INEM hasta en los nacimientos

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La prima Alicia vivía como una pepa, y afortunadamente no había tenido necesidad de trabajar nunca. Hasta que giró levemente la veleta de la fortuna, y tuvo que hacerse cargo de una floristería familiar.

También le apremiaba la presión social. Ella hubiera sido feliz cumpliendo las funciones de una respetable dama burguesa: el esposo, los hijos y la casa. Pero hasta las más tradicionales de sus amigas habían abandonado el estereotipo para trabajar fuera del hogar. Empezaba a estar de moda el verbo realizarse. Y al parecer, el ser humano no se realiza si no proyecta su acción personal más allá del ámbito familiar. La prima Alicia sacó pronto sus propias conclusiones sobre la dureza de lo que es trabajar en un establecimiento comercial.

-Pues dirán lo que quieran-sentenció -Pero a mí lo único que se me realizan son los pies.

Desde ese momento el Duende siempre ha admirado a cualquiera que tiene que pasar su larga jornada de trabajo yendo de aquí para allá, de la caja a la trastienda, del escaparate al teléfono, subiendo a una escalera para sacar un objeto de lo alto de una estantería o manipulando el toldo, atendiendo a un pelmazo o abriendo todo el muestrario a esa señora implacable tan minuciosa para elegir sus compras. Todo de pie, y casi siempre con una sonrisa en los labios.

Más genéricamente podría subrayar su admiración por el pequeño comercio, una de las primeras víctimas de la crisis. Por eso aplaude aún más su esfuerzo por agradar en Navidad. El Ayuntamiento de Madrid se ha esforzado este año por vender el slogan de Madrid, la ciudad de la Navidad, y difunde en todos los medios el programa de fiestas, actuaciones y el itinerario de belenes y nacimientos públicos. Pero sin entrar en un museo o en una iglesia, el curioso puede pasear y disfrutar viendo escaparates. Suena a diversión antigua, pero tampoco es mala solución para tiempos caninos.

Y al menos en la capital -como, supongo, en toda España– hay pequeños comercios que merecen un aplauso por su gracia y su originalidad. El Duende se ha parado ante muchos escaparates disfrutando como un niño. Pero ninguno tan entrañable e ingenioso como el de una pequeña cristalería de la calle Padilla, a la altura de los números 35 -37. Ahí, en poco más de un metro cuadrado han montado un nacimiento sencillamente encantador. No le falta de nada: ni castillo de Herodes iluminado, ni molino con las aspas girando, ni río con agua corriente, ni sentido de la perspectiva y de la proporción en las figuritas, más pequeñas las lejanas que descienden desde una procelosa montaña en dirección al portal.

Pero, sobre todo, no le falta sentido del humor. Porque, si bien el portal es el centro de atención, uno puede observar a su lado otra cueva encendida donde, sorprendentemente, se ha acumulado una gran cola de los que en otros nacimientos van a ver al Niño. ¿El motivo?…Alguien atiende al público en esta cueva, y encima de ella hay un rótulo que dice INEM. Ya hay INEM hasta en el nacimiento, por si el Niño no alcanza al milagro que vamos a necesitar para colocar a tanto parado.

El pequeño comercio, querida prima Alicia, además de realizar los pies aguza el ingenio.

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