Archivos para 30 julio 2009

La luz de la luciérnaga

CourelFueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

 -No había visto árboles con cara desde que dejé de mirar las ilustraciones de los cuentos infantiles-pensaba Homper, más perplejo que nunca.

Los árboles de ese lugar son tan añosos que cuentan su historia en el tronco. Y acaban mostrando un rostro expresivo, como los del bosque de Pulgarcito o los de El señor de los anillos. No dan miedo, sí admiración -qué artista es la naturaleza- y respeto.

-Y este castaño ya estaba aquí cuando las Cortes de Cádiz- piensa el viajero-Como para que luego venga un imbécil y fulmine la leyenda con una colilla encendida…

La luz limpia y transparente de un soleado día del verano norteño. 21º. Recuerdos piadosos para todos los familiares y amigos que padecen el sartenazo canicular en la España cálida. Y más rabia al escuchar la nueva sangría del verano. En Burgos, bestial atentado de ETA Y en la sierra de Gredos, más familiar para Homper y, lamentablemente, mucho más seca que la del Parque de Ancares-Courel, otro incendio provocado que arrasa de momento tres mil hectáreas.

Homper no quiere sino evadirse. Pero, en el agua del pozo de sus dudas sistemáticas, ve el reflejo de un anciano barbudo cuya cabeza se recorta sobre un triángulo.

-¡Cáspita!-medita el misterioso personaje mientras se rasca la barba-Y lo crié a mi imagen y semejanza…¿Pero era yo tan imbécil?

Por la noche, a la puerta de la casa de piedra del siglo XVIII donde su amigo Manuel Gasset acoge a Homper, una humilde luciérnaga quiere competir en brillo con la media luna. También hacía muchos años que no veía un bichito así. Entonces recuerda la preocupación del Creador y, parafraseando a Groucho Marx, proclama solemnemente.

 -Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a las luciérnagas.

Desviarse puede ser un acierto

No estaba nevado, como en la foto. Pero hacía 18º, mientras más de media España dormía con más de 30º...

No estaba nevado, como en la foto. Pero hacía 18º, mientras más de media España dormía con más de 30º...

La suerte de que no te espere nadie es que puedes fijarte en las desviaciones del camino e incluso meterte por ellas. Las lagunas del Ruidera, el Valle del Bohi, el Condado de Treviño, la Laguna Negra, el Monasterio de Piedra. Ejemplos de lugares singulares que, llamaron tu atención y que el Duende había dejado trasconejados en sus viajes. Cuando pasaba en el coche el punto de la carretera que los señala, siempre el mismo pensamiento: a ver si algún día tengo tiempo. Vana excusa. Cuando lo tienes, muchas veces debes reconocer que lo que faltaba era interés. Viajar ahora es, sobre todo, llegar cuanto antes. ¿Un error?

El Duende ha iniciado unas vacaciones errabundas. Y ha aprobado otra asignatura pendiente. Se llama Sanabria. El Lago de Sanabria y, sobre todo, la hemosisima villa de La Puebla de Sanabria. En la España interior, cualquier mancha de agua  es un monumento vivo de extraordinario interés. Sobre todo, en un verano tan implacable como este de 2009. Ayer mismo, en la provincia de Segovia, podía pasear por el río Cega sin problema alguno. No por sus riberas, sino por la mitad de su cauce, absolutamente seco. Pobres cangrejos, pobres martines pescadores. Por eso le compensó la visita al Lago de Sanabria, que, desde San Martín de Castañeda luce tan verde, pletórico y coqueto y  como una laguna alpina. El propio termómetro del coche, que al atravesar Castilla había marcado 37º, cayó veinte grados. Burlar el azote del calor asfixiante también es veranear.

