Viajando por Euzkadi con una bolsa de higos secos…

San Juan de Gaztelugache, sobre un peñón que se adentra en el mar CantábricoNo era el consciente ni el subconsciente. Era el inconsciente, si es que existe, el que  le llamaba la atención.

-¿Pero tú estás chiflado?-le reprochaba- ¿Tú crees  que esa es manera de presentarse en la Casa de Juntas de Guernica?.

Hasta al inconsciente, que debe de ser por esencia un insensato, podría tener razón en este caso, frente al cual el Duende se encogía de hombros sin saber qué responder. Él mismo se acaba de clasificar como un absurdo andante cuando el sábado 5 de octubre de 2010, a eso de las cuatro de la tarde caminaba por las calles de Guernica comiendo deliciosos higos secos del Jerte que extraía de una bolsa de celofán transparente. Figues Séches, Getrocknete Feigen, decía el rótulo impreso en la bolsa. Nada  de cómo se dice higos secos ni en inglés ni en vascuence.

Resultaba difícil de explicar: ¿qué pinta uno comiendo higos secos por las calles solitarias de Guernica un sábado de febrero a las cuatro de la tarde? ¿Y cómo se atreve a visitar luego la Casa de Juntas, el sancta sanctorum del nacionalismo vasco, con un bultito entre las manos que, como mínimo, haría recelar al vigilante de la entrada?

La respuesta empieza en San Juan de Gaztelugache, un reto para los muslos y una meditación para el espíritu. No hace falta conocer todos los detalles que emparentan  a esta ermita con el monasterio de San Juan de la Peña en Huesca. Ni su papel en la historia del señorío de Vizcaya, explicada en los paneles turísticos que jalonan la ruta desde la carretera costera hasta lo alto del peñón donde se yergue el monumento. Ni las numerosas leyendas, macabras muchas de ellas, que dan fama a este lugar.  Desde hace unos años, y consciente de que es imposible recordar diez minutos después de haberla leído la historia de todas las piedras ilustres que el curioso ve a lo largo de su vida, el Duende mira, lee y olvida. Y luego recrea con la imaginación, medita y se pregunta. ¿Qué llevaba a los hombres a levantar esos templos en esos lugares tan bellos como inhóspitos? ¿De qué metal precioso era aquella fe que les movía? ¿Cómo aguantaban el esfuerzo de levantar piedra a piedra sus paredes para luego vivir  la soledad, el aislamiento y las privaciones que allí encontrarían?

El frío, sobre todo el frío…Se veía el Duende monje guardián de la ermita, en una oscura noche de invierno de la Edad Media…¿Cómo aguantarían, sobre todo, Señor, tanto frío?…

Para llegar a San Juan de Gaztelugache, en la costa entre Baquio y Bermeo, hace falta primero bajar al nivel del mar. Y luego ascender casi doscientos cincuenta escalones por una senda que zigzaguea hasta la cumbre del peñón. Una vez allí, y en un día luminoso y transparente como insospechadamente encontró el Duende, se desafía al viento del nordeste, se respira hondo, se mira el horizonte infinito, se escucha el rugir del Cantábrico que muerde los pies de aquel roquedal maravilloso, se tocan  trece  campanadas para que se cumpla algún deseo –por ejemplo, que no le falten a uno las ganas de seguir curioseando- y, después de todo ello se confirma lo sospechado: gracias a los que afirmaron su fe con piedras como esas uno puede seguir buscando la suya sin desesperar. Siempre se encuentra algo en el camino. Aunque a veces éste, como avisa Don Quijote, es mejor casi que la posada..

Así fue que después de tanta dosis de espiritualidad la carne pedía su vez. Y el Duende rindió culto a los pinchos de Bermeo y, sobre todo de Mundaca, en la boca de la ría donde la ola de la izquierda hace la gloria de los surfistas. Y se asomó a esa reserva de Urdaibai que anhelaba conocer. Y paró en Guernica, tan vacía y silenciosa a esa hora del sábado que aún parecía esconderse del fantasma de la Legión Cóndor. No encontró el viajero ni una cafetería ni una confitería abierta para llevarse a la boca un toque de dulce a modo de postre. Sólo un diminuto supermercado donde dio, por suerte, con una bolsa de higos secos del Jerte. Unas auténticas delicatesse de finísimo sabor y de probados resultados para algo tan importante cuando se viaja, como es regular el tracto intestinal. Desgraciadamente, y por no poner en circulación otra bolsa de plástico más que se lleve el viento, el Duende renunció a la que le ofrecía la cajera y  salió con la de higos en las manos. Mientras paseaba por el casco urbano de la histórica ciudad la abrió y comía de ellos. Cuando se topó con la Casa de Juntas, y quiso traspasar su umbral, se dio cuenta de su error. ¿Cómo se interpretaría la insólita carga que llevaba en sus manos? ¿No era una insolencia, una falta de respeto, una provocación?…

-¿Puedo?- preguntó el Duende muerto de vergüenza al celador de la entrada.

