerlo, era la disculpa para volver a tu castillo de Herodes y contemplar Madrid al anochecer desde tu magnífico enclave.
    Me imagino que tus admiradoras se dejan a menudo los paraguas y otras prendas personales y vuelven a recuperarlos a saber con qué intenciones y que tú amablemente les atiendes tan bien que dejan otra prenda.
    He de certificar que me lo has retornado, limpio, planchado y reluciente como tus Sebagos, que la cena fue magnífica y que nos encanta ser tus amigos.
    Debes comprar un para-Agüero y poner un puesto en el Rastro con todo lo que se dejan y se vuelven a dejar.
    Lo dicho duende recibes estupendamente.

    Querido duende: Supe que te gustaba mi paraguas y por eso lo dejaste en un rincón de tu casa a desmano, y así como al acabar tu magnífica cena-coloquio no llovía, ni me acordé del dichoso paraguas ,hasta que el otro día sin rubor te lo reclamé.
    Isabel me recriminó por hacerlo, era la disculpa para volver a tu castillo de Herodes y contemplar Madrid al anochecer desde tu magnífico enclave.
    Me imagino que tus admiradoras se dejan a menudo los paraguas y otras prendas personales y vuelven a recuperarlos a saber con qué intenciones y que tú amablemente les atiendes tan bien que dejan otra prenda.
    He de certificar que me lo has retornado, limpio, planchado y reluciente como tus Sebagos, que la cena fue magnífica y que nos encanta ser tus amigos.
    Debes comprar un para-Agüero y poner un puesto en el Rastro con todo lo que se dejan y se vuelven a dejar.
    Lo dicho duende recibes estupendamente.

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  14. 14 wallace97 octubre 30, 2008 en 1:45 pm

    C.WaterI, ¿te has cargado tú el blog, ha sido el Duende, el duende del duende, o los duendes de las imprentas que se han pasado a internet?

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  15. 15 Bob de Ca's Barber octubre 30, 2008 en 2:57 pm

    Batuadena!! y…que hase mi paraiguas tirado allí, en el medio de ese pasillo?, ya lo podía buscar ya! sabes que’s lo que pasa…que’s de aquellos tan grandes que caben los amigos, o quien tu quieras, siempre hay alguien que no tiene a donde guareserse y le puedes desir , au! ven, apégate con migo!, la questión es que no nesitamos tantos, que nos hasen chocar unos con otros y no nos vemos la cara pa comentar si dejará o no de llover, ara hoy me ha dicho el hombre con barba mal humorao de una mesa del bar donde tomo el café, que la probesa puede ser buena, y buena compañera, si tu la quieres elegir, que no hase falta tener muchos paraiguas pa vivir si no sabes disfrutarlos y compartirlos y ensima nesesitas mucho tiempo pa controlarlos, a donde están y con quien y como los devolverán, que las cosas pueden durar toda la vida si tu lo quieres, sólo nesesitas conservarlas bien y saber que no nesesitas más, que la lluvia sólo moja y si levantas la cara te quitas la capucha porque ha volao el paraiguas y la dejas caer ensima, te sientes, eh! sin darte cuenta! como magia! fresco y libre y vivo 🙂

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  16. 16 Bob de Ca's Barber octubre 30, 2008 en 3:03 pm

    Ah! el primero que pase por ahí que lo empree, tranquilo! y si alguien lo nesesita idò! tambien pásaselo! y…la rueda gira, que gira la rueda! 🙂

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  17. 17 lola octubre 30, 2008 en 9:43 pm

    El paraguas reposaba en en un rincón de la casa en silencio, no fue un olvido. Era la excusa perfecta para volver a verse, uno de los dos provocaría el encuentro. Fue tan agradable estar a su lado, que el tiempo se detuvo, hasta la lluvia dejó de caer. Una tarde inolvidable, llena de intensas emociones. Pese a adorar la lluvia, rogó al cielo que dejase ver un rayo de sol y poder así olvidar el paraguas, que en algún momento, un día gris de otoño, los volvería a unir bajo la lluvia.
    En un parque se dieron cita, sólo la hojarasca al caminar rompía el silencio. En el instante en que se vieron empezó a llover de nuevo, abrazados, bajo el paraguas, siguieron caminando.

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  18. 18 El Duende de la Radio octubre 31, 2008 en 12:40 am

    Muy bonito, casi monterrosiano, el cuento de Lola. Y demasiado fantasioso el de WaterI. Su insinuación de que las damas se olvidan deliberadamente el paraguas en este palomar….¡Ay como se entere la ministra de Igualdad!

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  19. 19 ilenia octubre 31, 2008 en 1:28 am

    Lola, me ha gustado mucho tu comentario. Es muy romántico, pero me temo que no son tiempos para la lírica.
    A Duende, le quiero comentar que es cierto que a veces solemos encapricharnos con determinados objetos a los que trasladamos sentimientos o sentimentalismos, les damos un valor emocional y los cuidamos y protegemos como si fuesen realmente importantes. Lo son o eso creemos por el significado que le atribuímos.Sin embargo, solo son objetos, y como tales ellos no pueden correspondernos.
    Me ha parecido curiosa tu idea de que cuando compramos un paraguas, en realidad estamos haciendo una aportación a la comunidad. Ciertamente yo he perdido unos cuantos y tengo unos cuantos que no son míos.

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  20. 20 Zoupon octubre 31, 2008 en 1:01 pm

    Era la víspera de Nochebuena y comenzó a caer aguanieve. Como iba descubierto, y sin remordimiento alguno, distrajo un paraguas del paragüero situado a la entrada del café. Lo abrío y se dirigió hacia su casa. Al poco se cruzó con un mendigo que estiró hacia él una huesuda mano. Sin darse apenas cuenta, le dió la mitad del voluminoso fajo de billetes que llevaba en el bolsillo. Siguiendo su camino escuchó los lamentos de un tullido que le llegaban desde un portal. Se acercó y le entregó el resto del dinero que portaba. Sus pies le guiaron sin querer hacia una iglesia, ante cuya puerta un niñito pedía limosna. Le regaló su valioso reloj de oro y un alfiler con cabeza de diamante.

    Llegó por fin a su domicilio, y cerrando el paraguas, se preguntó “Scrooge, Scrooge, que te está pasando, Scrooge”.

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