Por la noche, el Duende tenía que ponerse jersey para pasear  por Puebla de Sanabria, villa encastillada y señorial, tallada en  piedra  y con casas de muy noble arquitectura cuyos balcones rebosan de petunias. Su núcleo antiguo, homOgéneo y bien preservado, evoca  a otros lugares de parecidas características: Ronda, Santillana del Mar, Cáceres,  Santiago de Compostela, Morella, Alcaraz, Albarracín, Toro, Covarrubias, La Laguna, Mora de Rubielos, Trujillo, Sos del Rey Católico, Fuenterrabía, Sigüenza, qué se yo cuántos más que la memoria perezosa omite ahora. De todos ellos le habían hablado los que se dicen viajeros impenitentes mucho y bien antes de conocerlos él, y en cambio pocas veces le había elogiado este precioso enclave del norte de Zamora. Acaso porque, como le pasaba a él, no eran su punto de destino.

Pero hay que saber salirse del programa. Y descubrir esas perlas desparramadas por el solar nacional que, afortunadamente, aún no engastaron en las rutas del turismo masivo. Una desviación a tiempo puede ser un tesoro. Y cuanto más a trasmano quede el objeto de nuestra visita, mejor será la recompensa. Palabra de duende curioso.

Amado árbol

Amado árbol. Quería grabar en tu corteza otro corazón con la inicial de la chica que me gusta. Pero lo voy a tener que cambiar por un R.I.P....

Amado árbol. Quería grabar en tu corteza otro corazón con la inicial de la chica que me gusta. Pero lo voy a tener que cambiar por un R.I.P....

-¿Y a ti quien te gusta?-le preguntaba él mientras a punta de navaja iniciaba el contorno de un corazón en la corteza del árbol

A lo lejos, desde el merendero donde las parejas de mayores  bailaban mordiéndose la orejita, sonaba la voz de Domenico Modugno. Volaaareeeee…¡Oh oh!…Cantare, ¡oh-oh-oh-oh!…

-No te lo digo- respondía Teresa- No te lo cuento si no me dices quién le gusta a Fernando.

-Creo que le gusta Pepita.

-Claro –resoplaba la chica decepcionada-¡Con ese dos piezas!…¿Y a ti?…

-¿No lo sabes?- dijo mientras en un extremo de la flecha que traspasaba el corazón trazó una T.

Y la chiquilla se ruborizó.

Otras voces, otros ámbitos. Otros nombres (los niños ya no se llaman así). Otros veranos. Ya no son lo mismo. Una de las causas por las que al Duende le deprime esta tórrida estación  es porque se acuerda del frondoso plátano en cuyas ramas pasaba tantas horas felizmente. No había playa ese verano, pero aquel monumento verde era para las fantasías de un chico tan importante como el árbol de El barón rampante o el de El arpa de hierba. Ya desde que en su lejana infancia leyó el Duende Los robinsones de los mares del sur y vio las películas de Tarzán estaba fascinado por la vida en las alturas. Los árboles, tan cerca de los sueños. Qué pena que millares de ellos mueran cada año por culpa de los incendios forestales. Más rabia aún si se confirma que la mayoría son provocados. No serán tan crueles como los bombardeos, pero sí  quizás tan estúpidos.

A propósito, se podía leer esta mañana en la edición digital de EL MUNDO: EL FUEGO ASUELA MÁS HECTÁREAS DE SIERRA CABRERA. ¿Le enseñaron mal la gramática al Duende, o es que los incendios también están asolando el idioma?

También Hitler fue niño

¿Cuándo aprenderemos que un niño mal educado puede acabar en un monstruo?...

¿Cuándo aprenderemos que un niño mal educado puede acabar en un monstruo?...

Rousseau el Aduanero es un pintor naïf que consiguió destacar entre la nube de genios impresionistas de su época. Y pintaba ciertamente un mundo ingenuo. Un siglo antes, otro Rousseau, Jean Jacques, el filósofo, había concluído que el hombre nace bueno, y es la sociedad la que lo estropea. Se nos mire por donde se nos mire ahora todos somos roussonianos. Jugamos a la utopía de la señorita Pepis, y nos creemos superguay hasta que nos malean y una noche tonta violamos a una chiquilla o matamos a una amiga. Aunque sólo tengamos catorce años. A esa manera de concebir la sociedad unos le llaman buenismo. Otros, simplemente, estolidez.

