El rostro del mendigo del Metro

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Se lo había a escuchado Homper a aquella mujer que hablaba en la radio de las pequeñas poblemáticas cotidianas. Esto está hecho de espaldas al pueblo, decía doña María. Se acordó de ella en el metro cuando se le acercó un mendigo pidiendo, intentó extraer alguna moneda de ese pequeño bolsillo del pantalón que los sastres llamaban cerillero y comprobó que algún genio de la confección había decidido rediseñarlo para hacerlo más estrecho y más incómodo. O sea, más modelno.

-Coño-se dijo irritado ante aquella mirada espantosa-¡Otra cosa más de espaldas al pueblo!

El pordiosero era un quemado que extendía para pedir un par de muñones. Apenas le quedaban manos. Su mirada causaba espanto, porque era la de un rostro deformado por el fuego. El desdichado debía de haber ardido como las criaturas de Los crímenes del museo de cera, una de aquellas joyas del cine de terror que protagonizaba el gran Vincent Price y que tanto impresionó a  un Homper imberbe cuando la vio.

-Y sin poder sacar una moneda de este puñetero bolsillo…- refunfuñó entre dientes mientras buscaba afanosamente en el cerillero.

La situación era tan embarazosa para Homper como desalentadora para el mendigo. El bolsillo era a tal punto estrecho, que sólo permitía que cupieran en él los dedos índice y anular de la mano derecha. Se llegaba a tocar las monedas, pero era imposible atraparlas. Ante la mirada estupefacta del mendigo, Homper dobló la pierna derecha y la subió para presionar con la parte superior del muslo la columnita de monedas. Así ésta podría ascender levemente y sus dos dedos, a modo de pinzas, conseguirían coger un euro para salir del paso.

Homper lo intentó denodadamente una y otra vez. Ante el asombro de los viajeros que le rodeaban, se contorsionó como si  una pulga  bailase el rock en su ingle. Pero su gimnasia caritativa fue un fracaso: no recuperaría las monedas hasta que no se quitara los pantalones y los sacudiera boca abajo. El mendigo se percató de ello y siguió su camino. Homper pintó un gesto de contrariedad, recompuso su dignidad estatuaria -la  que lucen casi todos los viajeros en metro- y continuó su viaje como si allí no hubiera pasado nada.

Cuando sin darse cuenta se metió las manos en los bolsillos del abrigo, sus dedos detectaron inopinadamente una moneda escondida en el fondillo. Era el euro que había necesitado para no defraudar al mendigo. Entretanto, el pobre monstruo, quizás decepcionado por la escasa recaudación en el vagón,  volvía a pasar ante él pidiendo limosna. Homper no tuvo que repetir esta vez el penoso número contorsionista para darle una moneda. Pero lo hizo avergonzado, depositándola en los muñones y sin atreverse a mirar aquel horrible rostro deformado por las llamas.

-Gracias-se escuchó con dificultad de los labios del mendigo.

A Homper le quedó un amargo resquemor. Aunque tarde, se había dado cuenta de que lo que verdaderamente hubiera agradecido aquel desdichado no era una moneda, sino que alguien le mirase a la cara.

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8 Responses to “El rostro del mendigo del Metro”


  1. 1 DOLOROSA febrero 9, 2009 en 6:05 pm

    Una vex más, Duende, tienes razón. Nos cuesta mirar de frente la miseria,el dolor. Es mucho más cómodo echar una moneda en las huchas que nos presentan en las cuestaciones de la lucha Contra el cáncer, la Cruz Roja y tantas otras. Nuestra conciencia se queda tranquila por haber contribuido con nuestro donativo a paliar el mal de muchos. Y sería bastante más humano si a la vez nos pasáramos por los hospitales y los suburbios donde conviven la miseria y la enfermedad, la desesperanza y el olvido. El dinero, lógicamente es importante pero lo será mucho más, si va acompañado de una mirada, una palabra, una sonrisa.

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  2. 2 MARIBEL febrero 10, 2009 en 9:28 am

    nunca sabremos lo que es estar quemado por el fuego….(y ojala no lo sepamos) pero yo que lo vivi en directo en casa de mi amiga y la vimos arder….creo que es lo peor que le puede pasar al ser humano…..

