Enrique y las buenas formas

Dime que me quieres, aunque sea mentira. O miénteme, sólo me gustas cuando me dices que soy maravillosa. Joan Crawford, Rita Hayworth y algunas heroínas más del celuloide ya rancio recordaban que el arte de la seducción es básicamente disimular las asperezas de la verdad. Así sobrevivían el galanteo, la cortesía y otras costumbres que, según algunos, hacían más hipócrita a la sociedad. Ahora el dogma de la sinceridad nos ha decapado este barniz, que aunque ofendía al rigor hacía más gratos muchos momentos de la vida. Valores como el buen gusto, la finura, y los modales se interpretan como signos de decadencia, cuando no de prepotencia o de desprecio por los destellos más relevantes del ser humano. Como si la buena educación estuviera reñida con el amor al prójimo o la solidaridad.

Dime que me quieres, aunque sea mentira. Nos afanamos por exigir a nuestro alrededor claridad y sinceridad, pero luego rechazamos las verdades incómodas. En pleno fragor del terrorismo internacional y de la crisis económica, el maestro de maestros en el arte de la seducción sigue hablando de Alianza de Civilizaciones, se lava las manos en el asunto Repsol -ni una palabra de nucleares, no vayan a pensar que nuestra Jauja es un camelo- y derrama estado de bienestar sin dejar de sonreir. Once mil millones más para activar esa Viagra de la economía que ha resultado ser el ladrillo. Y el que venga detrás que arree.

-Ríete de Cary Grant –piensa el Hombre Perplejo.

Se sorprende Homper que viviendo España desde casi un lustro bajo el talante y en el conjuro de las buenas palabras sigamos perdiendo amabilidad social. Recuerden el viejo chiste de Mingote: se cruzan dos por la calle, hola qué tal estás, dice uno, ¡y tú más!, le responde el otro. La amabilidad: no arregla el mundo, como pretenden los taumaturgos, pero dulcifica el momento.

Y se acordaba Homper de Enrique Gil-Casares, muerto hace unos días por una de esas travesuras del corazón que no tienen vuelta atrás. Enrique no era, ni mucho menos, uno de esos sus amigos íntimos de los que tanto presumimos los españoles. Pero era un hombre extraordinariamente atento y bien educado, y siempre que se saludaron su sonrisa lucía espontánea y sincera. Había en su figura de galán clásico -siempre impecablemente vestido- una nobleza deferente que le mejoraba a uno cuando se lo encontraba. Homper, a su lado, hasta se sentía alguien. Y no era su gracia, sino el talento de Enrique para hacer la vida más agradable a los demás.

Tenía, sin duda, valores mucho más destacables. Pero no siempre la vida da oportunidades para contrastarlo todo. Lo admirable es que con sólo ser amigo de algunos de sus amigos, haber coincidido con él en varios festejos domésticos y cantado al compás de la guitarra que tan elegantemente tocaba, Enrique le hubiera dejado una huella marcada en sus sentimientos. Mientras asistía a su funeral, Homper, perplejo, se lo preguntaba. ¿Será que, en el fondo, las buenas formas también son importantes?

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7 Responses to “Enrique y las buenas formas”


  1. 1 José Ramón noviembre 29, 2008 en 2:18 pm

    Tengo un pariente que presume de sinceridad; incluso, según sus propias palabras, de “asquerosa sinceridad”.
    Gracias a esa asquerosa sinceridad, nos puede decir a cada uno de nosotros lo que le da la gana, y nos tenemos que aguantar. A veces hace daño, y a veces hastía. Y en las poquísimas ocasiones en las que, suavizando cuanto podemos, y dando grandes rodeos, le insinuamos un defecto suyo, reacciona con brusquedad y malas pulgas.
    Y es que hasta ese pariente tan asquerosamente sincero necesita de las buenas formas.
    Las buenas formas no son hipocresía ni consisten en mentir, sino en evitar las situaciones que pueden causar dolor gratuito, y en saber tratar con cariño y simpatía a la gente.

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  2. 2 joselepapos noviembre 29, 2008 en 4:32 pm

    “…evitar las situaciones que pueden causar dolor… tratar con cariño y simpatía a la gente”. Lo suscribo con tu permiso José Ramón. Esa es la clave. Un simple “buenos días, cómo está usted” acompañado de una sonrisa sincera hace mucho más por la convivencia que todos los “servicios sociales” de todos los ayuntamientos de España.

