La caprichosa estructura del placer

¿Imaginan que este personaje de Friedrich, además de admirar este paisaje, hubiera estado haciendo uno de esos pises que tanto placer dan al cuerpo?...

Sueltas un pececillo de colores en el blog, se abre el debate, aparece el elenco de comentaristas habituales, lanzas la caña y sacas una merluza maravillosa. De la anécdota a la categoría en un pispás. Todo depende de la parroquia.

Al Duende a veces le acompleja el calado de las reflexiones que precipitan sus comentaristas. Quisiera ser filósofo de profundidad, y formular de vez en cuando una reflexión de peso para estar a su altura. Pero está la mañana resplandeciente, y aunque las noticias siguen siendo pesimistas, se le va a la cabeza a pájaros (ya verán por qué). Sólo, y por refutar levemente a uno de nuestros más conspicuos agitadores – con nombre de escritor de novelas de misterio-, diría algo que pretende explicar la debacle del estado de bienestar que se anticipa. Allá va: en este mundo donde la economía de lo superfluo se ha convertido en esencial, todos debemos engañar un poco a todos para sobrevivir. A ver cómo atan esa mosca por el rabo.

Ayer el Duende se entretenía estudiando la estructura del placer. De momento, ha llegado a la conclusión de que hay placeres simples y placeres compuestos. Pero nunca ha tenido claro si un torrezno recién frito o una de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach –placeres simples- son menos gratificantes para los sentidos que una ensaladilla rusa o la muerte de Tristán, modelos de creación donde varios elementos se coordinan para obtener resultados asombrosos. A veces el placer sublime es una yuxtaposición de circunstancias que concurren en un instante mágico. Naderías bonitas, y muy oportunas, que si se atrapan al vuelo dan otra idea de lo que es calidad de vida.

Verán. Pasó el Duende el fin de semana en Asturias con sus amigos Félix y Begoña, en las verdes laderas de San Martín de Luiña En uno de los pocos ratitos que dejó de llover escapó corriendo a la playa de San Pedro de la Ribera. Había marejadilla. Cuando las olas rompen con violencia, la mar parece más sincera, el olor del yodo y de las algas se hace más penetrante y la marina se le antoja a uno más limpia. La barra iba del azul plomizo del agua aborregada  al violeta algodonoso de un cielo de temporal. Por el horizonte parecía que iba a asomar la proa del buque fantasma. El Duende recorrió la playa por el suelo de arena endurecida que le alisaba la marea baja, y se llegó hasta la desembocadura del río Esqueiro, en el extremo opuesto al camino de llegada. Allí se plantó frente a aquel cuadro digno del mejor Caspar Friedrich y se puso a escuchar la incomparable música de la mar agitada.

No fue bastante. Embelesado estaba cuando escuchó a sus espaldas otra musiquilla singular. Volvió la cabeza y se llevó la alegría de comprobar que venía de una bandada de jilgueros que picoteaban y revoloteaban por la orilla del río. Cuánto tiempo hacía que no los veía ni escuchaba su canto, les creía huídos del desarrollo, pero allí estaban, frente al mar, dando su pintoresca fe de vida.

Y aún hubo más. Un vaso de agua al despertar, un café, un zumo, otro café. A veces el Duende se echa a la naturaleza y se olvida de que los riñones siguen trabajando. Pero qué diablos, quién iba a haber por ahí espiando, con ese día, qué otro loco iba a estar enhebrar la marina bravía,  el buque fantasma, las atmósferas mágicas de Friedrich, y los huidizos jilgueros. Estaba solo, era completamente libre, y sólo sentía, por añadidura, unos deseos irreprimibles de hacer un inocente, pero largo, larguísimo  placentero pis inexplicablemente contenido hasta ese momento tan especial.

Y, totalmente desinhibido, descubrió  otro componente eventual de  la singular estructura del placer compuesto.

