Archivos para 31 enero 2009

La quimera de la igualdad entre sexos

¿es que  la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

La tía Clota está indignada: ¿es que la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

El último mensaje de la tía Clota le había dejado a Homper aún más perplejo de lo acostumbrado.

-¿Qué pasa en España?-preguntaba-No decían que hay una ministra de la Igualdad? ¿Y a qué se dedica?

Homper le contestó que a las buenas intenciones: a depurar las desigualdades entre los hombres y las mujeres que la legislación democrática aún no ha conseguido superar.

-Digamos que es un desideratum, tía-contestó Homper-Los buenos propósitos concentrados en una especie de brindis al sol del gobierno Zapatero. Igual que la Alianza de Civilizaciones…Son como el azafrán  que ponemos en el arroz: no cambian el punto, pero lo dejan más bonito.

-Pues hijo, no lo entiendo-Hay discriminaciones tontas que a mí como mujer me molestan y que serían bastante fáciles de evitar…

La tía Clota sigue por Internet muchos programas de TV españoles. Admira Cine de barrio, y considera que al cirujano facial de Carmen Sevilla le debían  de dar el Premio Nacional de Restauración. Pero no resiste ciertos anuncios que pasan en éste y otros programas que concentran en la mujer los  más feos oprobios de la edad.

-¿Es que los hombres españoles son inmunes a los achaques de los años?-preguntó airada.

Homper le replicó que ya tenía algún amigo operado de cataratas y varios con problemas de sordera.

-Sí, hijo,sí -admitió tía Clota- Pero no es lo mismo eso que la incontinencia de orina o que se te caiga la dentadura por picar una croqueta en un cocktail. ¿O crees que a Beethoven y a Goya les gustaría que se supiera que se contaran esas cosas de ellos?

Repasó otras bajezas de la condición masculina que raramente se airean. Reconociendo que su marido Oscar, que en gloria esté, pase a ser un granjero de Vermont, también dejaba los aledaños de la taza del retrete sembrado de gotitas cada vez que iba a cambiarle el agua al canario.

-Yo aguantando y limpiando, y nunca le dije nada…-refunfuñó-…Para que ahora los anunciantes españoles me hagan sospechosa de hacerme pipí mientras tomo el te con las amigas….¿Dónde está la igualdad?

-La respuesta está en el viento- le dijo silbando la famosa canción de Joan Báez-Pero no te preocupes, seguro que de un momento a otro Bibiana Aída toma cartas en el asunto.

Se quedó perplejo Homper de lo aguda que era tía Clota en sus observaciones. Y lo cierto es que la primera vez que visitó el cuarto de baño tras esta conversación, se esmeró en apuntar bien para no esparramar la amarillenta quintaesencia de la desigualdad.

Emilito Botín ya no es lo que era

Si no lo veo no lo creo...¡Botin devolviendo el dinero a sus inversores etafados!
Si no lo veo no lo creo…¡Botín devolviendo el dinero a sus inversores etafados!

Homper no era sino un visitante. Uno más de los que se quedó pasmado cuando Epulón Golden bajó de su pedestal al ver entrar en su sala a un par de periodistas con cámara fotográfica y micrófono. Aquel caballero bigotudo vestido con chaqué y chistera y fumando un imponente veguero, como siempre lo representaban los tebeos, carraspeó y, sin apenas esperar la primera pegunta, se precipitó a dejar sentada su opinión.

-Lo de Emilito Botín es intolerable-sentenció-Una vergüenza para lo que represento.

Los visitantes del Museo de Pesos y Medidas de París y los propios periodistas se sumaron al estupor de Homper. No podían imaginar tanta rotundidad en sus declaraciones.

-Ya no hay principios-se lamentó de nuevo Epulón-¡Un banquero que devuelve su inversión a los clientes porque les salió rana!…¿A dónde vamos a llegar?

