Archivos para 29 noviembre 2008

Enrique y las buenas formas

Dime que me quieres, aunque sea mentira. O miénteme, sólo me gustas cuando me dices que soy maravillosa. Joan Crawford, Rita Hayworth y algunas heroínas más del celuloide ya rancio recordaban que el arte de la seducción es básicamente disimular las asperezas de la verdad. Así sobrevivían el galanteo, la cortesía y otras costumbres que, según algunos, hacían más hipócrita a la sociedad. Ahora el dogma de la sinceridad nos ha decapado este barniz, que aunque ofendía al rigor hacía más gratos muchos momentos de la vida. Valores como el buen gusto, la finura, y los modales se interpretan como signos de decadencia, cuando no de prepotencia o de desprecio por los destellos más relevantes del ser humano. Como si la buena educación estuviera reñida con el amor al prójimo o la solidaridad.

Dime que me quieres, aunque sea mentira. Nos afanamos por exigir a nuestro alrededor claridad y sinceridad, pero luego rechazamos las verdades incómodas. En pleno fragor del terrorismo internacional y de la crisis económica, el maestro de maestros en el arte de la seducción sigue hablando de Alianza de Civilizaciones, se lava las manos en el asunto Repsol -ni una palabra de nucleares, no vayan a pensar que nuestra Jauja es un camelo- y derrama estado de bienestar sin dejar de sonreir. Once mil millones más para activar esa Viagra de la economía que ha resultado ser el ladrillo. Y el que venga detrás que arree.

-Ríete de Cary Grant –piensa el Hombre Perplejo.

Se sorprende Homper que viviendo España desde casi un lustro bajo el talante y en el conjuro de las buenas palabras sigamos perdiendo amabilidad social. Recuerden el viejo chiste de Mingote: se cruzan dos por la calle, hola qué tal estás, dice uno, ¡y tú más!, le responde el otro. La amabilidad: no arregla el mundo, como pretenden los taumaturgos, pero dulcifica el momento.

Y se acordaba Homper de Enrique Gil-Casares, muerto hace unos días por una de esas travesuras del corazón que no tienen vuelta atrás. Enrique no era, ni mucho menos, uno de esos sus amigos íntimos de los que tanto presumimos los españoles. Pero era un hombre extraordinariamente atento y bien educado, y siempre que se saludaron su sonrisa lucía espontánea y sincera. Había en su figura de galán clásico -siempre impecablemente vestido- una nobleza deferente que le mejoraba a uno cuando se lo encontraba. Homper, a su lado, hasta se sentía alguien. Y no era su gracia, sino el talento de Enrique para hacer la vida más agradable a los demás.

Tenía, sin duda, valores mucho más destacables. Pero no siempre la vida da oportunidades para contrastarlo todo. Lo admirable es que con sólo ser amigo de algunos de sus amigos, haber coincidido con él en varios festejos domésticos y cantado al compás de la guitarra que tan elegantemente tocaba, Enrique le hubiera dejado una huella marcada en sus sentimientos. Mientras asistía a su funeral, Homper, perplejo, se lo preguntaba. ¿Será que, en el fondo, las buenas formas también son importantes?

Superespe

esperanza
Paco Umbral, como buen genio o, como poco, ingenio, era bastante vitriólico con lo que él llamaba la derechona. Sin embargo siempre trató con admiración no exenta de cariño a Esperanza Aguirre. Quizás porque aunque la presidenta de la Comunidad de Madrid es de las que jamás oculta su pedigrí conservador -ella prefiere subrayar que es, ante todo, liberal- resulta poco rentable ser su enemigo.

Esperanza es una señorita con alma de luchadora, una currante infatigable y una populista con encanto. Es condesa consorte y juega al golf muy bien, sin ocultar esos detalles que otros preferirían mantener ocultos en su biografía. Y eso cala en el personal. A bastantes vecinos de los bloques de Los Arándanos que hay repartidos por España, la Espe les parece más del pueblo que mucho doctrinarios progresistas   Quizás porque en estos tiempos de camaleonismo, sensibilidades poliédricas e híbridos ideológicos, ella olvida el lenguaje políticamente correcto y se produce con la misma espontaneidad que la verdulera del mercado. Sabe lo que sabe y nunca se ha afanado por aparentar más ni engañar a nadie.

