Archivos para 31 agosto 2009

Hay gente pa tó

Hay oyentes de radio que se quedaron algo trasnochados...

Hay oyentes de radio que se quedaron algo trasnochados...

Lo bueno de tomar un  micrófono y hablarle a los que escuchan la radio  es que siempre le gustas a alguien. Lo malo, si no te ajustas al tópico –es para mí un placer dirigirme a este público maravilloso, etc, etc- es que inevitablemente también disgustas a otros tantos.

Creía el Duende, como solemos creer todos, que hay valores sobreentendidos, mentirijillas aceptadas por la generalidad de los ciudadanos, sentido común y sentido del humor más o menos repartidos por todas las zonas de la sociedad.  Hablamos y sentimos como nuestra familia o nuestra pandilla, y creemos erróneamente que el mundo es como refleja nuestro espejo. La cosa es que el Duende no era él, sino su alter ego doña María, que se presentó en su nueva emisora  de punta en blanco. Imagínensela, recién pasada por la pelu y coquetamente maquillada, las uñas de manos y pies pintadas de carmesí, abanico español, dos aretes en las orejas, y un elegante vestido indio de algodón que le había regalado su amiga Jocelyn para la ocasión. Y no es que estuviera particularmente dicharachera ni chocarrera. La presentaron, hizo dos o tres comentarios de su familia y aquí paz y después gloria.

Pero hay gente pa tó, que sentenció el famoso torero cuando dicen que le presentaron como filósofo y pensador a un señor que se llamaba Ortega y Gasset. Hay bibliotecarios y sexadores de pollos, funcionarios y okupas,  bailarinas de la danza del vientre y habilitados de clases pasivas, afinadores de pianos y pendolistas, criadores de caracoles y trapenses. Y muchos más, cada uno de su padre y de su madre. En tantos mundos tan diversos, cada cual puede entender el mensaje a su manera.

El caso es que Ely del Valle y Enrique Campo, que son los conductores del programa  donde interviene la gran dama del Bloque los Arándanos habían invitado a los oyentes de la COPE a que mandaran sus comentarios por correo electrónico. Los más eran amables, algunos evocaban con nostalgia a Jiménez Losantos y a César Vidal. La radio es, sobre todo, una costumbre,  y los que no mueven jamás el dial son por lo general refractarios a los cambios de voces. En ese listado de mensajes hubo uno, sin embargo que le dejó descolocá a nuestra heroína. María es el nombre de la madre del Señor –decía el email- y no parece el más adecuado para tomárselo a broma.

-¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!- exclamó la doña sin poder ocultar su contrariedad.

Hubo que consolarla a la pobre mujer recordándole que en todas partes hay gente pa tó.

Seré breve

A partir de ahora, el Duende va a tener que volver a medir su tiempo...

A partir de ahora, el Duende va a tener que volver a medir su tiempo...

Envidia el Duende a esos columnistas que pueden permitirse el lujo de publicar apenas diez o doce líneas. Su nombre y su crédito bastan. Se leen como si fuera un sorbo del primer café de la mañana. Para algunos son un tónico, una costumbre, una referencia, un oráculo. Y tienen peso: Alvite, Antonio Gala, Erasmus. Recuerda en especial alguno tan cabalístico que no se le entendía, como le pasaba a Julio Cerón, que quizás por eso daba más prestigio al periódico que le hospedaba.

Lo de jugar al despiste es siempre muy rentable para el intelectual. El otro día el Duende, que sólo es un aprendiz, puso en el DVD una película de David Lynch que se titula Inland Empire. Tenía interés en conocer algo más de este cineasta que desde El hombre elefante –excelente película- a esta parte ha derivado en eso que la crítica llama “un realizador muy personal”. Y aguantó estoicamente ante el televisor dos horas y tres cuartos de absurdo cinematográfico. O sea, de una sofisticada  empanada mental con una estética y, sobre todo, una banda de sonido extremadamente inquietantes. Tampoco se entiende del todo Mullholand Drive, otra película suya muy conocida, pero al lado del delirio de la anterior resulta tan primaria como Nobleza baturra. Y, sobre todo, es más breve. Unos se expresan en formato corto y otros, como David Lynch o Richard Wagner en sus óperas, se sienten más cómodos  dando la paliza.