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16 Responses to “La caprichosa estructura del placer”


  1. 1 DOLOROSA febrero 1, 2010 en 12:20 pm

    Tienes razón, Duende, a veces, lo más insignificante nos produce un placer inigualable. Sólo dando un paseo por alguno de los puentes que atraviesan el Guadalquivir, desde donde se divisa La Giralda y la Torre del Oro, en uno de esos días en los que luce el sol y el cielo nos deslumbra con una luz azul indescriptible, sentimos que somos felices. Y todavía se puede mejorar el espectáculo, (dentro de unos días si el tiempo acompaña), en los que los naranjos florecen y el aire huele a azahar.
    Así que no me extraña que tú, a la orilla del mar y completamente solo te sintieras como dices y no pensaras más que en la belleza que tenías delante.
    Es maravilloso poder olvidarte por unos momentos de esta otra realidad que nos agobia y dejarte llevar por la fuerza de la naturaleza.

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  2. 2 adela febrero 1, 2010 en 12:42 pm

    Querida Dolorosa!, justo hoy está mi madre en Sevilla y va a disfrutar de todo lo que tu describes, y va a ser la mujer más feliz del mundo porque es su primer viaje de libertad y placer, después de toda una vida dura y de duro trabajo, además es una felicidad doble! puesto que también es la mia. 🙂

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  3. 3 José Ramón febrero 1, 2010 en 1:20 pm

    Esos son los momentos que Joyce llamaba “epifánicos”, y que son percepciones de la divinidad, momentos de revelación, de éxtasis, de perfección. Es una forma de ver a Dios o de estar con él.
    Hace años un profesor nos contaba, entusiasmado, que había pedido un café solo en el bar de la escuela, y que el sol incidía en las burbujillas de la espuma de tal manera que las convertía en minúsculos arcoiris esféricos, y que había estado unos minutos fuera del espacio-tiempo embobado mirando la espuma irisada del café, y que había tenido unos momentos de felicidad indescriptible. Todos entendimos que había pedido ese café solo después de no menos de cuatro o cinco whiskies. Efectivamente: momento epifánico.
    Pero eso de que a tu momento, ya epifánico de suyo, lo remates con una meada excelsa, yo creo que ya es abusar. Eso es orgasmo intelectual (y físico). Seguro que es pecado y todo.

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  4. 4 El Duende de la Radio febrero 1, 2010 en 4:20 pm

    “Epifánico”,dices. Y dices que lo decía Joyce. Lo haré mío a partir de ahora, sin omitor al autor y al que me lo cuenta.

    No se si alcanzará tal rango, pero si algún lector aprecia el piano de Bach vale la pena que haga click en enlace y escuche algunas de las Variaciones Godberg en una de sus versiones más célebres, probablemente la última que grabó Glen Gould,

    Jó, qué gloria de epifanía.

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  5. 5 Zoupon febrero 1, 2010 en 6:43 pm

    Duende, espero que la meada fuese hacia las rocas, porque sólo los marinos que han doblado el Cabo de Hornos han adquirido el derecho de mear contra el viento, amén de ponerse un pendiente y poder permanecer cubiertos ante el rey de España. Y con el norte que sopló estos días…
    Y las cosas como son, no es lo mismo orinar viendo las rocas (que las hay preciosas) que con vistas al Cantábrico.

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  6. 6 Franciska febrero 1, 2010 en 11:38 pm

    Que suerte teneis los chicos de tener placer con cosas de los pises, entre vosotros os entendeis, las chicas entendemos de mirar al mar, mirar la luna llena y si estamos acompañadas con el que nos gusta, mejor que mejor. Aunque es verdad que algunas veces, la naturaleza intenta llenar la soledad,y por unos momentos hacer que uno se sienta bien por dentro.

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  7. 7 maribel febrero 2, 2010 en 9:16 am

    espero que disfrutaras de las vistas y de tu pis”…… que envidia me das!!!!! saludos

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  8. 8 El Duende de la Radio febrero 2, 2010 en 9:59 am

    Respecto a una de las observaciones de Franciska, no me resigno a reproducir este comentario de un poderoso hombre de empresa español que lo había conseguido todo (o al menos eso creía)

    “La sensación de poder cambia mucho con la edad. Cuando eres joven, el poder te lo da la fuerza física, el vigor sexual, el saber que puedes conquistar.

    Cuando estás en la madurez, el poder te lo da tu peso en la sociedad, el mando, la influencia.

    Pero cuando con la edad empiezas a tener problemas en la próstata…el único poder que deseas es es poder mear”

    Nadie que haya padecido alguna vez una retención de orina podá negar que pocos placeres hay más intensos que vaciar la vejiga cuando de verdad lo necesitas. Comprendo que la afirmación desdice del libro de estilo de este blog, pero como dice nuestro amigo Luis Giménez Guitard, insigne filósofo de lo cotidiano, “mea el Rey, mea el Papa y nadie sin mear escapa”.

