Archivos para 31 mayo 2010

El visitante de la Venus de Tiziano

Todas las obras maestras del Prado pueden ocultar historias más o menos parecidas a la que aquí se cuenta...

Como tantas otras voluntarias, Irma carecía de una formación específica de celadora de museos. Tampoco era una experta en psicología, pero después de observar la presencia frecuente del mismo personaje ante el mismo cuadro, empezó a hacer sus cábalas. Se trataba de un hombre muy mayor que entraba en la sala sigilosamente, se apostaba ante el cuadro Venus y la Música de Tiziano y se quedaba absorto mirándolo.

Al principio, sus visitas eran más o menos mensuales. Luego se hicieron más frecuentes y largas. Cuando entraba en la sala, se dirigía inmediatamente a la banqueta tapizada que se ubicaba frente al cuadro y se sentaba en ella. Apoyaba sus codos en las rodillas, su barbilla en las manos y observaba. Irma advirtió que a medida que el anciano escudriñaba más el cuadro, aumentaba su emoción. No parecía agotar nunca los encantos de un lienzo que probablemente, ningún especialista consideraría la obra maestra del pintor favorito del Emperador. Sin el embargo el anciano se pasmaba ante aquella Venus gordita, como mandaban los cánones de la época, sólo vestida por una gargantilla y unas pulseras, que acariciaba indolentemente a un perrillo mientras el organista que tocaba a espaldas de su diván volvía la cabeza y dirigía la mirada a ese triángulo de la desnudez femenina que los clásicos solían velar pudorosamente.

El fondo del cuadro reproduce un jardín renacentista en el que destaca una fuente monumental sobre la figura labrada en piedra de un sátiro. Pero a juicio de Balbino, un compañero con más experiencia que Irma, no era ese el centro de su atención.

-Ese tío es más rijoso que un macaco, te lo digo yo –le susurraba al oído a Irma- Hay muchos de esos a los que una de estas desnudas con firma les excita más que una película porno.

-¿Tú crees?

-Lo que yo te diga –subrayó con suficiencia.

Irma comenzó a mirar al misterioso visitante aún con más atención. Y no tardó en hacerse una opinión  completamente distinta. El cuadro evidentemente tenía un significado muy especial para el anciano, y le provocaba una emoción quizás exagerada para aquella mezcla de pintura cortesana y mitología. Miraba, suspiraba profundamente, seguía estudiando todos y cada uno de sus detalles, volvía a suspirar. Algo extraordinario debía de ver el anciano en ella. Un día, después de los quince minutos habituales que solía durar su contemplación  en silencio, Irma descubrió que por las mejillas del anciano se deslizaban dos lágrimas. Segundos después el anciano no pudo contener unos sollozos y hundió el rostro en sus manos mientras se ponía a llorar como un niño.

-¿Le ocurre algo, señor?- le dijo Irma acercándose a él.

En anciano sacó de su bolsillo un pañuelo, secó sus lágrimas y esperó a serenarse antes de tomar la palabra.

-Usted es muy joven señorita –comenzó a decir entre los últimos hipidos- Pero no sabe el milagro que es ver todas estas maravillosas pinturas y lo que ésta en particular representa para mí…

Y le contó la epopeya que durante la Guerra Civil Española fue salvar el tesoro artístico del Museo del Prado. Cómo se trasladaron desde Madrid a Valencia, y de Valencia al norte de Cataluña, y desde allí, hasta Ginebra las mil ochocientas sesenta y ocho cajas  específicamente fabricadas para embalar las piezas más valiosas  de la colección. Le contó que el presidente Azaña había declarado que era mucho más importante salvar ese patrimonio que la República, porque España podrá tener otras repúblicas, pero nada podría reemplazar a estas joyas de la pintura. Y culminó su relato explicando que, en su huida desesperada por escapar del avance de las tropas de Franco, una noche de marzo de 1939 algunos de los camiones del convoy artístico quedaron inservibles. Y que el propio Azaña y el ministro de Estado junto con unos oficiales del ejército tuvieron que detener y requisar otros tantos vehículos que transportaban población civil, armamento y heridos `para  alojar en ellos las cajas españolas, como se conocieron después a esos embalajes de incalculable valor.

