Archivos para 28 abril 2010

Una lección magistral de Derecho

A veces, como si fuera un cuadro abstracto, cuesta ver la razón en el estado de derecho...

El profesor quería explicar las bondades del estado de derecho. Y quería hacerlo con rigor, exponiendo el asunto con claridad  y en un tono contundente.

Sobre todo eso. La oratoria y al retórica han de ser impactantes para captar la atención del alumnado. El profesor no olvidaba la espontaneidad  de uno de sus maestros e la infancia, el padre Luis Perea, que no reparaba en palabros para que sus admoniciones dejaran huella. Recordaba cómo una mañana aquel santo varón abrió las puertas de la clase e irrumpió hecho un basilisco. Alto, enteco y con una cara afilada y pálida como de entierro del Conde de Orgaz , se plantó en dos zancadas en el estrado y lanzó su flamígero mensaje .

-¡Marica, cabrón, hijoputa!- dijo a los alumnos gesticulando como Júpiter Tonante.

Los pobres niños le miraron atónitos. Y, cambiando de tono, sonriendo ahora, puso sus manos entrelazadas sobre el pecho y con lento y dulce fraseo, completó el mensaje.

-¡Pero eeeso no se debe pintar en las paredes de los lavabos, hijos miooos!…

Claridad y concisión, Sancho. Y énfasis, mucho énfasis. A veces una expresión popular modulada con vehemencia y convicción  enseña más y mejor que toda una lección magistral. Ya no clamaban tanto las iras populares contra un alto tribunal en exceso riguroso, pero otra decisión judicial venía a confirmar que el estado de derecho parece a veces perder el juicio: un filoterrorista en prisión había sido liberado para atender a su madre por una interpretación generosa de la llamada Ley de Dependencia

De manera que el profesor que tenía que explicar aquel día las bondades, y aparentes contradicciones,  del estado de derecho, no lo dudó.  Entró en el aula con la misma determinación de su maestro y con voz firme y gestualidad precisa dio  -lo bueno, si breve, dos veces bueno- la clase del día.

-¡La madre que parió a Díez Usabiaga!…-fue todo lo que dijo.

Y salió del aula convencido de que había sido mejor lección de su vida.

La página que nunca termina de pasar

Algunas páginas de nuestra historia pesan tanto que parece imposible pasarlas de una puñetera vez...

Cada vez que el Duende pasea por la Casa de Campo se acuerda de su amigo Antoñito, que fue el primer compañero de pupitre con el que le sentaron en el colegio. Antoñito era de Cádiz, y don Pedro, el profesor, decía que hablaba con lengua de trapo. Fue la primera vez que el Duende escuchó esa expresión, lengua de trapo. Y le hizo gracia. Tanta como le hacía Antoñito, que vestía un jersey rojo en la época en la que la mayoría íbamos de gris o de marrón. A estos tonos la madre del bloguero  les decía “sufridos”, por lo bien que aguantaban los deshonores del desgaste. Con aquellos jerseys y pantalones sufridos parecíamos gorriones, cuando lo que apetece de niño es ser jilguero, también llamado sietecolores. El Duende odiaba el marrón, mucha España pobretona, dolorida y triste entonces, vestía así. Cuando ahora ve la serie Amar en tiempos revueltos siempre piensa que el estilista se ha pasado de optimista.

Pero a lo que iba, que pasea por la Casa de Campo y vuelve a su memoria Antoñito, que pertenecía a una familia aristocrática y acomodada. El 13 de junio, invitaba a a sus amigos a ese maravilloso bosque que rodea a Madrid por el oeste. Aparecía a la salida del cole un chófer con una furgoneta cargada con bolsones de pipas y patatas fritas, botellas de gaseosa y de orange -¡qué antiguo que da esto: aún no había asomado la Coca-Cola!-, cargaba a la pandilla y la dejaba en el campo. Una gozada de tarde. Aún se podían ver en el parque madrileño las trincheras de la Guerra Civil, y de vez en cuando alguien encontraba un obús por explotar, o unos casquillos de bala. Luego taparon las trincheras. O no. De vez en cuando se escarba y reaparecen. Qué espanto, ahora que ya no somos niños y sabemos lo que escondía aquella  guerra.

