Archivos para 31 diciembre 2009

Doce uvas escépticas

Un consejo: si no le apetecen cuando den las doce campanas, no las tome. Con uvas o sin ellas, los años siguen haciendo lo que les da la gana.

Se despierta el Duende el último día del año con mal cuerpo. Al abrir los ojos, el techo le da vueltas, tiene sudores  y  siente espasmos en el estómago. Dios, qué mal se encuentra uno cuando se encuentra mal. Cómo es posible que por unas arcadas  pasen a segundo plano el resto de los problemas. Trata de hacer de tripas corazón, pero sólo puede constatar que no está muy católico. Después de haber cenado sólo fruta y un yogur…¿qué será?

Quizás  el balance de este quinto año triunfal que ayer hizo el presidente de gobierno ante las cámaras de televisión. Lo escuchó el Duende y una vez más, como Homper, se quedó estupefacto. Menos mal que “estamos en el tránsito entre la desaceleración y la recuperación”. Menos mal que la única obsesión de este ilustre taumaturgo es la salud de nuestra economía y la creación de empleo.

Mientras escribe estas líneas, el Duende escucha por la radio a Jesús López Terradas, el guardián del reloj de la Puerta del Sol. Dice que mientras cae la bola, dan los cuartos y suenan las campanadas, no toma las uvas, y que luego tampoco lo hace. El Duende dejó la costumbre hace ya varios años, cuando comprobó que el plus de suerte que pueden dar esas uvas no compensan el plus de asco que es engullirlas como un pavo una hora después de haber cenado. Además, las uvas en esta época son poco sabrosas, y la tradición no tiene ni un siglo. Dicen que fue en 1916 cuando nació, y como consecuencia de los excedentes que había dejado una gran cosecha de la uva de Almería. Desde que Martes y Trece desaparecieron de la tele, y una vez comprobado año tras año el nivel de horterada de la mise en scéne, el Duende ha borrado esta fiesta de su santoral particular.

Jesús López Terradas tiene su relojería en la calle Alberto Bosch de Madrid, y le ha arreglado varios relojes al Duende, a quien seguía por la radio.  Mantiene también el reloj de la Catedral de Toledo, que es otro ingenio de tripas complicadas. Un día le invitó a que le acompañara a la revisión.

-No veas lo bonito que es esa maquinaria –decía para animarle- Y el panorama que se ve desde lo alto de la catedral…

La tontería de no encontrar nunca el hueco adecuado, con lo interesante que debe de ser esa experiencia. Otro año será. Otro año mejor, se supone. Como el que deseamos, pese a todo, a los curiosos que incluso en vacaciones se asoman por este blog. Feliz, o así, 2010. Como dice el profeta, lo peor ya ha pasado…

Cómo ser autor del libro ideal

(Imagen prestada, espeo, por Pablo Bernasconi)

Disimulaba mal en clase sus flatulencias, y tenía el culo notablemente gordo y alto. Pero  era un buen profesor de literatura, y gracias a él, entre otros, el Duende empezó a tomar gusto por la escritura. Eso servía para decirle a Teresita o a Pilarín lo que callaba cuando estaba con ellas: eres como una rosa, tienes ojos de cielo, tu risa es como los rápidos del río, la playa donde van a morir mis suspiros. Qué romanticismo adolescente tan barato. La culpa era de la literatura.

A las chicas iba a parar la que le enseñaba al Duende don Augusto Barinaga. Antes, entre eructo y eructo cortésmente silenciado, aquel profe mandaba muchas redacciones, y  daba a los alumnos la receta: se lee mucho de los mejores escritores, todo lo que se pueda,  se pasa por el colador chino de tu personalidad y a poco que te esmeres escribes algo tuyo. No será maravilloso, pero será tuyo. Tampoco los genios de la literatura hacen filigranas todos los días.