-Dime, querido espejito-dialoga a veces desde su coqueta- ¿Quién es más presidenciable?…¿Esperancita o el …… de Gallardón?

Y el espejito, que es muy cauto con los pareados comprometidos, despacha la consulta como buenamente puede.

-Tú eres la más querida, sin duda. Pero ya lo dirá el partido, hija…Que bastante suerte vas teniendo hasta ahora…

A Esperanza le pudo matar un helicóptero díscolo, y ayer quisieron cebarse en ella unos de esos descarriados que no creen en la Alianza de Civilizaciones. Sin embargo la fortuna le hizo un nuevo guiño, y volvió a salir ilesa. Lo suyo no es la baraka que según los moros protegía a Franco, pero sí un blindaje especial que el destino presta a quien se lo trabaja. Esperanza Aguirre es de esos políticos que, aún pudiendo vivir estupendamente, se desvive por algo en lo que cree, y que le quita el tiempo para otros empeños placenteros

Bien se merece Superespe ese plus de suerte que la acompaña. Aunque Umbral tenga que seguir esperando para piropearla en directo, este duende, entre otros muchos, respira aliviado y contento.

El sinvivir de la cultura que no cesa

¿Acabamos con la cultura antes de que la cultura nos aplaste?...

¿Acabamos con la cultura antes de que la cultura nos aplaste?...

No tenía nada que ver el título con su contenido, pero compró el Duende aquel libro sólo por el título: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura.

Ya lo citó una vez al menos en este blog. Es una boutade más de Woody Allen. Y contaba historias pintorescas y divertidas, aunque no ahondaba en lo que uno creía que era tema sobrado para un buen ensayo. Sus variantes: cómo asimilar el alud de arte, de música o de literatura que diariamente producen el genio humano. Cómo no perderse en una librería, en un museo o en una cartelera de cine o teatro. Cómo meterse en el cuerpo un concentrado cultural adecuado al yo y a su circunstancia. Cómo separar la ganga de la mena. Cómo seleccionar sólo el pasto espiritual que vale la pena. O sea, cómo ser un discreto humanista de nuestro tiempo. Sin excesos, pero también sin llamativas lagunas.

El problema es saber cómo se elabora el criterio. Porque el territorio de la imaginación no conoce fronteras. Las musas no paran: en todo lugar hay ahora mismo un genio o alguien que aspira a serlo exprimiéndose el cacumen para alumbrar algo nuevo que incrementa el stock de nuestra asignatura pendiente. Ay, cultura, quién pudiera detenerte, a ver si así uno te echaba el cazamariposas y te asimilaba. Pero nada, no dejas de renovarte, extenderte y hacerte cada día más imposible para el pobre ciudadano bien intencionado. Por una parte, qué estimulante. Por otra qué desasosiego y, peor aún, qué irresponsabilidad la de quien no ha elaborado ese criterio. Así se acaba entiendo la propuesta de Woody: puesto que nunca llegará uno a abarcarlo todo, mejor le ponemos un petardo y liquidamos la cultura. Viva el consumo, Rodolfo Chikilicuatre, y el papel couché. Ah, y también Roldán, el último héroe mediático que está oscureciendo a Platón.

Uno canta la palinodia por una cena donde todos los invitados eran conspicuos curiosos. Repasaron y comentaron las lecturas, exposiciones y conciertos del momento, y al Duende acabaron por recordarle lo pequeño que se quedó el lindero de su pensamiento. Había él abandonado la lectura del thriller y el policíaco en su primera juventud, pero ahora, desde Henning Mankell a Haruki Murakami, los maestros del género resulta que son literatura de calidad. Al día siguiente se sumergió en esa balumba de acusaciones escritas que hoy es cualquier librería. Dios, decía Menéndez Pelayo: por mucho que viva, siempre me moriré con demasiada lectura pendiente. Compró un par de libros de los mencionados, pero al pasar por caja leyó en la faja de un volumen encuadernado en cartoné: Vasili Grossman, Vida y destino. La gran novela del siglo XX. Dice la solapa que es el Guerra y paz de la Segunda Guerra Mundial.