-Estupidez, sobrino-remacha la tía Clota a Homper– Ignorar lo que se sabe desde siempre…¿Habrán probado los legisladores el aceite de hígado de bacalao?…

Esta vez el estupor de Homper va a acompañado de visibles arcadas. Puaff, qué asco. Cómo iba a olvidar aquel aceitorro asqueroso que, según los mayores, tenían que tomar los niños de entonces para criarse sanos.

-No había nada peor, tía. Era vomitivo.

-Como casi todas las medicinas de entonces. ¿No te acuerdas de que te diluíamos la aspirina en una cucharadita de azúcar? Pero es que nos enseñaban que, para aprender a vivir, también hay que aprender lo desagradable de la vida.

Parece que fue Jardiel Poncela quien definió a los niños como esos locos pequeñitos que andan por ahí. También podría haber dicho esos canallas pequeñitos. Al propio Homper le tortura en ocasiones una pesadilla que fraguó en su infancia. Un tribunal compuesto por un perro callejero, un mochuelo y un gran sapo le condena a morir quemado como Juana de Arco. No hace falta ser Freud para interpretarlo. Homper recuerda cómo vio a unos golfillos atar una lata al rabo de un perro, echarle gasolina por el culo y reirse mientras el pobre animal salía aullando enloquecido de dolor. Con todo, de ese crimen sólo fue culpable por omisión, mientras que al pobre mochuelo, que no podía volar, lo lapidó él mismo al pie de una encina, y al sapo lo destripó de mala manera  con la punta de un vidrio roto. La rapaz y el batracio se le aparecen a menudo en sueños acusándole. ¿Pero cómo fuiste capaz de hacernos eso?…

-Y seguramente hubiera degenerado en un doctor Petiot si alguien no me hubiera advertido severamente que no hay que maltratar a los animales –reconoce Homper.

Añade la tía Clota que entonces  también se decían otras cosas, como recuerda Serrat en una de sus canciones. Niño, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Pero eran otros tiempos, cuando no éramos roussonianos, y los padres y los maestros podían decir NO y BASTA sin crear alarma social en nuestra falsa Arcadia feliz.

-No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor –matiza la anciana- Somos nosotros, que no aprendemos del pasado.

Homper lo comparte: qué maravillosos los niños. Sobre todo cuando no somos tan cándidos, y tenemos presente que hasta Adolfito Hitler jugaba a la pirindola y suspiraba por los caramelos de fresa.

¿Y cómo dieron con el camino de la Luna?

La Luna¿Dónde estaba y qué hacía usted el día que el hombre pisó la luna? Ante esta pregunta, repetida hoy en casi todos los medios de comunicación, recordaba Homper que andaba por la costa de Almería, en una casa sin televisión. Y que, consciente de que el alunizaje de Armstrong, Aldrin y Collins era algo irrepetible, se lanzó a la carretera buscando un bar o un restaurante donde verlo. Inútil. O no tenían televisor, o pasaban del acontecimiento histórico.  Fue una noche de búsqueda infructuosa.

Al cabo de los años no acusa ninguna carencia especial  por no haber sido testigo a distancia del milagro. Muchos entonces,  y aún ahora, no se lo creían, y otros apuntan que las imágenes que nos ofrecieron fueron un maquillaje. Pero los astronautas supieron llegar, y, por cierto, muy lejos. Algo que hace más irritante su perplejidad de hoy.

-¿Por qué me cuesta tanto  leer un mapa de carreteras?-se pregunta Homper.

