Quitarse el sombrero por los que se van …

Algunos que apenas conoce uno también merecen un "chapeau" cuando se van...

Madrid era tan pequeño que nos conocíamos todosescuchaba decir el Duende a los padres de entonces.

No sabe si conocían a todos, pero sí a muchos. Iba con el suyo, que entonces aún llevaba sombrero,  y veía cómo en dos manzanas de recorrido hacía el ademán de quitárselo para saludar a varios de ellos.

-Ese es Gilerale aclaraba-, el que habla de deportes en Radio Madrid. En realidad se llama Enrique Gil de la Vega, y es nieto de Ventura de la Vega, que escribió La Verbena de la Paloma.

Gilera era muy dandy, y tomaba el vermú `por el barrio. Qué antiguo queda lo del vermú.

-¿Y éste?preguntaba el duendecillo viendo que también saludaba a un señor muy enjuto y con cara de percha.

-Ese es el doctor Oliver Pascual, que no se pierde un estreno de teatro, y hace tertulias en su casa.

Había otros tipos de los que no se conocía el nombre, pero cuya estampa era ya parte del paisaje urbano. Un hombre diminuto que vestía como  niño, con pantalón corto, por no llamar la atención, y sólo mostraba su verdadera edad en la distancia corta, una elegante dama que debía de estar algo chiflada y aún llevaba trajes largos y sombreros de la belle epoque, un marqués con polainas que oía misa con un gesto de orgullosa suficiencia, como si él fuera el dueño de la iglesia, y los demás unos colados en su fiesta, Leo Anchóriz, un actor de buen porte y nariz notoria, que vestía de los primeros blazier cruzados y con botonadura dorada que uno recuerda. Solía hacer de malo refinado. No le quedaba a uno claro quién era amigo realmente, de esos otros que genéricamente se llaman conocidos o habituales por ahí. Pero es verdad que se acababa teniendo alguna noción de mucha gente, sin duda porque también entonces se andaba más por la ciudad.

Creía el Duende que esas eran cosas de mayores. Ahora sólo cree que el mayor es él, y que más conoce el diablo por viejo que por diablo. La prueba es que en un mismo día ve en el periódico el obituario de dos personas que registró en el diario de su anodina vida. Siempre en Madrid. Ambas le dejaron una impresión imborrable. Una de ellas es el tenor Suso Mariátegui, al que sólo conoció en una cena en casa de María Antonia Valls. Jamás le escuchó cantar en directo, aunque era, según dicen, un muy buen tenor lírico y un excelente maestro de canto. Si compartió con él y con otros una sobremesa divertidísima, en la que improvisaba de modo desternillante las óperas contemporáneas sustituyendo el fraseo por gritos,  ronquidos, golpes en la puerta y otros extravagantes efectos sonoros. El Duende le daba la réplica como una soprano que imitaba a una gallina loca, y la verdad es que entra ambos quedaba una pieza de  Xenaquis o de Stockhausen bastante convincente. Imposible recordar a este artista con tristeza, `porque su único contacto con él fue una velada deliciosa.

No menos grata, aunque aún más leve, fue la huella de Meye Maier, diseñadora de moda y apasionada defensora de los jardines, según su obituario. Con ella jamás cruzó una palabra el Duende. Le hubiera gustado hacerlo aunque sólo fuera para recordarle que, por encima de sus éxitos profesionales, fue la chica por la que merecía esperar una tarde para ver que se asomaba a la ventana. Pero sólo era una ilusión inalcanzable. Vivía enfrente de la casa de sus primos, donde él acudía a merendar y a jugar, y un día la descubrió en la ventana, bellísima, con su melena rubia y su tez dorada. Ya debía de haber dejado atrás la etapa de las muñecas.

-Jo, parece una artista de cine –pensaba el Duende mientras la miraba enbobado.

Fue una de esas chicas de ayer que cantaba Antonio Vega. Algo importantísimo para cualquier soñador que se está haciendo un hombre. Y a ella, como a Suso y a otros muchos efímeros amigos o conocidos que le dejaron aunque sólo fuera una pequeña tesela en el mosaico de su personalidad, les despide uno levantándose, como hacía su padre, ese sombrero que ya no lleva nadie.

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10 Responses to “Quitarse el sombrero por los que se van …”


  1. 1 maribel mayo 24, 2010 en 6:36 am

    La verdad esque con los años te das cuenta de que todo es igual o parecido casi siempre……saludos

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  2. 2 joselepapos mayo 24, 2010 en 1:12 pm

    … sombrero que ya no lleva nadie”. Salvo el inefable José María del “niu” que lo utilizó como eficaz amuleto para llevarse la Copa del Rey a costa de tu querido Aleti.

    En cuanto a lo de “un muy buen tenor…” (No lo conocí, me refiero a la sintaxis). Me gustaría saber si es correcta o es que se está generalizando (como tantas otras) y no nos damos cuenta y por tanto, es otra batalla perdida.

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  3. 3 José Ramón mayo 24, 2010 en 4:53 pm

    Me ha parecido un texto emocionante, Duende, y no tengo nada que decir, salvo “plas, plas, plas, plas”.

