El otoño, el árbol y el tiempo

(Foto prestada del blog IBISTÓNER)

Gonzalo del Castillo era  un compañero de colegio del Duende con muy buena cabeza y mofletes colorados. Eso no debe de imprimir carácter, pero deja huella. A  otros amigos de entonces les borró la goma del tiempo, pero Gonzalo –del que el Duende nunca más volvió a saber nada- se quedó alojado astutamente en un rincón de su  memoria. Era godito,  listo y  tenía un gran sentido del humor. Pero destacaba sobre todo por sus mofletes. Para los que hayan leído los libros de Richmal Crompton que publicaba la Editorial Molino, lo más descriptivo sería decirles que Gonzalo parecía uno de esos niños antiguos que ilustraban  las aventuras de Guillermo Brown. Tanto con Gonzalo como con el inolvidable Guillermo –hoy en la almoneda de los héroes literarios infantiles- el Duende lo pasaba muy bien.

Gonzalo vivía no lejos de la Biblioteca Nacional. Y todos los años, no recuerda el Duende si el día de Reyes o el de su cumpleaños, su padre le llevaba a la escalinata del imponente edificio y le hacía una foto al pie de una de las estatuas que la adornan. Al Duende le pareció una gran idea tomarse como referencia del ritmo que sigue el del tiempo. Y pensó que, en la Biblioteca nacional o en cualquier otro punto reconocible,  haría lo mismo si algún día tuviera hijos. No lo hizo, y  ahora se arrepiente de ello.

Decimos habitualmente que la vida se nos pasa en un soplo. Es verdad que el tiempo se escurre como el agua entre los dedos. Pero aunque eso nos recuerde la brevedad de nuestra existencia, su fluir ejerce una atracción irresistible. Visualizarlo, con una foto anual o de cualquier otra forma, nos hechiza tanto como seguir las evoluciones de las llamas en la hoguera o el movimiento continuo de las olas del mar.

Una de las grandes suertes del Duende es que desde su ventana puede ver árboles. Los hay de hoja perenne y de hoja caduca. Quien tiene a la vista uno de éstos tiene un tesoro, pues no hay nada tan fascinante como seguir en él, día a día, la cromática cadencia del otoño. Se puede interpretar como un simple proceso de la naturaleza, o ver en el árbol un cuadro impresionista que además está vivo y es propiedad exclusiva del observador. Pero a poco que se mire es fácil, además, presentir en sus ramas la poesía, y convertirlo en ese fotógrafo que atrapaba el tiempo para el amigo Gonzalo. Cada hoja que se le cae es una viruta de nuestra vida que se va, pero un recuerdo más que nos enriquece. Como cada yema que se abrirá en primavera es una esperanza que se renueva.

El tiempo pasa rápido, porque es inquieto y siempre busca algo mejor- dijo el fílósofo Evelius Kögnestein mientras observaba cómo se desnudaba un árbol en un gris día de otoño. Por cierto, no busquen este nombre en las enciclopedias: no existe. Aunque venga muy bien para dar a este post más peso que el de una hoja muerta barrida por el viento.

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10 Responses to “El otoño, el árbol y el tiempo”


  1. 1 maribel noviembre 30, 2009 en 8:22 am

    la foto no tiene desperdicio pero el post mucho menos…..saludos

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  2. 2 Franciska noviembre 30, 2009 en 8:52 am

    El otoño el la estacion más melancolica del año, la has descrito muy bien, aunque la frase del nuevo filosofo no acaba de convencerme, me parece que si uno es consciente de cada tiempo, hay veces que es inquieto y quieres que pase repido, pero en cambio otras veces quieres se detenga y no avance para disfrutarlo más intensamente. EL
    tiempo del tiempo es demasiado relativo.

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  3. 3 Charivari noviembre 30, 2009 en 1:36 pm

    Siempre me he preguntado porqué en el reino vegetal la mayoría de sus criaturas tiene el privilegio de renacer varias veces antes de desaparecer definitivamente de este mundo.
    Por eso el otoño me inspira un enorme respeto y en ningún caso tristeza ya que lo veo como un periodo de descanso y de toma de fuerzas y porque imagino que dentro de cada árbol, de cada mata, de cada arbusto se está fraguando una preparación para el futuro.
    Me parece muy bonito y acertado el pensamiento de Evelius aunque cuentan de un contemporáneo suyo -creo que manchego- que dice que el tiempo no pasa, que somos nosotros, a lo que yo añado que lo que nosotros hacemos es pasarnos con el tiempo (mira que llevar ya más de una quincena con la Navidad y su parafernalia…)

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  4. 4 wallace97 noviembre 30, 2009 en 5:06 pm

    Me uno al pensamiento del manchego que cita Charivari.

