Abuelas que nunca mueren

Ortigosa de Cameros, tan unido al recuerdo de esta abuela insigne, bajo una nevada de las suyas...(Agradezco al autor la cesión temporal de la instantánea)

Según algún sesudo estudio de alguna universidad importante de algún país del mundo –hoy las fuentes de sabiduría manan de cualquier parte- el ser humano necesita abuelas para ser, precisamente, más humano.

Lo presentía uno mientras escuchaba el elogio fúnebre de Ricardo a su abuela. Ricardo, casado con Bea, padre de tres criaturas, gran deportista, fenomenal esquiador y hombre abonado a la sonrisa permanente, aligeraba la pesadumbre del momento con los entrañables aromas del recuerdo. Requiem eterna dona eis, Domine, pero muchas gracias, abuela, por habernos descubierto el mar, el bosque por donde nos llevabas de paseo y el exquisito sabor de las mermeladas caseras. Una abuela que hace mermelada de mora –no hay mejor perfume natural para una casa de campo- siempre será otra cosa.

La heroína de esta sencilla novela se reproduce en millones de familias. Sobre todo en España, país donde el abuelazgo ha tenido siempre una jerarquía  y un peso singular en la formación del individuo. Abuelas que cuentan cuentos, abuelos que se disfrazan de payasos, abuelas de cuchara, abuelos que se entienden con los pájaros y las mariposas, abuelas que tocan el piano, abuelos que hacen juegos de manos, abuelas que siluetean los recortables como nadie, abuelos y abuelas que salen de paveros por el parque y que inician a los nietos en el arte columpiarse con el propio impulso. Y abuelos que saben morirse en el momento oportuno. Todo hay que sabérselo agradecer.

La de Ricardo tenía uno de los nombres más originales en el nomenclátor de las abuelas. Se llamana Jenara, pero en Ortigosa de Cameros la conocían como Jenarita. Antes que abuela había sido esposa enamorada y madre. Todos los aniversarios de boda Jenarita sacaba su traje de novia del baúl de los recuerdos y, como una criatura de García Marquez se lo volvía a poner para la celebración. Cultivó la tradición hasta que el amor de tantos años le reventaba por las costuras. Pero lo que ya no cabía en el traje de novia se negaba a acatar otras dictaduras de la edad. Gran deportista, jugó al tenis hasta cerca de los noventa, y al golf después de pasar este fielato. Nunca dejó de nadar en la playa de Fuenterrabía, como tampoco nunca abandonó esa vida paralela que abre la música a quien, además del cuerpo, sabe cultivar el espíritu. Jenarita tocaba el piano y cantaba en un coro. Murió a falta de dos años para cumplir el siglo, quizás un tiempo demasiado corto para un fuelle tan poderoso. Cuando este duende daba con ella por la calle, ella siempre sonreía, y aprovechaban los dos  para hablar de música.

Viene a cuento su recuerdo porque las abuelas así siembran con efectos multiplicadores. Su pasión por la naturaleza, el deporte y la música se transmitió a través de sus hijos, y gracias a éstos este duende, por ejemplo, apareció por Ortigosa de Cameros, bellísimo pueblo donde el marido de Jenarita tenía una casa de noble trazo y añoso maderamen. En ella se hospedó el que escribe,  por aquellos montes y bosques paseó con la estirpe de la  vieja dama, y no hay duda de que parte de la Rioja que uno lleva dentro –incluido el Contino que habrá trasegado- fue culpa de ella. Los sublimes pucheros de caparrones de Villoslada de Cameros, se deben a un tal Chuchi, que era el dueño del restaurante. Pero…¿hubiera uno parado ahí de no ser guiado por los hijos de Jenarita?…

La muerte de cualquiera nos disminuye a todos, decía el poeta John Donne. Nadie es una isla, somos parte del mundo y, en mayor o menor grado, recibimos la influencia de los que por él pasan. Las campanas que doblan por esta abuela deberían doblar también por todos nosotros. Pero esta vez  tiraban a repicar, porque Jenarita vivió lo suyo  y su espíritu vitalista late en tres generaciones. Tampoco hay que llorar por no volverla a ver. En el paisaje sentimental que todos llevamos dentro, los ausentes que nos enseñaron a vivir siguen sonriendo como si no hubiera pasado nada.