El padre de Antoñito era un falangista distinguido.  El Duende no era amigo del falangista, además ni sabía lo que significaba eso, sino de su hijo, que también le invitaba los jueves a ver la tele en su casa, porque en la del Duende no había llegado aún ese invento. El propio Antoñito sería luego un hombre de inequívocas derechas. No importa nada, sus vidas son muy distintas y ya apenas se ven. Pero cuando lo hacen hablan de otras cosas, se ríen juntos y se reconocen un recíproco afecto. El Duende le recuerda las excursiones a la Casa de Campo y él evoca al gato de la casa el Duende, que salía a parar la pelota como Ramallets cuando jugaban al fútbol por el pasillo.

Sin embargo el Duende está preocupado. Un amigo retoño del falangismo y un colegio marianista donde ambos recibieron educación religiosa. Lagarto, lagarto. En una de las dos Españas que, al decir de Machado, ha de helarnos el corazón, estamos marcados. O por lo menos eso se deduce de los medios que tan sabiamente manejan los que quieren la justicia a su medida. Por culpa de los chorizos de Gürtel, de los excesos del juez Garzón y de la incalificable conducta de unos delincuentes con alzacuello, en España parece que el único peligro son los falangistas criminales y los curas pederastas. Por las noches, el Duende sufre pesadillas. Sueña que todos los curas de su colegio le persiguen con la botonadura de la sotana abierta y babeando por los colmillos como macacos verriondos. Intenta  escapar angustiado, huye en la oscuridad, ve una luz al final del camino. Pero cuando llega allí se encuentra a Antoñito, tan gracioso, tan simpático y tan buen amigo, convertido ahora en un matón con camisa azul, el haz y las flechas bordados en rojo ayer y un pistolón al cinto.

-¡Ostras, Pedrín! –es todo lo que se le ocurre decir- ¿Pero no había quedado atrás todo eso?…

Menos mal que Pedro Almodóvar y los suyos han dicho que esta vez no pasarán. Pensar que muchos ingenuos creíamos que nuestros fantasmas  se habían disipado,  y que la página más penosa de nuestra historia había pasado definitivamente…

A los que quieren que seamos amigos no se donde…

Quieren ser amigos suyos en Facebook, pero no saben que el Duende no sabe cómo llegar allí...

Se imagina el Duende una plaza solitaria y tranquila. En el centro, quizás, un estatua de prohombre o de general decimonónico, porque los de este siglo y el pasado no están bien vistos.  También hay un olmo,  o uno de esos magnolios enormes como los de los Jardines de Murillo de Sevilla o la Explanada de Alicante, ¿Que son gomeros? No sabe uno, hay árboles que se parecen mucho. Seguramente un lado de la plaza lo cierra una iglesia, o el edificio del Ayuntamiento, o el de la Audiencia Territorial, con su reloj, como señalaba el poema de Machado. Tampoco importa que haya un templete para la banda de música, que le da mucho encanto a estos remansos urbanos. De repente aparece un hombre. Se sienta en el banco a esperar. Se mira el reloj de pulsera, confronta la posición de sus manecillas con las del de la torre. Se levanta, cruza la plaza, vuelve a mirar el reloj. Se sube  las solapas de su gabardina, se cala el  sombrero. Se sienta en un banco a esperar.

Por otro lado aparece una dama de buena figura, melena y largas piernas. Puestos a ponerle cara, le apetece al bloguero elegir la de Greta Garbo. Se detiene. También mira el reloj. Da uno pasitos hacia el pequeño jardín circular que rodea la estatua. Inspecciona con curiosidad las flores. Levanta la cabeza: el reloj de la torre ha dejado caer sus campanadas. Echa un vistazo al suyo propio, y después, más por hacer tiempo que por coquetería, abre el bolso, saca la polvera, se mira en el diminuto espejo circular, lo cierra. Se coloca el bolso en bandolera y después, con los ojos fijos en el suelo, anda veinte metros poniendo un pie tras otro, como cuando, de niña, echaba a pies para elegir sus compañeras de equipo de balontiro.

