¿Quién será esa que me saluda en la playa?

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Quería aprovechar sus vacaciones de verano para pensar. Sólo para pensar y darle vueltas al sentido de su vida.

Nunca lo confesaría. Diría lo que la mayoría de los mortales: que su deseo era descansar, estar con la familia, leer mucho y pasear. Pero en realidad mentía. Sólo quería reflexionar: ¿tiene sentido lo que hago? ¿Afronto cada día como debía hacerlo? ¿Me porto bien con la humanidad? ¿Debo cambiar? Mientras no resolvía estas cuestiones fundamentales, caminaba kilómetros y kilómetros.

Como la playa era larga y milagrosamente aún virgen de hormigón y de bañistas con transistor o juego de palas, de vez en cuando se detenía y hablaba en alto. Tomaba una caracola en sus manos, la miraba fijamente y, como si fuera la calavera del bufón Yorick, ensayaba las pautas básicas de su tragedia personal.

-Ser…o no ser –declamaba creyéndose Lawrence Olivier-¿Reconciliarme con mi condición de criatura del Corte Inglés o, por el contrario, desmenuzar mi alma en el rallador de zanahorias hasta encontrar la razón de mi existencia?

En esas estaba cuando se cruzó por la orilla de la playa con alguien que le saludaba. Era una mujer de mediana edad, hermosa melena al viento y esbelta silueta que le sonreía como si le conociera mucho. Él respondió tímidamente, y cuando le sobrepasó, la siguió con la mirada esperando dar con su nombre. Pero ella caminaba decididamente, seguramente para endurecer sus bonitos muslos, y ya casi se confundía con el rizo blanco de las olas al romper. Se fundió en la lejanía.

-¿Quién es? –le preguntaba al mar desesperado-¿Por qué me saluda?…¿De qué me resulta familiar ese rostro?

Y aunque de verdad se había propuesto reflexionar sobre la razón de su vida, se pasó el resto de sus vacaciones lucubrando sobre la identidad de aquella sirena que le saludaba todos los días en su paseo al amor de la brisa marina. Qué dilema, qué arcano, qué tortura. Eso sí que era la angustia misma. No sospechaba siquiera que todos somos otros fuera de nuestro entorno habitual. Y que aquella mujer encantadora era la misma que, con una bata blanca y un instrumental de última generación, se había citado con él una vez al mes durante un año para, a cambio de unos cuantos miles de euros, habilitarle una sonrisa de galán.

La misma sonrisa que ahora, al ponerse el personal  playero y confundirse con esa subespecie sin identidad que es el bañista, ya no sabía a quién dedicaba.

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15 Responses to “¿Quién será esa que me saluda en la playa?”


  1. 1 amor y libertad julio 6, 2009 en 7:53 pm

    si unos ojos sonríen el nombre y la identidad no son necesarios, pero la sonrisa sí

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  2. 2 José Ramón julio 6, 2009 en 10:28 pm

    Me pasó algo parecido. Me encontré cara a cara con un hombre que me saludó afectuosamente. Su cara me sonaba, pero no era capaz de situarle. Al cabo de horas descubrí que era el camarero del bar de abajo de mi oficina, al que le pido a diario un café solo. Le veo todos los días y charlo con él, y en la playa (los dos en bañador) no le reconocí.

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  3. 3 José Ramón julio 6, 2009 en 10:48 pm

    Me desvío algo del tema, pero es que me urge consejo y lección sobre urbanidad y buenas maneras.
    Os planteo mi caso, muy resumido.
    Soy director comercial de una fábrica de sifones. María de los Dolores es una de las administrativas, adscrita al Departamento de Contabilidad. Es una muchacha muy guapa, muy trabajadora, muy pulcra y muy decente.
    Ella me llama siempre Don José Ramón, y yo a ella María de los Dolores. Nada de Lola, Loli o Lolita. Cada uno en nuestro lugar.
    -Buenos días, Don José Ramón.
    -Buenos días, María de los Dolores.
    No sigo con la descripción. Creo que se entiende bien.
    Bueno, pues en agosto del año pasado estaba yo paseando por la playa de Gandía y me la encuentro de sopetón, casi a mis pies, tomando el sol, ¡en top less!
    ¡Qué papelón! ¿La saludo o no la saludo? ¿Doy muestras de haberla visto o me hago el loco?
    He de decir que sus senos eran turgentes, y las curvas de sus hombros, de su cuello, de su vientre… bellísimas. He de confesar que (casi sin querer) la miré, como diría el padre Bonete, con una mirada proterrrrrva.
    ¿La saludo? (“Buenos días, María de los Dolores, ¿qué haces por aquí?” “Pues ya ve usted, Don José Ramón” “Ya lo creo que veo, ya lo creo”).¿O paso de largo cual gacela loca, ciega y sorda?
    Opté por lo segundo. ¿Hice bien?

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    • 4 Angelus P. julio 7, 2009 en 11:43 pm

      Pues yo habría pasado, inevitablemente, de largo, a menos que hubiera tropezado físicamente con ella, lo cual hubiese creado una situación bastante embarazosa. Vamos, que, de haber tenido una vista medianamente aceptable, hubiera actuado al modo del Duende. Cosas de tínidos…

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      • 5 Angelus P. julio 7, 2009 en 11:44 pm

        Tímidos, quería escribir, naturalmente.