-Me he pasado muchos años investigando, porque el tema me obsesionaba –terminó contando con palabras entrecortadas y voz casi inaudible- Y este es el único cuadro que me consta que viajaba en  el camión de donde evacuaron a mi madre, que estaba herida y embarazada. Lo sospechaba desde hace tiempo pero ahora me lo acaban de confirmar. Ella murió en el parto, pero el tesoro del Prado y yo nos salvamos…¿No es maravilloso?

El anciano sonreía mientras secaba las últimas lágrimas con su pañuelo y lo guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Irma entonces se inclinó, le besó en la mejilla y le ofreció su  brazo para levantarse.

-Echa un vistazo a mi sala, Balbino -dijo al pasar ante su compañero- que he me echado un novio y le voy a acompañar a la puerta…¡No  todos los hombres sois iguales!…

Fue lo último que escuchó el celador antes de ver cómo la Irma, que estaba tan buena,  se perdía  del bracete del anciano buscando la salida del museo.

Triunfo y tragedia del torero Pepe Pilas

Estaba  Pepe Enríquez preocupado, porque avanzaba la temporada que iba a ser la de su consagración y no terminaba de cuajar el faenón soñado. Se lo había prometido a Merche, su novia, que entretanto llegaba el éxito bordaba sábanas para el ajuar.

-Chiquilla, que voy pa figura. Que tengo arte y valor.

Lo del arte era el mensaje de Silverio Costuras, el apoderado, que presumía de fabricar fenómenos de los que emboban  al tendido. Según Costuras hay toreros de ¡huy! Y toreros de ¡oh!. El paradigma del oh era desde siempre Curro Romero, cuya legión de fanáticos seguidores había vertido tantos adjetivos y sublimado a tal punto el elogio, que no necesitaba ya palabras para  expresar el éxtasis. Bastaba con invocar el nombre del maestro, poner cara de apóstol del Greco sobre el que se posa la llama del Espíritu Santo, y modelar el aire con la mano como los cantaores de flamenco.

Tú lo has visto, Pepe, ¿no?- decía Costuras mientras remedaba a los cátedros- La afición e mu expresiva, y cuando menta a Curro, sólo dicen: ¡ooooooooooooh!… ¡Y eso es lo máximo que se pué decir!…. Bueno, ¡pues tú tienes que ser mejó!…

Y Pepe estaba convencido de que podía serlo, porque además de arte, tenía valor a espuertas, como le insinuó el sastre que le tomó medidas para la primera taleguilla.

-José –le dijo mientras carraspeaba discretamente- Está usted muy bien dotado…Ya sabe, las pilas que decía el maestro Bienvenida cuando una niña le preguntó por el ese bultito entre las piernas que da carácter al traje de luces…

Y entonces fue cuando José Enríquez, de acuerdo con su apoderado Silverio Costuras, decidió abandonar su nombre de funcionario del siglo XIX por el más sencillo, castizo y rotundo con el que, a partir de su primera novillada con picadores en Madrid, figuró en los carteles.

-Pepe Pilas –enfatizó Costuras después de rebautizar a su pupilo-¡Cuyo enome való sólo queda superao por la grandeza su arte!…

Su enome való pronto se reflejó en las taquillas. A partir de su alternativa, en todas las plazas donde toreaba Pepe Pilas las localidades cercanas a la puerta del paseíllo alcanzaban precios astronómicos en reventa. Apenas despejaba la plaza el alguacil y asomaba al albero su taleguilla , una legión de extranjeras enfervorizadas saludaba al héroe….

-¡Olé tu paquete!…

Y toda la plaza estallaba en atronadoras ovaciones, que a Merceditas, sabedora como pocas de que, lo que allí se jaleaba, le ruborizaba.

