El guardamemorias

¿Y qué hacemos con todos los papeles y libros que quedan cuando creíamos que ya no quedaba nada en la que fue nuestra casa?

¿Y qué hacemos con todos los papeles y libros que quedan cuando creíamos que ya no quedaba nada en la que fue nuestra casa?

Estaba tan acostumbrado a que le vendieran utopías, que se le ocurrió escribir al presidente de gobierno su problema.

Estimado Señor Presidente. Dado que es tan receptivo para escuchar a la gente, le voy a dar una idea para un nuevo servicio público  que tal vez alivie muchas conciencias.

Verá, la casa donde vivieron mis padres y donde nací yo era grande y destartalada. Había sido desde 1911 la de mi abuela y sus hijos, de modo que acumulaba en sus habitaciones muebles y objetos de varias generaciones. Todos fueron repartidos entre la familia cuando hubo que abandonarla.

Bueno, no todos. El día antes de la entrega de la llave a los nuevos inquilinos, yo me pasé por la casa para echar un último vistazo y vi que en el rincón del salón alguien había acumulado un montón de libros, revistas, cartas, agendas, catálogos, folletos, albumes, fotografías, postales y pequeños objetos que nadie había querido llevarse. Abrí al azar varios libros y di con más de uno dedicado por su autor a mis padres. Me imaginé que algún conocido de mi familia compraba uno de estos libros en una librería de viejo. Me dio vergüenza lo que pensaría de los nuevos guardianes de la memoria familiar, o sea, de mis hermanos y de mí. Alquilé una furgoneta, cargué con todo, lo metí en cajas sin el menor orden y lo guardé en la habitación donde ahora duermo.

Desde entonces todas las noches me atormenta su presencia. Por una parte, la opción de verlo todo, ordenarlo y guardarlo por respeto al pasado me abruma tanto como  aquel imposible montón de legajos de El proceso de Kafka. Por otra, la de aceptar que el ayer interesa poco o nada a los jóvenes y deshacerme de estas escorias del recuerdo me duele. Siento que el fantasma de mis padres se me va a aparecer y me va a correr a estacazos. Y no se qué hacer.

Hoy mismo, paseando por la calle Jorge Juan de Madrid, he visto libros, cuadernos escolares, y apuntes tirados en un contenedor. Muchos llevaban un nombre conocido, Luis Díez del Corral, un ilustre catedrático de Historia del Pensamiento Político fallecido hace ya bastantes años. Seguramente pertenecían a su hijo. Seguramente vivían allí. Seguramente la familia abandonó la casa. Y tal vez esos restos impresos les pesaban tanto como me pesan a mí los que me espían desde sus cajas de cartón.

Señor Presidente, lo mismo que buscan minas abandonadas para enterrar bidones con restos nucleares…¿no podrían habilitar un depósito de inutilidades escritas? Miles de contenedores a disposición de los que no sabemos qué hacer con estos libros y papeles de nuestros padres que sin duda serán ignorados por la próxima generación.  Ahí quedarían, a la espera de esa visita que seguramente nunca haremos para revisarlos. Nuestra conciencia no sufriría, y el medio ambiente tampoco. Y ningún pueblo protestará por albergar en su término municipal almacén semejante.

Y así hasta que la memoria escrita se haga polvo, como nosotros. Y al  fin ambos  seamos nada, pero sin haber faltado al respeto a los que nos dieron todo. No es mucho pedir. El déficit público no se resentirá mucho por eso, y usted podrá venderlo a la opinión pública como un nuevo logro del estado de bienestar.

Suyo afectísimo

Un ciudadano atormentado.

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12 Responses to “El guardamemorias”


  1. 1 luna abril 2, 2009 en 10:18 am

    Qué buena idea ,Hommer! a mí también me pasa lo mismo, !cuando me cambié de casa , a una más pequeña, claro, hice una selección de libros , revistas , fotos etc, que había ido arrastrando desde la casa de mis padres , que fué aumentando cuando ellos se murieron y ahora no sé qué hacer con todo eso, a mí también me parece que si tiro , vendo , regalo todo ese legado que me ha acompañado toda la vida es como quedarse sin raíces , que mi padre se me va a aparecer con mirada triste y me va a pedir un poco más de amor y respeto pero , claro, ahora me doy cuenta que mis raíces y el amor y respeto por mis padres están en un trastero apilados , hasta cuando? hasta que me muera ? muchas veces pienso que sería maravilloso que un día , de repente , alguien, o un ciclón o un terremoto, qué sé yo! me desprenda de todo eso que guardo en el trastero sin tener ninguna responsabilidad.