    Es más, yo diría que realmente el tiempo no pasa porque no existe. Es sólo imaginación -necesaria, eso sí- para poder concebir el cambio.

    Y también me uno a la queja de Charivari por lo de las navidades. Manda narices que tengan que estar las luces más de dos meses colocadas y un mes y medio luciendo. ¡Qué forma de perder el sentido de las cosas!

    Estaba esperando, precisamente por eso, para decir a los duendes del bosque que no vivan en Madrid, que si quieren lotería de Navidad de la Administración de la duendeamiga Ana, se la puedo enviar por e-mail como el año pasado. Y al final se echa el tiempo encima, así que ya sabéis, a mandar.

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  5. 5 Palinuro noviembre 30, 2009 en 5:11 pm

    Recuerdo nostálgico del abuelo Pablo que, sin duda, el Duende recordará:

    “Hojas del árbol caídas
    juguetes del viento son.
    Las ilusiones perdidas
    son hojas – ¡ay! – desprendidas
    del árbol del corazón”

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  6. 6 Zoupon noviembre 30, 2009 en 6:42 pm

    Era bonito divagar acerca del tiempo hasta que los científicos metieron relojes atómicos superprecisos en aviones, y dejaron otros perfectamente sincronizados en tierra. Resultó demostrarse que el tiempo, que para los simples mortales es un valor absoluto, depende en su velocidad de ciertos parámetros como la aceleración centrípeta y otras cosas que no entiendo.

    Hay una tendencia científica muy arraigada que pretende descubrir debajo de todo lo poético, de todo lo que al alma concierne, un sustrato científico: El enamoramiento no es otra cosa que un feliz intercambio de neuronas, las ganas de comer una tortilla española (estatal) responde únicamente a una carencia transitoria de ciertos aminoácidos, la poesía misma, una sucesión de corrientes eléctricas neuronales. Hasta el crimen se queda en el triste resultado de un gen travieso. En mi opinión, estas ratas de laboratorio podían quedarse quietecitos en casita.

    Y también hay una tendencia muy intensa en la banda de los golfos apandadores, alias Consejo de Ministros, que los lleva a meter mano hasta escarallar lo que marcha perfectamente. Así que siendo la Lotería Nacional lo más serio, lo más independiente y lo que mejor funciona de España, ya hay planes para privatizarla a mayor gloria de las multinacionales de la distribución. Y los honrados minifundistas de las actuales administraciones, a soplar viento. Hace bien Wallace en recordarnos el sorteo navideño, ahora que aún estamos a tiempo (aunque sea elástico)

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    • 7 Angelus P. diciembre 1, 2009 en 11:38 pm

      ¿Has leído “Historia del Tiempo” de Stephen Hawking? Quizá te ayude algo…

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  7. 8 Yo mismo noviembre 30, 2009 en 10:45 pm

    Soy de los que casi siempre, en la ducha o por la calle, tarareo de forma ostentosa o por lo bajini todo tipo de música. Y siempre me pregunto si lo que canto tiene causalidad. Mi tesis, coincidiendo con Zoupon, es que la música que crees tararear espontáneamente tanbién está siempre relacionada con un estímulo exterior que te la recordó.

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  8. 9 waterI diciembre 1, 2009 en 5:43 pm

    Que envidia que tienes tiempo a tiempo para poder ver los colores otoñales, que ves el futuro próximo pardo, ocre y no negro como ese tunel que nos lleverá mas allá del invierno frio descolorido a pesar de esas luces CORTY

    Los mofletes de del Castillo, también se apagaban por noviembre y explotaban en febrero de rojopasión entre los granos propios de la adolescencia que parece que nunca se te fue Duende, me gusts leer tus lúcidos pensamientos que parecen sencillos pero tienen un transfondo que los que te conocemos noa queda la duda si es nostálgico de una etapa feliz y no de desazón amarga, por aquello que nos pasó sin darnos cuenta y no supimos actuar, no se repitió otra vez para poder reaccionar como lo hicimos en sueños forzados y que ahora lamentamos haber desaprovechado por nuestra falta de decisión

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  9. 10 Angelus Autumnalis diciembre 1, 2009 en 11:47 pm

    En otoño debían caer
    todas las hojas de los libros.
    (R. G. De la Serna)

    La primavera
    las cosió volando,
    y ahora
    hay que dejarlas
    caer como si fueran
    pájaros amarillos.
    (P. Neruda)

    Ocre, rojo, verde, amarillo,
    colores de Otoño que sueña
    con un despertar encantado
    en la próxima primavera.

    Llueve sobre las hojas
    multicolores de otoño,
    y un repiqueteo incesante
    camina sobre nosotros.

    Hojas, gotas, lluvia, otoño;
    colores, frutas, nubes, sueño.

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