La nieve sugerente

Tras los copos se ve mucho más que un paisaje nevado...

Nevaba en Madrid.

Había poca gente en la calle y en las tiendas, pese a ser el primer día de las rebajas. Glorioius day para la sociedad de consumo. En vacas gordas, claro, que ahora andan magras. Aún a pesar de los esfuerzos del Corte Inglés, ya les digo, la ciudad metida en casa. Qué haríamos los madrileños si en lugar vivir en el sur de Europa nos hubieran puesto Madrid donde el blanco meteoro –qué cursilada, para no repetir otra vez la hermosa palabra que es nieve- fuera lo habitual en invierno.

Se imaginaba el Duende a todos los que no estaban en la calle alrededor de ese calor ya olvidado del brasero. Invento borrado de la memoria: hace poco mencionó la palabra badila entre  gente que no cumpliría ya los cuarenta y no sabían a qué se refería. Badila: utensilio de metal en forma de pala pequeña para remover las brasas. Perteneciente o relativo, añadiríase, a aquellos inviernos en los que el grajo siempre  volaba bajo. Dios, qué frío hacía en la niñez que le tocó vivir al Duende.

Nació en una casa antigua de grandes balcones y techos altos. Heladora. Sólo había una salamandra en el hall y un par de braseros por toda calefacción. Aquel frío unió mucho a la familia. Apenas se comía o se cenaba, se enfilaba el pasillo, se hacía un alto en el hall para calentarse la espalda en la salamandra y se corría después a coger un buen sitio en la camilla. Todos juntos alrededor del brasero, arropados por las faldas que guardaban el calor del cisco, escuchaban a Gila o al Zorro por la radio, mientras el abuelo Pablo consumía ceremoniosamente la última pipa antes de retirarse  a la cama.

Cómo se olvidan las pequeñas miserias de los tiempos que luego creemos que fueron más felices. Ayer mismo José Pedro Sebastián de Erice, un amigo del Duende que por ser hijo de diplomático y diplomático él mismo, viajó desde niño, recordaba un viaje  a Ginebra en un Citroën Once Ligero. Era  el cinco de enero de 1953 o 1954. Resulta chocante recordar que entonces un buen automóvil como aquel modelo que popularizó el general De Gaulle carecía de calefacción. Forrados de abrigos,  bufandas, gorros y manoplas de lana, envueltos en mantas. Así viajaban los intrépidos viajeros invernales de la época. Ah, y con un termo de café con leche caliente y una bayeta a mano para desempañar continuamente el parabrisas. Postales antiguas que hoy se antojan entrañables.

Nevaba el siete de enero en Madrid. Y se dio el Duende el lujo de contemplar la tarde a través de la nieve racheada que le daban al paisaje urbano el encanto de otros tiempos. Se dejó llevar por la deliciosa pereza de no hacer nada. Solo mirar e imaginar. Se acordaba del misterioso Rosebud que musitan los labios del Ciudadano Kane moribundo, mientras cae de sus manos una bola de cristal con nieve. Rosebud era el nombre del trineo en el que se deslizaba de  niño. Los sentimientos, que siempre aparecen tras los visillos intermitentes de los copos blancos.

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8 Responses to “La nieve sugerente”


  1. 1 maribel enero 8, 2010 en 9:22 am

    pues si piensas que Madrid se paraliza con la nieva aqui en Alcoy ni te imaguinas porque pasamos de 18″ a -3 o 4 en menos de 12 horas y esto no se puede aguantar ni con calefaccion ni nada….PERO QUE BONITA ES LA NIEVE!!!!!!!!!! SALUDOS

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  2. 2 José Ramón enero 8, 2010 en 12:16 pm

    Ayer en Madrid no terminaba de cuajar la nieve. El viento venía a rachas y me daba la vuelta al paraguas. Y yo girando como un marino torpe en medio de la nevisca, buscando el viento para que volviera a colocar el paraguas del derecho. Un día muy bonito para verlo por la ventana, calentito en casa, pero muy duro para andar por la calle.

    (Una observación de Pumares, en Antena 3 Radio, en aquellas inolvidables madrugadas de los ochenta: “Cuando Kane musita ‘Rosebud’ antes de morir está solo. Nadie le oye. No tiene sentido que investiguen el significado de la palabreja, porque nadie la ha podido oír”. Pumares gritaba mucho y se ponía muy borde, pero ahí tenía razón).

