La novela que no pudo escribir Corín Tellado (1)

¡Cuatro mil novelas románticas y sin escribir esta historia!...

¡Cuatro mil novelas románticas y sin escribir esta historia!...

Fue verla sentada a su lado en el aula el primer año de facultad y enamorarse perdidamente de ella. A  Pedro le hubiera gustado que se llamara Juana o Teresa, pero se llamaba Esmeralda. Tuvo que vencer una cierta resistencia: era un nombre de heroína de Corín Tellado, y después de haber leído La peste, El guardián entre el centeno y alguna de las novelas inteligibles de William Faulkner él no podía caer la vulgaridad tener una novia con ese nombre. Sin embargo el atractivo de Esmeralda era sencillamente invencible. Sus ojos eran dos ventanas de mar o de clorofila pura, según las horas. Verdeazules, fragantes, llenos de poesía, se decía.

Lo comprobó un día que desayunaron juntos en el ruidoso bar con vistas al jardín trasero, donde crecían cipreses malayos, arizónicas y enormes macizos de rododendros que a veces protegían besos furtivos. Ella pidió un café con leche y un croissant, él otro café con leche y un bocadillo de mejillones, 4′ 50 pesetas. Ella desmenuzaba con cierta malicia la historia de amor que acababa de reventarse. Había estado enamorada de Jacobo, un joven médico de prometedor futuro. Pasaba a recogerla los sábados por la tarde en su moto Montesa y se iban a pasear por los bosques de la Granja. Un día les paró la Guardia Civil, por una comprobación rutinaria. Al mostrar su carnet de conducir, salió volando de la cartera de Jacobo una pequeña fotografía en la que aparecía él con una mujer y un niño entre ambos. Esmeralda no se anduvo con rodeos. Ante la mirada estupefacta de la pareja de guardias, le cruzó la cara.

-Falsario, felón-le espetó mientras le propinaba un sonoro bofetón.

En ese momento, nuestro héroe, impresionado por el relato de Esmeralda, bebió un sorbo de su taza. No se daba cuenta  de que uno de los mejillones de su bocadillo había escapado del pan para chapuzarse en el contenido de la misma. Le pareció el café con leche de su vida. Y, a pesar de llamarse Esmeralda, y de usar palabras tan demodés como falsario y felón, le habría pedido relaciones formales de no ser porque en ese momento apareció Rodrigo Miramolín de Oñoro y le interrumpió el rapto amoroso.

-Toma, gracias por dejármelos-le dijo el pelmazo a Esmeralda al devolverle unos apuntes ciclostilados.

Desgraciadamente, treinta años después Rodrigo Miramolín de Oñoro era un flamante notario y el heredero del floreciente imperio de PORSESA (Porcelanas de Sajonia y de Esmeralda S.A.), propietaria de la patente que permitía decorar las vajillas más suntuosas con una pintura de oro absolutamente inatacable por los detergentes y lavaplatos más  agresivos. El y su esposa, la bella Esmeralda, vivían una vida próspera y cómoda, aunque no del todo apasionada. Pedro entretanto acabó la carrera, fue torero sin éxito, vivió en La India tres años purificando sus inquietudes espirituales y tocando el sitar como Ravi Shankar, fue corredor de seguros y finalmente opositó al Cuerpo de Señales Marítimas para ser farero y pasar el resto de su vida en solitario viendo en el oleaje del mar tan sólo los ojos de aquella Esmeralda que le arrebataron en su primera juventud.

(CONTINUARÁ…)

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2 Responses to “La novela que no pudo escribir Corín Tellado (1)”


  1. 1 José Ramón abril 13, 2009 en 10:07 pm

    Parece ser que esta mujer escribía más o menos cincuenta páginas diarias, y más o menos una novela y media por semana. A veces dos (hubo muchos meses en los que escribía ocho novelas). Y así durante muchos años.
    Dicen que es la escritora (mujer) española más leída, y el segundo escritor (hombre o mujer), después de Cervantes.
    Pero, claro, Cervantes juega sólo con el Quijote (las novelas ejemplares no cuentan, y sus obras de teatro ni te digo), y Corín Tellado juega con sus cuatro mil.
    En fin, un prodigio que tiene su mérito si entendemos la literatura como castigo mitológico, como maldición divina, amarrado al duro banco de
    (CONTINÚA EN POST Nº 2)

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  1. 1 La novela que no pudo escribir Corín Tellado (2) « El Duende de la Radio Trackback en abril 13, 2009 en 5:47 pm
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