Archivos para 31 octubre 2009

Los polvorones evocan a Lawrence de Arabia

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Aquel aventurero amaba el desierto porque era limpio...como los polvorones

Lawrence de Arabia explicaba así su fascinación  por el desierto: me gusta porque está limpio.

El Duende guarda pocas similitudes con aquel héroe. Ama la aventura, pero sin llegar al arrojo del coronel británico. Su vida, al lado de la que recreó  tan excelentemente David Lean, es como uno de aquellos recortables en los que nos entreteníamos los niños antiguos. Casi todo imaginación para siluetearla cuidadosamente con la tijera, ponerla en pie con peanas de papel sobre la mesa del comedor y soñar que se podía ser héroe. El Duende también va en moto, su Vespa no es aquella ruidosa máquina que montaba el coronel cuando se encontró con la muerte, hay diferencias. También lleva gafas, pero espera que las suyas no se queden colgadas de un arbusto, como ocurre en la escena que abre y cierra el filme de Lean: hay películas que hacen mella en la memoria, y pequeños detalles de un plano que son como el pin que las identifica. Las gafas de Lawrence ahorcadas en un matojo, qué pena, el hombre que amaba el desierto porque era y estaba limpio.

El Duende se acuerda de él cada vez que desenvuelve el papel sedoso del polvorón. Porque al encanto de su sabor añade su belleza sencilla y natural. Se desmorona al primer mordisco y presenta la misma textura de una duna. Y es limpio, como el desierto que amaba Lawrence: la harina es la arena. Su capa de azúcar, de almendra molida o de ajonjolí, la superficie, la piel de ese desierto golosina. Y es limpio, limpio. Puedes comértelo en un pispás, para aliviar ese golpe bajo que a veces te propina el hambre a mitad de mañana, y quedar tan elegante y bien compuesto como Peter O´Toole.

Sorprendentemente, ninguna universidad ni centro de estudios de esos que periódicamente ofrecen informes pintorescos han publicado nada interesante sobre el polvorón. El inquieto Duende ahora selecciona en los supermercados los polvorones-polvorones, que afortunadamente se venden a granel, a elección del consumidor, y permiten  esquivar la filfa que a veces incluyen los llamados surtidos. Va a lo clásico: el polvorón de almendra, nevadito. O el que llaman mantecado, peinado con granos de sésamo. Y entre su estudio de campo sobre las inmensas ventajas de salir de casa con dos o tres polvorones repartidos en los bolsillos de la chaqueta, ha llegado a la conclusión de que se puede abrir y consumir un polvorón en el transcurso de un viaje de cinco pisos en un  ascensor convencional. Eso sí, cuando se abren las puertas en el final de trayecto, aún puede que le pillen a uno relamiéndose.

-Buenos días –dijo llevándose las manos al bolsillo cuando se topó con una bella dama en el portal- Es que tomaba un polvorón mientras bajaba- se excusó- ¿Quiere uno?…

La mujer se quedó pasmada. La segunda conclusión del estudio de campo es que la sociedad aún no está preparada para aceptar golosinas de un extraño a la puerta del ascensor.

Y la tercera es que quizás haga falta subir al Empire Estate para enamorar a una mujer con los argumentos de Lawrence de Arabia y el irresistible encanto de esta joya de nuestra dulcería llamada polvorón.

Una batallita “de espaldas al pueblo”

Silencio Banqueros

¡Ah!...Si estos políticos polemizaran menos y curraran más...

Mientras Mariano Rajoy –ya era hora- recuerda que santo Job no hubo más que uno y que el tres de noviembre dará un puñetazo en la mesa del PP, en el Bloque Los Arándanos donde vive Doña María se sigue viviendo la España real. O sea, problemas, sueños y aspiraciones.

-Ya te puedes imaginar-le dice doña María al Duende. No dormimos pensando quién será el próximo presidente de Caja Madrid.

Según esta buena mujer, Marisa tiene dos hijos en paro y a su marido Sabas, bombero, con depresión. No falla con la manguera, pero el hombre padece una disfunción eréctil, y falla con la manguera. No obstante, el tema de conversación en su familia no es el paro, ni la depresión. Como todo el mundo puede entender, lo que les trastorna es no saber cómo acabará la trifulca pepera.

-Marisa y Sabas son de Espe, y quieren que vaya de presidente ese González que va siempre con ella y peina tupé.