    Aunque personalmente procuraré siempre no utilizar este malsonante verbo.

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  9. 9 Úrsux febrero 2, 2010 en 10:46 am

    Pues ahí va mi reflexión de bajura (por mis escasos 170 cms.) para un espíritu fantástico que aparece con figura de viejo o de niño en las narraciones tradicionales (según dice la RAE de duende):

    ¡¡¡Como molas!!!

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  10. 10 Pedrito febrero 2, 2010 en 10:47 am

    Asi que “placeres compuestos” … “momentos epifánicos” … Que formas más exquisitas de dar cuenta de nuestra alegria de vivir y, al propio tiempo, de la aguda conciencia que tenemos, los humanos, de nuestra fragilidad, de la ” fugaz precariedad del instante” y de su magia.
    ¡ Que tanta descarnada poesia no nos impida seguir “meándonos” de la risa con las estimulantes crónicas (oh posts, con perdón!)del Duende ! Que asi sea.

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  11. 11 Pemberton febrero 2, 2010 en 11:28 am

    Sí es un placer de dioses hacerlo al aire libre…
    A veces me alejo de la civilizacion bastantes metros solo para poder ejercer mi derecho, muy masculino por cierto, de echar una meadita de pie y al aire libre.
    Tengo un secreto que compartir con vosotros : el maximo placer de jugar al golf, solo hombres, no es hacer muchos birdies y pares es poder libremente alejarte unos metros del grupo y proceder al “desahogo” y , mira tu por donde , siempre se anima alguien a acompañar tan sabia decision, hasta hay un refran muy popular ,que todos conocermos , muy adecuado para la ocasion.
    No es tan prosaico y vulgar como parece el tema de hoy, los niños que solo iban de pequeños a la Castellana a montar en bici crecieron sin el estimulante placer de utilizar sistematicamente el campo abierto como urinario.
    Seguro que algun trauma les ha acompañado toda su vida.

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  12. 12 FRANCISKA febrero 2, 2010 en 1:42 pm

    No, si me vais a dar envidia al final.. que si al aire libre, que el desahogo, que mirando al mar, hombres, hombres ,!! mira que haya quien diga que somos iguales!!

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  13. 13 DOLOROSA febrero 2, 2010 en 7:11 pm

    Querida Adela, espero que a tu madre le guste Sevilla y la disfrute. De momento el tiempo es bueno, que es una suerte después del invierno tan lluvioso que llevamos, porque esta ciudad cambia de rostro cuando el cielo está gris.

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  14. 14 Charivari febrero 2, 2010 en 7:44 pm

    Cada verano, desde hace ya unos años, se aposenta en mi mente una escena que no puedo borrar hasta bien pasado septiembre: imagino a todos los bañistas de la cuenca mediterránea (pero desde España hasta Turquía, pasando por Italia, Grecia, Túnez, Libia…) miccionando sin consideración produciendo seguramente una especie de “marea amarilla” que sin duda contribuirá a modificar la fauna y flora marina ¡qué asquito!
    He sentido el frío y la brisa marina en la cara, el olor de las algas y el sonido de la marea; puedes llegar a llorar de emoción ante la belleza apabullante de tener el mar, el cielo enfrente pero no sabía que todo esto se potenciaba descargando los riñones con la —- en ristre ¡qué ordinariez!

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  15. 15 Ángela febrero 2, 2010 en 8:54 pm

    Ak Duende le transforman sus visitas a Asturias. Todo el rato metiéndose con los que orinan en la vía pública después de botellón, Oye!! y llega a Asturias…
    Paraiso Natural, también para mear.
    Pasadlo bien.

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  16. 16 adela madre febrero 8, 2010 en 10:15 am

    Querida Dolorosa!, me ha encantado Sevilla! lo que dice la canción es cierto, tiene un aroma especial. La Alhambra, la Catedral, el Parque de Maria Luisa, que es una maravilla!, tenia poco tiempo, sólo un día pero bien aprovechado, disfrutamos de un día claro y divisamos todo el panorama desde el campanario de la Giralda, es para saborearlo detenidamente, un auténtico placer!.

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