Porque pueden. Son intelectuales consagrados.

Al Duende le gustaría poder. Lleva el fin de semana inquieto y preocupado. Parte de la culpa es el calor africano que nos está ofreciendo esta maravillosa estación llamada verano. Piadoso recuerdo solidario para los veraneantes que están regresando a su casa en estos momentos, y más si viajan con niños y abuelitos. No lo quiere ni pensar: el atasco, el subir el equipaje, abrir la casa, deshacer las maletas, poner lavadoras (…¡Y encima la familia querrá cenar!). La otra parte  es saber que mañana tendrá que presentarse en su nueva radio. No empieza hasta el martes, pero no sabe si en este tiempo alejado de los micrófonos se le habrá olvidado el oficio de duende.

Y, sobre todo, piensa en este blog, que tal vez se resienta de estos cambios.  ¿Y si ahora no tiene tiempo para enmarañarse en esas historias suyas tan disparatadas que son las que más le divierten? ¿Y si tiene que aligerar sus posts? Mejor eso que echar el cierre.

Así que seguirá escribiendo, pero será breve. Como si ya fuera firma reconocida…

Cómo mejorar muchas cosas por diez euros al mes

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Regresaron de sus vacaciones la tía Clota y sus amigas, como había regresado antes el perplejo permanente llamado Homper. Nunca pasa nada, o ya vuelven los clásicos por do solían. Aunque siempre creamos que cada pausa veraniega da paso a un movimiento germinal.

De niño, Homper estaba convencido de que el año se dividía en dos mitades: el invierno frío, gris, monótono y, peor aún, colegial,  de su Madrid natal, y la otra mitad alegre y al aire libre, que transcurría en su lugar de veraneo. Sol, ríos o mar donde bañarse, juegos, aquellas chiquillas a las que de repente les apuntaban dos cerezas por debajo de su blusita, noches estrelladas, bailongos por las fiestas de finales de agosto, helados de mantecado más o menos gruesos,  desde los diez céntimos a la peseta, algún titiritero ambulante y, un caballito de cartón o un motorista de hojalata en la feria y sobre todo, nada de colegio. Al regreso a la mitad horrible del año –qué suerte, creer que el año se dividía en colegio y vacaciones- tenía la esperanza de que la vida en Madrid renacería distinta. Pero nunca cambiaba. Todo seguía igual.

-Nunca pasa nada, sobrino-remachó la tía Clota en el primer diálogo posveraniego que acaba de mantener Homper con ella- Y, si pasa, es para peor…¿También te vas a quedar pasmado porque te recuerde eso?

Le chafó el pesimismo anticipado de su tía, porque esta vez le iba a leer a distancia algo que a él, oh, sorpresa le había asombrado muy positivamente. En un suplemento del ABC de este mes de agosto había leído una entrevista con Rafael Selas, un madrileño que marchó a Estados Unidos con diecinueve años, hizo una prometedora carrera de productor y realizador  televisión y de discos y de repente sintió la llamada de lo que él llama “los niños rotos de África”. Con algunos de ellos aparecía  en la foto del ABC, barbado y sonriente, un rostro que recuerda vagamente al del Ché Guevara.

-Y es que este chico también es un revolucionario-le aclaró a la tía Clota-Ya ves, podría haberse convertido en un yuppy de los negocios, un empresario rico en España, y lo ha dejado todo  por echar una mano a los niños de Lamu…Para que luego digas que los jóvenes  sólo piensan en divertirse.

Rafael Selas se instaló en Lamu, una isla al norte de Kenia. Desde su ONG llamada ANIDAN ya ha a creado un orfanato donde viven doscientos cincuenta niños, y se ocupa de que otros cien sean atendidos diariamente en el hospital pediátrico. Rafael es muy crítico con las ONG de grandes presupuestos y poco operativas, y prefiere optimizar sus recursos trabajando sobre el terreno para defender de la malaria y otras enfermedades a unos cuantos de sus niños rotos. Estudió en un colegio heredero del Instituto Escuela, y no recibió una gran  formación religiosa. Pero allí había un padre Ramiro con las ideas muy claras. Si no eres capaz de arreglar el mundo –decía el cura-  procura ayudar al menos al que tienes más cerca. Lamu está muy cerca, porque Rafael está allí.