-Naturalmente –respondió éste con una sonrisa mientras le alargaba un folleto para guiar la visita.

Hay a la entrada de la Casa de Juntas una fila con las banderas reglamentarias. Y entre ellas, naturalmente, la de España. No se puede universalizar como signo de normalización, pero desde luego el Duende pasó con una bolsa de higos secos y vio el mítico roble viejo y el nuevo árbol mientras liquidaba su postre itinerante. Y no pasó nada.

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8 Responses to “Viajando por Euzkadi con una bolsa de higos secos…”


  1. 1 José Ramón marzo 9, 2010 en 11:01 am

    Es curioso que ese “no pasó nada” llame la atención.
    Es estupendo que no pase nada, o que pase lo que tenga que pasar, lo normal.
    Entrar comiendo higos en la Casa de Juntas (o al menos llevándolos en las manos) es una muy buena señal. Es algo así como lo que decía Churchill del lechero.

    (P.D.- Duende: Repasa las fechas. 5 de octubre de 2010. Me parecía que escribías un relato fantástico, un cuento futurista. Y no es así. ¿O sí?).

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  2. 2 Zoupon marzo 10, 2010 en 12:06 pm

    He tenido la suerte de conocer en el País Vasco, y también en Navarra, lugares bellísimos y personas extraordinarias. Pero nunca he llegado a disfrutar en plenitud de unos y de otras, porque siempre he notado algo opresivo en el ambiente, un algo intangible y permanente que no te permite llegar a encontrarte completamente a gusto.

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  3. 3 Zoupon marzo 10, 2010 en 12:11 pm

    Se me pasó: José-Ramón, ¿Qué hubo entre Churchill y el lechero? ¿Y cómo es posible que el Duende haya escrito un cuento el cinco de octubre ¡de 2.010!? Que hemos quedado que el tiempo es relativo, pero no tan chicloso como para eso.

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  4. 4 Palinuro marzo 10, 2010 en 2:10 pm

    Zoupon, lo de Churchill y el lechero es una reflexión que se atribuye al insigne político y que más o menos era: “Democracia es que llaman a tu puerta a las 5 de la mañana y es el lechero”,… cuando te traían a casa la leche, añado yo. Comparto contigo esa sensación de gozo incompleto en mis visitas al País Vasco ( ¿Por qué Euzkadi o Euskadi? Hablando en castellano debemos huir de términos ajenos a nuestra lengua).

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  5. 5 begoña marzo 10, 2010 en 3:30 pm

    Mundaca, Baquio, Bermeo, San juan de Gaztelugache (todos sin k ni tx)… ¡Qué nostalgia! Recuerdo la cara de satisfacción de mi padre cuando pesco una raya en La Atalaya de Mundaca, las chocolatadas en las campas de Baquio… Y también la angustia que sentí muchos años después, en 1991, cuando volví a la zona y encontré un territorio hostil y crispado, en el que sólo se oía hablar vascuence y las miradas resultaban recelosas. Hace quince días pasé un fin de semana en Las Arenas, donde pasé los mejores veranos de mi infancia. Afortunadamente se nota el cambio. Todo está más sereno. ¡ÓJALA! no sea una situación transitoria.

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  6. 6 Palinuro marzo 11, 2010 en 1:13 pm

    ¡Brabo, Begoña!, vascuence en vez de euskera (¿o euzkera?) A ver si aprende la casta política y mediática a no maltratar la lengua común de todos los españoles.

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  7. 7 Ignacio marzo 14, 2010 en 9:57 am

    Gracias, Duende, por este recorrido, tan visual, a lo largo de la costa de Vizcaya. A mí también me ha llamado la atención (pero es que yo vivo aquí) la ortografía castellana tradicional en los toponímicos vascos, tan ‘maltratados’ ortográficamente por la ingenuidad aranista.

    Ahora bien: Vascuence o euskera o euskara, es igual. Es una lástima que en toda España no se perciba la lengua vasca como un tesoro común y que muchísimos vascos lo hayamos dejado como patrimonio de los nacionalistas. Mis muchos amigos ‘euskéricos’ me lo dicen con desaliento y limpieza en la mirada. Ojalá no se hubiera revestido jamás de imposición oficial una lengua tan familiar y tan íntima.

    Porque no hay nada más triste y peligroso que el estúpido rechazo basado en la incultura. Con todos los respetos por la lengua común de todos los españoles. Incluídos nosotros.

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  8. 8 Palinuro marzo 14, 2010 en 2:14 pm

    Ignacio, bien apuntado el “regalo” que hemos hecho a los nacionalistas de apropiarse de la lengua vasca como patrimonio exclusivo. De todos debe ser, y si un día yo llegara a hablarla utilizaré el término “euskera” (o “euskara”) sin ningún complejo.

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