Avergonzado por no haber leído a su edad esa pieza esencial -nadie se lo había advertido antes, conste- la echó también a su bolsa de la compra. Y, como tantos otros libros, reposa en el anaquel del Duende, esperando el milagro de que el cerebro sea una esponja mágica y pueda absorber el infinito cultural. Ay Woody, por qué no vendrá quien ponga coto a este desmadre…

Cien mil millones de estrellas

Si nuestras estrellas fueran guisantes, llenarían el Bernabéu…
Si nuestras estrellas fueran guisantes, llenarian el Bernabéu...

Nos contaban de niños que, antes de morir, el hombre ve pasar como en una película rápida toda su vida. Nadie ha escrito ese guión, pero cabe suponer que será abrumador. Imagínense: todo lo bueno y todo lo malo. Un resumen de las obras por las que seremos recompensados, pero también de las fechorías que emborronan nuestra hoja de servicios. Las fotos con los seres queridos, las postales de los viajes, los gozos, las sombras. Y, quizás lo peor: la lista inacabable de asuntos pendientes que ya nunca podremos llevar a cabo. Qué fatigas, Señor.

Doña María, que como saben los lectores de este blog es una ama de casa gruesa de los nervios, dice que ya ha vivido pesadillas que anticipan ese momento. A menudo, sueña que ha muerto, y que el juez supremo, antes de condenarla por glotona y, sobre todo, por mentirosa, hace pasar ante sus ojos  una cinta transportadora que, desde el túnel del tiempo, trae todos y cada uno de los platos que ha ido engullendo a lo largo de su vida. Dejando aparte su etapa de lactante, teniendo en cuenta sus años y que tiene la mala costumbre de hacer dos comidas diarias a razón de primero, segundo y postre, pasan de cien mil los platos que levantan su dedo acusador contra ella. Ella se defiende argumentando que desde hace muchos años hace dieta mediterránea, toma leche desnatada y engaña sus cafés con sacarina. Pero ni por esas. Cuando despierta y vuelve a mirarse al espejo, se ve más bien como gruesa de los sueños.

Las grandes cifras siempre causan vértigo. Lo producen las de la macroeconomía, que asoman a diario en las noticias, las  de los parados, las del déficit público, las de las pérdidas empresariales. También, en el sentido contrario, las de las obscenas ganancias de los grandes ejecutivos, a los que el antiliberalismo piadoso quiere ponerles coto. Pero mucho más otros datos aún más escandalosos. En 1996 la FAO arrancó de las grandes potencias un compromiso en la lucha contra el hambre que no se cumple. Hoy hay ochocientos cuarenta y tres millones de hambrientos, veintitrés más que en aquella fecha. Y, para mayor inri, todos sabemos que nada menos que seis millones de niños mueren al año por malnutrición. A ver qué nuevo orden mundial acaba con esa lacra de una puñetera vez.

Homper -el Hombre Perplejo- no salía de su asombro  cuando su amigo Paco le vaciló con otros datos que relativizan aún más la importancia de cualquier problema personal de los bien alimentados. Paco Colomer es astrónomo, y le contó el otro día que sólo en nuestra galaxia  hay cien mil millones de estrellas.

-Vamos, venga ya-le replicó Homper-¿Y cómo visualizas ese disparate?

Paco le contó que, reduciendo el cálculo a ejemplos inteligibles, había llegado a la conclusión de que, si las estrellas fueran del tamaño de un guisante, todas juntas llenarían un estanque del tamaño del Estadio Santiago Bernabéu. Y a qué negarlo, sintió un cierto alivio. Pensó que, confundido nuestro insignificante planeta entre cien mil millones de guisantes, a lo mejor se disimula la espantosa responsabilidad del hombre contemporáneo por consentir  el hambre en la Tierra.

*V

La gracia de los “caganers”

Apareció por la zona centro el otoño, se trajo algún modesto temporal del Atlántico, espolvoreó de nieve las cumbres y hasta luego, Lucas.

