El cuadro torcido (cuento moral y psicológico)

Juan de ArellanoLos designios del Señor son inescrutables. La vida amorosa de Ignocio Cabrestal se había truncado varias veces por las causas más diversas, pero nunca por algo tan trivial como lo que sucedió cuando se enamoró de Eugenia, la rica heredera de los Marqueses de la Garza de la Aceña. Su relación había avanzado tanto y tan intensamente, que la enamorada había sugerido a sus padres la conveniencia de invitarle a comer algún día para que le conocieran mejor.

-La gente bien no comemos-le advirtió la marquesa-Almorzamos.

-Bueno, pues le invitamos a almorzar –dijo la joven- Pero, a ser posible, que papá no se vaya a dormir en cuanto sirvan el café.

-La gente bien no dormimos-le corrigió nuevamente la señora marquesa- Descansamos.

Eugenia aceptó que descansando, el señor marqués no quedaría tan mal como echándose la siesta. Y estaba tan ilusionada de que las únicas pegas de mamá fueran de carácter terminológico, y que no se refirieran a la fortuna de su pretendiente, que no puso una sola condición más.

Hay que advertir que Ignocio era un hombre especial. Algo mayor para andar flirteando con mujercitas, su personalidad se definía con una sola palabra: rigor. Tan consecuente era con ese principio, que había cambiado su nombre de Ignacio por el de Ignocio. Así no ocultaría a nadie su única sabiduría, que era, como la Sócrates, saber sólo que nada sabía. Era Ignocio porque se consideraba fundamentalmente ignorante. Aunque, a cambio, tuviera nítidamente claro que las cortinas de baño deben ir siempre por dentro del borde de la bañera, que los calcetines de lana escocesa sin desengrasar no son para el verano cordobés,  y que hay que desconfiar del amigo que te apuñala por la espalda.

-Ignocio es maravilloso –le decía Eugenia a su madre la marquesa- Le amo, sobre todo, porque es el único hombre que reconoce su ignorancia. Y aún así, es de una lucidez maravillosa.

Otra de las obsesiones de Ignocio era la geometría perfecta. Había abandonado sus estudios de arquitectura  al comprobar que hasta en las mejores construcciones de hoy es difícil encontrar paredes y escuadras canónicas, como si los niveles, las plomadas y los rayos laser no sirvieran para nada. Y ese exceso de rigor le iba a jugar otra mala pasada.

Porque el día del esperado almuerzo  en casa de los marqueses , le sentaron a la derecha de la marquesa, pero -¡ay dolor!- frente a la pared donde colgaba un magnífico florero de Arellano levemente torcido. Lo había estado observando mientras despachaba el consomé de entrada y a lo largo de las excelentes alcachofas rellenas de foie de del primer plato. Pero no lo pudo resistir más, y  a mitad de la lubina en papillote carraspeó, pidió perdón, se levantó de su silla, rodeó la mesa y se dirigió al cuadro objeto de su atención. Ante el pasmo de los comensales, incluída Eugenia, extrajo del bolsillo de su chaqueta un pequeño nivel, lo posó sobre el borde superior del marco y movió levemente el cuadro hasta que la burbuja de aire quedó perfectamente acotada entre las dos rayitas verticales.

-¿Ven?-dijo orgulloso-Ahora está como debe estar.

El cuadro de Arellano lució desde entonces en la horizontalidad perfecta. Pero paradójicamente aquel rigor geométrico torció el noviazgo. Al marqués de la Garza de la Aceña le pareció intolerable que alguien le viniera a decir cómo tenía que colgar sus cuadros. La marquesa añadió que además Ignocio había sorbido levemente en una de las cucharadas del consomé –aún admitiendo que estaba demasiado caliente, eso sí. Y finalmente Eugenia cedió a sus presiones y encontró a otro novio menos riguroso, pero forrado de dinero y dispuesto a invitarle a pasar una noche de amor en lo más lujoso de Marina D´Or, que era su sueño inconfesable.

-Sabía que quizás aquel pronto les iba a descolocar-le contaba a su amigo Homper mientras, sin alterar su flema, encendía un puro en la tertulia del Ateneo– Pero no hubiera podido ser feliz con alguien que se resigna a ver los cuadros torcidos.

Y esta vez Homper, que por algo permanecía soltero, no se quedó estupefacto.

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12 Responses to “El cuadro torcido (cuento moral y psicológico)”


  1. 1 wallace97 julio 11, 2009 en 7:24 pm

    Es que la perfección es imperfecta.

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  2. 2 José Ramón julio 11, 2009 en 8:02 pm

    Hay una frase muy buena de Bruno Zevi, un gran historiador y crítico de la arquitectura. (Cito de memoria): “Los cementerios sí que están bien ordenados”.
    Yo comparto esa opinión. Soy desordenado, y entiendo que la vida es turbulenta y desordenada. Pero a pesar de todo eso pongo los cuadros bien derechos (en mi casa).

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  3. 3 juian29 julio 11, 2009 en 9:41 pm

    Querido José Ramón,
    Eché en falta un comentario, aunque solo fuera para reprovar mi planteamiento, a tu “encuentro en la playa”:

    https://elduendedelaradio.com/2009/07/06/%c2%bfquien-sera-esa-que-me-saluda-en-la-playa/#comment-9145

    Es broma.
    Saludos.

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  4. 4 juian29 julio 11, 2009 en 10:01 pm

    A mi también me molestan los cuadros torcidos…

    Juliocio.

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  5. 5 Franciska julio 12, 2009 en 2:20 am

    Estoy de acuerdo en que los detalles ,que pueden parecer que no tienen importancia, ,puede estropear una historia de amor, o no dejar que empiece, o que avance…o al revés, pueden empezarla , avivarla o afianzarla….