Por la esquina oeste de la plaza asoma otro. Este viene preparado para esperar. Primero da unos pasitos, pocos, se rasca la barbilla, resopla, se desatasca el oído con un pulgar, saca un pañuelo del bolsillo, limpia sus gafas. Se dirige a otro banco, se sienta en él, abre el periódico que traía bajo el brazo y se pone a leerlo. Lo mismo puede estar informándose de que la Wermacht ha ocupado Polonia que del trasplante de cara que se acaba de hacer en el hospital Vall de Hebrón. La plaza es un lugar en cierta manera soñado, intemporal y evanescente.

Entretanto ha ido cayendo la tarde, y la plaza se ha llenado de gente. Todos parecen esperar a alguien que no llega nunca. Muchos fuman cigarrillos, y nadie les mira mal. Sí, definitivamente es una estampa del pasado. Lo advierte el Duende porque tampoco nadie ha sacado de su bolsillo un teléfono móvil, que es lo primero que hace ahora la gente cuando acude a una cita y el otro no ha llegado. De repente, la cigüeña  que anida en la espadaña de la iglesia se ha puesto a crotorar. Todos levantan la vista. Y alguno se atreve a romper el silencio y, después de comentar lo curioso que es el crotoreo de la zancuda, pregunta.

-¿Y a quién esperamos?

Nadie responde. Sólo el Duende sabe que le esperan a él. Clavada en uno de los muros de la esquina de la plaza, hay una chapa  que reza: Facebook. Todos los allí reunidos han mandado mensajes al Duende  diciendo que quieren ser amigos de él precisamente ahí. Pero el Duende no sabe cómo se llega, y se pregunta por qué hay que ejercer la amistad precisamente ahí, con la cantidad de lugares que hay para encontrarse.

Y quería decírselo en este blog, para que no crean que no aprecia su amistad, o que es un tipo mal educado. Es simplemente antiguo y poco dado a aventurarse por lo desconocido.

Wyndham Lewis y los olvidados

¿Y quiénes son ellos?, podríamos preguntarnos reinterpretando a José Luis Perales.

¿Quiénes los elegidos por el destino, doctores, o sabihondos, que deciden esto sí, esto no, esto nos debe gustar, esto no merece pasar a la posteridad, a este le ponemos el marchamo de cultura, a este otro le condenamos al olvido?

Gran pregunta. A estas alturas de la película de la historia de la humanidad, ya creemos que se ha descubierto todo. No es cierto. Los científicos, por ejemplo,  nunca echan el cierre, y hacen bien. Apenas unos días atrás, este Duende vio en un periódico digital que en lo más profundo de un país asiático –cree que era en las selvas de Malasia– había aparecido una nueva especie de gran mamífero desconocida hasta entonces. Era una rareza, una especie de mezcla entre un oso y un canguro, pero con la peculiaridad de carecer de pelo. Sólo vio la noticia y una foto que bien pudiera ser una broma del infatigable fotoshop. No ha vuelto a saber nada de él, pudiera tratarse de uno de tantos bulos que circulan por la red. Pero descubrirse nuevas especies, se descubren. Peces abisales, protozoos con forma de verruga de jubilado de RENFE, ranitas de colores exóticos, libélulas bisexuales, y cosas así.

Pero aunque la ciencia te da sorpresas –anda, que la del volcán de Islandia…- los libros cerrados de la cultura de otro tiempo raramente se revisan. Raramente. En un lugar tan poco relacionado con su vida como Madrid, en una galería que nada tiene que ver con la Inglaterra donde se hizo como artista y escritor y en un entorno cultural tan lejano de la Tate Gallery, que es donde expuso por última vez antes de morir en 1957, ha aparecido un tal Wyndham Lewis. La etiqueta que le sigue es: creador del Vorticismo, un movimiento pictórico que se inspira y transforma el expresionismo y el cubismo. Pintor  maravilloso retratista, ensayista, novelista, polemista…Por lo que se puede ver en la exposición de la Fundación March, un tipo tan original y fascinante que dan ganas de abofetear a los que escriben la historia de la cultura. Porque no es que no se le conociera en España. Es que el Duende ha preguntado por su existencia a ingleses de esos que, como vulgarmente se dicen, están en todas las pomadas, y no tenían ni puñetera idea de quién era el fenómeno. Se le había escapado al registrador.

