El amor a la luz de una bombilla halógena

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mia, siempre nos quedará la luna...

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mía, siempre nos quedará la luna...

Sus tarjetas de visita decían simplemente: Alejo Faber, Escritor Romántico. Sólo había maquillado levemente su verdadero apellido porque Fabra le emparentaba con Fabra y Coats, hilaturas. Y, peor aún, con un presidente de diputación, lo cual  sonaba aún menos lírico. Alejo Faber había sido un hombre serio y se había ganado la vida con cierta comodidad. Pero llegado a una edad,  sólo disfrutaba enamorando por escrito. Lo de menos era la recompensa al final de la conquista. Lo de más era el placer de convertir a la mujer que le miraba con cara inocente en una heroína romántica.

-Tú te crees una simple funcionaria nivel 20-le dijo a Polita, adscrita al Servicio Nacional del Trigo en el Ministerio de Agricultura– Pero Ingres hubiera hecho con tu cara su retrato más poderoso.Y, de haberte conocido,  Beethoven hubiera cambiado su Para Elisa por Para Polita.

Alejo intentó convencerla para que cambiara su nombre por el de Alba, Lía, Silvia o Virginia, que le inspiraban mucho más. Pero ella argumentó que llevaba cincuenta y dos años llamándose Polita sin que los hombres se hubieran arrugado por tal circunstancia.

-Tuve muchos que me cortejaban-le confesó una tarde tomando una horchata en la terraza del Café Gijón– La mala suerte es que el que verdaderamente me gustó,  un oficial de la marina, fue un amor a distancia. Y se estropeó definitivamente porque en el último viaje salió del armario y se enamoró de un maquinista del barco…

-Dentro de un par de horas-replicó Alejo al despedirse-mi inspiración te enseñará que el destino te había reservado para mí. Abre tu correo en dos horas y yo te haré olvidar ese desengaño. Te  convenceré de que Ana Karenina, Margarita Gautier y Madame Bovary a tu lado son unas zafias sin clase…¡Viva el romanticismo!

No había caído Alejo en que al pequeño plafón que iluminaba su mesa de trabajo se le había fundido la bombilla. Ni que era tan complicado cambiarla. Lo que en la maravillosa bombilla de Edison parecía tan sencillo como enroscar, era ahora enhebrar en los invisibles agujeros del casquillo dos delicadas clavijas de alambre, que, al no atinar a la primera, se doblaban y hacían imposible el machihembrado que traería la luz y, con ella, la inspiración.

Alejo lo intentó una y otra vez. A riesgo tortícolis en grado tres  o de caerse desde lo alto de la escalera, logró pegar su cuello al techo para intentar ver por el rabillo del ojo y encajar así la dichosa bombilla. No tuvo éxito. Para más complicación -las cosas modernas- no podía cogerla directamente con los dedos, porque le habían advertido que se estropeaba. Y así estuvo, tanteando a ciegas y corrigiendo continuamente con unos pequeños alicates los alambres que se deformaban a cada intento, hasta que en una de estas la fortuna quiso que al fin las clavijas encajaran en su sitio.

Cuando bajó de la escalera, Alejo estaba jadeando y al borde del ataque de nervios. Se tomó un ansiolítico, se sentó en el sillón, se secó con un pañuelo el sudor que le coría por el rostro y se abanicó con el periódico. De repente se acordó de su reto, y miró el reloj. Sólo le quedaban cinco minutos para cumplir su promesa. Se precipitó al ordenador.

Seis minutos después una Polita ilusionada abría su correo electrónico. Lo que leyó del escritor romántico le dejó literalmente muda. Querida Polita –decía el correo-Si no asoman esta noche las estrellas, es porque tienen miedo de palidecer frente a tus ojos. Eres una criatura maravillosa, pero…¡y lo putas que son las bombillas halógenas!