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  3. 3 Franciska enero 8, 2010 en 1:31 pm

    Un dia en la montaña,despues de una nevada, con el cielo azul de verdad, es de las sensaciones más placenteras y hermosas de la naturaleza, aunque esquies mal ,como yo, te sientes el rey o la reina del universo, animo a los que no conozcan esta sensación que la prueben. Entonces, cuando nieva, en vez de pensar en el brasero, piensas en la emocion de lanzarte montaña abajo.

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  4. 4 ARCIPRESTE DE HITA enero 8, 2010 en 3:59 pm

    El que suscribe, sí conocía la palabra badila. En cambio, ignoraba salamandra. Según el DRAE es: “Especie de calorífero de combustión lenta”, sin embargo, sigo sin saber como es – o debo decir era- el susodicho cacharro. Tienes razón, Duende, ¡cuanto frío hacía!. Recuerdo los braseros de cisco –copas-, las badilas, las mesas de camilla, la alhucema, los tapetes de croché, las cabrillas…Cuando había que mover las brasas, se decía: “niño, menea” o “anda, echa una firmilla”. Aunque pueda sonar a evocación grata, la realidad era muy distinta. A la suciedad, unían el tufo que provocaba dolor de cabeza, y en casos extremos, hasta la muerte. Nunca los pude soportar, ni tampoco a los de butano. El primer brasero que recuerdo en casa era eléctrico y lo fabricó mi padre, imagino que con licencia de Braulio que tendría registrada la patente. Consistía en una especie de jaula de alambre que tenía adosadas dos resistencias enrolladas en espiral. El frío también hacía que la escasa ropa de abrigo, no durmiera en los armarios ni en las perchas. Se necesitaba para reforzar la ropa de cama. Así: abrigos, pellizas, mantas de planchar y toda prenda capaz de abrigar, eran requeridos para prestar servicio nocturno en los dormitorios.

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  5. 5 El Duende de la Radio enero 8, 2010 en 6:46 pm

    A la salamandra, que no se por qué pienso que es de origen centroeuropeo -en Austria y en Alemania las hay preciosas de cerámica y hierro fundido- también la he oído llamar “chubesqui” Me imagino que es una palabra vascuence, y probablemente se escribirá con K. En ese orden de artefactos caloríferos clásicos, las más perfectas ahora son la estufas suecas. Si alguna vez puedo instalaré una en mi dormitorio.

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  6. 6 joselepapos enero 8, 2010 en 9:36 pm

    En la habitación más grande de la casa había una estufa de hierro forjado, alimentada por carbón en forma de bolitas, que vendía, en el mismo pueblo, el “carbonero”. La estufa, cuando alcanzaba su máximo apogeo, se ponía al rojo vivo.
    Para calentar la cama, un ladrillo (caliente) envuelto en un paño (después vendrían las bolsas de agua caliente).

    Definitivamente, se pasaba mucho frio en aquella época. Ahora estamos mal acostumbrados.

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  7. 7 Ana enero 9, 2010 en 9:48 pm

    yo tambien me acuerdo de la salamandra,del brasero,de las cabrillas que salian en las piernas y de la badila para remover,que frio hacìa en Toledo,pero tenia su encanto la mesa camilla.Lo peor eran los sabañones que le salìan a mi madre,por eso disfrutò tanto sus ultimos años de la calefacciòn central.Pero la verdad es que la nieve es preciosa y si es en una pista viendo a los hijos esquiar se disfruta mucho

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  8. 8 Angelus P. enero 11, 2010 en 1:07 am

    Badila, chubesqui y, naturalmente, Su Señoría Tip. Ambas palabras las aprendí de él. Yo sí que conocía “badil”. Y ladrillo refractario (se envolvía caliente y se metía en la cama antes de acostarse), calorífero (se enchufaba a la red y se calentaba, para darle el mismo uso que al ladrillo), y el carbón vegetal para el brasero y el de piedra para la estufa y el fogón, donde se ponía un balde metálico enorme para calentar el agua para lavarse…

    Según el DRAE,
    badil.
    (Del lat. batillum).
    1. m. Paleta de hierro o de otro metal, para mover y recoger la lumbre en las chimeneas y braseros.

    chubesqui.
    (De Choubertsky, marca reg.).
    1. m. Estufa para calefacción, de dobles paredes y forma cilíndrica que, por lo general, funciona con carbón.

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