Si pueden, no se pierdan la exposición. A este bloguero le dejó la impagable sensación de haber descubierto algo nuevo y sorprendente, como el oso-canguro ese que vivía escondido en la selva de la cultura no oficial. Debe de ser que aún quedan muchas cosas por descubrir. Por ejemplo, esta misma mañana el Duende se ha despertado antes del amanecer. Y al ver el horizonte primeo violáceo, y luego encendido de rojos incomparables que lanzaba el sol al despuntar tras el viejo Madrid –eso era más hermoso que ningún cuadro al óleo del mejor pintor- se ha sentido un artista integral. Ya saben, ahora el arte no está sólo en quien lo hace, sino también en el que sabe mirarlo.

A ver si tiene suerte y le censan en ese pretencioso y estúpido libro de la cultura oficial.

El “destroyer” del Meccano

Esos niños puñeteros que disfrutaban destruyendo lo que se tardaba tanto tiempo en montar...

Qué agradables, las tertulias. Los años no habían hecho mella en ellos. Una vez a la semana, se reunían en un bar de la Zona Húmeda: vino del Bierzo, cecina y una conversación amena y distendida. La familia, el fútbol, quizás los toros. La vida plácida, pero achacosa, del jubilado. La situación política, los recuerdos acumulados durante toda una vida. Aquel día polemizaban Alfredo, ingeniero retirado apasionado por todo lo que se llama infraestructuras, y Antonio, abogado que aún se resistía a colgar la toga.

-Poca cosa, ya sabes –precisaba- Algún asunto sencillo. Y, de vez en cuando, un artículo que me piden para la Revista Hipotecaria. Mi bisnieta me pregunta qué es eso, y yo no se cómo explicarlo…

El tono general de la tertulia, que era inesperadamente optimista para la edad media de los tertulianos, había evolucionado últimamente por culpa de Antonio.

-Aquí la gente no se da cuenta del roto que está haciendo el chico de Rodríguez.

-No jodas, Antonio –le decía Alfredo- Si este muchacho es un chollo. Tú, que eres un chinche con la historia esa de la arquitectura legal.

-¡Coño con la arquitectura legal!- interrumpió Antonio.

-Sí, la arquitectura legal…El rollo ese que sueltas últimamente…¿Sabes qué piensa la gente?…Que a vivir, que son dos días…Y el que venga detrás, que arree…Políticos que faciliten las cosas, que para cabronadas ya hace bastantes la vida.

-Parece mentira que seas ingeniero. El cerco a los jueces por el asunto Garzón, la Constitución en entredicho, el Estatuto de Cataluña a capricho, el Tribunal Constitucional, la inacabable sentencia…Todo debería de encajar perfectamente.

Antonio hablaba como un teórico. Pero de vez en cuando citaba ejemplos con los pies en el suelo.

-Queremos que España sea como esos muebles de IKEA,  que por una arandela defectuosa o un agujero mal taladrado se resisten a ser montados. Y claro, no sale. No sale porque las piezas no encajan. Ya pueden tornear el eufemismo, y hacer plastilina de las leyes, pero lo que se pretende, sencillamente, no encaja en ellas.

-Qué cenizo eres, Antonio.

-¿Cenizo?… Otra cosa es que ahora,  por seguir vendiendo la utopía, todo hay que relativizarlo y tomárselo a chacota.  Pero los utopistas iluminados no tienen ni puta idea de manejar la llave inglesa. ¿No te acuerdas de lo que hizo con tu Meccano?

Y Alfredo, que le quitaba hierro al asunto, y que se hartaba de predicar las maravillas del plan E y los avances en infraestructuras del chico de Rodríguez, se quedó pensativo. Guardó unos segundos de silencio.

