En busca de las playas perdidas

Desde el Rincón del Náufrago seguramente se ve el lugar  donde el Duende descubrió que el mar y la playa eran, sobe todo, libertad...

Desde el Rincón del Náufrago seguramente se ve el lugar donde el Duende descubrió que el mar y la playa eran, sobe todo, libertad...

Jugaba  aquel niño en la playa con su cubo y su pala cuando de repente vino un agente municipal uniformado y le confiscó sus juguetes.

-Artículo 24 de la última ordenanza –le amonestó el guardia con gesto crispado- Todo bañista que meta arena en su cubito será considerado autor de un delito de apropiación indebida de suelo público, y de falta de respeto a los demás bañistas. Y…¡ojo! Le dices a papá que se ande con cuidado, porque ha sido visto haciendo gimnasia en la orilla y en algunas de sus flexiones desborda el área preasignada.

Qué sueño macabro. Dos días antes había escuchado que un ayuntamiento costero ha regulado tan restrictivamente el uso de la playa que prácticamente sólo permite meterse en el agua. Nada de sombrillas ni de toallas extendidas acotando quien sabe si un metro cuadrado de la preciada arena dorada. Ni de jugar a la pelota, ni a las palas, ni de pasear al perro. Supongo que tampoco se podrá correr, por el peligro de atropellar a algún niño al que, en buena lógica, se le prohibirá que sea niño, con lo molesto que es eso para los demás. Se acuerda uno de la canción Aquí no hay playa. ¿Dónde está el gozo de una playa que sólo ofrece chapuzones en un ambiente como el   del Ganges purificador?…

Dice la tía Clota que lo malo del verano en España es que a todo el mundo se le ocurre lo mismo en los mismos días. Y se queda perplejo Homper de la pasión que aún suscita en el ciudadano la palabra playa cuando la recompensa mayor que ofrece ahora es una torradera para asarle como un gambón. Y eso si no te cobran por la plancha –léase hamaca- del hotel.

Recuerda el Duende El Puntal y la playa de Las Quebrantas en Somo, donde descubrió el mar a los siete años. Era de aguas frías y resacas traicioneras, pero larguísima  y con ese encanto añadido que dejan las mareas del norte al replegarse. Podías correr, jugar al fútbol, a las palas,  a voleybol, lanzar la cometa, montar a caballo o en bicicleta: sólo te detenía el cansancio. Los aldeanos bajaban las caballerías de los prados y las lavaban en el mar. Oteabas el horizonte y únicamente veías, de ciento en viento, algunas sombrillas que, como en un cuadro impresionista, punteaban de color el paisaje. Recuerda los paseos por la orilla, que siempre tenían algo de aventura arqueológica: kilómetros lisos y suaves en los que encontrabas caracolas, fósiles de erizos, bolas de cristal  que se desprendían de las redes de pesca y otros pequeños tesoros que aquella mar bravía  depositaba a sus pies. Olor a yodo y a algas.  Qué sensación de libertad.

También tenía su peligro. A unos cien metros de la orilla, entre la playa y el faro del islote de Mouro, que guía a los que buscan puerto en Santander, se erguía, fantasmal, el pecio de un barco hundido. Un día de su santo, que estrenaba pelota de regalo, se la lanzaron al Duende por encima de las olas, demasiado lejos, y no se lo pensó. Nadó por ella hasta que comprendió que la resaca le metía mar adentro y le alejaba de la playa. Ya casi  sin fuerzas, se puso a rezar. Aunque comprendió que no se moría porque había dicho el padre Manuel que antes del tránsito final uno repasa mentalmente en un pispás lo que ha sido su vida, y él sólo pensaba en recuperar su pelota. Le salvaron el padre de su amigo Nicolás Salazar -¿qué habrá sido de él?- un aldeano llamado Juanito y algunos más que no recuerda, a los que debía este tardío agradecimiento.

Hubiera sido un naufragio personal prematuro. Por cierto, hablando del tema, reconoce el Duende sentirse muy honrado por la atención de un amigo bloguero que se llama Julio y escribe en El Rincón del Náufrago, que es como se llama su blog. Lo hace desde Santander, y probablemente vea al otro lado de la bahía Las Quebrantas. Afinidades electivas: desde que leyó Robinson Crusoe y Las aventuras de Arturo Gordon Pym, al Duende siempre le han encantado las historias de náufragos. Ahora le llena de satisfacción que este colega le eche un cabo, perdido como uno se siente en ese mar infinito que es Internet. Hoy por ejemplo, quería hablar de las playas que ya no volverán y las olas le han llevado a él. Parafraseando a John Ford, Dos naufragan juntos.

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5 Responses to “En busca de las playas perdidas”


  1. 1 joselepapos julio 13, 2009 en 7:45 pm

    También yo tengo ese recuerdo de playas casi vírgenes que aparecían como por encanto después de atravesar bosques como selvas, allá en el Cambados de mi niñez.

    Esa suerte tenemos, no por merecimiento, sólo por edad. Fuimos testigos del último canto de cisne de la naturaleza y del fin definitivo de la inocencia. Amén.

