Treinta y cinco años tampoco son nada

En algunos casos, te miras en las nubes que pasaron hace tanto tiempo y te sigues reconociendo en ellas...

Reencuentra  en Bilbao el Duende a uno de esos primos-amigos que van cosidos a su biografía con un hilo irrompible.

Incontables experiencias juntos. Memorias de asfalto y de campo. El mismo colegio en Madrid, el mismo paraíso entre los pinos de Arenas de san Pedro o en los encinares del Monte el Rincón. Recuerdos  de pan con chocolate, de pescar juntos, de perseguir lagartos antes de que fueran especie protegida,  de ir al cine, de colarse en alguna exposición con cocktail  que servía José Luis –entonces un canapé era un tesoro- de su primera motocicleta, de subir al  pico de la Mira y  compartir la tortilla de patata en el Prado de las Pozas, de leer al calor de la chimenea las viejísimas ediciones de las novelas de Julio Verne o los tomos de la maravillosa revista Alrededor del mundo encuadernadas en piel y ya casi desvencijadas por el uso, del Charco Verde, de alguna niña que ya apuntaba tetitas. (De esto, menos. Él era aún más piadoso y paradete que el Duende)

Pero aunque guardaban un cierto parecido físico, ambos rubiascos y cruditos, había entre elllos diferencias.  El primo-amigo Manuel tocaba a la guitarra el Romance Anónimo de Juegos prohibidos y estaba dotado de muy buena cabeza. Era lo que se dice un matriculín, y además con dieciseis año su padre le mandó a estudiar un verano en Inglaterra. Él firmaba la primera postal que el Duende recibió de esas tierras, que entonces se le antojaban tan lejanas y misteriosas como la Antártida. El Duende sabía que iba a tardar muchos años en viajar tan lejos,  de modo que guardó aquella postal tal que si fuera la pluma del gorro de Robin Hood.

El primo Manuel no era hombre de muchas palabras, pero todas las aplicó bien. Se hizo arquitecto y se casó con María, matrícula de Bilbao, como la película de  Wajda. Y se instaló a orillas de la Ría. Allí tuvo que apretar los dientes y aguantar  lo suyo, que fue lo fácilmente imaginable y algún tumor desaprensivo que aún le tuvo más amenazado. Pero  nunca se recibieron noticias de que desmayara. Entretanto, los dos viejos primos-amigos  apenas se vieron. Habían creado sendas vidas nuevas. Carreras por completo distintas, hijos que les  crecieron a cada uno sin que el otro apenas se apercibiera de ello, nietos de los que poco saben uno del otro.

-¿Te has fijado que apenas hemos nos hemos comunicado durante  más de treinta y cinco años? – comentó el Duende.

Y sin embargo ahí estaba, invitado en  la bonita casa del primo-amigo Manuel, tan fresco.  Manuel ya cumplió casi todos sus deberes, e  inicia ahora  con María  y con su barquito una plácida jubilación.

Hablaron entre ellos como si se hubieran visto la semana pasada, con una naturalidad que no dejaba de chocar después de tanto tiempo sin compartir aventuras.  Se acordó el Duende de la  letra del tango, y pensó que a veces  las fcanciones se quedan cortas.  Para unos buenos compañeros de infancia -esa edad prodigiosa donde el alma es aún se está horneando como un pan- veinte años  años no son nada. Pero treinta y cinco tampoco son demasiados.

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11 Responses to “Treinta y cinco años tampoco son nada”


  1. 1 maribel marzo 7, 2010 en 2:36 pm

    hombre no son nada no son nada….algo si son muchos años y segun que etapa muy importantes..aunque seas anti “merengon” que te parecio el partidazo de anoche en el bernabeu???? saludos

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  2. 2 Charivari marzo 7, 2010 en 9:21 pm

    Si es una cosa muy rara esto del tiempo y mucho más las improntas que de niño/adolescente quedan para toda la vida.
    Muy curioso…

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  3. 3 El Duende de la Radio marzo 8, 2010 en 12:10 am

    El Madrid, bien. Mi hijo el atlético me acusa de traidor a la causa, pero me está cargando tanto el presidente del Barça que estoy a punto de pasarme a la “caverna mediática españolista” y desear que gane el Madrid la liga.

    Si alguien sostiene que he dicho ésto lo negaré siempre.