    Joselepapos: A la expresión “un muy buen tenor” no le veo nada malo. (Claro, que yo no soy nadie). Creo que no tendremos dudas en que la expresión “un buen tenor” es correcta (artículo, adjetivo calificativo y sustantivo -en mis tiempos nombre común-). Y el adverbio “muy”, como todos, se aplica a adjetivos, verbos y otros adverbios. En castellano, a diferencia del inglés, es más natural poner el adjetivo calificativo después del nombre: un tenor bueno, y, por lo tanto, seguramente te parecerá más correcta la construcción “un tenor muy bueno” que “un muy buen tenor”, pero yo creo que ambas son correctas, como es tan correcto “un buen tenor” como “un tenor bueno”. Pero, vamos, es una opinión sin más. Que yo no soy de letras y esto lo digo a ojo (o a oído).

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    • 4 Angelus Gramaticus mayo 25, 2010 en 12:03 am

      Exacto, José Ramón. Pero es que, además, al cambiar el orden en el sintagma adjetivo-sustantivo, cambia el sentido del adjetivo. Al ponerlo delante, realza la cualidad de ser muy bueno. Al ponerlo detrás, adquiere un sentido “especificativo”, pues distingue al buen tenor de los que no lo son tanto.

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  4. 5 Zoupon mayo 24, 2010 en 5:27 pm

    Raro es el día en que la entrada de tu blog no me deja un rato pensando, y hoy también emocionado, como José-Ramón. ¡Qué bien escribes, condenao!

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  5. 6 El Duende de la Radio mayo 24, 2010 en 6:26 pm

    Le verdad es que desde que el cráneo se me tonsuró solito, y siento en la cúpula de mi pensamienro tanto el picor del sol como las gotas de lluvia, echo de menos el saber llevar un sombrero.O, como mínimo, un solideo papal o una kipa judía, que es lo que realmente me quedaría bien. El sombrero convencional unas veces me aprieta, otras, me lo lleva el viento, no se qué hacer con él cuando entro a cubierto y, por falta de costumbre, lo acabo perdiendo. Además, me acaba moldeando lo que me queda de pelo como si fuera un flan de arroz.Hasta el punto de que a veces envidio a los rematadamente calvos como Del Nido por lo fácil que tienen encajarlo en su testa. Si yo fuera un calvo-calvo no podría prescindir de esta prenda.

    En cuanto a lo de “muy buen tenor”…no tengo tiempo ahora para revisar la Sintaxis, pero le doy vueltas y aún así creo que don Celestino y don Augusto Barinaga, dos de mis maestros de literatura más puntillosos, no me tacharían la expresión.

    Aunque aceptaré humildemente otro tirón de orejas debidamente argumentado. Ánimo, Joselepapos, que me encanta tu regreso.

    Pero eso no le

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    • 7 Angelus P. mayo 25, 2010 en 12:17 am

      Solideo cardenalicio y a la Curia, Duende. O, al menos, teja, bonete y ¡nunca mejor dicho! ¡Habemus Papam! Pater Bonetus Secundus, Primus in Ecclesia. ¡Amen!

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  6. 8 ximena mayo 25, 2010 en 7:44 am

    Desconocia el blog que me ha encantado. se lo mando a maier inmediatamente, que le gustará aun mas. un abrazo enorme ximena

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  7. 9 Pemberton mayo 25, 2010 en 10:39 pm

    Coincido con el el Duende en todo y me acuerdo de casi todo lo que cuenta y a de la mayoria de los que nombra incluido Leo Anchoriz que tenia su cuartel general en el bar La Rosa y a mi me impresionaba por sus chalecos de cuello alto.
    Una aclaracion el señor bajito con ropa de niño se llamaba Don Marcelino.
    A mi tambien Meye Maier me parecia como bajada del cielo, ademas de guapa era una artista en todo lo se proponia hacer .

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  8. 10 El Duende de la Radio mayo 26, 2010 en 3:48 pm

    ¿Don Marcelino?…Qué alivio, Pemberton.

    Uno de los absurdos que he recordado otras veces en este mismo blog es el de la cantidad de caras conocidas que vemos a lo largo de una vida, incluso sólo dentro de una empresa o un ministerio, sin tan siquiera conocer su nombre. Había en el barrio otro tipo característico que aún sobrevive, con aspecto de galán antiguo, pelín recortado, de pelo gris muy tupido y nariz afilada,siempre erguido cuando paseaba con su fox-terrier. Alguien me dijo que era un decorador de casas de postín.

    Hace dos o tres años, no pude aguantarme más. Le paré, me presente, le dije que llevaba toda una vida cruzándome con él y que me parecía absurdo no conocer ni su nombre. Me dijo que se llamaba algo así como Daniel Paravicini, confirmó que era decorador, se quejó de que le echaban de su casa porque iban a rehabilitar el magnífico edificio de renta antigua y no le llamó la atención que hubiera despertado mi curiosidad. Vamos, que pensaba que no valía la pena detenerse a saber nada de los demás.

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