-¿Era él?…

Era él. Alfredo se acordó de una tarde, hacía más de cuarenta años, cuando aparecieron de visita en su casa precisamente los Rodríguez. Iban con el niño, que sonreía mucho y parecía muy educado. Mientras preparaban le merienda, el niño se escapó y entró en el despacho contiguo, donde Alfredo, para inyectar a sus hijos la misma pasión por la ingeniaría que el había sentido siempre, exhibía orgulloso un montaje del Puente Colgante de Bilbao construído pacientemente con las piezas del viejo Meccano que aún conservaba de su lejana infancia. Cuando la merienda estaba lista se escucharon unos golpes metálicos que venían del despacho.

-Joselín –gritó la señora de Rodríguez- ¿Dónde estás?…

El ingeniero Alfredo saltó como un resorte. Corrió  a su despacho y ahí encontró al chico de Rodríguez. Aún tenía el martillo en la mano cuando con esos ojos de Muñeco Diabólico, coronado uno de ellos por la ceja circunfleja, y una sonrisa beatífica de angelito barroco, mostraba orgulloso el amasijo de hierros en que había quedado convertido eel montaje del ingeniero.

-Nene gusta destrozar Meccanos –dijo candorosamente.

Y Sergio comprendió ahora que su amigo Antonio tenía razón. Ya  entonces la criatura apuntaba maneras…

Cuando la tierra nos hace pedorretas

Lo del Eyjafjallajokull parece una pedorreta de la tierra. Y no sólo porque su nombre suene como un regüeldo...

1

Todo llega en esta vida. Él estaba como loco por consumar su amor con ella. Ella, aunque  enamorada e él, no podía acceder a sus deseos.  Era uno de esos amores que se llaman prohibidos.

-No aquí, no, fuera, lejos –le había dicho alguna vez- El día que puedas llevarme un fin de semana allí donde me sienta libre, nos escapamos, que ya me inventaré una excusa.

2

Todo llega. O iba a llegar. La buena mujer no podía aguantar más con aquella broma de corazón que a duras penas le mantenía viva. Pero le avisaron de urgencia: preparado el trasplante. Se espera la llegada del nuevo corazón en seis horas.

3

Cuántos años de trabajo para esperar su gran ocasión. Se lo había prometido a su padre, que se dejó morir agobiado por las deudas. Yo levantaré tu empresa y se la acabaré vendiendo a una multinacional, le dijo. Llegaba el momento, levantaba la mirada al cielo y se frotaba las manos henchido de satisfacción. La firma de la operación estaba fijada para ese viernes.

4

Su hija no le perdonó que les abandonara cuando la niña sólo tenía seis años y su hermano pequeño tres. Cuando él regresó diez años después, ella escapó de casa y le dijo que no quería saber más de aquel padre que había robado su infancia. Pero su madre era una buena cristiana. Una sufridora, le decían ahora. Le insistía por teléfono.

-Hija, invítale. Hay que saber perdonar.

Y perdonó. Su padre viajaría a Estocolmo para estar presente en la boda. Y redimiría con el reencuentro y un beso su miserable pasado.

5

Pero nada de eso pudo ser por la espesa nube que lanzó el volcán.

Después de ver las noticias en el pequeño televisor de su garito, el vigilante nocturno pensó que nadie está blindado contra el azar. Sobre todo cuando éste enseña la zarpa de forma tan sorprendente. Eructa el planeta en un país del que no se habla casi  nunca, y veintiocho mil vuelos cancelados en  Europa. ¿Cuántas ilusiones se habrán roto por el mal genio del volcán? ¿Cuántas esperanzas se habrán evaporado? ¿Cuántas biografías cambiarán a partir de ese momento?

Comprendió entonces por qué se llamaba Fortunato. Nunca ganaría mucho dinero, ni pasaría a la historia de nada. Pero va siempre a su trabajo andando, y nunca en su vida había tenido que coger un avión.

El último moco

Desesperado de aquel país de locos donde nadie parecía dispuesto a respetar a nadie ni a nada, Huberto Lógico tomó el ascensor supersónico de la torre de marfil donde tenía su despacho  y dio al botón de la planta de los infiernos.

