Los pequeños imponderables

¿A quién no le llueven los imponderables?...

Fue comparable, en su opinión, al día en que se despidió para siempre de Elvirita. Había quedado con su compañera de oposición para fugarse juntos a  pasar el fin de semana a Salamanca,  y dio la mala suerte de que cuando salía con su maleta  una avería y la ausencia de vecinos que oyeran sus gritos le dejaron encerrado siete horas en el ascensor. Se desataron sus nervios, se estropeó el fin de semana, se frustró la fuga, naufragó aquel idilio secreto. La cosa sucedió hace más de cuarenta años. Los imponderables de la vida misma.

-Fue una de las primeras veces que me quedé estupefacto comprobando hasta qué punto el destino depende de chorradas- confesó Homper- Pero lo de hoy…

Lo de hoy, según le contó al Duende mientras tomaban café, fue así. Se iba a cocinar unas ensalada de judías verdes templadas con gulas. Había preparado las judías en juliana con un cuchillo sueco de los que cortan con sólo su peso, y no había pasado nada. Pero, ay, hervidas las judías y puestas sobre una fuente, no le quedaba más que abrir una pequeña bandejita de gulas ya guisadas, calentarlas en su aceite en una sartén y volcarlas sobre el verde lecho. Nada más y nada menos. En una esquinita de la tapa de plástico termosellada, je, había una lengüeta con un ominoso letrerito: abrefácil.

-Abremierda- rezongó Homper mientras mostraba  indignado su mano izquierda vendada- Primero tiré de la lengüeta, como recomienda el envase. Imposible que aquello se abriera. Luego, desesperado, tuve que utilizar el cuchillo como la madre de Norman Bates…Y no asesiné a Janet Leigh en la ducha, pero me acabé cortando un tendón…Las judías con gulas se regaron con sangre, un bodegón de Pinazo vistoso, pero muy macabro. Y pasé dos horas en urgencias…

Homper  volvió a exhibir su mano vendada mientras su gesto afectaba frustración..

-Ya ves, amigo –suspiró- Aquella misma tarde había quedado a tomar café con Elvirita…No la había vuelto a ver, se que enviudó, que  es una abuelita  a punto de jubilarse y que conserva un cierto encanto otoñal. Lo tenía todo planeado: al cabo de un ratito, después de lamentar que el ascensor me gastara aquella mala pasada, iba a coger sus manos entre las mías… En mi época lo llamábamos hacer manitas. Pero…¿se puede hacer manitas con las manos vendadas?…

El Duende lo entendió. Comprendió que la vida está llena de  pequeños imponderables. La tarde anterior había reunido a sus hermanos para visitar la tumba de sus padres y merendar después un chocolate con roscón. No lo hacen nunca, pero se le ocurrió que aquel era el domingo apropiado. Del palomar del Duende a la Sacramental de san Isidro sólo hay un agradable paseo por el parque que les separa. No tendría la pasión del reencuentro con Elvirita, pero aquel grupo caminando con un ramo de siemprevivas sería una de esas  curiosas secuencias de Woody Allen donde se habla mucho y, entre bromas y veras, tanto se toca la muerte como las rebajas o el abrefácil de los envases modernos.

-Tampoco salió el plan –se lamentó el Duende- Antes de que llegaran se me ocurrió llamar al cementerio,  y me dijeron que desde hace un mes los camposantos en Madrid se cierran a las  tres. El caso es que merendamos tan ricamente, hablamos de lo divino y lo humano…Pero me dejaron las  acusadoras siemprevivas en casa con el encargo de que las llevara yo y que excusara su ausencia, porque ellos viven lejos y no tienen tiempo para volver al cementerio. Ya ves el plan, amigo Homper…

El Duende pagó los cafés, se levantó y sacó de debajo del velador una bolsa de El Corte Inglés por la que asomaba el ramo de siemprevivas.

-Siemprevivas, siempremuertas. –masculló- No las puedo soportar ni un minuto más en casa…¿Me acompañas? Es un agradable paseo…

Y por el parque de San Isidro, en aquel soleado y frío lunes de enero, fueron vistos dos señores de abrigo y sombrero caminando hacia el cementerio. Uno iba con una mano vendada, y el otro con un ramo de siemprevivas. Aunque, como el resto de los mortales, sólo llevaban sus particulares imponderables.

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7 Responses to “Los pequeños imponderables”


  1. 1 José Ramón enero 26, 2010 en 7:16 pm

    El hombre propone y los diseñadores de envases disponen.
    (Donde se dice “diseñadores de envases” se puede decir “técnicos de mantenimiento de ascensores”, “empleados de cementerios municipales”, etc).

    P.D.- Sigues siendo un hombre bueno y honrado. Tal vez un final más woodyalliano sería esos dos amigos paseando hacia el cementerio, y, aún en el parque, el que lleva el ramo lo mira, dice lo de “siemprevivas, siempremuertas”, pone cara de contrariedad y lo tira en una papelera.

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  2. 2 juian29 enero 26, 2010 en 10:05 pm

    Sublime, Duende. Como siempre, o casi…
    Sl2.

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  3. 3 maribel enero 27, 2010 en 7:56 am

    Y DIGO YO???? quien invento la rayita del ABRE FACIL????porque segun mi marido solo la pintan…no quiero pecar de feminista pero……a mi de normal me van bien los abre facil..pero creo que mi marido es mas Homper!!!!! jajaja siento mucho lo de tu mano!! cuidate ..pero no dejes de escribir o dictar……saludos

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  4. 4 Úrsux enero 27, 2010 en 9:02 am

    ¿Tras 40 años sin ver a Elvirita, Homper tenía pensado al cabo de un ratito hacer manitas?.

    ¡¡¡Le está bien empleado!!!.

    😉

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  5. 5 Pedrito enero 27, 2010 en 9:28 am

    ¡ Cuidete Duende, no te vayas a cortar la voz! Ni tu pico de oro
    sin cuyos refranes nuestras mañanitas no serian lo que son : un regalito del cielo !

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  6. 6 Charivari enero 27, 2010 en 12:56 pm

    Un relato muy de invierno, si señor. Podría ser un magnífico corto en blanco y negro con cualquiera de los dos finales.
    En cuanto a los horarios de ciertos “establecimientos”: museos, iglesias, cementerios, bibliioecas… más de una vez me he preguntado por qué no abren por la tarde los sábados y, sobre todo, los domingos; misterios de planificación de masas.
    Respecto a los “abrefácil” en todas sus variantes -y sin menospreciar al Duende- escribió Umbral un articulito en El Mundo
    verdaderamente genial y divertido. Con ellos dos, estoy de acuerdo con que se denominen “abremierda”.

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  7. 7 Angelus P. enero 29, 2010 en 12:33 am

    Como los “impondereibols” de D. Antoine, la vida es una sempiterna sucesión de aquellos, que son los que deciden realmente…

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