-Caramba –musitó la tía Clota después de conocer la historia de Rafael Selas- ¿Y dices que es joven?…

Rafael Selas debe de estar en la treintena, y es otra clase de JASP (Jóvenes Aunque Suficientemente Preparados). Su caso dejó perplejo no sólo a Homper, sino también a la tía Clota, que, arrepentida de sus prejuicios, se ha dado de alta como socia de ANIDAM, con una cuota de sólo diez euros al mes.

-No es cierto que las cosas siempre cambien a peor, tía-concluyó Homper. Tú misma has mejorado mucho desde que conoces esta historia…

Sin agua, pero con radio

¿A tí tambien te ha pillado en la ducha el corte de agua?...

¿A tí tambien te ha pillado en la ducha el corte de agua?...

Lo malo es que estaba doña María a mitad de ducha, enjabonada ella como un merengue, y se cortó el agua que fluía por la alcachofa. Ya la están viendo, mal tapada en una toalla que mengua poco a poco –o será que ella está cada mes un poco más “gruesa de los nervios”- y a duras penas vela sus encantos, chorreando y dejando huellas de espuma blanca sobre ese parquet del piso del Bloque los Arándanos que tantas veces ha lustrado con sus zapayetas (las utilísimas zapatillas-bayeta: ni un paso sin dejar de sacar brillo al parquet).

Lo malo, aclaramos, es que la infatigable piqueta de Gallardón pinchó en el lugar inadecuado, rompió las conducciones  de agua por el barrio de nuestra amiga y, cumpliendo con la Ley de Murphy, le pilló en pelota a Doña  María.

Lo peor es que sin esperar a secarse salió al descansillo de la escalera a consultar con el vecindario.

-Jocelyn…-le voceaba a la vecina que es su amiga más íntima- ¿Tú también te has quedao sin agua?…

En éstas que una corriente cerró la puerta y atrapó un pico de la toalla cuando ella se precipitaba a subir a casa de Jocelyn. Y fue muy fuerte: la pobre mujer desnuda y a medio lavar corriendo desesperada escaleras arriba a esconderse y preguntando, mientras tapaba sus vergüenzas, cómo se gestiona ahora la poblemática de quedarse sin agua un día de verano.

Pero no hay mal que por bien no venga. El mismo día de esta tragicomedia doméstica, a la buena de nuestra gladiadora del hogar le comunicaban que esta temporada vuelve a la radio. Y que desde la semana que viene, tendrá voz en la COPE de martes a viernes entre once y doce de la mañana para contar, por ejemplo, la poblemática de los cortes de agua de espaldas al pueblo.

Alguien le preguntó con cierta malicia que si iría de la mano del padre Bonete. Pero según una sobrina de éste,  el anciano cura padece demencia senil, mantiene que Zapatero es el  Anticristo y dice que los curas ya no creen en Dios.

-No vayan a pensar otras cosa –explica doña María con cierto retintín.

Qué cosas.

El caso de los meteorólogos asesinados

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

1

El informe de la policía era tan escueto como elocuente. En el curso de veinticuatro horas habían sido asesinados tres meteorólogos y dos meteorólogas. Todos ellos prestaban sus servicios en otras tantas emisoras de televisión. Ellos habían sido muertos con un cuchillo jamonero, ellas estranguladas. Algún conspicuo Poirot avanzó la primera tesis: estábamos ante el típico caso de un asesino en serie.

2

Ulises Mann había conocido a Alfonsina en un viaje, y se enamoró de ella apenas la vio perfilada contra la superficie del Lago de Como. Era una mujer muy guapa. Por entonces Ulises se llamaba Avelino García, y era un empleado de Telefónica sin demasiadas aspiraciones ni refinamientos. Pero el amor es lo que tiene. Al poco de regresar, él se atrevió a llamarla para salir. Alfonsina se reveló como una mujer culta y exigente, incapaz de enamorarse de cualquiera. Para atraerla,  Avelino estudió y leyó todo lo que no había estudiado y leído en su juventud, e incluso tomó clases de buenas maneras. La muerte sin hijos de la única  hermana de su madre le deparó una sustanciosa herencia que facilitó su puesta a punto final. Contrató un entrenador personal, eliminó algunas lorzas en el gimnasio, depuró su silueta y renovó su fondo de armario. También se compró un Morgan con el que en la primavera se iban a las terrazas de los pueblos de la sierra a ver anochecer. Ella era tan clásica que tomaba una granadina y él, por no ser menos, un vermut. Pronto se distinguieron como una pareja  singular con un cierto halo de romanticismo decadente.