Circula por ahí un libro que lleva el larguísimo título de Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas. Pero Homper, que reconoce no ser buen escuchador, tampoco es mujer y sin embargo no entiende los mapas. O al menos la cartografía al uso. Tiene su Guía CAMPSA de hojas desplegables, pero encuentra demoníaco casar una hoja con la siguiente, y la siguiente con la de la carretera que queda interrumpida, y ésta con la número 26, que está unas hojas más allá, y la 26  con la que limita con ella por el norte, y ésta con otra que, coño, gastada su pliegue, fue arrancada por el uso.

Acude a menudo como sustitutivo del mapa y del copiloto/a -lo único que permite viajar por carretera sin el temor de perderse- a los itinerarios de la Guía Campsa o la Guía Michelin. Pero los encuentra exageradamente prolijos.  Uno  se acaba volviendo loco entre tanto número de carretera o autovía, autopista, glorieta,   cambio de red, indicación de direcciones que deben evitarse, peajes, datos de consumo del automóvil. Además de que las tropecientas hojas que se imprimen, y que hay que ordenar cuidadosamente, acaban echando a volar cuando uno abre la ventanilla. Qué tensión para el conductor solitario.

-Santo cielo-dice fustigándose el meñique sobre la mesa  con el canto de la guía- Si yo sólo quería ir de Madrid a Laiosa, provincia de Lugo. De la Laiosa a El Rosal, provincia de Pontevedra. De El Rosal  a Sanjenjo, de Sanjenjo a La Toja, y de la Toja a San Martín de Luiña, en el principado de  Asturias. Eso sí: no por el trazado más corto ni más rápido, sino por el más bonito.

Ha empezado a preparar el viaje, pero ha abandonado el intento.  Si es riguroso, tomará más tiempo en elaborar el itinerario que en gozarlo. Le recomiendan el GPS, pero probó con él y lo encontró insolente y hasta un poco gilipollas, porque se empeñaba en meterle por direcciones prohibidas, lo que no va con su carácter pacífico y poco aventurero. Y sueña con un mapa parecido al llamado libro electrónico. Una pequeña pantalla donde uno focalice la zona de su viaje, con una lupa y un zoom que se manejen sencillamente y que le guíen a uno sin sufrimiento.

Pero no. Hace cuarenta años que llegamos a la luna y ahora, en el esplendor de la era de las comunicaciones, él se pierde andando por casa. Paradojas (o parajodas) del progreso.

El Donut, la cartera y el niño

Desgraciadamente, hay olvidos dulces y olvidos que matan

Desgraciadamente, hay olvidos dulces y olvidos que matan

Escrutaba Homper el espejo y buscaba en él respuesta a su perplejidad del día.

-Cuando se descubra que Jack el Destripador era yo…¿me salvarán las estructuras?

Las estructuras . O el super ego, o la sociedad, llamémoslo como queramos. Qué tranquilidad poder acudir a ella para desplazar culpas. Menudo chollo antropológico. Nadie sabe por qué la sensibilidad popular sólo acepta la responsabilidad individual de los poderosos, ya sean  ricos, políticos, o  famosos. Si estás fuera de ese grupo de elite, tranquilo. A todos nos da terror pensar que en el fondo el culpable puede ser gente sana, normal,  como sin demasiado acierto enunció una vez Rajoy refiriéndose a los que son de nuestro grupo.

-Gente tan maja como yo mismo-y sonreía Homper autoexculpándose de sus abominables crímenes imaginarios.

Todos somos gente maja, por utilizar una expresión coloquial. Pero la gente maja también comete errores. Uno frecuentísimo, por ejemplo, es conducir con unas copas de más. Si no se te cruza un Rayan crecidito que persigue su pelota, puede que no pase nada. Otra cosa es que Rayan sea un bebé y, sobrio o ebrio, confundas una sonda con otra. Como confundes a veces la llave de tu casa con la del coche y te encuentras luego en la calle con coche, pero sin poder volver a casa. Homper evocaba esa escena, repetida en tantos thriller y películas de acción, en la que el bueno llega a la sofisticada bomba que está a punto de explotar y, entre las tripas electrónicas del ingenio, debe dar con el cable que la desactiva y cortarla con unos alicates. ¿Tienen siempre tan claro cuál es el cable clave?