Sin embargo Pepe Pilas no terminaba de cuajar la faena que le encumbrara a las cimas del arte. Necesitaba un toro como aquel ensabanado de Orborne que convirtió a Antoñete en un mito. Y el toro salió. Fue Morcillerito, 578 kilos, negro bragado del Conde de la Corte, bravo y noble, peleón en varas. Josú, qué faena

Pepe Pilas, destapando el tarro de las esencias, imprimió en su toreo -naturales puros, redondos sublimes, ambrosía de dioses-  ese marchamo del arte que sólo los elegidos son capaces de cincelar con su muleta , escribió  Rafael  Camposdespaña Cañí, crítico famoso por su rigor y por la austeridad de su prosa- Y los ángeles bajaron al albero para sumarse al clamor de la plaza y certificar con sus lágrimas emocionadas que esta vez sí… ¡Que al fin Pepe Pilas demostraba que su arte era aún más grande que ese descomunal valor que atesora su bendita taleguilla!…

Mientras la plaza entera deliraba y Silverio Costuras se abrazaba llorando con Merceditas -¡Ahora sí te casas, criatura!…¡Ahora sí que es lo máximo del toreo del ohhhhhhhhhhhhhhh!- Pepe Pilas entraba en el Olimpo taurino saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe. Estaba henchido de satisfacción y ebrio de gloria.

Pero cuando los capitalistas que le habían transportado Alcalá arriba le depositaron en la puerta del hotel, el diestro tuvo la desagradable sensación de que el triunfo no le había salido gratis. Notó un vacío sobrecogedor, una ausencia irreemplazable. No se lo podía haber enganchado el toro, pues la faena fue limpísima, y los pitones ni le rozaron la seda. Ni tampoco los capitalistas, pues sólo se habían quedado con las zapatillas y arrancado los alamares de rigor. Pero se echó mano a la entrepierna y se dió cuenta de que allí faltaba algo esencial. Misteriosamente, le habían robado las pilas a su traje de luces.

Ponga un Mondrian en su vida

Hay esquemas de pensamiento que no solucionan nada, pero alivian la existencia. Y ver la vida con la óptica de Mondrian es una de ellas...

Por qué complicarnos la existencia si la podemos ver como un cuadro de Mondrian.

El Duende coleccionaba juguete de hojalata de otros tiempos. Cuando reunió los treinta primeros,  los puso de perfil sobre tres cuadrados  de papel de un metro de lado y elaboró tres plantillas que un carpintero convirtió en estanterías de huecos rectangulares, adaptados a la medida de cada juguete.  La base de unos era el lado más corto, la de otros, uno de los lados largos. Cuando las estanterías se llenaron de juguetes antigüitos, tan ingenuos y coloristas, le habían alegrado la pared. Y al mismo tiempo le ofrecían una falsilla para el  pensamiento de un día cualquiera.

Este observador admira profundamente a aquéllos que saben razonar. Él nunca hilvanó bien las ideas, y bien que le ha pesado. “La vida es pura coherencia, y el destino es  de aquellos que saben interpretarla a la luz de la lógica”, le dijo uno de sus maestros. Por eso admira tanto esas mentes ordenadas que inventan maquinitas, y le da igual que sean para rizar pestañas o para acelerar partículas y reproducirnos el Big Ban.

Él no supo nunca de lógica ni de coherencia.  Minuto a minuto, segundo a segundo, saltaba de un asunto a otro con la viveza irresponsable de una pulga de playa.  El motorista con su chica, vestida, por cierto, como Virginia Woolf, en el sidecar, le simbolizaba el amor. El teniente a caballo con uniforme alfonsino, la cara bonita (si la hay) de la guerra. La pequeña sillita con un diminuto muñeco de cartón que parecía el hermanito de Pascual Duarte, la infancia, la inocencia. El portaaviones España, en el que giraban dos avioncitos alrededor de dos ejes verticales, el mar. La tartana le llevaba al campo. El Bugatti en el que, por cierto, no murió estrangulada Isadora Duncan, la pasión por los viajes y la aventura. El taxi rojo y negro, como eran antiguamente los de Madrid, la jungla de asfalto. La cornetilla era la llamada de la música. El maravilloso autobús de dos pisos de Rico, con personajes de todo tipo silueteados en sus ventanas, la humanidad entera. Y aquel pajarito al que se le daba cuerda y saltaba como un gorrión, podía ser incluso la divinidad. Es verdad que en la ortodoxia cristiana el Espíritu Santo se encarnaba en una paloma, pero al fin y al cabo el hermano gorrión también era ave, y, al cabo, criatura de Dios. Los de pensamiento saltarín siempre tienen una imaginación muy elástica.