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  4. 6 Franciska julio 7, 2009 en 8:03 am

    Pues no, Jose Ramon, creo que no hiciste bien, la tenias que haber saludado,olvidar prejuicios o malos pensamientos y ser natural,como ella.Ademas, no solo estaba en top less, situacion en la que se sentia comoda, sino que ademas parece ser que estaba “buenisima”, con lo que todavia le hubiera parecido mejor que la saludaras, claro, eso sì, hubiera habido el peligro que cada dia en la oficina no pararas de verla así al pedirle un papalito, aunque creo que eso te debe de estar pasando.

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  5. 7 wallace97 julio 7, 2009 en 9:00 am

    Joé, José Ramón, ¡qué menos que haberla invitado a un sifón!

    Y hubieras pasado después el ticket de la consumición al departamento de contabilidad, ja, ja, ja.

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  6. 8 El Duende de la Radio julio 7, 2009 en 11:12 am

    El Duende cree que también pasaría de largo.

    Es más, está convencido de que ella hubiera peferido que tanbién José Ramón lo hiciera, como así fue.

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  7. 9 Sirena julio 7, 2009 en 1:07 pm

    Estoy de acuerdo con Franciska. Debiste parar José Ramón. No pensarías que por no hacerlo dejarías de pensar en ella, tanto en la playa como en la oficina. Estoy convencida de que así es y te atormenta la idea, porque no puedes desahacerte de ella.

    Ah! La imaginación no tiene límites… No podemos contenerla, es peor, ella sigue avanzando a toda velocidad.

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  8. 10 Franciska julio 7, 2009 en 1:49 pm

    Estaba con curiosidad de la opiniones siguientes, vemos que los hombres y las mujeres no coincidimos,ellos se quedan en las imaginaciones tortuosas y nosotras más con la realidad, la vida misma es siempre más interesante.

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  9. 11 Marina julio 7, 2009 en 9:53 pm

    Yo acabo de ponerme en el lugar de José Ramón, pero, siendo mujer, acabo de poner en la toalla al chico del banco que esta frente a mi trabajo:
    -Qué desea Marina,¿un ingreso o mirar saldo?
    -Vamos a mirar saldo Ramón, haber si aún se puede tirar de él.
    Y me lo encuentro en la playa tal que José Ramón a María de los Dolores: que casi le disperso un poco de arena en cualquier parte de “si mismo”-¡que mira que da coraje!-
    Hummmmmmm. Le saludo.Si, si, le saludo y seguro que hasta le hablo del tiempo.Y luego me voy pensando…..qué que bonita está la playa a esas horas. Supongo.

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  10. 12 Zoupon julio 8, 2009 en 9:26 am

    José Ramón, no hay más opción que pasar de largo haciéndose el sueco. Debido a tu puesto y al lento pero inexorable declive de la industria del sifón, ya tienes bastantes problemas en la oficina como para buscarte más. Acertaste de pleno.

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  11. 13 algodonsina julio 8, 2009 en 11:01 am

    Pufff! Yo prefiero que no me vean… aunque también es verdad, y será prejuicioso pero es así, que si yo fuera Giselle Bundchen no me importaría nada que pararas a hablar conmigo…

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  12. 14 julian29 julio 8, 2009 en 6:39 pm

    Pues en mi modesta opinión, amigo José Ramóm, aqui te equivocaste.

    Carezco de los detalles de tu vida actual, y sin ánimo de meterme “en camisas de once varas”, me permito la siguiente reflexión:

    Si como tu dices, tras descubrir sus curvas, que tu defines como bellísimas, le lanzaste “una mirada proterrrrrva”, eso significa que ahi hay un deseo latente de vivir una experiencia que, latiendo en tu subsconciente, no te atreviste a arremeter.

    Y si ese saludo, tras romper el hielo, deriva en una relación más cercana, que pudiera haber desenbocado en un “tórrido affair”, que hubiera llenado tu vida y devuelto a tus años locos, pongo por ejemplo. Citas a escondidas, cenas románticas, fines de semana de “Congresos sobre bebidas carbónicas”, achuchones tras la fotocopiadora o en el ascensor, miraditas a hurtadillas…

    Me consta, que mirado desde tu punto de vista actual, eso parece una locura, pero desde dentro la familia, los compañeros y hasta los sifones, hubieran importado un pimiento, cuando uno VIVE una aventura.

    Luego, claro. La señora se entera, la familia se resiente, los hijos le retiran a uno la palabra, las relaciones laborales degeneran… pero aquellas turgentes curvas que atraparon tu mirada, serían tuyas para siempre.

    Es otro punto de vista, por fastidiar…

    Un saludo.

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  13. 15 joselepapos julio 8, 2009 en 7:44 pm

    José Ramón, tu historia es bonita tal como la cuentas y me ha gustado mucho. Cada cual es cada cual y lo que vale para uno no necesariamente vale para otro. Gracias por compartirla con nosotros.

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