Medio siglo después, de esos polvos vinieron estos lodos. ¿Quién se resiste a escribir? Hoy ha sabido el Duende que hasta Loquillo –un tipo al que, por cierto, cada día respeta más- está acabando su segunda novela. Don Augusto Barinaga citaba mucho la avidez lectora de Menéndez Pelayo, mágnum cognazum, a cuya obra el Ministerio de Educación de la época habían decidido que dedicaran el Duende y sus compañeros su último curso del colegio.

-¡Pensar en morirme cuando aún me queda tanto por leer!-  suspiraba el insigne polígrafo santanderino. (A propósito: ¿por qué se emplea tanto el eufemismo insigne cuando se quiere decir plúmbeo?)

El Duende también se morirá con tanta lectura pendiente que no se atreve a escribir libro alguno, para no quitarse tiempo y además ahorrarle la tarea de leerlo a los amantes de los libros buenos. Falta mucho alimento para procesar por el colador chino. Y sin embargo le tienta la idea. Le gusta imaginarse así, impreso en una bonita letra, en un papel verjurado agradable al tacto, encuadernado en  tela en tamaño cuarto y con el lomo cosido. Aunque no sepa de qué escribir.

Así que en el duermevela de la siesta, el Duende soñó que ella –ella es ella- entraba en una librería y en uno de los anaqueles, entre Madame Bovary y Cien años de soledad , daba con un libro del Duende titulado Fantasma. No traicionaba su título, pues el contenido era tan espectral que no había dejado ni el rastro de una sola letra sobre las páginas del libro. Ella no tardó ni un minuto en leerlo de principio a fin, lo depositó después en el mismo lugar de donde lo había cogido y salió de la librería con una sonrisa compartida por el Duende, que la observaba en la distancia. Este sentía al fin  el deber cumplido. El libro decía tan poco como muchos otros, pero la lectora estaba encantada de que llevara su firma, mientras que a él le llenaba de satisfacción figurar entre Flaubert y García Márquez sin haberle hecho perder a nadie ni un euro ni un minuto más de eso tan precioso llamado tiempo.

Un delicioso paseo navideño

Por este cuadro de Hendrick Avercamp se adentró el Duende para felicitar la Navidad...

Al despertar el día de Navidad, el Duende se encontró en un paisaje mágico que parecía transportado del sueño. Todo indicaba que por fin se había cumplido uno de sus deseos. Había roto las ataduras con la realidad y estaba dentro de uno de esos cuadros que algún maestro del pasado dejó pintados para el deleite de los curiosos. ¿Cómo vivían, cómo vestían, cuál era el entorno que veían sus ojos, cómo se divertían y jugaban esos seres humanos pequeñitos que tantas veces refleja la pintura costumbrista de otras épocas?

La respuesta estaba en aquel lienzo de Hendrick Avercamp en el que milagrosamente se había filtrado el Duende. Allí, rodeado por una multitud de patinadores y de paseantes holandeses del siglo XVII, sobre una superficie helada cuyo blanco se fundía en el horizonte  con un  cielo de igual color, se veía en lo alto de un trineo tirado por un caballo percherón. De cuyos arreos colgaban muchos cascabeles que marcaban el trote del equino con un sonido inequívocamente navideño, según la tradición que Santa Claus y otros gnomos parecidos nos han ido contando generación tras generación.

El trineo iba en su parte posterior cargado de regalos cuidadosamente empaquetados con esos papeles, cordones y adornos que ahora convierten cualquier nadería en algo irresistible. Mientras curioseaba y tomaba nota de todo lo que hacían los personajes del cuadro al Duende, por cierto,  le bullían en el alma todos los tópicos sentimentales que sazonan esta fiesta cristiana. Desde lo de procurar ser más bueno y saber amar mejor, hasta acordarse de los ausentes y de esos muchos que están ahí y te quieren y a los que a veces uno olvida incluso saludar, qué falta de educación. Ahí estaban, pensamientos flotantes en el aire, como los copos de nieve que empezaban caer mansamente mientras el trineo, poco a poco, iba dejando atrás el gentío, desbordaba las últimas preciosas casitas del paisaje holandés y se adentraba en un infinito blanco de paz y silencio encantadores. Sólo sonaban los cascabeles y el deslizarse de los patines del trineo, acompañando aquella huida blanca a no sabía qué fronteras de la ilusión que pudieran detener su viaje.