Epulón era el patrón banquero que, como otros referentes -el metro, sin duda era el más famoso-se exhibía en el Museo de Pesos y Medidas en una barra de platino y de iridio, para que ni los cambios medioambientales mutasen la pureza de su aleación. Como banquero impecable representaba la codicia sin límites, el afán de exprimir cualquier oportunidad de negocio, y, sobre todo, la insensibilidad ante el pobre cliente perjudicado. Si subía el interés de la hipoteca, mala suerte para el hipotecado. Si se aprobaban nuevas comisiones, allá películas. Si un tal Madozz había salido gangster, a mí plim, nadie le obligó al inversor a que confiara en sus fondos. Si la cuenta corriente quedaba en números rojos, crujida de intereses leoninos, para que el iluso sepa lo que vale un peine. Gracias a su rigor y seriedad, el papel de Epulón  había merecido el aplauso del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, de la banca judía, del Foro de Davos,  de la Fundación Tío Gilito y de la Organización Millonetis sin Fronteras.

-Pero ahora…-suspiró-el prestigio del patrón banquero se verá perjudicado…

Se extendió lamentando las esperanzas frustradas en Emilito Botín, que hasta entonces siempre se había mostrado como el banquero impecable. Ni una concesión en las juntas generales a los accionistas disidentes. Ni una vacilación ante los empleados a la hora de exigir el cumplimiento de objetivos. Ni una muestra de sumisión ante el poder. Lo demostró en la última reunión con el Presidente del Gobierno y los otros grandes de la banca, y Homper se apercibió de ello. Don Emilione -como irónicamente le apodan sus propios empleados- posó entonces para los fotógrafos con la chaqueta abierta, mostrando los tirantes y con la soltura propia de quien se siente el verdadero protagonista. Parecía que mandaba más que Zapatero.

-Tan firme, tan sólido-farfulló Epulón conteniendo las lágrimas-Todavía recuerdo cuando de aquellas agendas birriosas que regalaba su banco por Navidad a los clientes de lujo eliminó la cinta que marcaba las páginas ahorrando unos cuantos miles de euros!…¡Eso era un banquero competente!…En fin, no puedo añadir nada más…Muchas gracias.

Los periodistas  cerraron el micrófono e hicieron las últimas fotos mientras Epulón Golden regresaba a su barra de platino e iridio para seguir desempeñando su papel de patrón banquero. Y Homper comprendió su consternación. Ya nada es lo que era-pensó-Cualquier día nos quedaremos perplejos comprobando que hasta  la banca tiene escrúpulos.

Una coincidencia con Dalí (2)

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Borramos a Dios y seguro que hablarán de nosotros...

Al pobre Duende se le cortó la respiración al comprobar lo que pierden las leyendas en las distancias cortas.

Dalí ya era una caricatura de la propia caricatura exitosa que había sido siempre. Además de sus famosos bigotes engominados y una melena rala, lucía una especie de batín de terciopelo adamascado de color morado, un colorista pantalón de seda, unas babuchas, un bastón y, a modo de compañía,  un travelo horroroso  que respondía con nombre de mujer.

Le presentaron el Duende a Dalí sin que el nombre de aquel joven apocado le dijera nada. El Duende se sonrió. Recordaba el telegrama que, firmado por el presunto genio desde Barcelona, le había mandado el 15 de diciembre de 1951 a su padre, Luis Figuerola-Ferretti  Pena, a la sazón crítico de arte, que sin duda le había defendido en alguna de sus polémicas exhibiciones. El telegrama decía así: ANTE INICUA CAMPAÑA PRENSA IGNORANTE CON RAQUITISMO MENTAL TAN INCAPAZ DE COMPRENDER TUS SUTILEZAS TECTÓNICAS COMO MI MISTICISMO SURREALISTA TE ENVÍO CON UN ABRAZO UN MENSAJE MUNDIAL DE ADHESIÓN Y AMISTAD INVITÁNDOTE  A GRITAR CONMIGO ¡VIVA FIGUERAS!

En su disparatado estilo, le faltó añadir un si sale con barbas, san Antón, y si no, la Purísima Concepción, o algo por el estilo.

Porque Dalí estaba, o hacía creer que lo estaba, como una cabra. En medio de sus infinitas boutades la de que hablen de uno, aunque sea bien no es la más disparatada. Y si no, miren la que entre creyentes, agnósticos, ateos o mediopensionistas hemos armado por un anuncio en los autobuses municipales en el que nunca hubiéramos reparado si no hubiera sido por el eco que le han prestado los medios.

¿Probablemente no existe Dios?…¿Existe y está contigo?…No se entiende cómo han entrado al trapo Rouco y los creyentes. Algo tan íntimo, tan subjetivo, tan poco manipulable como son las creencias…¿queda afectado por lo que diga un anuncio?