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  6. 6 Sylvia Halfpipe julio 12, 2009 en 5:08 am

    Hola,

    He llegado aquí por recomendación de uno de los habitantes de la Isla de Rincón del Náufrago.

    Muy acertada la recomendación de mi amigo Julio, por cierto.

    Vengo a descubrir en este post que aquí en Montevideo somos todos gente bien porque almorzamos y descansamos ..

    Voy a seguir leyendo otros post.

    Feliz domingo!

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  7. 7 lola julio 12, 2009 en 5:45 am

    Vaya Duende, menudo homenaje te han hecho en El Rincón del Náufrago. Qué tendrá este Duende…

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  8. 8 El Duende de la Radio julio 12, 2009 en 8:31 am

    Lo de almorzar creo que tenía en el campo otra función que la que hoy entendemos por comer. Era el desayuno de media mañana. Mi diccionario recoge las tres acepciones: comer, desayunar y desayunar a media mañana.

    Cenar en cambio admite menos variantes. Sin embargo, me llamó la atención leer en las memorias de Luis Escobar (que era marqués) que en su casa “comían” por la noche, costumbre que este Duende desconocía.Supongo que es el afán de distinguirse de la plebe. Como lo de llamar “mecánico” al conductor o chófer, cuyo objetivo es darle así un matiz más profesional y menos servil. Paños calientes.

    Me complace mucho saber que en Uruguay todos son gente bien. Y, como tal, me gustaría saber si también utilizan eufemismos para uno de los verbos más indispensables del castellano y, por ende, más comprometido de pronunciar. Estoy hablando de orinar, MEAR, hacer pis…El catálogo de
    metáforas es amplísimo, y cada una de ellas revela una razón social. El Duende no tiene nada de aristócrata, pero reconoce que le cuesta “orinar” y “mear” -y más de risa, como se mea tanta gente. Y no precisamente por culpa de la próstata.

    Ahora, eso sí: peor es lo de algunas damas que han abolido de su vocabulario las bragas. Con cierta razón. El otro día en EL CORTE INGLÉS vio el Duende un enorme cartel anunciado BRAGAS a dos o tres euros. Fue un choque emocional. En fin, efectos colaterales del lenguaje.

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  9. 9 José Ramón julio 12, 2009 en 3:25 pm

    Duende: Dado tu amor al lenguaje, y tu perplejidad hacia sus usos pintorescos, estaría muy bien que desarrollaras este comentario que acabas de hacer en un post “ad hoc” sobre los eufemismos, las vergüenzas de decir ciertas cosas, y sobre su contrario: la grosería y la ofensa verbal gratuita.
    Yo no sé si me muevo en ambientes especialmente sórdidos, pero a los jóvenes que yo escucho, cuando se ríen mucho, se les parte el oj…, y yo me quedo pasmado.
    Y al mismo tiempo que escucho esas barbaridades, escucho que a los ciegos no se les llama ciegos, sino invidentes, o a los negros afroamericanos, etc.
    Y también está (más difícil todavía) el doble efecto: la grosería eufemística o el eufemismo grosero. Por ejemplo eso tan horroroso de “cambiar el agua al canario”.

    P.D.- Julián Veintinueve: Me dio tanta vergüenza acaparar la atención en el post de la playa, y encima con un comentario marginal, o lateral, que leí vuestros comentarios sobre el mío semiescondido debajo de la mesa del ordenador, sin atreverme a nada.

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  10. 10 Zoupon julio 12, 2009 en 8:16 pm

    Es sabido que los cuadros, de suyo, siempre cuelgan torcidos. Y hay quien piensa que es inútil luchar contra eso, pues así son las cosas y no merece la pena darle más vueltas. Pero yo soy muy cabezón y no me resigné, y tras largas noches de reflexión di con la solución. Todo estriba en nuestra errónea tendencia a asimilar o confundir el motivo del cuadro con el marco. Para que dicho motivo luzca perfectamente escuadrado en la pared basta con descuadrarlo del marco, a base de un buen paspartú. No se si se me entenderá bien: Se coge el paspartú y se pone la pintura o la foto encima, en principio bien escuadrada, bien paralela a los límites del paspartú, que lógicamente será un rectángulo perfecto. A continuación se le da un golpecito a la pintura o foto en una esquina a fin de girarla un poco y descolocarla, y a continuación se pone el marco. De esta manera cuando colguemos el conjunto, el puñetero marco, atendiendo a su endiablada e indómita naturaleza, hará de las suyas para quedar irremisiblemente torcido. Pero esa inevitable situación se verá contrarrestada con el hecho de estar la pintura o foto torcida con respecto al marco. Resultado, marco torcido, pintura o foto perfectamente niveladas en la horizontal. Tachaaaaán, no aplaudan por favor, que me ruborizo.

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  11. 11 José Ramón julio 12, 2009 en 10:59 pm

    Genial, Zoupon. (Pero hay que asegurarse de que el giro de la pintura o foto sea a la contra del giro del marco, porque como sea a favor se sumarán y ya va a ser demasié).
    P.D.- Yo, que soy un maniático para esas cosas, le pongo dos hembrillas y dos alcayatas a cada cuadro, por pequeño que sea. Lo de la alcayata en el centro es imposible que quede bien.

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  12. 12 Angelus P. julio 16, 2009 en 10:20 pm

    Ah, Duende, ¡y yo sin enterarme, justo hasta ahora!

    Perfeccionista que es uno…

    José Ramón, como remedio infalible propongo el cate colocador sobre la hembrilla aplicado lateralmente, o bien el cate aplastador sobre ella hacia el marco, de modo que se achate el hueco y permita el desplazamiento lateral respecto a la escarpia.

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