Se preguntó entonces para quiénes eran todos esos regalos que cargaba el trineo. Y recordó a continuación su propia vida, una vida de esas que ahora llaman virtual, ser algo evanescente cuatro veces a la semana y no ser nadie ni nada el resto, aparecer aquí y allá hablando de todo y no diciendo casi nada. Se acordó de su blog: espejo vanitas vanitatis, placebo, terapia, ejercicio de escritura, cuaderno de notas, masaje en su autoestima, vertedero de ocurrencias, lloradero, vomitorio de nostalgias y lamentos, tobogán de chorradicas. Fogata de virutas. No se sabe por qué, estas virutas del alma que uno afeita cuando le parece han merecido desde hace algo más de dos años la mirada y a veces el comentario de tantos pacientes buenos amigos. Se llaman Lola y Fred, Darabuc, Candil, Julián 29, Bob y Adela, Gervasio, Zoupon, Joselepapos, Julio, Angela, Ursux, Charivari, Begoñas diversas, Camiseta, Pedrito, Dolorosa, Wallace, Marina, Higorca,  Ana,  Wateri, Angelus Pompaelonensis, Paloma, Franziska, Pemberton, Aldara, Palinuro y Palinurova, Alfonsina…Nadie es last nor least. Nadie, incluso los que también escribieron y el Duende no es capaz de citar ahora. Ni los que tampoco lo hicieron nunca, pero lo leen.

A todos se los encontró el Duende a lo largo de su paseo navideño, que empezó en el cuadro de Hendrick Avercamp y continuó hacia el blanco vaporoso en el que se fundían la Navidad, la impagable sensación de paz interior  y el calor humano de un beso cariñoso. A todos les dio su regalo que, como cualquier ilusión, mejor es no romper abriéndolo. No lo abran, dentro no hay nada. El Duende no tiene nada interesante que dar, y sólo mucho que agradecer. Feliz Navidad, amigos del alma.

A Federico le sobra la Memoria Histórica

Aunque Federico escribiera que "también se muere el mar", él, con Memoria Histórica o sin ella, sigue vivo...

Motivo de perplejidad nº 1.875 secundum Homper. La tierra, por lo visto, sólo es del viento, como se dice últimamente. Pero ¡oh paradoja!,  la esencia de Federico García Lorca está por decreto, necesariamente reside, es consustancial a lo que puedan quedar de unos huesos enterrados no se sabe dónde durante setenta y tres años.

Tampoco se sabe por qué la Memoria Histórica, que se supone que es cosa del espíritu, necesita relicarios de la osamenta de uno de los poetas más conocidos, leídos citados y recitados nunca. Si la tierra sólo es del viento, Lorca es del viento, del sol,  del mar, de la montaña, de las espigas, de los nardos, de la fragua, de la luna, de los gitanos, del cante jondo, de Nueva York, de la calle Elvira, de la Huerta de San Vicente, de la Residencia de Estudiantes y de millones de almas que celebran diariamente en todo el mundo la enjundia de sus sueños y la belleza de su palabra. Ya quisieran todos los asesinados vilmente gozar del recuerdo, el respeto y la admiración del poeta granadino.