Entretanto eligieron a Obama, se reunió el G-20, mataron a Alvaro Ussía, discutieron en el Congreso por la placa de la madre Maravillas, los fabricantes de automóviles se rasgaron las vestiduras, detuvieron a algún criminal etarra, se abrieron llagas en el Real Madrid y hasta se han encendido las primeras luces de Navidad. La vida sigue.

Un digno "caganer"er, bastante más gracioso que los de moda...

Un digno "caganer", bastante más gracioso que los de moda...

En Cataluña, los artesanos han renovado su parque de caganers para los nacimientos. Ya no están sólo los Príncipes de Asturias y Raúl en esa indecorosa posición. Como apunta el maledicente refrán, caga el Rey, caga el Papa y nadie sin cagar escapa: si eres alguien te ponen a defecar junto al pesebre. Hace días que no sabía de Homper, el Hombre Perplejo, pero el Duende se lo encontró menudeando por la calle de Arenal de Madrid, que ahora es medio peatonal. Traía la noticia recién vista en el telediario, y llevaba los ojos cuadrados y la boca abierta.

-Oye, ¿tú sabes por qué confunden el ingenio con el mal gusto?

Y relacionaba la presunta gracia de los caganers con los barrigones y gordas de las fallas. Una larga tradición de estética feísta que a unos les causa hilaridad y a muchos les pone los pelos de punta.

-Un hombrecillo discreto aliviándose junto al molino o a los pies del castillo de Herodes, pase-añadió- ¡Pero esos horribles caganers que tratan de parecerse a gente famosa!…

-No te preocupes- le dijo el Duende- Puede que ese mismo pueblo que ahora aplaude a la nueva legión de caganers luego se arrodille bajo la cúpula de Barceló en Naciones Unidas.

La cúpula corona ese hallazgo voluntarista que llaman Alianza de Civilizaciones. Algunas de las cuales, por cierto, lo serían más sin esa empanada mental en lo que consideramos como buen gusto.

Desde el palomar del Duende, frente a la fachada imperial de Madrid, y con una espesa cortina de árboles de por medio, la luz dorada compone todas las tardes una hermosa estampa otoñal. Noviembre seco y soleado que evoca pinceladas de Beruete. Llevamos muchos días seguidos de grandes noticias, no todas buenas, y algunas muy zafias. En cuanto falte material, ya verán, los medios volverán a hablarnos de la pertinaz sequía.

Un cuerno delicioso

El cuerno de la abundancia es una repostería casera que ponen el bueno de Bernardito y su mujer Martica para enjugar una deuda contraída para hacerse cargo de una fabulosa herencia. Tan fabulosa que…Ya lo pueden imaginar, dura poco la alegría en la casa del pobre. Pero no les contará más el Duende, como no sea que el tal cuerno es pura ficción cinematográfica empaquetada en una deliciosa comedia cubana con ese mismo título.

Véanla, por favor. Olvídense de la crisis, de Cheroki, de la depre del Real Madrid, de la polémica de la cúpula de Naciones Unidas que ha pintado Barceló y hasta de que Solbes es de los peor valorados entre los ministros de Economía que asistieron a la cumbre del G-20. Y comprueben cómo, pese a todo, aún puede soplar aire fresco de una isla tan castigada como Cuba.

Una pelicula muy recomendable

Una película muy recomendable

Como otras grandes películas -desde El gran dictador de Chaplin, El verdugo de Berlanga y To be or not to be de Lubitsch a, salvando las distancias, La vida es bella de Benigni- es una reflexión entre risas sobre la codicia humana y la cruel estolidez de cualquier dictadura. La crítica la ha comparado con las últimas comedias corales del autor de Bienvenido mister Marshall , película que, por cierto, aparece anunciada en el cochambroso pueblo donde transcurre la acción. Pero es bastante mejor que aquellas. El gran Berlanga se abandonó al gamberrismo a partir de La vaquilla (para este observador, la mejor ironía sobre el sinsentido de cualquier contienda civil). Todos a la cárcel o Moros y Cristianos eran flojitas. Y la última, París-Tombuctú era simplemente malísima.