3

Desde que Alfonsina confesó que Homero y Thomas Mann eran sus autores favoritos, Avelino no paró hasta que consiguió mudar por completo su identidad. Un día le reveló a Alfonsina que en realidad se llamaba Ulises Mann, y que había tenido que adoptar el nombre falso de Avelino García porque durante una etapa de su vida fue agente del CESID, y su patronímico era demasiado sofisticado para pasar inadvertido. Entretanto, y puesto que se daba cuenta de que, aunque evidentemente le caía bien a Alfonsina ella no parecía estar del todo enamorada, fue urdiendo un golpe de efecto que necesariamente le abriría los ojos y le permitiría descubrir al hombre de su vida. A Alfonsina, además de la literatura,  le fascinaba el mar, las flores la música clásica, y de ella en particular el piano de Beethoven, y más concretamente la sonata Claro de Luna. Avelino tomó nota.

4

Alfonsina fue invitada a un viaje sorpresa con final feliz. La tarjeta especificaba que se trataba de un destino con mar, un largo espigón y un faro, que siempre queda muy romántico. Ella esperaba VeneciaAlejandría, Rodas o algún pueblecito de Cornualles, que pega mucho en estas aventuras románticas. Pero el destino le hizo volar a Alicante, , donde le esperaba un chófer con librea que la llevó hasta Denia. Allí Alfonsina, vestida para la ocasión con una preciosa pamela y un traje de tules vaporosos, vio en el espigón donde fue depositada un puntito blanco al pie del faro, y entre el puntito y ella, a un cuarteto de cuerda que tocaba  la conocida canción popular francesa Au clair de la lune, mon ami Pierrot . El puntito blanco era un hombre elegantemente vestido de tal color y con sombrero de Panamá, que avanzaba hacia ella con un ramo de rosas rojas en las manos y una sonrisa seráfica –toda arreglada por el más caro especialista maxilofacial-en los labios.

5

Avelino García/Ulises Mann había oído campanas, pero no sabía exactamente donde. Confundió a Thomas Mann con Thomas Wolf, y se había vestido como el famoso escritor norteamericano. Y tan identificado estaba con Ulises, que había escuchado cantos de sirena y también le habían despistado. Cuando en la casa Hazen se negaron a llevar un Steinway de cola al espigón del faro de Denia para que lo tocara Daniel Baremböhm, como, en su ignorancia, él pretendía, se dirigió al primer grupo musical que encontró por la calle y les contrató para que se apostaran en el espigón y, a la aparición de una bella dama, interpretaran el famoso tema del Claro de Luna. No sería lo mismo sin el piano, pero menos daría una piedra. Los músicos, a la sazón ucranianos, entendieron  regular el mensaje, y pidieron que se lo silbara. A Avelino/Ulises la primera luna musical que le vino a la memoria fue la del famoso tema de Au clair de la lune. Así lo silbó y así lo hizo suyo el bien intencionado cuarteto de cuerda. Y en realidad todo habría quedado muy bien, y probablemente, habría conseguido su objetivo de no ser por un pequeño detalle que arruinó los planes del animoso enamorado.

6

En aquel verano de 2009 se estaban dando unas temperaturas  altísimas mantenidas semana tras semana. Los hombres y las mujeres del tiempo de las distintas televisiones, no obstante, siempre prometían que dentro de dos días se produciría un alivio térmico. Concretamente en la semana del 15 al 22 de agosto, y según sus pronósticos, deberían haber bajado los termómetros el martes y el jueves. Pero no sólo no bajaron, sino que subieron, lo cual perjudicó gravemente los planes de Avelino/Ulises. Pues a medida que  Alfonsina avanzaba hacia el hombre vestido como Tom Wolf y veía el ramo de rosas prematuramente rojas  a los inexplicables acordes de Au clair de la lune -disparates que, hasta cierto punto, le hacían gracia y le hacían sentirse protagonista de una comedia  surrealista- descubrió un pequeño detalle que desinfló sus románticas buenas intenciones. Un churretón de sudor de color ala de cuervo se había deslizado por la patilla del hombre que la amaba, y, sin que él se diera cuenta, maculaba su impecable camisa blanca y la solapa de su elegante americana.