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  2. 2 luna abril 2, 2009 en 10:44 am

    Perdón , es Homper, verdad? en qué estaría pensando yo?

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  3. 3 begoña abril 2, 2009 en 11:58 am

    ¡Qué buena idea! Creo que un híbrido entre Homper y Hommer sería estupendo.

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  4. 4 luna abril 2, 2009 en 12:15 pm

    Y también está Humbert, el profesor protagonista de la novela Lolita de Nabokov….

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  5. 5 El Duende de la Radio abril 2, 2009 en 12:45 pm

    Lo de Humbert le iba a entretener más. Pero la única cuestión que entonces le dejaría perplejo a Homper es… ¿Qué hace un tipo como yo con una Lolita como ésta?

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  6. 6 Palofi abril 2, 2009 en 11:46 pm

    No me parece mala idea la tuya pero con una salvedad,la posibilidad que casi será imposible de poder recuperalo en caso de tener sitio.
    Conzco a una persona joven con poca familia,casi ninguna y herencia de abuelos ademas de con cosas que reflejan un pasado bueno intelectual y económico.Y veo como disfruta de ese maravilloso pequeño libro dedicado antiguito y bien encuadernado,creo que aún queda gente joven capaz de valorar esas cosas y si tienen posibilidad aunque en poco espacio que puedan revivir a sus antepasados a través de esos recuerdos.
    Habria que buscar solución para todo.

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  7. 7 adela abril 3, 2009 en 12:20 am

    Las histórias de las cosas y las de los libros son curiosas, utilizo un atlas de anatomía con las hojas ocres y las tapas gastadas, que seguramente pasó bastantes años en una estantería, hasta que mi amigo Juan lo recuperó para mi, desde sus años de farmaceútico, por lo menos hace 60 años, no lo creereis pero en la era de la tecnología, la sensación de consultar ese libro y girar sus hojas con cuidado me produce una sensación magnífica.
    Si alguien no lo hubiese acumulado, no sucedería, aunque yo sea de las que no guardo nada más que la poca memoria que tengo, si estás atormentado Homper, te lo puedo solucionar! haré que desaparezcan rápidamente y no diré como así no sufriras, si esperas la respuesta del gobierno, la tormenta te llevará con los libros, ten mucho cuidado!!!

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  8. 8 luna abril 3, 2009 en 10:08 am

    Y, dónde está tu imaginación , duende?

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  9. 9 Zoupon abril 3, 2009 en 12:22 pm

    Yo creo que es cuestión de dedicarle algo de tiempo y seleccionar: De los libros se guardan los dedicados (para evitarse la vergüenza), el resto a la librería de lance. Las revistas se echan todas a reciclar, salvo las que contengan fotos de Grace Kelly, que hay que recortar previamente para no ir al Infierno. Con las cartas se hacen paquetes y se guardan, sin leer, que a veces se escriben cosas que ni muerto agradaría que saliesen de la intimidad emisor-receptor, verbigracia: “Querida Puri: Hoy por fin puedo sentarme a escribirte pues estoy mejor de mis hemorroides”. Las postales siempre son bonitas, y a diferencia de las cartas, no es indiscreto leerlas. Se pueden guardar o incluso exhibirlas en una pared forrada de corcho. Del resto de las cosas, yo guardaría sólo las fotos, en cajas de lata como las de algunos cavas.

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  10. 10 José Ramón abril 4, 2009 en 7:46 am

    Qué bonito, Zoupon. Me has recordado el tono de Cortázar en Historias de Cronopios y de Famas, con sus instrucciones para dar cuerda al reloj o para subir las escaleras.
    En lo de salvar las fotos de Grace Kelly tienes toda la razón. Y en todo lo demás también.
    El estado debería crear gracekellytecas, para que todas las familias pudieran llevar con dignidad y tranquilidad de espíritu las fotos recortadas durante tantos años. Que también se van amontonando y acaban por agobiar.

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  11. 11 El Duende de la Radio abril 6, 2009 en 12:17 pm

    ¿Y las AUDREYHEPBURNTECAS?…

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  12. 12 Ángela abril 7, 2009 en 6:10 pm

    Lo mío es mucho peor, porque acostumbro a guardar dentro de los libros, alguna postal, algún dibujo infantil, alguna nota, algún email… en fin cosas que en algún momento no he querido tirar, y cuando lo que decido es deshacerme de algún libro, pasárselo a alguien que pueda gustarle ahora, tengo que recuperar todos esos papeles, tan personales, y la historia vuelve a empezar.

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