Los tiempos cambian, pero los módulos de pensamiento permanecen. Ya no se ciñe uno sólo a los gustos de la infancia, pero cavila mientras pasea y va repasando asuntos, personas queridas, amores y afectos, pequeños placeres, sueños posibles o imposibles, recados -el cortaúñas que debía comprar ayer- sensaciones intensas, aspiraciones, dolores, desengaños, preocupaciones, preguntas y, sobre todo, dudas. Todo se le aparece en cualquier momento de cualquier día. Y tan rápida, tan vertiginosamente, que rozan la instantaneidad.  Como la de sus estanterías  de los juguetes, que ofrecían tantos estímulos en un solo golpe de vista. Como las visiones múltiples agolpadas en los cuadros cubistas. Como los numerosos espacios ordenados y limpios que pintaba Mondrian.

Hoy, en uno de esos, gravitaba algo muy triste de índole personal. En el de al lado asomaba el sombrío panorama de nuestra querida España.  Pero en el siguiente, por fortuna, lucía la luna llena de mayo. Y el Duende tuvo que agradecer no ser coherente ni lógico, sino pulga saltarina capaz de entretenerse y olvidar con cualquier nadería.

País de idiotas con amapolas al fondo

Su corazón le pedía hablar de las amapolas. Pero tuvo la debilidad de consultar con la tía Clota y acabó endureciendo el titular...

Dimitri Pisarev (1840-1868) era un apóstol del nihilismo, y detestaba el idealismo. Cómo no iba a denigrarlo, algo que no sólo no se puede probar, sino que confunde al pueblo, tan primario. Tan bobalicón. Aún así, no lo pudo evitar. Se dice que un día de primavera que paseaba por el campo dándole vueltas a su próximo panfleto, advirtió que entre las hierbas y en los sembrados florecían las amapolas. Y se quedó fascinado porque, en ese cuadro de verde moteado de puntos rojos, una bellísima muchacha rubia y de ojos azules, sentada al borde del camino, tocaba el acordeón mientras apuraba, entre melodía y melodía, una sopa de col.

Aquel día no pudo escribir ni una sola palabra. Su sentido de la ética pugnaba entre lo que le dictaba la razón y lo que le sugería el corazón.

Qué difícil es ser consecuente con uno mismo y jerarquizar los deberes que uno se impone. Tampoco el bloguero durmió bien esta noche, pues se  mezclaban en su cabeza impresiones y obsesiones muy diferentes, y no sabía al final a cuál de ellas debería obedecer. Por una parte, volviendo del campo, también se fijó en que ya asomaban muchas amapolas por encima del pasto. Semejante desliz de romanticismo se neutralizaba por la determinación de cocinar cuanto antes unas piezas de morcillo que acababa de comprar en la carnicería del pueblo. La acordeonista rubia de Pisarev era seguramente un estímulo mucho más sublime, pero uno es el que es, y no puede ordenar sus debilidades.

Finalmente, antes de apagar la luz y tratar de dormir escuchó por la radio que  mientras a los ciudadanos se les pide que hagan un nuevo ojete en su cinturón para apretárselo un poco más y a los ayuntamientos se les exige que no gasten ni en farolillos de papel para las fiestas,  el Senado de España se había gastado 6.500 € esa misma tarde para que un cordobés que es presidente de la Generalidad de Cataluña diga en catalán lo que podría decir perfectamente en el idioma que entendemos todos los demás sin necesidad de traductor.

Las dudas no le dejaron dormir. Y, lo que es peor, como a Pisarev, también le impedían escribir y titular su artículo. Llamó a su amigo Homper para pedir su opinión.

-¿Escribo de la efímera belleza de las amapolas? ¿De la acordeonista rusa? ¿Del arte de preparar el morcillo estofado? ¿De las paradojas de nuestra exquisita democracia, tan presta a los gastos inútiles cuando se trata de agradar a los nacionalismos?…¿O de mi propia duda a la hora de titular el post de hoy?

-¡Fu! –eclamó Homper, probablemente más perplejo que  nunca por la índole de la consulta- Esto es peliagudo…Déjame que hable con la tía Clota. Ya sabes, desde su casita de Vermont, y a su avanzada edad, ella ve las cosas de otra forma.

Parece ser que habló con la tía Clota, y que ésta no dejó espacio para  la menor duda.