Muy bien hecha, excelentemente interpretada por Jorge Perugorría y un elenco que, salvo Mirta Ibarra, está compuesto por actores desconocidos para la mayoría, devuelve al espectador el gozo de la comedia. Como las obras maestras de Capra, equilibra sabiamente el humor y la sátira con una finísima ternura.ternura No hay violencia, el hilo narrativo se sigue con facilidad, no deja hueco al bostezo y, además, reúne una cualidad de cuya falta adolecen la mayoría de las comedias españolas: se escucha muy bien. Aún hablando precipitadamente, como la gente de la calle, sus actores tienen tan buena dicción que se les entiende a la perfección. Y tanto el acento como la encantadora cadencia del habla de los cubanos en su salsa es una delicia.

Sólo le sobraba algo a este cuerno para haber traído, además de la abundancia, el éxito arrollador en taquillas: su inteligente, pero descarado anticastrismo. Con la iglesia hemos dado, Sancho. Juan Carlos Tabío, su director, no cuenta con el beneficio de Ken Loach o Michael Moore, distinguidos látigos antiimperialistas. ¿Cómo ha olvidado que, de Potemkim a esta parte, el buen cine sólo puede ser crítico con las dictaduras de derechas?

Bailar para amar y bailar para morir

baileguateque
Cree el Duende que entonces se llamaba bôite, en francés, porque las canciones de amor más lentitas y calentonas venían del otro lado de los Pirineos. No era tanto para divertirse frenéticamente como para apretarse a una chica todo lo que permitían las buenas costumbres y, sobre todo, ella. Lo habitual era arrullarse en las canciones suaves y romanticotas de Salvatore Adamo, bailar poniendo cara de Alain Delon y sentir a continuación el codo de la chica clavado en el costillar. Hacer manitas ya era un éxito (a muchas no les dejaban salir jamás por la noche). Lo de bailar cheek to cheek, o haciendo caritas, que también decían los que no habían pasado por Berlitz o Assimil, era faenón. Y un apasionado tornillamen significaba salir por la Puerta del Príncipe. Qué ingenuos éramos en aquellas oscuridades cómplices, caramba. Pensar que ahora por algo semejante te pueden matar a patadas como al desdichado Alvaro Ussía.

-¿Y tú de donde eres?- le preguntaba el Duende a Josefina.

-De Ávila.

La primera chica con la que salió el Duende se llamaba Josefina y era abulense. Morena y de melenita tipo Rebeca, al Duende le parecía una dependienta de bombonería. O sea, que tenía un encanto especial, quizás porque uno gusta de irse por las ramas de los cuentos, y en realidad creía que el amor era una casa como la de Hansel y Gretel, pero sin bruja.

-Jo, qué frío debe debe de ser Ávila en invierno, ¿no?

Eso lo decía para abrir el baile. Luego, cuando Aznavour, Gilbert Becaud o el mismísimo Sinatra propiciaban el ligue, se ponía interesante y hablaba de La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes, que es Avila pura, fría y algo tristona. Pero a Josefina no le impactaba nada. Le gustaba uno que estudiaba para ingeniero industrial.

-Se llama Eloy-le contaba Josefina mientras aspiraba por la pajita un combinado de ron que ardía en una vasija en forma de calavera- Y además hace alpinismo El verano pasado escaló el Torreón de los Galayos.

Qué antiguos parecen estos cromos, cuando todo en España era peor, y las chicas apenas se dejaban tocar, y uno, aunque se dejaran, tampoco las tocaba, porque, como decían los castizos, era más parado que el caballo de un fotógrafo. Qué increíble lo de dar con un portero de bôite, quizás ya de discoteca, vestido de librea y gorra de plato, que te recibía con una sonrisa, te alargaba el mechero si entrabas con el pitillo entre los labios y te vigilaba el coche si eras pudiente y lo habías dejado mal aparcado.

La bôite se llamaba algo así como Kim Lom, y quería tener aire oriental, como esos tugurios de las películas de Indiana Jones. Tenues antorchas falsas iluminando la oscuridad, bebidas exóticas en cuencos de hechicero, y música tranquila que ilusionaba al amor. Ni los decibelios trepanaban el cerebro, ni las pastillas corrían ni los porteros eran matones. Josefina se ennovió con el de industriales, pero, ahora que compara, el Duende se quedó encantado de haber bailado con ella sin morir en el intento.


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