7

A pesar de todo, ella hizo un esfuerzo y le besó en la mejilla como una amiga. Pero no fue capaz de ser tan excelente actriz como probablemente requería aquella puesta en escena.

-Me da igual que seas Avelino que Ulises, espía o empleado de Telefónica, culto o inculto- le dijo a su pretendiente en un arranque de sinceridad- Pero nunca podría enamorarme de un hombre que disfrace sus canas…

Se acordaba Alfonsina del patético profesor Von Aschembach destiñéndose ante el bello muchacho Taszio en Muerte en Venecia. Y pensaba que el  sombrero de Panamá del bueno de Ulises Mann cubría sobre todo una notable empanada mental.

8

Al cabo, el culpable del desastre  había sido el calor. Avelino, ya otra vez definitivamente Avelino, se vengó de manera implacable de los meteorólogos que habían arruinado su proyecto. Fue localizando uno a uno a los meteorólogos de las cinco emisoras que le habían engañado con sadismo, premeditación y alevosía –eso declaró ante el juez instructor- y ejecutándoles sin piedad. Y consiguió que su defensa se apuntalara con la misma tesis que un crimen pasional: alguien indignado que reacciona violentamente ante la certeza de que ha sido engañado.

9

Desde la cárcel, escribió muchas cartas a Alfonsina. Mejor cada vez, porque aprovechó la condena para leer muchos y buenos autores, y  conseguir así estar a la altura de su amada. También  le prometió que si en el entretanto  no encontraba al hombre de su vida, la próxima vez que  se vieran quedarían en el estanque del Retiro,  un mar en pequeño que no exigía desplazamiento alguno y le daba cierto encanto naïf a la cita. Él iría con una simple camisa, unos chinos y la Sonata Claro de Luna en el MP3.  También luciría .el cabello natural que le quedara por entonces.

El cuento de una noche de verano

Si no tienes con quien dialogar, habla con las estrellas...

Si no tienes con quien dialogar, habla con las estrellas...

Parece ser que la tía Clota cerró por vacaciones. Como si fueran las Chicas de Oro, ella, Edwina y Thelma decidieron invertir sus ahorros en un viaje por Europa. Hubo que convencer a Thelma, que pensaba gastar los suyos en una casa de muñecas para sus nietas. La casa era carísima, porque reproducía, habitación por habitación, una de las mansiones de  Michael Jackson, y todas sus ocupantes eran muñequitas y muñequitos de rasgos negroides, aunque con la piel de biscuit cuidadosamente blanqueada. Un juguete muy auténtico.

-Es una bobada-le dijo la tía Clota para convencerla- No lo entenderán, y si lo entienden no te lo agradecerán. Me han dicho que han lanzado una Barbie con tres tallas de pechugas de recambio y  entrenador personal. Cómpraselo, que es mucho más barato y te quedará para venirte de viaje con nosotras.

Querían ir a Viena para seguirle la pista a Sissi. Pero entretanto a Edwina se le había ocurrido ir a una vidente que le había dicho algo maravilloso. Veía en su próximo viaje un idilio otoñal con un  descendiente bastardo del duque de Spoletto, que aunque no ocupó el trono, fue nombrado rey de Croacia en 1941. Edwina había jurado y perjurado que nunca un hombre más en su vida, pero una cosa era un agente de seguros de Montana retirado como el que le había pretendido una vez y otra un noble del viejo Imperio Austro Húngaro. A la tía Clota no le parecía una razón suficiente.

-Si hubo alguna vez un príncipe en Croacia –bromeó con su inveterado escepticismo-se habrá convertido en rana, como procede en un país que se llama así…

Sin embargo luego se documentó en una agencia de viajes y descubrió que Croacia era precioso, de manera que cerraron el viaje y se embarcaron en su romántica aventura europea. Sólo se ha sabido de ellas a través de Algondosina, que dio con las tres ancianas  de Vermont en las espectaculares Cascadas de Plitvice, donde se juntan los ríos Kapela y Plisevitza. Algodonsina, asidua de este blog, ha vuelto entusiasmada de Croacia, pero duda de que Edwina consiga hacer bueno el vaticinio de la vidente. Aunque iba  maquillada como una vedette –de hecho, se le corría la sombra de los ojos por el calor- y con zapatos de tacón para enaltecer su silueta, allí no quedaba ni rastro del glamour que se le supone a un descendiente de un duque.