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    • 4 Angelus Mendax marzo 11, 2010 en 7:06 pm

      Que conste que yo no he leído nada…

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  4. 5 Franciska marzo 8, 2010 en 7:25 am

    ¿Que tal estas?
    -La verdad, no tan bien como tú, pero ¿hace cuanto que no nos vemos?
    -Dejame que piense, pues como unos 20 años
    -!no puede ser!, 1si estas igual!
    Os suena esto a las chicas de este blog, seguro que sí, es de las mejores cosas que te puede decir un antiguo amigo, ó admirador ó amor. Es de los únicos momentos en los que te gusta que hayan pasado 20 años. Y luego es verdad lo que cuentas, puedes hablar como si te hubieras visto ayer con las personas con las que has tenido en tu juventud una verdadera amistad.

    Me dejas de piedra, !pero como un atletico va a preferir que gane el Madrid la liga.! Desde luego traidor a tope.

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  5. 6 Úrsux marzo 8, 2010 en 12:51 pm

    Qué gran verdad has escrito sobre la infancia y lo irrompibles que son los lazos que en ella se gestan.

    Y aprovecho para dos cosas:

    No te dejes llevar por los impulsos secundarios que puedan provocar entes como el que mentas, y haz caso a tus instintos primarios que no te permiten, ni mediante tortura ni amenaza, desear una victoria madridista.

    Y la segunda es que no es la primera vez que, como ocurre en este artículo, detecto que hay diferencias entre lo que me llega a mi correo electrónico y lo que consta en tu blog. No es de importancia pero estaría bien que de alguna manera se hiciese constar, no vaya a a ser que en alguna ocasión sí sea una diferencia importante.

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  6. 7 Zoupon marzo 8, 2010 en 2:04 pm

    Dijeron Einstein y sus secuaces que el tiempo es una medida relativa que depende de otras variables externas, lo cual resulta muy desazonante porque al ser humano le gusta tener unas cuantas referencias absolutas, y el tiempo era en esto primordial. Pero, bien mirado, eso ya lo había demostrado Fray Luis de León cuando, tras pasar varios años en las mazmorras de la Inquisición, retomó sus clases en Salamanca con su famoso “decíamos ayer”. Y lo corrobora el hecho de que dos personas que compartieron la infancia pasen treinta y cinco años prácticamente sin relacionarse y se encuentren de nuevo para hablar entre ellos sin reproches y como si se hubiesen visto la semana anterior. Y como eso resulta fantástico demos por bueno que el tiempo es una mensura relativa.

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  7. 8 El Duende de la Radio marzo 8, 2010 en 7:28 pm

    La relatividad, tan pecaminosa de suyo (Pater Bonete dixit) es fantástica para estos casos.

    No se sabe por qué debemos excusarnos por no felicitar las Pascuas a los amigos más recientes. Pero se sigue encontrando uno con los amigos de la infancia a los que no ve desde hace tantos años, y no necesita dar explicaciones por los silencios y las distancias que marcó la vida.

    Debe de ser un pacto tácito y recíproco que, a mi modo de ver, es muy de agradecer para no crearnos mala conciencia.

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  8. 9 ARCIPRESTE DE HITA marzo 8, 2010 en 8:40 pm

    Un amigo muy querido de la infancia tuvo un problema serio de salud y yo sin tener ni idea de lo que ocurría. Me enteré por él cuando la fase aguda había pasado, no hubo reproche, funcionó ese pacto tácito al que alude el Duende. Sin embargo, yo sí tuve mala conciencia. Hoy día, si de verdad se quiere, podemos saber unos de otros sin ningún problema. A raíz de esto, he recuperado el contacto con bastantes amigos de la infancia a pesar de que las distancias que nos separan son importantes.
    Y, os confieso, que me siento mucho mejor.

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  9. 10 algodonsina marzo 8, 2010 en 9:06 pm

    Yo creo que las relaciones afectivas, sean del tipo que sean, tienen un lenguaje propio y exclusivo. Un lenguaje en el que se desarrollan y que sólo conocen los miembros del selecto club. Y ese idioma particular, aunque pueda no usarse durante décadas, fluye enseguida tras un par de tartamudeos iniciales. Y ahí estamos, representando el mismo papel de entonces y como si nada hubiera cambiado.

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  10. 11 Palinuro marzo 10, 2010 en 1:52 pm

    Como el Duende, yo también compartí con el sobrino-amigo manuel (lo de “primo” del Duende es una concesión a la edad, muy cercana en ambos) muchas horas de mi infancia y primera juventud y suscribo sus comentarios. Se me ocurre pensar que ese hilo tan largo como 35 años se ha sustentado en afinidades muy sustanciales, y de ahí la facilidad para el contacto de reencuentro. Cuantos de esos que, con ligereza llamamos amigos, no digo 35 años, sino simplemente un par de semanas, son un abismo insondable

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