Adela por su parte está desesperada: la silla de ruedas de su madre, que vive con ella y con su marido Marcial, no cabe en el ascensor del bloque. Además Adela espera una operación de sus cálculos biliares -tiene turno para dentro de siete meses- y no duerme pensando que su niña Lolinchi se ha hecho maestra y va a dar clases sin chichonera y sin seguro de vida. A pesar de todo, como es lógico en cualquier familia de bien nacidos, no piensa ni en la Ley de Dependencia ni en la reforma de la sanidad o de la educación.

-Están de los nervios pensando que el presidente de Caja Madrid debe ser Rato. Es más, casi todos los días van un brujo y le encargan que haga vudú a los otros candidatos.

Por último, Jocelyn y Bernabé, acechados por las deudas,  han cerrado su peluquería de perros . Tienen dos hijos en paro, una niña medio enganchada con la droga y un cuñado desahuciado de su casa por falta de pago. Pero, naturalmente, no tienen oídos más que para la batallita que paraliza a la oposición de este país.

-Ya ves tú…-dice doña María- Van a manifestarse este fin de semana por las calles con pancartas que dicen GUINDOS PRESIDENTE DE CAJA MADRID o PIZARRO FOR PRESIDENT…¡Lo primero es lo primero!

Exacto, es cuestión de prioridades. Habiendo tantos problemas y carencias, este fuego cruzado que está desangrando al partido de la alternativa es una de esas cosas que según doña María  se hacen de espaldas al pueblo. El llorado Fernando Lázaro Carreter criticaba esta expresión, pues según el docto académica debería decirse a espaldas del pueblo. De espaldas al, o a espaldas de, lo verdaderamente grotesco es que los políticos del PP suman más mierda a la mierda de las semanas pasadas. Y,  de frente o de perfil,  lo que parecen hacer es una peseta, un corte de mangas o una butifarra a los vecinos de doña María y al resto de los ciudadanos que esperaban cambiar este gobierno por otro que  no lo hiciera tan mal.

-A mí el presidente de Caja Madrid me la refanfinfla –se ha sincerado Teófilo, que es el presidente de la Comunidad de Vecinos de Los Arándanos, el enésimo parado del reinoYo sólo quiero que alguien me de un trabajo.

Tranquilidad y esperanza ( sin retintín). Sea cual sea el elegido, seguro que lo primero que hará cuando se siente en el sillón  presidencial de Caja Madrid es pensar en  nosotros,  levantarse de su trono de oro y venir a rescatarnos de esta odiosa crisis.

El circo del PP y otros desvaríos

mariano, Espe, Gallardón...¡Más difícil todavía!...¡Hale hooop!No es tan primaria como la mayoría, que advertimos día a día en desastre de la oposición al gobierno de España. Pero incluso desde Estados Unidos, la tía Clota también percibe que el PP es un circo.

-Pero no es porque le crezcan los enanos, como dicen casi todos los cronistas-precisa- Sino porque  aspira constantemente al ¡más difícil todavía! ¡Anda que armar la que arman por disputarse el presidente de un banco después de haberse comido el marrón del Gürtel ese!…

Y evoca Trapecio, una película de circo, un producto típico made in Hollywood que impactó mucho en su juventud. En la escena cumbre, un hercúleo Burt Lancaster en su apogeo de icono viril, recibe a una espléndida Gina Lollobrígida que vuela a sus manos tras el triple salto mortal. Bocabajo y todo, y desafiando a la ley de la gravedad, el héroe trapecista sube a pulso a la heroína y la besa en los labios.

-¿Sobrino, no te imaginas el número?…-le cuenta a Homper entre risas- En un trampolín, Rajoy y Gallardón, los dos con taparrabos de lamé. En el opuesto, en plan Pinito del Oro, Esperanza luciendo tipo con su malla tan sexy rebosante de lentejuelas. Primero salta Rajoy al trapecio, y se cuelga bocabajo. Luego salta Gallardón y se prende de él. Y finalmente, Espe. Todos los del PP llenan el circo haciendo el oficio de niños….¡Que se besen, que se besen!…Y entonces Gallardón y la Espe repiten el numerito de Burt Lancasyter y la Lollo, suena el cha-ta-tachán  y los niños estallan en aplausos…

Tía y sobrino  se ven riendo a través de la cámara de su ordenador.

-Lo del PP, tía, es un numerito que traspasa el Atlántico– subraya Homper.

Y piensa que la imagen que describe su tía podría ser un sueño pintoresco si no estuviera tan cerca de la realidad.

Sin embargo los sueños se nutren de materiales imprevisibles que se mezclan a lo loco. Lo decía Freud: pueden aparecer en un sueño una vieja amistad, un antiguo amor, un escenario de cuento, una noticia de ayer, una frustración permamente, el deseo de ligar con la pastelera, un famoso como Cayetano Ordóñez, el practicante con el que te cruzaste en la escalera antes de entrar en casa y hasta el estímulo físico que te produce.una sábana de seda. Los sueños son una ensaladilla rusa, o un castillo de fuegos artificiales que el pirotécnico no ha sabido ordenar.

-Por cierto, tía-comenta Homper cambiando el registro a serio-¿Sabes qué soñé esta noche?…Veía una masa informe, un montón de materia viva, horrorosa, que se agitaba nerviosa…Y en éstas que de esa masa gelatinosa asoma una pata de batracio, y luego una cabeza de reptil con ojos saltones…Y me doy cuenta de que es un montón de sapos copulando…

-¡Qué perversión, sobrino!….

-Que no, tía, que Morfeo es un guasón y un caprichoso…Fíjate que anoche vi una película de Nicole Kidman, que me encanta…Y podría haber soñado con ella…Pero también ayer supe que muchos sapos de la Comunidad de Madrid mueren atropellados porque el bordillo de un carril-bici les impide juntarse con sus hembras para copular…¡Los pobres sapos muriendo por amor!…

Otro cuento, otro sueño. Homper espera que el de esta noche sea más agradable. Ya venden en la pastelería buñuelos de santo, que, en su versión clásica, rellenos de crema pastelera, le trastornan. Y, sin dejar de desear mejor suerte al circo del PP y a los mártires batracios, aspira a una bacanal con la pastelera, tan seductora. Ella y él solos, a media luz los dos, música de Astor Piazzola al fondo y  tan sólo separados por una tentadora bandeja de buñuelos de santo que media entre sus labios…

Elena Salgado y el determinismo

Determinismo o no, fue estar hablando de ella y a continuación encontrársela paseando por el Retiro como cualquier ciudadana...

Determinismo o no, fue estar hablando de ella y a continuación encontrársela paseando por el Retiro como cualquier ciudadana...

Una de las primeras travesuras del Duende adolescente era rebautizar a la gente con el nombre que, según él, pedía su cara. A algunas cosas y personas les cuadra más una palabra o un nombre que otro, e incluso que el que les impusieron. El acomodador del cine Colón tenía cara de llamarse Trifón, la pipera del Teatro Beatriz, Alfonsa, y un portero de balonmano de su cole –bastante mayor que él, por cierto- pedía el nombre de Arrosio. Y con Arrosio quedó en su registro particular aunque luego se apellidase Seseña.

El colegio quedaba ya muy atrás, y nunca más supo el Duende de este último hasta que un día de 1973 se metió en el cine y vio un entretenido thriller de Darío Argento titulado Cuatro moscas sobre un terciopelo gris. En esta película italiana aparecía un detective llamado precisamente Arrosio. En la misma butaca del cine, y antes de que, desgraciadamente, lo liquidara el asesino, el Duende se preguntaba: ¿y qué habrá sido de mi Arrosio del cole que nunca más he vuelto a ver? De momento, estaba vivo. Y nada más salir del cine, confundido entre el gentío de la calle Fuencarral, el Duende lo vio paseando tan campante. Allí acudía a su cita con el destino o con la casualidad el amigo Seseña, alias Arrosio. No sabe el Duende cómo le llamarían a este fenómeno los parapsicólogos. Premonición, determinismo, vaya usted a saber. Pero el fenómeno existe, vaya si existe.

El viernes en la COPE, Curro Meloso recitaba una Oda en defensa de Elena Salgado. Curro Meloso, como casi todas las caricaturas duenderas, es un poeta fracasado, Cordobés antiguo de traje negro a rayas, sombrero y patillones, quiso escribir el Romancero Gitano y el Poema del Cante Jondo antes de descubrir que, para su desgracia, se le había adelantado Federico García Lorca. A partir de entonces probó toda suerte de musas,  y concurrió de su mano a numerosos concursos, certámenes de poesía y juegos florales sin que una sola flor o un miserable accesit reconociera sus méritos. Harto ya de ninguneos, y consciente de que todos los poemas que había deseado escribir estaban mejor escritos por otros, se inspiró en lo único que podía ser original: la defensa de los políticos. Así es como cada viernes Curro Meloso elige un político en la picota y le dedica una oda, y así fue cómo la semana de pasión de la Vicepresidenta Económica se alivió con la oda que le dedicó Meloso.

El mismo viernes volvió a salir el nombre de la Vicepresidenta en un almuerzo entre amigos, algunos de los cuales la conocían. Se habló de su papelón, de su competencia/incompetencia, de la imagen que proyecta y de su carácter. Casi todos los comensales coincidían en que es de ese tipo de personas valiosas que, quizás por su timidez,  confunden simpatía con vulgaridad. El propio Duende aportó sus impresiones, que venían de sus tiempos en la cadena SER. Allí aparecía cualquier alto cargo del gobierno del PSOE para ser entrevistado, y  al verte sentado en la misma mesa que Iñaki Gabilondo te imaginaba de los suyos. La hoy Vicepresidenta fue sin embargo siempre comedida en su cordialidad. Correcta, pero fría y distante, como si su imagen de ejecutiva solvente le impidiera sonreir y demostrar su sentido del humor. Elena Salgado, tan lejos en el album de sus recuerdos, y tan presente estos días en la vida de todos los españoles.

Los caprichos del destino. Al día siguiente, sábado luminoso, el Duende se dio de bruces con ella mientras corría por el Retiro.  Ya es difícil para cualquiera identificar a los conocidos muy superficialmente cuando te los encuentras fuera del lugar donde los has visto siempre. No digamos nada si se trata de una personalidad pública que los cuenta por millares y que no se caracteriza precisamente por su efusividad. Sin embargo, en honor a la verdad, el Duende debe confesar que Elena Salgado en atuendo deportivo se acercó a él, se detuvo, le plantó dos besos y le preguntó qué tal estaba antes de continuar su saludable paseo por el precioso parque madrileño.

Al Duende, naturalmente, le temblaban las piernas. No es que la rubia le impresionara tanto como su admirada Naomi Watts, ni que temiera que la Vicepresidenta hubiera escuchado en la radio la sospechosa oda que le tributó Curro Meloso. Es que simplemente constataba que hay que tener ojo con las premoniciones, porque a veces las carga el diablo.

La hora de más

Distintas maneras de aprovechar esa hora de más que nos regala este día...

Distintas maneras de aprovechar esa hora de más que nos regala este día...

Todos los días tienen veinticuatro horas, pero aquel día de octubre cambiaba el horario oficial, y se estiraba hasta las veinticinco para adoptar el horario de invierno. El filósofo no obstante llevaba bastantes horas dedicadas a lo suyo, que era pensar.

Aquella noche, por ejemplo, había meditado profundamente sobre el color de la duda, sin llegar a conclusiones demasiado claras. También le dio vueltas a la naturaleza del caracol, del que no tenía claro si era carne o pescado, e igualmente se planteó si era más aburrida la vida de una taquillera de metro que la de  Simeón el Estilita. Estaba casi seguro de que ella se divertía bastante más, porque los sábados por la mañana iba al supermercado o a la peluquería, y además estaba leyendo Madame Bovary, mientras que Simeón el Estilita no se movía de su columna. Este importante pensamiento le abocó a preguntarse cómo aprovecharían los humanos esa hora de más que nos prestaba ese día. Y si esa conducta podría despejar otra gran interrogante que atormenta al filósofo desde la noche de los tiempos: ¿estamos hechos de la misma pasta el hombre y la mujer?

Todos los ocupantes del edificio de viviendas junto al lago donde vivía el filósofo conocían el cambio de horario. El presidente de la Comunidad había fijado un cartel en la puerta del ascensor: Cambio de Horario. A las tres de la madrugada del domingo retrasen el reloj a las dos. A esa hora, la mayoría de las ventanas de los apartamentos del edificio permanecían a oscuras. Pero afortunadamente para el observador quedaban encendidas las de dos apartamentos. En uno de ellas vivía Eudora, una atractiva mujer que a pesar de ser matemática había amado intensamente y de una manera nada racional a los dos maridos que había tenido y a un jockey pequeñito -como casi todos los grandes jockey- pero al parecer de irresistible atractivo, que se le cruzó a los cuarenta años. En el otro vivía Salomón, un hombre rico y ordenado. Tan ordenado era que, a pesar de haberse hecho millonario con un negocio tan poco excitante como la sepiolita, mineral que se utiliza para absorber el pis de los gatos de todo el mundo, aún tenía en su cerebro hueco para la poesía: Barquito de nuez, Soledad Cervical y Esquejes del aire eran algunos de los títulos que él mismo se había publicado.

La eterna pregunta como método del filósofo no le ocultaba algunas sospechas que casi bordeaban la certeza. Un día había visto a Eudora y Salomón besándose a tornillo en la esquina del edificio, poco antes de aproximarse al portal y entrar en la casa. Una noche, él mismo abrió la puerta del ascensor y se los encontró enredados en eso que cualquiera que no fuera pulcro filósofo llamaría un polvo de urgencia. De esos datos, su aguda perspicacia le había llevado a la conclusión de que había algo entre ellos. Quizás no estaban ya en la edad de amar, y sus vidas independientes así lo confirmaban, pero algo había. Sería interesante observarles en esa hora de más que les prestaba el otoño.

Durante esa hora, el filósofo vio que Salomón aprovechaba la propina de tiempo para cepillarse unos zapatos de ante, repasar minuciosamente el album donde guardaba su colección de monedas romanas, y ajustar con una diminuta pinza  el foque de la goleta Sebastiana cuya preciosa maqueta él mismo había construido. Durante esa misma hora, el filósofo no pudo ver que durante unos minutos, y ante el espejo del cuarto de baño,  Eudora peinó sus cabellos, coloreó sus mejillas y sombreó sus párpados.  Pero sí advirtió que después se apostaba en la ventana de su salón y, sin abrirla, pasó cincuenta y dos minutos mirando a la ventana de  Salomón, que no levantaba sus ojos de los importantes asuntos que le absorbían.

Y el filósofo anotó en su cuaderno de notas: cabe pensar que el hombre y la mujer tienen sensibilidades distintas…Y cerró su hora de más satisfecho de haber llegado, por primera vez en su vida, a una conclusión importante.

Katyn. Para saber lo que es malo

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

Confiteor Dei –sueña el Duende por la noche. Me confieso ante Dios tododopoderoso de que pequé gravemente de pensamiento. Pensaba que había buenos y malos. Y que, naturalmente la guerra de los buenos no era mala. Pensaba que los indios muertos, los alemanes muertos, las gángsteres muertos, los japos muertos, los piratas del Caribe muertos, los infieles muertos, los bereberes muertos, los tártaros muertos,  los soldados de la Unión muertos y todos los malos de las películas muertos estaban bien muertos. Y que la guerra que a veces en forma de soldadito de plomo, soldadito de goma, Fort Comanche de madera, escopeta de pistones, pistola de agua, arco con flechas de ventosa y una metralleta de aire comprimido que disparaba una especie de bolas de ping pong era una guerra tan santa y legítima como la que nos contaban de Don Pelayo, de Ricardo Corazón de León y del mismísimo Santiago Matamoros.

Y el Duende confiesa, además, que jugaba a la guerra y a matar malos. Y que ni siquiera le parecía algo desagradable, porque la sangre de los tebeos de Hazañas bélicas, del Guerrero del Antifaz, de Roy Rogers o del Capitán Trueno no pringaba nada. Y en las películas de Gary Cooper, Clark Gable y Robert Taylor y Errol Flyn, que mira que mataban y moría gente en ellas, apenas se veía una mancha roja. Se peleaban a puñetazos en el Saloon porque las vacas de Mac Cormack había invadido el rancho del magnate mal encarado, y apenas les quedaba un moratón en la mejilla. Hasta que en Grupo salvaje el audaz Sam Peckimpah nos enseñó que del agujero de una bala brota un borbotón de sangre, todo eran odios inocuos, guerras incruentas, dramas ingenuos. Y, sobre todo, buenos-buenos y malos-malos.

-Pues yo andaba muy cómodo  con el maniqueísmo-confiesa el Duende a su Pepito Grillo.

Había algunas sombras sospechosas. Por ejemplo, Stalin, que aunque aparecía en las fotos de Yalta entre los buenos, lagarto lagarto. Claro, que nada al lado de lo que pinta una película polaca de André Wajda, tan valiente y políticamente incorrecta como descarnada y brutal, que se titula Katyn, y que pasa discretamente por las pantallas. Stalin lagarto lagarto, no: cocodrilo, cocodrilo.

Qué tiene que ver esta guerra con la que aplaudíamos como locos en el cine del cole los domingos por la tarde cuando nos echaban Guadalcanal, Objetivo Birmania, Fuego en la Nieve o Los diablos de las colinas de acero. Aquellas del cine en blanco en negro, de los tebeos y los cromos hacían héroes de postal de Navidad, niños belicosos que no conseguíamos odiar del todo a la guerra. Pero apunten esta letanía truculenta: La lista de Schindler, Salvad al soldado Ryan, El enemigo en puertas, El pianista, El libro negro, y ahora Katyn, donde se cuenta cómo la matanza de veinte mil oficiales polacos que hasta la caída del muro de Berlín se atribuía a los nazis fue una fechoría de papá Stalin. Todas buenísimas. Sobre todo, para confirmar uno de los pensamientos más sublimes de Groucho Marx: cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Confiteor Dei –soñaba el Duende esta noche, después de haber visto la última de estas terribles películas. Me confieso de haber imaginado que le daba un beso a tornillo a Marilyn Monroe y luego le tocaba las tetas...Y Dios se le aparecía encarnado en el ángel de Qué bello es vivir, y en lugar de imponerle penitencia le daba una bolsa de chuches.

-Toma, hijo…¡Si sabrás tú lo que es malo!…

La vida puede ser maravillosa


"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

"Carpe pajaritum", podríamos decir. Porque si te metes en profundidades...

Cuántos amaneceres y atardeceres podría prestarle el Duende a los estetas. Y no necesitaría más que los de esta otoñada. Ayer tarde, sin ir más lejos. Ven, Escarlata, guapa, mira hacia poniente y vuelve a soltar tu frase: a Dios pongo por testigo…Era verdad. Qué brasas tan maravillosas las que parecía haber dejado el sol al acostarse tras la sierra de Gredos. ¿Quién puede comprar eso? Y estaba allí, gratis, a disposición de cualquiera que se parase y orientara su mirada al último resplandor de un hermoso día.

Y, dicho esto, cuántas amarguras, cuántas preocupaciones y cuántas penas. Un nuevo amigo  visitado por la enfermedad innombrable aquí, otro más despedido a la vuelta de la esquina, aquella buena amiga con depresión, ésta de cabeza porque su hijo se le escapa de las manos e inicia un camino de final imprevisible…El impacto que acusa la conciencia del Duende no siempre es proporcional a la importancia de lo que lo provoca. En el mismo fin de semana en que  se clamaba en forma multitudinaria por el derecho a la vida –qué tranquilidad no ser diputado para no votar ese proyecto de Ley del Aborto por fidelidad a la disciplina de partido-, un reportaje del periódico dominical le astilla sus escrúpulos de buen ciudadano. No es que arda el subsuelo de las Tablas de Daimiel porque la avidez de desarrollo ha secado las fuentes de lo que antaño fue laguna, que ya es preocupante. Es que ha leído en EL MUNDO que miles de caballos a lo que sus dueños no pueden o no quieren ya mantener desfallecen de hambre. Es la sequía más la crisis. Las fotos de estos pobres animales escuálidos, algunos de ellos agonizantes y ya picoteados por alguna rapaz impaciente, le atormentan, por insólitas, tanto o más que las de esas víctimas de los talibanes suicidas que hacen estallar bombas. Qué sensiblero e injusto es el ego. Puede que el día en que el mundo conoció el estallido de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, a alguien conocido le preocupara más un uñero en el dedo gordo de su mano derecha.

La vida puede ser maravillosa, decía Andrés Montes como muletilla que sonaba a insustancial. Quizás se lo creyera, pero se ha muerto a los veinte días de ir a esa escombrera donde desgraciadamente cada día se encuentran más parados.  El Duende agradece ser ciclotímico fugaz, o funámbulo por el filo de la vida que es como el filo de la sierra. En el pico más alto, se alimenta de atardeceres, de nietas, de dulce de membrillo, de algunos recuerdos y del humilde carbonero, un pajarillo precioso que ayer trinaba –vaya usted a saber por qué- como si fuera primavera. En la sima, se duele por cualquier cosa, se desespera porque en su cajón cada día aparecen más calcetines desparejados  o `porque, una vez más, le han cortado  el agua a mitad de ducha. Cuando la sima es más profunda de lo habitual, también se preocupa por el día de mañana, palabra.

La vida puede ser maravillosa. O una mierda, según se mire. El Duende no puede dejar de verla así, como un intermitente que salta del rosa al negro, las veinticuatro horas del día. Y entonces agradece mucho no ser Schopenhauer, sino un superficial que se desliza por el devenir como una pastilla de jabón ya gastada, que se escurre, se va diluyendo y cualquier día se va definitivamente por el sumidero. Pero eso sí, sin darle importancia. ¡Viva la superficialidad!


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