Sin interlocutora con la que dialogar sus perplejidades veraniegas, Homper aceptó la invitación de su amiga Anita para pasar tres días en su casa de campo. Anita está  restaurando  el techo de la capilla de la casa que heredó de una tía abuela. El fresco de la cúpula reproducía  a la Virgen con San Roque, pues Roque se llamaba el bisabuelo de Anita, que fue quien construyó la casa. Desgraciadamente, las humedades habían deteriorado la parte trasera de la figura del famoso perro de san Roque, y a la hora de reinterpretar el original Anita tenía sus dudas.

-¿Lo pinto con rabo, o sin rabo?

Homper, estupefacto, no había sabido qué decirle. Tampoco sabía por qué los tubitos del riego gota a gota se habían obturado y no habían regado el huerto de plantas aromáticas del que tanto presumía Anita.

-Ven –le había prometido- te mostraré mis lavandas y mis hierbaluisas, y cenaremos bajo el emparrado escuchando el chorrito de agua de mi fuente, que no se seca nunca..

Se habían medio secado casi todas las plantas aromáticas. Sin embargo el goteo de la fuente era tan eficaz que a lo largo de la cena –gazpacho y tortilla de patata-  y la tertulia bajo el emparrado, Anita se excusó cuatro veces para ir al cuarto de baño. Con todo, la cena hubiera sido deliciosa sino fuera porque la perrita Paca, una teckle inasequible al desaliento, se pasó toda la noche ladrando al emparrado, por donde había sido vista una rata haciendo equilibrismo. Anita se mostraba orgullosa del pedigree de su perrita, sin percatarse de que una perra ladrando a lo largo de una cena es un coñazo, ya sea de pura raza o simple chucha. Homper sugirió poner matarratas en los palos del emparrado, pero Anita le dejó bien claro que no era partidaria de fertilizantes, pesticidas y otros compuestos químicos que alteran los designios de la naturaleza.

-¿Por qué no salimos fuera y miramos las estrellas? –sugirió Anita.

Fue una gran idea. Asombrosamente, en ese lugar del centro de esta España africanizada por un verano implacable, y aún con la espesa calima que provocan durante el día las altísimas temperaturas, resplandecían las estrellas. Y como el ruidito de la fuente no cesaba, y las ganas de hacer pipí de Anita tampoco,  Homper aprovechó los ratos en soledad para plantear al cielo las preguntas de la jornada que no le podría preguntar a la ausente tía Clota. Cómo es posible que la contaminación y el cambio climático no hayan conseguido velarnos el milagro de una noche estrellada. Por qué ya no hay príncipes ni batracios convertibles en Croacia. Con qué criterio hay que restaurar  las imágenes del perro de San Roque, si con rabo o sin rabo. Quién era ese Ramón Ramírez que se lo cortó. Por qué siempre se acaban obturando los tubitos del goteo, y justo en la planta o el arbolito que más nos interesa. De qué materia tan sensible estaban hechos los riñones de Anita. Cómo librarse de las ratas de un emparrado sin dañar a la naturaleza. Cómo callarle la boca una perrita competente que no hace sino cumplir su deber.

Demasiadas interrogantes para el firmamento. Y mira que había estrellas  para contestar.

Anita se excusó y se retiró. Y después de media hora más de contemplar las estrellas, Homper hizo lo mismo y durmió estupendamente gracias a que la perrita Paca, que seguía al pie del emparrado, se había quedado afónica.