-Oye, que  no te andes con rodeos. Que pongas en el título País de idiotas y luego hables de lo que quieras.

Quitarse el sombrero por los que se van …

Algunos que apenas conoce uno también merecen un "chapeau" cuando se van...

Madrid era tan pequeño que nos conocíamos todosescuchaba decir el Duende a los padres de entonces.

No sabe si conocían a todos, pero sí a muchos. Iba con el suyo, que entonces aún llevaba sombrero,  y veía cómo en dos manzanas de recorrido hacía el ademán de quitárselo para saludar a varios de ellos.

-Ese es Gilerale aclaraba-, el que habla de deportes en Radio Madrid. En realidad se llama Enrique Gil de la Vega, y es nieto de Ventura de la Vega, que escribió La Verbena de la Paloma.

Gilera era muy dandy, y tomaba el vermú `por el barrio. Qué antiguo queda lo del vermú.

-¿Y éste?preguntaba el duendecillo viendo que también saludaba a un señor muy enjuto y con cara de percha.

-Ese es el doctor Oliver Pascual, que no se pierde un estreno de teatro, y hace tertulias en su casa.

Había otros tipos de los que no se conocía el nombre, pero cuya estampa era ya parte del paisaje urbano. Un hombre diminuto que vestía como  niño, con pantalón corto, por no llamar la atención, y sólo mostraba su verdadera edad en la distancia corta, una elegante dama que debía de estar algo chiflada y aún llevaba trajes largos y sombreros de la belle epoque, un marqués con polainas que oía misa con un gesto de orgullosa suficiencia, como si él fuera el dueño de la iglesia, y los demás unos colados en su fiesta, Leo Anchóriz, un actor de buen porte y nariz notoria, que vestía de los primeros blazier cruzados y con botonadura dorada que uno recuerda. Solía hacer de malo refinado. No le quedaba a uno claro quién era amigo realmente, de esos otros que genéricamente se llaman conocidos o habituales por ahí. Pero es verdad que se acababa teniendo alguna noción de mucha gente, sin duda porque también entonces se andaba más por la ciudad.

Creía el Duende que esas eran cosas de mayores. Ahora sólo cree que el mayor es él, y que más conoce el diablo por viejo que por diablo. La prueba es que en un mismo día ve en el periódico el obituario de dos personas que registró en el diario de su anodina vida. Siempre en Madrid. Ambas le dejaron una impresión imborrable. Una de ellas es el tenor Suso Mariátegui, al que sólo conoció en una cena en casa de María Antonia Valls. Jamás le escuchó cantar en directo, aunque era, según dicen, un muy buen tenor lírico y un excelente maestro de canto. Si compartió con él y con otros una sobremesa divertidísima, en la que improvisaba de modo desternillante las óperas contemporáneas sustituyendo el fraseo por gritos,  ronquidos, golpes en la puerta y otros extravagantes efectos sonoros. El Duende le daba la réplica como una soprano que imitaba a una gallina loca, y la verdad es que entra ambos quedaba una pieza de  Xenaquis o de Stockhausen bastante convincente. Imposible recordar a este artista con tristeza, `porque su único contacto con él fue una velada deliciosa.

No menos grata, aunque aún más leve, fue la huella de Meye Maier, diseñadora de moda y apasionada defensora de los jardines, según su obituario. Con ella jamás cruzó una palabra el Duende. Le hubiera gustado hacerlo aunque sólo fuera para recordarle que, por encima de sus éxitos profesionales, fue la chica por la que merecía esperar una tarde para ver que se asomaba a la ventana. Pero sólo era una ilusión inalcanzable. Vivía enfrente de la casa de sus primos, donde él acudía a merendar y a jugar, y un día la descubrió en la ventana, bellísima, con su melena rubia y su tez dorada. Ya debía de haber dejado atrás la etapa de las muñecas.

-Jo, parece una artista de cine –pensaba el Duende mientras la miraba enbobado.

Fue una de esas chicas de ayer que cantaba Antonio Vega. Algo importantísimo para cualquier soñador que se está haciendo un hombre. Y a ella, como a Suso y a otros muchos efímeros amigos o conocidos que le dejaron aunque sólo fuera una pequeña tesela en el mosaico de su personalidad, les despide uno levantándose, como hacía su padre, ese sombrero que ya no lleva nadie.