    Las buenas formas, querido duende, se nos enseñaban en una asignatura llamada URBANIDAD, de la que sólo nos acordamos los “puretas” de cincuenta en adelante y que no vendría mal desempolvar en estos tiempos tan permisivos y faltos de disciplina (no militar ni religiosa sino personal). O sea, tan faltos de “Educación General Básica”.

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  3. 3 Zoupon noviembre 29, 2008 en 7:19 pm

    Mis padres me enseñaron a comer con la boca cerrada y a ceder el paso en las puertas, y a tratar a las personas mayores de usted. Y tantas otras cosas cuyo esporádico olvido llevaba aparejado un leve pescozón. Y curiosamente no me ha supuesto ningún trauma infantil, o por lo menos hasta ahora no se ha manifestado. Bueno, quizá en que cuando abro la puerta para que pase otra persona, y se me cuela de frente un chavalote de estos que son tan altos como desgarbados, con su gorrito de lana y su cara de tonto con granos, y las manos en los bolsillos de los pantalones cagaos, tengo que reprimirme para no arrearle una colleja.

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  4. 4 wallace97 noviembre 29, 2008 en 7:30 pm

    Complejo asunto, creo yo, en el que se mezclan intenciones y resultados variopintos en origen y en destino, que a veces se corresponden y a veces no.

    La amabilidad es bonita para el que la recibe, qué duda cabe, pero no siempre útil, y a veces contraproducente, si es resultado de cobardía o hipocresía.

    Tampoco es necesario ofender para decir verdades que serían mucho más necesarias que apetecibles, y que normalmente son mucho más escasas de lo que sería deseable para el bien común.

    Y cuántas veces sería necesario decirlas a los cuatro vientos aunque les haga daño a los receptores, que las están pidiendo a voces y no somos capaces de cantárselas.

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  5. 5 MARIBEL noviembre 30, 2008 en 1:14 pm

    eso esta claro pero..habeis pensado alguna vez porrque siempre le toca al mismo callar..no decir exactamente lo que piensa para no hacer daño porque “total no es para tanto”.. a los demas les da igual!! yo pienso que cuando llegamos al mundo ; unos firmamos callar y otros decir lo que les viene en gana y si te hace daño que te den….esosi tu nunca hagas lo mismo tu a callar…..

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  6. 6 Bob de Ca's Barber noviembre 30, 2008 en 9:54 pm

    Hombre! sin buenas formas me parese que no vas a ningún sitio y con los tiempos que corren si que nos!, yo, no se, que es lo que pasa, que la gente entra en las casas y no disen ni ¡uep, com anam! ni buenos dias, ni buenas tardes! ah! y no preguntes nada! que te pueden embestir con el bolso o con la puerta de tu casa en las narises, ensima disen, ay, ay, ay! dile que no se aserque que me ensusia!, y esto que es! Batuadena! ido que vengan en xandall! y no me empipen! yo trabajo en el campo todo el dia pa arriba y abajo, namás me faltaba ir de tiros largos, que se piensan! y si me como una naranja y me queda un churrete o hay fango porque ha llovido y llevo los sapatos susios, pues si te piso pasiensia, hombre, pasiensia!, que! soy yo! que estoy en mi casa!, ara el otro dia, suena el teléfono, tiruriruriiiii,tiruriruriiiiii… y era una amiguita de la niña, la verdad es que no estoy muy seguro, solo me lo parese a mi, porque me dise con vos de sueño resiendespertandose : – Gloria. y yo: – eh?, diga!, quien es?.
    -Gloria.
    No lo entendia, porque si Gloria estaba en el cuarto de baños, como es que me hablaba en el aparato. La questión es que más tarde, la vos me dijo: – está Gloria?. Ara vamos, Batuadena!, ya vi la cosa algo más clara y le contesté: – Bon dia, Amanda, como estás, bien? me alegro de escucharte, sí, yo he descansado bien y tengo un día fabuloso, entonses un saludo reina, ara te aviso a la niña, au! que lo pases bien 🙂

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  7. 7 Charivari diciembre 1, 2008 en 3:46 pm

    Soy de esas personas que sin proponérselo tienen la habilidad de lo que por estos pagos se llama “meterse a la gente en el bolsillo”, no hay viejecita, persona problemática ni subalterno que se me resista y a lo largo de mi vida he visto que es, sobre todo, por una cosa tan fácil y sencilla como la amabilidad: un por favor y un gracias hacen maravillas.
    La educación, oh, la la, también nos lleva a lo que se apunta más arriba: que nos callemos ante impertinencias descomuncales pareciendo que asientes ante situaciones desagradables.
    Enfín, no se si me explico.

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