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  3. 3 Palinuro febrero 10, 2009 en 2:19 pm

    Dolorosa, has dado en el clavo. Creo que todos pasamos de vez en cuando por la situación que describe el Duende y nos quedamos con esa sensación de incómoda culpabilidad por no querer mirar de frente el desgarro que produce la enfermedad virulenta, las huellas del fuego en los que lo han padecido y la miseria extrema.
    Maribel, hay que pedir no pasar por esa situación que nos narras. Comprendo tu horror.

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  4. 4 Bob de Ca's Barber febrero 11, 2009 en 12:47 am

    A mi los bendigos que me entristesen son los que duermen en la calle, y cuando lo hablo con los amigos, me disen, pero ellos están ahí porque quieren!, no quieren estar en otro lado, y un pimiento envinagrao! a nadie le gusta dormir en la calle! dura y susia por muy borracho que estes, si hay barrenderos que cada mañana recogen los papeles de la calle, como es que no hay recogedores de personas por la noche! y luego que hagan su vida. Tambien veo que hay más pidiendo limosna en la siudad, en el pueblo no veo ninguno…como en la siudad hay más gente! idó, tienes más posibilidades, lo que pasa…esque ahora te disen lo que les has de dar, me parese que cuarenta séntimos es poco, me lo dijo una xica que le pregunté, como es que estas asín y me dijo que la culpa era de los de las cosas sosiales que no le daban trabajo!, yo no tenía más séntimos y le dije que si quería la invitaba a un bocadillo de esos calentitos y cuando fuimos al sitio de los bocatas le hiso ilusión la tarta de queso, be! a otro que miré de frente y tambien le pregunté me contó la poca educasión que tiene la gente y me dió las grasias por la atensión de mi parte, entonses…creo que no voy a volver mucho a la siudad! tiene rasón el señor Duende, cuando no lo puedes solusionar, Batuadena! que te sientes de desconsolao, menos mal de la luna llena que ilumina la noche 🙂

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  5. 5 Charivari febrero 11, 2009 en 3:50 pm

    Tego algunos amigos voluntarios que dicen que es más necesario nuestro tiempo que nuestro dinero y no sólo para ir a cuidar enfermos o a servir en comedores sociales, no, también para llevar unas cuentas, resolver problemas burocráticos, enseñar nuestro idioma…
    Cuando veo a dos ancianitas rebuscando en los cubos que sacan del super de debajo de mi casa, pienso que debería invitarlas a subir a mi casa y que cenen caliente esa noche pero me da miedo… y también me da asco de ser tan cobarde.

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  6. 6 crisatina febrero 12, 2009 en 4:30 pm

    Creo que lo que no queremos ver, no mirando a ese mendigo, es nuestra propia imagen reflejada en él. Porque, si nos encontramos con su mirada, nos acercamos de un ser humano quien, quizá, al fin y al cabo,no sea tan distinto de nosotros: veremos en frente, reflejadas en su mirada, nuestra propia miseria,nuestras invalideces y nuestra fragilidad. Entonces se trata de mantenerlo bien a distancia, no mirar, no escuchar…bueno, eso sí, dejar unas monedas o pasar muy rápido porque, !ya se sabe!, dar limosna crea mendigos.

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  7. 7 adela febrero 12, 2009 en 4:56 pm

    Es duro ver a gente tirada en la calle, pidiendo dinero o algo de comer, todos tenemos una historia y cuando les veo pienso en la suerte que tengo de no estar en su posición y en el agobio de pensar que haría de estar en ese lugar, son personas que necesitan ayuda, otros no la quieren, la dureza de sus situaciones no esta reñida con atenderles si solicitan ayuda, o escucharles mirándoles a la cara, aunque reconozco que en las ciudades grandes me resulta muy agobiante, un pais que tiene a personas mayores tiradas en las calles me parece tan lamentable, que no es para mi desarrollado, en las calles están tirados los papeles, las colillas, las mierdas de los perros, pero las personas…tremendo.

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  8. 8 wallace97 febrero 12, 2009 en 5:18 pm

    Y que lo digas Adela, y seguimos hablando de desarrollo, progreso y bienestar. Mientras no lo sea para todos, no son tales.

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