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  2. 2 Julio julio 13, 2009 en 8:00 pm

    Pues sí, querido Duende, desde ‘mi’ playa se ven perfectamente Las Quebrantas de tus quebrantos. En efecto, es una playa algo peligrosa y más de un barco también se ha “quebrantado” allí.

    Afortunadamente, el Náufrago, no frecuenta esas playas donde se amontona la gente. La suya es una cala poco frecuentada, desde donde en efecto se divisa la Isla de Mouro, la península de la Magdalena y enfrente las playas de Somo y de Pedreña. Tampoco estas playas , pues las conoces, son ‘torraderas de gambones’.

    A veces, entre semana, que no hay mucha gente puedo llevar a Douce, mi perra, que es la becaria de la bitácora del Náufrago, aunque hay que andar con cuidado por si hay algún ‘chivatazo’. En esta dirección puedes ver ‘nuestra playa’: Los Molinucos, donde estuvimo la semana pasada.

    http://www.slideshare.net/jcnieto/molinucos

    Sigo, desde la soledad de una isla de Náufrago, todas las andanzas de este Duende y de sus asiduos visitantes. Conozco sus nombres y me gusta tanto el tono , como el contenido de las entradas y los comentarios.

    Un saludo para ti y tus amigos, desde estos 19º que marca el termómetro, mientras otros ‘gambones’ se tuestan. No es por dar envidia a nadie, que conste… ¿O sí?

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    • 3 lola julio 13, 2009 en 8:48 pm

      Ya veo Náufrago, que no ha sido necesario que te informase que la marea trajo un mensaje para ti en este otro rincón, por el que sé que paseas a diario con tu perrita Douce en horas más tempranas.

      Pues sí que das envidia, sana, por supuesto. Eres muy afortunado, Santander es una ciudad maravillosa con esa bahía que te enamora. Estoy desando volver a verla.

      Desde mi isla particular, suelo disfrutar de la playa cuando se han marchado los turistas, en el resto de las estaciones del año. Es entonces, al menos por aquí, y gracias a la tramontana que aleja a los pocos que se aventuran a acercarse al mar, se respira un airecillo de libertad, aunque se trate del Mediterráneo.

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  3. 4 Franciska julio 14, 2009 en 12:27 am

    Aunque mi infancia y mis veranos adolescentes, los pasè en San Sebastian (ahora Donosti), luego mis padres pasaron a Santander,( el sardinero, guateques , la 1 playa),en el norte estan mis raices y mis referencias. Ahora, despues de cambiarlo, erroneamente por el sur, durante años, he vuelto con más fuerza a él, a Comillas. A la playa de Oyanbre, con sus mareas bajas, llenas de “piscinas”, los paseos, los partidos de palas. Y he vuelto a sentir esa sensacion de libertad, que decis. No hay que estar en el “beach”, ni coger una tumbona,(por cierto, carisima),!que liberación! solo disfrutar de la naturaleza.!Eso sí que es una gozada! ENHORABUENA al naufrago por su blok, te seguirè.

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  4. 5 lola julio 14, 2009 en 5:29 pm

    Recuerdo que siendo niña, deseaba con locura que llegaran las vacaciones. Vivía con mis padres en un barrio obrero de esos horribles en las afueras de Barcelona, no muy lejos del mar.

    LLegaba el gran día, íbamos a la playa, un día de fiesta sin duda para mí, puesto que en eso consistían las vacaciones. Solía ser un domingo porque mi padre trabajada. No teníamos coche, hablo de los años setenta. La operación salida era para filmarla, bueno, incluso un poco antes, se trataba de la preparación del evento. Toallas, cubo, pala, nevera llena hasta los topes, y como no, la sombrilla.

    Desde casa hasta la parada del autobús había más de dos kilómetros caminando ligero con todas las bolsas. Todos en fila india, cada uno con un bulto y mi carita de contenta. Atravesábamos el campo, incluso un barranco para llegar hasta la parada del autobús. Parecíamos mamá pato con sus patitos detrás. La parada, ni se veía de la cola de gente esperando. La frecuencia de paso del bus, era de más menos una hora sin contar atascos.

    Merecía la pena semejante esfuerzo porque me estaba esperando la playa. Interior del autobús, entonces por supuesto sin aire acondicionado. Un metro y poco más levantaba yo del suelo, rodeada de masas sudorosas, sombrillas y demás artilugios. Dos horas para hacer apenas veinte kilómetros, ya quedaba menos para bañarme.

    Y se producía el milagro, al fin delante de la playa. Por suerte, aún pude disfrutar de playas concurridas pero sin estar abarrotadas. Mucho antes de llegar dejaba bolsas, sandalias y ropa por el camino para ir corriendo a bañarme. Era incapaz de salir durante del agua durante todo el día.

    Luego, al final del sueño me esperaba lo peor. Calor, mucho calor y agotamiento. Cola en la parada del autobús, la espera era interminable. Volvía a sentirme sardinilla enlatada hasta el final del trayecto y después quedaban dos kilómetros de camino hasta llegar a casa. Era horrible, pero me parecía extraordinario. No volvería a sentir esa sensación de libertad hasta que pudiésemos repetir de nuevo la operación, mi madre no siempre estaba dispuesta a semejante tortura.

    Definitivamente eran otros tiempos, pero esa sensación de libertad no se me olvidará nunca.

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