Sólo se buscaba el ruido de un autobús. Y probablemente ni hubiéramos hablado de ello si no es por la ingenuidad de los que hacemos el eco a los pícaros que, como Dalí en su rollo, tanto partido sacan del escándalo.

Un encuentro con Dalí (1)

lo importante es que hablen de uno...

Tenía razón: lo importante es que hablen de uno...

Sólo una vez en su vida vio el Duende a Salvador Dalí en carne mortal. Fue en uno de los salones más elegantes y refinados que pisó en su vida, en la casa del inolvidable Luis Escobar, marqués  de las Marismas del Guadalquivir, un elegante chalet del Parque del Conde de Orgaz.

Por aquel entonces el Duende se buscaba la vida como publicitario. Como Luis Escobar, que se había hartado de hacer buen teatro, había cobrado gran popularidad por su papel de marqués rijoso en La escopeta nacional de Berlanga, al  Duende se le ocurrió tentarle para una campaña testimonial de Gastón y Daniela. El hombre no era lo que se dice un Adonis, pero rebosaba bonhomie, buen humor y mejor gusto. A cambio de un dinerete que, como buen aristócrata, simuló aceptar a regañadientes, se sentó en un sofá tapizado con las telas que había que anunciar y posó con su inconfundible sonrisa de buque rompehielos.

-Sáqueme del lado malo-dijo al fotógrafo ofreciendo la mejilla derecha-porque el otro es imposible.

Le dio mucho lustre a aquella casa de telas.

Luis Escobar, al que los de su generación apodaban el Panzas -viendo su figura esmirriada uno, con el clásico, pensaba que cualquiera tiempo pasado fue mejor- vivía como un Médicis de nuestro tiempo rodeado de muebles, cuadros, esculturas, bibelots y libros apasionantes. Pocos ratones de biblioteca habrán sido más felices que los que pasearan por los anaqueles de aquella casa. Compartía su exquisita soledad con un mayordomo de sospechosa hombría, un loro al que, en cambio, le faltaba  mucha pluma y una cocinera infatigable. Al fondo del jardín de aquella hermosa casa había una piscina adornada con grupos escultóricos italianizantes donde el marqués se bañaba en verano. Nadando, el simpatiquísimo marqués parecía un pollo de pelícano.

¿Cómo iba a perder el Duende la oportunidad de curiosear en un ambiente así? Recibió la invitación al cocktail, se puso su mejor traje oscuro y se plantó en aquel enorme salón -biblioteca donde no hubiera sido extraño que apareciesen los fantasmas de la Pardo-Bazán, de Oscar Wilde o de Marcel Proust. No se presentaron. El único fantasma vivo que se personó fue el ínclito pintor llamado Salvador Dalí.

Del que, a la vista de un polémico anuncio rodante, hoy cabe extraer uno de sus pensamientos más lúcidos. Tenía razón el bufón de los pinceles: lo importante es que hablen de uno. Aunque sea bien…

El amor a la luz de una bombilla halógena

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mia, siempre nos quedará la luna...

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mía, siempre nos quedará la luna...

Sus tarjetas de visita decían simplemente: Alejo Faber, Escritor Romántico. Sólo había maquillado levemente su verdadero apellido porque Fabra le emparentaba con Fabra y Coats, hilaturas. Y, peor aún, con un presidente de diputación, lo cual  sonaba aún menos lírico. Alejo Faber había sido un hombre serio y se había ganado la vida con cierta comodidad. Pero llegado a una edad,  sólo disfrutaba enamorando por escrito. Lo de menos era la recompensa al final de la conquista. Lo de más era el placer de convertir a la mujer que le miraba con cara inocente en una heroína romántica.

-Tú te crees una simple funcionaria nivel 20-le dijo a Polita, adscrita al Servicio Nacional del Trigo en el Ministerio de Agricultura– Pero Ingres hubiera hecho con tu cara su retrato más poderoso.Y, de haberte conocido,  Beethoven hubiera cambiado su Para Elisa por Para Polita.