Perder para salir ganando

Como canta Sabina, qué manera de sufrir, qué manera de perder....¡Y de ganar!

Quedaba Del Nido un poco grotesco con el sombrero de botella de Tío Pepe. El hombre se justificó. Ante el Rey o el Príncipe, dice  el protocolo, todos descubiertos. El Príncipe es poco estirado, y aceptó el sombrero como el amuleto que, según el presidente del Sevilla, le trae buena suerte. La misma suerte que le faltó al Atlético de Madrid. Pero el presidente Cerezo no se puede quejar. Aunque no se consiguió el doblete, la Europa League tampoco es mala cosecha para un equipo que en enero estuvo a punto de irse al garete.

Hubiera sido un espejismo. No hay mal que por bien no venga. Con tantos años de ayuno para los atléticos, todos querían prolongar el sueño. Pero hay que reconocer que el doblete hubiera sido  un espejismo peligroso. Imagínense el cálculo de los sabios: si con  las altas de Asenjo, Tiago y Salvio y las bajas de Heitinga y de Sinama, que casi equilibran lo invertido en aquéllos, hemos conseguido un título…¿cuánto más podremos racanear ganando la Copa del Rey? Lo dicho, que una derrota a tiempo puede ser, a la larga, más beneficiosa que una victoria.

Nunca, perdiendo, ganó tanto el Atlético de Madrid. Dice Amado de la Torre, el Pepito Grillo rojiblanco, que muchos de sus vecinos, y algunos de ellos del Madrid, le llamaron al móvil tras el pitido final. ¡Oye, tío, que estamos viendo lo del Nou Camp y casi se nos saltan las lágrimas!…¡Eso no es una afición!…¡Eso es un milagro!…Se cuenta que a Plácido Domingo le han llegado a tributar ovaciones de cuarenta minutos después de algunas de sus actuaciones. Pero seamos sinceros, el Aleti de hoy, aún jugando dignamente, no dio el do de pecho como nuestro gran tenor. El Atlético, simplemente, puso el miércoles lo mejor que tiene  descubriendo, para compensar, lo mucho que aún le falta. No ganó porque, así como en Hamburgo hubo algo de suerte y, jugando peor, se metió el gol necesario, en el Nou Camp ese plus de fortuna cambió de barrio. Pese a ello, y al esfuerzo del viaje,  y pese a la pasta que en ello se habrán dejado, miles y miles de seguidores rojiblancos  permanecieron en las gradas  aclamando a los jugadores como si el Kun, Forlán y compañía fueran Julio César y sus legiones regresando a Roma tras vencer en las Galias. Hasta al recio Ujfalusi se le humedecían los ojos contemplando ese brote de fervor rojiblanco. Y el bueno de Amado, contagiado por el potencial sentimental que arrastra el Aleti de sus amores, suspiraba: ¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!

Mi patria es mi equipo. Y mi equipo es el Atlético de Madrid” Curiosa contradicción: la patria ha pasado de moda, y lo de cantar un himno y agitar banderas en su nombre es casi “políticamente incorrecto”. Pero el fútbol se ha convertido en su sustituto. Se puede entender mejor en el caso del Barça, porque juega de maravilla, gana muchos títulos y, además, bien se ha encargado su presidente de que sea “más que un club”. Pero lo asombroso es que el Atleti, con su fútbol limitado y sin más rollos identitarios que la lírica de Joaquín Sabina, atesore un depósito de ilusión capaz de hacer levitar a multitudes. La masa no filosofa, pero buena parte de ella, siente como el bueno de Amado. Que su otra patria es el Aleti , y que, pase lo que pase, siempre agitará la bandera rojiblanca.

Ojalá que no devalúen ese oro en barras que es el sentimiento atlético. Quizás suene a ironía amarga, pero no haber ganado la Copa el Rey puede ser una gran victoria. Sobre todo si los barandas del club  se convencen de que el Atlético de Madrid merece el esfuerzo de comprar lo necesario para hacer un equipo aún mejor que su fantástica afición. Lo demás sí será perder de verdad.

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Talese, José Luis Sampedro y las memorias de un vago

Siempre acaba encontrando uno un maestro que le enseña el camino. Aunque sea faltando...

Los blogueros son demasiado vagos, pero siempre hará falta un buen periodista que salga a la calle a escuchar a la gente.

No lo dice este Duende, lo dice uno que, según cuenta el suplemento cultural de EL PAÍS, es el padre del nuevo periodismo junto a Tom Wolfe. Se llama Gay Talese, ni puñetera idea de quién era. Aparece en las fotos del reportaje tan dandy retro como el propio autor de La hoguera de las vanidades, aunque menos refinado que éste, que siempre luce en las fotos vestido como si fuera un hermano del gran Gatsby. Del tal Talese, repite humildemente este vago, ni noticia hasta el domingo pasado. Un dato más de su incultura enciclopédica, y de ese prurito de los suplementos culturales en hacer monumentos a héroes desconocidos por la mayoría. Si escribieran de lo que le es familiar al resto de los mortales, perderían el discreto encanto de la progresía. Todos estos suplementos, como sus propios periódicos, cojean de algún pie. Y éste no es menos sesgado que otros. Pero uno cree haberle tomado la medida, y lo utiliza como referencia para triangular en el mapa ideológico y cartografiar la realidad. Más o menos.

Sin embargo, qué diablos, le ha molestado al Duende que un dandy con sombrero y traje de chaleco, chaleco de solapas, le llame vago. Vago y ciego, y sordo. Según él los periodistas investigan y curiosean, mientras que los blogueros vienen a ser algo así como periodistas de salón, sirenas varadas, jinetes estáticos, centinelas de nada. La verdad está en la calle, pero sólo para que tipos tan listos como Talese la observen, la atrapen con su fino instinto y nos la cuenten.

Ya lo sospechaba el Duende. Vaguea, eso es evidente. En el medio del camino de nuestra vida, que decía Dante, uno cree que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Vamos a suponer que estamos en esa mitad de la vida de escritor de pildoritas, que esto será una moda que pase, que uno se fatigará y un día imprimirá todos los posts sólo para consolarse pensando que ha escrito tanto como un escritor.

-Hasta aquí –le dijo un día José Luis Sampedro abriendo la palma de su mano a la altura de su cadera- me llegaban los folios de Octubre, octubre cuando los puse en el suelo uno encima de otro.

El Duende le miraba asombrado. Coincidía con él en la SER, donde no callaba sus discrepancias con el sistema, y donde amistaba con las denuncias de espaldas al pueblo que hacía doña María.  Aquel hombre vitalista, rebelde y simpatiquísimo, entonces herido por la muerte reciente de su primera mujer, vivía solo, en un piso alto de la calle Andrés Mellado esquina a Cea Bermúdez, y escribía a mano. Desde su ventana se veían las cumbres nevadas de Guadarrama. Una o dos veces por semana tomaba un Llorente para ir a comer con su hija, que vivía en Pozuelo. Era la vida de un escritor que amaba su segundo oficio más que la economía, de la que tanto sabe y a la que nunca se cansó de lanzar reproches. Sanpedro, qué gran tipo. A él nunca le podrán llamar vago, como le llaman ahora al que entonces le visitaba con indisimulada admiración.

Más ironía, le acusan el mismo día que sube andando a la Bola del Mundo, una de las cimas de aquella sierra que el viejo maestro aún verá desde su casa. Camino de la Barranca, camino Ortiz, Camino de la Tubería…Le acompañan Belén Agosti y Begoña Ortúzar dos aguerridas mujeres que ni resoplan cuando los senderistas pierden el camino y coronan cumbre pisando piornos y manchones de nieve. Espléndido día, grandiosas vistas, preciosa marcha.  Es la ruta completa que, dos años atrás, tantearon bajo una lluvia implacable los lectores convocados por el Duende para conocerse y, tal vez, destruir el tinglado de su farsa. A todos se les recuerda en el camino: a Adela, Bob de Ca´s Barber, Wallace, Angelus Pompaelonensis, el Candil de la Sierra, Camiseta, Julián 29, Palinuro y señora…Todos caminaron también por este blog hasta que se dieron cuenta de que el abajo firmante es un vago. Y de que, a pesar de lo apasionante de la actualidad y de la vida misma, no sabe casi nunca de qué escribir.


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