Todos somos gente maja. Aunque, si metemos la pata, desplacemos la culpa dándole una patada hacia arriba. Ayer, a una madre de Lejona se le olvidó el hijo en el coche. El muchachito pasó cinco horas al sol y las altas temperaturas acabaron con su vida. Recuerda el Duende el caso de un niño que se mató hace muchos años jugando con una pistola que creía de juguete. La cargó el diablo, se disparó y le mató. Llegó eso que llaman el debate social y, a la postre, la sentencia de la opinión pública: la culpa era de la tele que incitaba a la violencia y de la publicidad de los juguetes, tan ambiciosa como poco escrupulosa.

Igual reaparece ahora ese socorrido argumento. Pobre madre, bastante tiene con lo que tiene, a saber qué problemas de paro, desarraigo, malos tratos familiares u otros psicológicos procesaba su cerebro cuando se bajó del coche. Cómo vamos a imaginarla responsable de esa muerte, con lo desagradable que es culpar al individuo. Homper, estupefacto,  ya anticipaba los considerandos de la sentencia.

-Considerando que según aquella célebre campaña de publicidad un niño que empieza olvidándose de los Donuts puede acabar olvidándose de la cartera, salta a la vista que es la sociedad de consumo la responsable del delito que se juzga. Por lo que debemos condenar y condenamos a esa sociedad y  absolver a la madre que en lugar del Donut o  de la cartera se olvidó del niño…

Evidente. Al pobre ciudadano, que además vota, ni regañarle.

Risto y los límites de la estupefacción

Así se quedó Homper cuando se planteó qué le podía dejar más estupefacto...

Así se quedó Homper cuando se planteó qué le podía dejar más estupefacto...

La cuestión filosófica que Homper se planteó ese día se podía formular así. ¿Qué es más grande? ¿La capacidad de endeudamiento del erario público o, simplemente, la capacidad de estupefacción del contribuyente?

En su ignorancia, y a tenor de lo que veía en sus gobernantes, la primera era una noción infinita. De repente, imaginaba que Zapatero y Elenita protagonizaban un spot navideño de un nuevo juguete que hacía estragos. Se trataba de una especie de Cheminova para futuros economistas audaces donde metías en una probeta el gasto social y en un matraz la financiación e las autonomías y te sentabas a esperar a la puerta de la granja. No se sabe cómo, empezaban a salir gallinas que ponían huevos de oro, y vacas tan ubérrimas que llenaban con su leche todos los ríos de España, normalmente bajos de caudal por estas fechas.

Inasequibles al desaliento, Zapatero y Elenita, que aún confiaban en que las cucarachas produjeran miel y que en Los Monegros se descubriera una bolsa de petróleo como para  hacer palidecer de envidia a Obiang, repitieron su consigna.

-El pesimismo no crea puestos de trabajo.

-Eso, eso –aplaudió un secretario de estado-¡Y el que venga detrás que arree!…

El secretario de estado fue discretamente cesado, por desafecto y por tocapelotas. Y entretanto el astrofísico Tegumoll Doper, de alguna universidad muy fiable de esas que todas las semanas publican algun estudio de algo, formuló la nueva Teoría de los Cuántos, que más o menos se podría enunciar así. Cuánta flexibilidad hace falta hoy día en un presupuesto público, cuánta credibilidad en los administrados, cuánta fe en todo lo demás y cuánto durará todo esto.

Difícil tenía Homper superar esos interrogantes que, supuestamente, ayudarían a determinar los límites del déficit público. Pero al día siguiente abrió las ediciones digitales de los periódicos en todos ellos encontró una noticia que aún le dejaba más estupefacto. Pásmense: Risto Meijide había sido cesado `por Tele 5 como jurado de Operación Triunfo.

Y él preocupándose por tonterías.


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,336,003 hits

A %d blogueros les gusta esto: