El álbum de los momentos embalsamables

Momentos así hay que guardarlos como sea...

Momentos así hay que guardarlos como sea...

Mientras no se resuelva lo del acelerador de partículas y la ciencia no nos asegure  la inmortalidad,  habrá que ir pensando en cómo perpetuar lo bueno de la vida.

Roberto Casarrubio era un compañero de trabajo del Duende que dibujaba  como Leonardo y pintaba como quien quisiera. Se enamoró de Bárbara, nacida en Alemania y dueña de un rostro luminoso como el reflejo del atardecer en una jarra de cobre. Entre anuncio y anuncio- entonces en la publicidad había artistas que concebían una página como un cuadro- Roberto miraba a su bella pareja y pintaba en expresionista. El Duende se acuerda de él cada vez que visita el Thyssen. Si el arte no estuviera tan indispensablemente ligado al marketing, podría estar ahí.

 Roberto vivía en un estudio abuhardillado, y tenía una perra a la que amaba casi tanto como a Bárbara. El pobre animal perdió un colmillo, y el bueno de Roberto se gastó cincuenta mil pesetas de la época en implantarle otro de oro. Como la perra carecía de la coquetería de  la Preysler,  era feliz luciendo su dentadura de Epulón canino. Roberto además decidió aprender a tocar el violonchelo pasados los cuarenta años, e incorporó a la familia un mono. No se sabe si también los vecinos, pero Bárbara, la perra  y el mono convivían muy contentas con aquel genio. Porque Roberto, además de sensible y superdotado,  era un amigo entrañable y divertido al que se le ocurrían ideas muy originales.

-Qué maravilla de niños-dijo un día que vio a los hijos del Duende, entonces aún tres criaturas rubias y angelicales- ¿Y si les echamos el fijativo ese que tenemos en el estudio para que se queden así?

El fijativo era un barniz que se espolvoreaba sobre los bocetos a lápiz y pastel para evitar que se difuminasen. Siempre que el Duende  vive momentos especialmente gratos para los sentidos, lo echa de menos. Le sobra la máquina del tiempo de H.G. Wells, porque no le interesa ni revivir el pasado ni asomarse al futuro. Su vida fluye tan veloz que todo es un presente en escapismo constante. Salvo que lo atrapemos con el fijativo del amigo Roberto y lo conservemos con la fragancia de la vida.

Domingo 11 de octubre de 2.009. En el campo. Ha llovido algo, y el pasto empieza a retoñar. Días luminosos. Aunque ya amarillean algunas hojas, los árboles parecen haber recobrado súbitamente algo del ya lejano verdor primaveral. ¿Su canto del cisne?…Temperatura deliciosa. Escribo el post por la tarde, al aire libre, escuchando el rumor de la fuente: un chorrito culebrino y juguetón que asoma entre una cortina de romeros florecidos. Los madroños empiezan a exhibir sus bolitas coloradas, mientras en el bancal de arriba lucen, amarillos, los membrillos. Vocecillas de las niñas, que siguen jugando, incansables, con los cachorros. De vez en cuando, un erizo de castaña que impacta sobre la hojarasca del suelo. De cuando en vez, el aleteo de los rabilargos, que aún acuden a rapiñar las últimas uvas de la parra. Recuerdos de mi madre, de algún amor, destellos fugaces de otros momentos felices. Esto pide un verso, pero lo que de repente suena son los acordes de un Bach básico que aporrea Juan desde el piano del salón. La felicidad debe de ser un mosaico de percepciones semejantes. Esto no pide un verso, pide que vuelva Roberto con su fijativo y empecemos a componer el Álbum de los momentos embalsamables.

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13 Responses to “El álbum de los momentos embalsamables”


  1. 1 DOLOROSA octubre 12, 2009 en 12:40 pm

    Es verdad que deberíamos, si fuese posible, embalsamar los buenos momentos, esos instantes de felicidad que en un segundo se diluyen en el vacío y nos dejan un sabor dulce y nostálgico de algo que no queremos olvidar. La felicidad es como un pájaro que se posa levemente en tu hombro para, un instante después, emprender el vuelo. Pero siempre nos quedará la memoria, la poesía, para guardarlos eternamente en el armario cerrado con la llave de la felicidad y el recuerdo.

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  2. 2 Aristócrata octubre 12, 2009 en 10:47 pm

    Enhorabuena, Duende. Este post demuestra que en ti habita la belleza.

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  3. 3 luna octubre 13, 2009 en 10:19 am

    Querido duende, más que duende parece que te estuvieras reencarnando en aquellos poetas que como Virgilio , Petrarca o Bocaccio escribían sobre la vida pastoril y sublimaban el contacto con la naturaleza , será que es verdad que eso es la felicidad? parece que sí , por lo menos para tí que lo describes con tanta pasión. No cabe duda que saca de tí lo mejor que llevas dentro. Nos tendremos que marchar todos a vivir al campo, con nietos incluidos? Puede ser…

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  4. 4 Úrsux octubre 13, 2009 en 11:27 am

    Cuánto disfruto viviéndote (porque más que leerte haces que vivamos lo que nos cuentas).

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  5. 5 Zoupon octubre 13, 2009 en 12:06 pm

    En momentos como el que describe el Duende, tendemos a pensar que nos quedaríamos así toda la vida, y sentimos que sean fugaces. Pero quizá precisamente en su fugacidad reside su grandeza.
    Así que lo importante no es su duración, sino su frecuencia. Sabemos que son momentos que no se pueden preparar o contratar, se generan espontáneamente. Y por eso hay que estar ojo avizor para identificarlos y que no nos pasen de largo, que eso muchas veces sucede por andar con prisas y no fijarnos.
    Es igualmente cierto que muchos se malogran porque cuando Dios ha dedicido dedicar un minuto a colocar las nubes, a modular la brisa, a ordenar la coreografía de los petirrojos y las lavanderas y a dormir a tu niña con cara de ángel, el Diablo mete en el cuadro a un hortera de camiseta sin mangas con su Seat Ibiza a escape libre y con el inevitable chunda-chunda a todo trapo

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  6. 6 José Ramón octubre 13, 2009 en 1:54 pm

    Muy bonito, Duende.
    Además de los momentos como el que describes, clarísimamente perfectos, tenemos que estar atentos a que no nos pasen desapercibidos otros, más discretos.
    Creo que a veces somos felices (o podríamos serlo) y no nos damos cuenta. Creo que puede haber belleza en cualquier sitio, depende del momento y de las circunstancias.

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  7. 7 Dora octubre 13, 2009 en 2:12 pm

    Sensibilidad, ternura y poesía. GRACIAS, Duende.

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  8. 8 wateri octubre 13, 2009 en 3:32 pm

    La sensibilidad debe de estar unida a la cultura,tu observación de tu naturaleza próxima es adorable pero como no, le das caña a Juan , que toca que te mueres el clarinete y tiene un oido que ya lo quisieras tú por muchas bolos de bodas que hagas.

    Pero siendo tan sensible ¿Puedes disfrutar mezclado con gente cutre, señoras sin encanto interior, el exterior ya lo habrías encontrado? Comprendes pues lo que puede disfrutar el funcionario que no ve en la duquesa solo sus años y achaques , sino alcanzará orgasmos de belleza,en esos entornos incomparables. Ella es como otro Goya que ya se llevará a restaurar o no, si sabes apreciar el arte conoces desde fuera esos entornos herméticos y te encuentras sin buscarlo en el ARTE y lo puedes disfrutar, contemplar e incluso poseer, puedes comprender actitudes como la suya ,es mas comprensible que la de los novios de Yvanna, o las mujeres de Donald ó Flavio

    Dime duende tu que captas le armonía en la naturaleza ¿Como se puede enseñar a respetar esa belleza a quienes solo pretenden una parrillada depués de un tinto de verano en el bar de la plaza para poder llegar al Calderón o Bernabeu (los catalanes que hagan lo que quieran, son diferentes).

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  9. 9 maribel octubre 13, 2009 en 4:30 pm

    que suerte poderte leer…..

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  10. 10 Palinuro octubre 14, 2009 en 2:25 pm

    Pinceladas poéticas como las que hoy nos regala el Duende no precisan ser embalsamadas: basta con conservarlas en nuestros PC.

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  11. 11 Palinurova octubre 14, 2009 en 2:45 pm

    Esta poesía supone también unos momentos de felicidad y sosiego.
    Gracias, duende.

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  12. 12 Begoña octubre 14, 2009 en 3:48 pm

    Este post, auténtica delicia, me va a hacer mucho más llevadera la semana. El campo segoviano, el otoño y la familia también me hicieron sentir el placer de vivir. Gracias Duende por expresarlo y contarlo tan bien.

    Wateri, lo siento, pero te noto un poco cascarrabias.

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  13. 13 Begoña 2 octubre 15, 2009 en 6:07 pm

    Precioso… es una pena que no tengamos tiempo para estar relajados y contemplar la naturaleza como tú lo haces duende!!! y como lo describes después!!! la época más bonita del año es el otoño, el lunes pasado, pasando por el valle del río luna, los chopos empezaban a ponerse dorados, era una fiesta para los ojos en ese atardecer con un sol que caía desde el fondo de las montañas…

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