Y Homper, instintivamente, recita el Soneto de la dulce queja de Federico que lleva dentro. No le importaba que perteneciera a los Sonetos del amor oscuro. El, solterón impenitente, se lo recitaba a Gloria, un amor que tuvo en uno de los pueblos donde sirvió como secretario de ayuntamiento. También tenía que ser el suyo un amor oscuro, de otro tipo de oscuridad. Ella, manda castañas, estaba casada con el comandante del puesto de la Guardia Civil. Todo muy lorquiano. Aún se le humedecen la mirada cuando lo declama:

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento


Tengo pena de ser, en esta orilla,

tronco sin ramas. Y lo que más siento

es no  tener la flor, pulpa o arcilla

para el gusano de mi sufrimiento


Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío


no me dejes perder lo que he ganado,

y decora las aguas de  tu río

con hojas de mi Otoño enajenado

Troncos sin ramas, como dice el soneto que Homper se sabe de memoria, podríamos serlo todos. Pero con huesos o sin huesos sacramentados por el ADN y el forense, la savia de Federico retoña diariamente nuevas hojas en cualquier espíritu sensible. Lo ha dicho un sobrino suyo: lo que hay que hacer es leerle y no olvidar lo que pasó. No hacen falta sus huesos para saber que lo mataron unos generales asesinos.

Por eso Homper no tiene miedo a perder la maravilla del legado de Lorca. Ni el recuerdo de los amores que vivió a la luz de su prosa y de su verso.

Zapatero se supera

Bienaventuado sea el que, rizando el rizo, pone nivel tan alto que casi nos impie parecer cursis...

Qué peligro. Anuncia el día frío inusual por estos pagos. A la Navidad no consiguen callarle del todo la voz ni barrerle sus iconos. Los toros, sí, porque apestan a España, hay que fastidiarse con el toro de Osborne, cómo se puede soportar tanto machismo.  Pero el niño Jesús es universal, le quieren incluso la izquierda radical de raíz católica y algunos nacionalistas que no confunden el culo con las témporas. Aún no es tiempo de orillarle del todo. Es más. De repente, junto a los papás Noel trepadores que cuelgan de algunos balcones y ventanas –este año parece que en menor cuantía- se ven algunos estandartes reivindicativos con un Mesías igualito que el que exponen en las iglesias a la devoción de los fieles. Jesús ha nacido, reza el estandarte con sobre un fondo morado. A los niños Jesús así, sonrientes, con las dos manitas semiabiertas y una pierna más arriba que otra, los fabricaron en serie, como si fueran Barbis. Y no hay iglesia que se precie que no lo ponga sobre su lecho de pajas o sobre un paño blanco con puntilla y lo ofrezca a los fieles para que estos le veneren besando sus pies. Luego el cura pasaba un pañuelo sobre los pies del Niño y  aquí paz y después gloria.

¿Después gloria?…¡Ay como se entere Trinidad Jiménez de que en los pies  de Jesusito de mi vida se pueden quedar los gérmenes de algún cristiano desaprensivo!

Qué peligro. Volveremos a ver ¡Qué bello es vivir! y Mujercitas. Quizás también Capitanes intrépidos y aquella carcundia de Las campanas de Santa María. Volveremos a escuchar villancicos. (Menos: estos se van marchando de la programación de las radios, y en los grandes almacenes los populares cada día son más fagocitados por las versiones anglosajonas, que suenan todos a comedia romántica con Jude Law y Kate Winslet). Y los olores: el del corcho y del musgo, incluso el del musgo seco que se guarda de un año para otro. Y el aroma  del pavo asado y, si hay chimenea, el del leño crepitando para calentar el hogar. Imagínense si además nieva. Qué delicia, en el sopor de la siesta tras una buena comida, recostarse en el sofá, junto al fuego-mejor si a éste le echamos flores secas de tomillo o de lavanda- y mirar con los ojos entornados cómo caen los copos mientras nos arrulla el cadencioso y melancólico canto de Navidades Blancas: I dream in other white Christmas…

Qué peligro. Volveremos a pensar en los seres queridos. En los que tenemos cerca y en los que se nos fueron. En los amigos a los que aún podemos sorprender con una llamada inesperada. En aquellos que lo están pasando mal, y a los que nuestro recuerdo les hará sonreir. Qué peligro. Inevitablemente nos ganará la ternura, nos invadirá la nostalgia, y nos pondremos cursis, blanditos, empalagosos. Qué espanto.