Por otros territorios de la soledad

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

La carretera/autovía Gijón-Ribadeo cruza el que levanta del suelo unos cincuenta metros, a vista de señor bajito. Salva así en menos de un kilómetro de funambulismo hormigonado un tramo que evita al viajero pasar `por San Martín de Luiña y Soto de Luiña. Como efecto colateral, a los que tenían su casita en las laderas del monte les ha cambiado el panorama. Ya no ven un valle verde y bucólico que cerraba en una uve abierta sobre el fondo azul del mar. Por la barra líquida del  horizonte lejano sólo pasaba, muy de cuando en cuando, un buque. Ahora, aunque se sigue viendo el Cantábrico al fondo, alguien  ha cerrado la parte superior de la uve con una raya blanca por la que a menudo pasa un trailer, una moto, muchas caravanas, más turismos y algún camión distribuidor de leche. También es bonito, pero distinto.

Todo es opinable. En general, la irrupción del llamado progreso en la naturaleza le produce al Duende rechinar de dientes. El mismo que debió de producir a los habitantes del París decimonónico cuando vieron sobresalir de su perfil urbano esa monstruosa torre que diseñó Eiffel. Esta novedad en la postalita del occidente asturiano aporta sin embargo un matiz curioso. En una primera mirada superficial es un paisaje alterado por la insolente mano del hombre. Pero si aplicas otra óptica, admiras ese encanto inquietante que se adivina en los cuadros de Edward Hopper: la soledad del individuo en la amplitud de los grandes paisajes abiertos a los que, con toda naturalidad, se incorpora el contorno de una fábrica, un inmenso depósito de gas o un tren supersónico. Un cuadro actual, en definitiva.

La polémica del conservacionismo a ultranza versus progreso no es lo que más le preocupa a Toya, que vio crecer a los hijos del Duende, y a los de WaterI y a los de Félix Bragado cuando éstos recalaron en unas casas cercanas a la suya a finales de los años setenta para pasar las vacaciones de verano. Toya es vecina de San Cosme, una aldea muy guapina agazapada en el monte a tan sólo un kilómetro y medio de San Martín de Luiña. Regenta un pequeño comercio donde desde macarrones a cordones para los zapatos puedes encontrar casi de todo. Fue siempre la proveedora de chuches de los niños de la zona. También se reúnen en su tienda paisanines que  si antes hablaban de les vaques ahora hablan del regreso del Sporting a primera, porque ya no queda ni una vaca. Cuando el Duende apareció por ese lugar tan idílico el cartero venía a caballo, y sus hijos se iban a segar con un vecino y regresaban montados en un carro de hierba. Ahora apenas se ven tres o cuatro caballos en la contornada, nadie necesita hacer heno, no hay quien siegue los prados y, para colmo, si encuentras alguien que lo haga, no sabes qué hacer con la hierba, porque tampoco se puede esperar a que se seque y quemarla. A Hopper le querríamos ver pintando este problema. Con todo, a Toya lo que más le entristece no es el progreso, sino el final del verano.

-¡Se queda tan sólo el valle cuando se van los veraneantes!…-suspira melancólica.

Todo es relativo. La última parada de la tournée del Duende por el norte fue en un recóndito lugar llamado Tresmonte, entre el Sueve y los Picos de Europa. Ahí, en la ladera de un valle inaccesible en invierno cuando nieva, al fondo del cual, al salir el sol entre las paredes verticales de piedra  y las nieblas, parece que va a asomar el ojo de Dios, han pasado medio mes Guillermo, Sofía  y su hija Olivia. Olivia es la más pequeña de las nietas del Duende, pero ya podrá presumir de haber visto esa especie en vías de extinción que son las vacas asturianas en su ambiente. Todo gracias a Boni, único paisano que se aventura a apacentarlas por ahí. La vida de Boni transcurre entre su mujer enferma en el hospital y sus vacas pastando en el prau que queda por bajo de la casa de Guillermo y Sofía. Estos días estaba feliz, porque tenía vecinos.

-Si notas que te falta presión en la ducha, aguanta un poquito-le advirtieron éstos al Duende- Es que Boni está dando de beber a las vacas.

Guillermo, Sofía y Olivia llevan muy bien esta pequeña pega. Y se quedaron muy impresionados cuando Boni se les echó a llorar el día que le anunciaron su  próxima marcha.

¡Ye tan largísimo el invierno, aquí solo, con mis vaques!…-dicen que dijo entre sollozos.

Levantaría Bécquer la cabeza, miraría a Toya y a Boni, y seguro que cambiaría su famosa rima: Dios mío…¡Qué solos se quedan los campos!


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