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6 Responses to “El amor a la luz de una bombilla halógena”


  1. 1 José Ramón enero 27, 2009 en 11:24 am

    Yo tenía unas graciosas bombillitas halógenas en el salón, que se fundían cada dos por tres. Un invento muy gracioso de IKEA. Se conoce que el transformador no era muy allá y tenía fluctuaciones (o lo que fuese), y las bombillitas de 12 V de corriente continua se fundían una detrás de otra. Y eran caras. Y deslumbraban. Y las quitamos y nos quedamos tan a gusto.
    A ver si la bombilla de Sebastián nos arregla la vida. Eso espero.
    (Lo de patillas rotas y dobladas también me ha pasado).

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  2. 2 C. WaterI enero 27, 2009 en 1:01 pm

    Yo también estoy perplejo ante tantas y tantas cosas. ¿Como se puede abrir sin romper el plástico de las herramientas o tubos de pegamento que vienen sobre un cartón? Teóricamente se debe de deslizar sin más y los acabo destrozando desesperado con unas tijeras.

    ¿Cómo atinar la altura esacta de los tacos para que coincidan las escarpias en las arandelas de los marcos .

    ¿Por qué siempre cuando quiere hacer un agujero en la pared coincide con una tubería ó pilar de hormigón?

    ¿Por qué siempre me doy con el martillo en el dedo al clavar un clavo?

    ¿Se cerraría la barrera de los peajes si yo me bajo a recoger el justificante de pago , cuando sale volando?.

    ¿Por qué se borran números de mi móvil?

    ¿Me cambiaría 50 € el taxista sin decirme cualquier cosa?

    ¿Por qué nunca llevo las llaves en el bolsillo que miro al abrir la puerta y voy cargado?……

    La verdad es que soy un manazas como Alejo

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  3. 3 luna enero 27, 2009 en 1:53 pm

    Me parece que a Alejo lo que le faltaba era aquello que las vírgenes prudentes tenían , que estaban preparadas para cuando las llamaran, vigilantes y apunto , no les faltaba de nada , en cambio Alejo sólo con haber tenido otro instrumento iluminatorio, no habría defraudado a la pobre Polita que no entiende de arreglos y cosas prácticas. Qué pérdida de tiempo me parece entretenerse con una bombilla que al fín y al cabo es reemplazable por cualquier otra cosa que ilumine , pudiendo hacer sonreir con sus palabras a la bella Polita.

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  4. 4 adela enero 27, 2009 en 6:55 pm

    la independencia está muy bien, pero tambien el dejarse ayudar, seguro que si Alejo le dice a Polita que está completamente a oscuras, ella acude a darle una mano y quizás ven las estrellas juntos, no es tan literario! pero él se ahorra un ataque de ansiedad y a ella le siguen regalando los oidos, que es lo que le gusta :), Alejo debería tener velas en los cajones! son imprescindibles por mucho que avance la tecnología iluminaria, acabamos recurriendo a ellas en más de un apagón y crean un buen ambiente!
    Por cierto…para escribir en el ordenador, no necesita Alejo luz de la lámpara! la misma pantalla le sirve, no sería una excusa perezosa…

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  5. 5 DOLOROSA enero 27, 2009 en 7:14 pm

    Dicen que el romanticismo está anticuado y que ya nadie, o al menos, muy pocos, hablan de él. Pero me encanta que tú, Duende, escribas sobre ello. También creo que el romanticismo no está reñido con una bombilla halógena ni con nada, si llevamos en el corazón una gran ilusión y en nuestro ánimo mucho humor. Y si Polita hubiera tenido esa chispa de humor, le habría encantado el correo y le habría contestado inmediatamente para no dejar escapar a una persona tan realista a la vez que romántica. Ni el amor ni el romanticismo están reñidos con la realidad de nuestra vida cotidiana. Sólo hay que tener un poco de imaginación y dejarte llevar por la magia de cada momento. Hasta en el acto tan vulgar como es cambiar una bombilla sea o no de halógeno, puede existir romanticismo si lo hacemos por o para la persona que ocupa nuestra vida.

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  6. 6 El Duende de la Radio enero 27, 2009 en 8:28 pm

    Querida Dolorosa

    A Alejo Faber, que probablemente soltó innumerables denuestros en tan incómoda faena, le encantará saber que tú sublimas el cambio de bombilla como una ofrenda de amor a Polita. ¿Es él o eres tú la escritora romántica?

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