Alejo intentó convencerla para que cambiara su nombre por el de Alba, Lía, Silvia o Virginia, que le inspiraban mucho más. Pero ella argumentó que llevaba cincuenta y dos años llamándose Polita sin que los hombres se hubieran arrugado por tal circunstancia.

-Tuve muchos que me cortejaban-le confesó una tarde tomando una horchata en la terraza del Café Gijón– La mala suerte es que el que verdaderamente me gustó,  un oficial de la marina, fue un amor a distancia. Y se estropeó definitivamente porque en el último viaje salió del armario y se enamoró de un maquinista del barco…

-Dentro de un par de horas-replicó Alejo al despedirse-mi inspiración te enseñará que el destino te había reservado para mí. Abre tu correo en dos horas y yo te haré olvidar ese desengaño. Te  convenceré de que Ana Karenina, Margarita Gautier y Madame Bovary a tu lado son unas zafias sin clase…¡Viva el romanticismo!

No había caído Alejo en que al pequeño plafón que iluminaba su mesa de trabajo se le había fundido la bombilla. Ni que era tan complicado cambiarla. Lo que en la maravillosa bombilla de Edison parecía tan sencillo como enroscar, era ahora enhebrar en los invisibles agujeros del casquillo dos delicadas clavijas de alambre, que, al no atinar a la primera, se doblaban y hacían imposible el machihembrado que traería la luz y, con ella, la inspiración.

Alejo lo intentó una y otra vez. A riesgo tortícolis en grado tres  o de caerse desde lo alto de la escalera, logró pegar su cuello al techo para intentar ver por el rabillo del ojo y encajar así la dichosa bombilla. No tuvo éxito. Para más complicación -las cosas modernas- no podía cogerla directamente con los dedos, porque le habían advertido que se estropeaba. Y así estuvo, tanteando a ciegas y corrigiendo continuamente con unos pequeños alicates los alambres que se deformaban a cada intento, hasta que en una de estas la fortuna quiso que al fin las clavijas encajaran en su sitio.

Cuando bajó de la escalera, Alejo estaba jadeando y al borde del ataque de nervios. Se tomó un ansiolítico, se sentó en el sillón, se secó con un pañuelo el sudor que le coría por el rostro y se abanicó con el periódico. De repente se acordó de su reto, y miró el reloj. Sólo le quedaban cinco minutos para cumplir su promesa. Se precipitó al ordenador.

Seis minutos después una Polita ilusionada abría su correo electrónico. Lo que leyó del escritor romántico le dejó literalmente muda. Querida Polita –decía el correo-Si no asoman esta noche las estrellas, es porque tienen miedo de palidecer frente a tus ojos. Eres una criatura maravillosa, pero…¡y lo putas que son las bombillas halógenas!

La Conversión de san Pablo y otros esnobismos de familia

Como san Pablo, acabaremos cayendo del caballo y reconociendo que, en el fondo, somos unos esnobs...

Como san Pablo, acabaremos cayendo del caballo y reconociendo que, en el fondo, somos unos esnobs...

Nadie sabe por qué aquella familia sin pretensiones conservaba algunas tradiciones que hacían presumir lo contrario.

El abuelo Pablo tenía en sus rasgos  una notable elegancia natural, pero ese era el único detalle que le asimilaba con la nobleza. Como primogénito de la casa  era el sucesor del marquesado al que, nadie sabe por qué meritos, era acreedor su apellido. Pero el abuelo pasaba. De hecho no movió un dedo por eso, ni aún cuando su hermano Manuel -diplomático y, por ende, más propicio a las pompas y vanidades- lo rehabilitó a su nombre sin decirle esta boca es mía y con algún presumible tejemaneje en el Ministerio de Gracia y Justicia. El tío Manolo, por cierto, aprovechó  la pusilanimidad de su hermano para arramblar de paso con los pocos cuadros buenos de la familia, lo cual no le impidió figurar en el Espasa Calpe de la época -el de los cien tomos, no la versión reducida- con una hoja de servicios relevantes en Asuntos Exteriores y una foto de uniforme más propio de archiduque austrohúngaro que de pícaro con estudios, que es lo que era. No es oro todo lo que reluce.

El señor marqués se casó con una rica de la isla de Cuba, donde fue embajador, y él mismo cuidó su fortuna con tanto cariño como el que escatimó a su familia. Cuando engrosó las filas de los más ricos del cementerio no dejó una huella precisamente profunda en los que llevamos su apellido.