-No aguanto más- se dijo suspirando

Sonaba en el hilo musical del ascensor el Adios a la vida. Y Huberto Lógico comprendió que después de una vida de éxitos era lo que marcaba el destino. No se puede luchar y sacrificarse para llegar a la cumbre y encontrar al final que todo es un fraude. Aquel día nefasto  el desengaño había sido doble. Por una parte, el Comité de Empresa le había secuestrado para exigir aumento de sueldo. No para ellos, ni para el resto de los empleados, sino para él.

-Es usted un negrero consigo mismo –le espetaron los tres feroces sindicalistas con pendiente y brazos tatuados mientras fumaban sus puros y le vaciaban sus licoreras de Armagnac- O se triplica el sueldo aquí mismo y se concede un plan de pensiones como el del presidente de BBVA,  o no sale vivo de aquí.

Qué chifladura –pensó- el mundo al revés.

Pidió permiso para ir al cuarto de baño y meditar su respuesta. En el lavabo se miró al espejo para pellizcarse y comprobar que estaba despierto. Quiso refrescarse  el rostro con agua fría. Pero como todo en aquel modernísimo cuarto de baño era de última generación, el grifo del lavabo no era tal, y servía el agua cuando le petaba. Ya conocía el truco, que era engañarle: ponías las manos debajo del caño. No, no salía agua. Las retirabas. Salía. Volvías a ponerlas rápidamente, se detenía el chorro. Te cagabas en todo, las retirabas. Fluía nuevamente el agua caprichosa. Al fin, después de diez minutos, habías conseguido malamente mojarte las manos y refrescarte el rostro. Y Huberto Lógico se convenció de que no era un sueño, sino que estaba despierto.

Se dio cuenta de ello, además,  porque pudo ver en el espejo cómo se le acercaba por detrás la dulce Lupita, su sumisa y recatada secretaria de toda la vida. Era una chica aparentemente normalita, pero con un extraño encanto difícil de describir. Modosa, sin levantar la mirada, le dio un toque en el hombro y le hizo girar hacia ella.

-Permítame, don Huberto –le dijo mientras aproximaba los labios a los suyos y le besaba apasionadamente barrenando como el picador del Cordobés.

Huberto Lógico se sujetó como pudo en el borde del lavabo. Pensó por un momento en lo que podría ocurrir si los  sindicalistas entraban en WC y le sorprendían en tan comprometedor trance, que empeoraba por momentos. Sin darle a tiempo a reacción alguna, Lupita se iba despojando de su vestido. Y oh sorpresa, segundo desengaño de la jornada: bajo el caftán y el holgado pantalón tipo zuavo en los que Lupita ocultaba  ese día sus encantos de mujer, apareció el cuerpo de un cinturón negro de  judo. La dulce y frágil Lupita de siempre en realidad era un travelo.

-Huberto, ¡te amo!- escuchó a sus espaldas mientras Huberto huía despavorido del cuarto de baño.

El Comité de Empresa, embriagado de Armagnac y de aroma de Cohiba, no se apercibió de que Huberto Lógico escapaba de la jaula de oro en su torre de marfil y ganaba el ascensor.

-No aguanto más- se decía mientras apretaba el botón de la planta de los infiernos -Nada importa ya…

En su largo descenso, Huberto Lógico ni siquiera guardó las apariencias. Recordando sus primeros años de currante, cuando acababa de obtener el MBA, y trabajaba en una empresa situada en la periferia, y debía  soportar diariamente larguísimos atascos en el coche, y, como tantos automovilistas, los entretenía limpiándose las narices con el índice o con la uña del meñique, decidió utilizar las mismas herramientas para extraer y compactar  un moco realmente asqueroso que llevaba todo el nefasto día ocupando una de sus cavidades nasales.

Cuando llegó a los infiernos y el ascensor abrió sus puertas, salieron a recibirle unos cuantos condenados envueltos en llamas y vapores de azufre.  Entre los creyó reconocer a unos políticos corruptos, algún criminal, varios pederastas y dictadores diversos, amen de multitud de necios. Como hombre educado, a pesar de su cochina debilidad en el viaje postrero, no fue capaz de negar el saludo a ninguna de aquellas almas despreciables que le acompañarían en el Averno. Tampoco supo nunca en qué mano, al estrechar la suya,  había dejado pegada la albondiguilla del último moco de su vida.


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