Pero qué tranquilidad saber que, por mucho que nos esmeremos,  siempre quedaremos en sobrios conceptistas al lado de nuestro presidente de gobierno.

-Anda, que tiene cojones irse a la cumbre de Copenhague para arreglar el mundo, y soltar la chorrada esa de que la tierra sólo es del viento…

Lo dice Daniel, el tendero de la esquina, que aunque canta zarzuela no tiene por qué entender de poesía sublime. Pero el Duende, que estos días ya está borracho de pachulí sentimental, le está muy agradecido al presidente. Gracias a su privilegiada sensibilidad, nuestros excesos de cursilería pueden pasar inadvertidos.

Viaje a la felicidad sin salir de casa

Navegando en Internet, el Duende pasó tres horas inolvidables...

Dios escucha a los entusiastas, debe de decir algún salmo de esos que los cristianos nunca nos sabemos del todo y que los judío dicen de carrerilla. Pongamos que es una cita de Luisaías 5: 14, profeta quizás poco conocido, pero muy prolífico. El caso es que venía el Duende del post anterior cuando otro amigo ingeniero, José Manuel Martínez del Valle, también melómano y cantante en la ducha y en diversas corales, voz grave de esas que pastoreaba la cuerda de los bajos en Los Jerónimos y ahora pica más alto, le pone un correo electrónico con un enlace.

-Si quieres seguir el Mesías que cantamos esta tarde en el Auditorio, pínchalo.

Nunca ha seguido el Duende una retransmisión por Internet. Él no es ni la mitad de ducho que Homper y la tía Clota, que utilizan programas raros para mantener largas conversaciones con el Atlántico de por medio Él sólo navega por esta galaxia tecnológica para curiosear y para implementar este blog.

(Sua culpa, sí. Sabe que es horroroso lo de implementar, a saber, poner en ejecución. Aborrece este verbo, colado quizás por la gatera de los americanismos o de ese agravio al idioma perpetrado por los manuales de instrucciones. Pedro Chicharro, un amigo del cole del Duende que no se atreve a tirarle de las orejas en el blog, y le corrige la sintaxis o la ortografía en su correo particular, le llamará la atención. ¿Implementar?…A lo mejor no lo reconce la RAE, pero sí viene al menos recogido en Diccionario del Español Actual de Seco, Andrés y Ramos).

Pero a lo que iba. Que sólo utilizaba Internet para lo más elemental cuando esta tarde, en plan  audaz hizo caso al consejo del amigo, cogió su partitura de El Mesías, pinchó el enlace, se puso unos auriculares  y disfrutó este monumento musical como nunca antes, ni en directo, lo había hecho. Era lo que llaman un Mesías participativo patrocinado por La Caixa, en el que una legión de cantantes aficionados se suma a una orquesta y un coro de magníficos profesionales. Impecable transmisión, asombroso sonido para salir de un simple ordenador. Plano a plano, siguiendo a los solistas. Pentagrama a pentagrama, cantando todos los números (ventajas de vivir solo). Ha sido contralto, soprano, tenor, bajo y coro. También manejó la batuta (dirigía sin ella el elegante Harry Christophers) Y, por primera vez, ha dicho en inglés antiguo todos los textos de los profetas y los evangelistas como si fuera un  luterano. Y los ha entendido, conste.

Qué apasionante. Le dan ganas de localizar todas las grandes obras corales, oratorios, zarzuelas y operetas se transmitan por Internet, comprar su partitura correspondiente y cantarlas para uno mismo sin que la celosa SGAE le cobre por ello. Lo que decíamos, la suerte de poder asomarte a lo que antes eran los territorios prohibidos de la cultura –por no saber ni leer música, por no saber de nada- y sentirte protagonista de ello. Esto es divertirse aprendiendo.