Entretanto el abuelo Pablo consumía su vejez con una precariedad de medios que no le impidió conservar, hasta el final, la dignidad del hombre sencillo. Siempre encorbatado -mantenía que la corbata no era ningún símbolo, sino una pequeña bufanda que prevenía los enfriamientos de garganta- era feliz paseando, nadando en verano,  declamando a Rubén Darío y leyendo novelas policíacas en su butaca reclinable. mientras  fumaba su pipa con el orgulloso gesto de un general después de haber vencido en la batalla. El hombre sólo supo ganar lo suficiente para sobrevivir y educar a sus hijos. Que se sepa, nunca tuvo una casa de su propiedad. Cuando un cinco de enero el Duende le preguntó qué deseaba que le dejaran los Reyes Magos su respuesta fue tan desconcertante para un niño como elocuente para cualquiera que sepa de la vida.

-Sólo quiero que me dejen en paz.

Y sin embargo, no celebraba su santo el día de san Pedro y san Pablo, como hubiera sido lo habitual. Sino tal día como hoy, 25 de enero, que es la Conversión de san Pablo. De la misma manera que los luises de la familia tampoco éramos del 20 de junio, san Luis Gonzaga. Sino del 25 de agosto, san Luis de los Franceses, que además de santo fue rey. O sea, marcando diferencias con la mayoría.

Qué contradicción en una familia de tan baratas ínfulas. Debe de ser que aquí, como en el caso del tío Manolo, también las apariencias engañan.  Cuándo caerán del caballo, como san Pablo, y reconocerán su esnobismo. ¿O es que no han caído en la cuenta de que en realidad  el abuelo Pablo estaba convencido de ser Rothschild y  su nieto, el Duende,  más importante que Puck?

Buscando a Beethoven desesperadamente

¿En qué rincón de Radio Clásica de RNE se habrá escondido Beethoven?

¿En qué rincón de Radio Clásica de RNE se habrá escondido Beethoven?

Clod Monter -nacido Clodoveo Montero- no iba a actuar esta vez por cuenta de ningún cliente. Esta vez buscaría por interés propio.

No se trataba de dar con una mujer raptada, con una hija perdida,  o con un socio infiel que se fugó llevando bajo el brazo un maletín lleno de dólares. Tampoco había que buscar al espía, al chantajista, al ladrón de planos de centrales nucleares o de fórmulas mágicas, al traficante de armas o al canalla que le quería guindar la novia.

Era algo mucho más personal. Clod se alejaba de la imagen del investigador astuto, pero tosco en sus gustos personales. Desde hacía años, a  la una  de la madrugada, y después de ordenar sus carpetas con las investigaciones en curso y de repasar la agenda, se lustraba los zapatos con los que habría de echarse a la calle al día siguiente, se desvestía, se ponía el pijama, se metía en la cama y, tras abrir el libro que estaba leyendo, conectaba su aparato de radio. Invariablemente anclado, por cierto, en el dial de lo que siempre había sido Radio Clásica de Radio Nacional de España.

-No puedo conciliar el sueño sin escuchar música clásica, muñeca -le dijo en plan Bogart a aquella clienta ninfómana que, desgraciadamente, no se parecía en nada a Lauren Bacall.

Envuelto en la atmósfera mágica que recreaban los grandes de la música, Clod se embarcaba en la novela o imaginaba encuentros en un faro con algunas de las mujeres fascinantes que había conocido en su laga vida profesional. La música clásica le daba lo que la vida le escatimaba. Romanticismo, pasión y aventura.

Hasta que hubo un relevo y, por ese afán tan inquietante de cambiar lo que está bien, alguien transformó lo que antes era música clásica pura en una mezcla de música atonal, dodecafónica, étnica, folklórica, experimental y, a menudo, chirriante hasta la desesperación.

-No sé por qué le siguen llamando Radio Clásica-se decía- Tendrían que llamarla, más bien, Radio Música Alternativa.

Desde hacía muchos meses Clod Monter no dormía de puro desasosiego. No es que persiguiera a delincuentes o a gente peligrosa. Es que, a la una y media de la noche, buscaba a Beethoven y a los demás clásicos desesperadamente y  no les encontraba.


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