Qué descubrimiento, está el Duende como loco. Sólo le queda que Internet bucee en el túnel del tiempo y le permita asistir a ese día en el que Velázquez estaba sin inspiración y entraron en su estudio unas meninas del Rey corriendo detrás de un perro…

El Ponton de la Oliva y otras maneras de ser feliz

Una vista del paseo, captada por el ingeniero feliz...

No le gusta al Duende su mirada pesimista de la vida. Le aburre, le desespera, le cabrea comparecer ante los demás con la careta del lamento o de la nostalgia. A vivir, que son dos días. Y más ahora, que va a ser Navidad, y que seguramente saldrá la Vicepresidenta Fernández de la Vega, tan salerosa ella, a felicitarnos las fiestas. Qué subidón.

Por eso de vez en cuando rebobina, lo piensa con detenimiento y se siente en el deber de refutar a Jorge Manrique recordando por qué cualquiera tiempo pasado no sólo no fue mejor, sino que fue notablemente peor.

Argumento nº 376. Si se ve con perspectiva, una de las grandes ventajas del presente es que te permite ser al mismo tiempo lo que eres y algo de lo que te hubiera  gustado ser. Eso no pasaba en la España donde apareció el Duende, tan previsible como el destino que nos habían reservado. Aquella aburrida burguesía en la que se crió, lo más exótico y pintoresco que hacía era  coleccionar sellos,  apostar en las carreras del hipódromo y, si era muy aventurera, subir a esquiar a La Bola del Mundo los domingos. Ahora ya apenas hay burguesía, y aunque los privilegiados de verdad siguen siendo los mismos, todo el mundo puede glasear su cruda realidad con almíbar de algún sueño y hacer su camino más feliz.

Ese es el caso de José Miguel García Ponte, un pedazo de ingeniero industrial de 1´90 de estatura que, ya en la edad madura, descubrió la música de Juan Sebastián Bach. Antes de ese feliz hallazgo, José Angel ya era pescador de paisajes, que capturaba compulsivamente con su cámara de fotos. Hace tiempo que descubrió que perderse por cualquiera de las infinitas patas de gallo de la piel de España es un placer  que, no por asequible, resulta menos gratificante. Ahora se ha decidido a recorrer también las trochas y vericuetos de la música clásica. El Duende le conoció en el concierto del pasado sábado de la Orquesta y Coro de la Capilla Real que, como todos los meses desde hace años, regala al pueblo de Madrid las Cantatas y Motetes de Bach en unas versiones de tanta calidad que podrían escucharse en Leipzig. Y gratis, por cierto,  como muchas de las mejores cosas de la vida. Al ingeniero humanista, el Viejo Peluca –asi le apodaba a Bach  Fernando Argenta- le sedujo tanto que repitió el domingo.

José Miguel levitó escuchando  a Bach. Acabado el concierto y una vez en tierra, le contó al Duende que a la mañana siguiente  iría de excursión al Pontón de la Oliva, uno de esos enclaves bucólicos protegidos de la voracidad del ladrillo que aún atesora la provincia de Madrid. Le invitó al Duende  y a otros melómanos a sumarse a la marcha. Y por allí, mientras caminaban a lo largo del curso del río Lozoya, se empaparon de naturaleza y disfrutaron caminando. Hasta tuvieron la suerte de ver corzos.

Qué maravilloso es asomarse, al menos, a  otras vidas como la de los músicos, los naturalistas o los exploradores. Fabiola, la mujer de Jose Miguel, también escribe cuentos por el placer de sentirse escritora, cosa muy explicable si se recuerda que tiene nombre de novela y de reina. Y habrá muchos más que son felices jugando a ser atra cosa que lo que son. Pese a lo que escribiera Jorge Manrique,  uno se queda parafraseando a Paul Éluard: hay otros mundos, pero están en lo que tú quieras imaginar que eres.


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