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10 Responses to “Abuelas que nunca mueren”


  1. 1 Adela junio 6, 2010 en 11:10 pm

    Justo!, siguen sonriendo como sino pasara nada.
    Gracias abuela por enseñarme a vivir a pesar de lo que digan, a saber porque no comprabas nunca pan moreno, por guardarme todas las muñecas llenas de polvo en aquella habitación que me daba algo de miedo, la verdad, por dejarme jugar a las tiendas con arroz de verdad, conozco mi propia história y mi libertad gracias a ti también yo soy parte de la tuya,así te di la mano hasta el final.

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  2. 2 Úrsux junio 7, 2010 en 9:01 am

    No quiero hacer nigún comentario sino agradecerte este relato que, aunque sitúa en el tiempo y en el espacio a esta abuela, es un homenaje a esos seres tan importantes sin los que no seríamos quienes somos.

    Gracias Duende.

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  3. 3 Trini junio 7, 2010 en 11:12 am

    El que no conoce abuela, no conoce cosa buena

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  4. 4 DOLOROSA junio 7, 2010 en 11:44 am

    Me ha conmovido tu relato y me ha hecho recordar a mi querida abuela Herminia, la que siempre reía por cualquier cosa y a la que la vida dio muchos sinsabores. Perdió seis hijos y vivieron cuatro, entre ellos, mi madre.
    Precisamente, no hace muchos días, le comentaba a alguien muy querido, que mi abuela Herminia me contaba unos cuentos preciosos que se inventaba, cada una de aquellas tardes, calurosas o lluviosas, cuando venía a casa.
    Y a veces pienso, que si esta necesidad mía de escribir desde muy pequeña, tendrá que ver con aquellos cuentos. Ella no los escribía, sólo los narraba y es una pena porque quizás hubiera sido una gran escritora de historias infantiles.

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  5. 5 Zoupon junio 7, 2010 en 5:13 pm

    De los cuatro abuelos que cada persona tiene, yo sólo conocí a mi abuela materna. Pero por suerte pasé mucho tiempo con ella, porque mis padres trabajaban ambos fuera de casa. Falleció hace ya veinte años pero en mis sueños sale con mucha frecuencia, y guardo el mejor recuerdo de ella.

    Pero amén del sentimiento de cariño y gratitud que generalmente se tiene a los abuelos, sobre todo a las abuelas, es que en plena crisis constituyen la red de seguridad de muchas familias. Cuántos abuelos con sus magras pensiones han acogido en su casa a hijos, yernos, nueras y nietos que ya no tienen medios para vivir de manera independiente. Y les dan de comer y cenar caliente todos los días. Son la columna vertebral del cuerpo social.

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  6. 6 MARIBEL junio 7, 2010 en 9:55 pm

    no sabeis que envidia me dais todos los que habeis disfrutado a vuestras abuelas….yo casi no las recuerdo una se me murio cuando yo tenia 3 años y la otra a los 5..la verdad no las recuerdo mucho pero siempre me han dado mucha envidia los que tenian y disfrutaban a sus abuelas-os….

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  7. 7 luna junio 8, 2010 en 11:05 am

    Yo también quiero hacerle un homenaje a mi abuela materna, Manola , que fué como una madre , un padre , tía .. en fín todo, para mí y todos mis hermanos. Pero lo que más le agradezco es que tuviera una finca en Murcia llena de naranjos , limoneros , nogales , plantaciones de pimientos que abríamos al sol para que se secaran, donde nos subíamos a los árboles y comíamos habas y guisantes cogidos de la mata… ;cuanto más pasa el tiempo me doy cuenta de la maravilla que es haber estado en contacto con la naturaleza cuando éramos pequeños, y si además lo unes con el amor de una persona como mi abuela , tan generosa y cariñosa , que ya sólo por esto ha merecido la pena vivir.

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  8. 8 Charivari junio 8, 2010 en 11:25 am

    Vivamos y transmitamos para ser ausentes dignos de recordar con una sonrisa.

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  9. 9 Francisca junio 8, 2010 en 5:58 pm

    Mi recuerdo es mi abuelo paterno,gracias al cual mantengo dos aficiones que él me inculco. Los toros y el cine. Me empezó a llevar a los toros a los 3 años, y me decia que al toro lo curaban y lo sacaban al dia siguiente, Por supuesto me lo creia.
    En el cine nos tragabamos 2 peliculas de sesion continua, y al final me llevaba siempre a tomar algo al cafe(sesion de 4 a7) y me explicaba lo que no habia entendido a su manera, de ahi me quedó intacta la ilusion por el cine para siempre.

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  10. 10 Ángela junio 8, 2010 en 6:34 pm

    Seguro que Ricardo y Elena y también Carmen, están echando mucho de menos a su abuela, y con ellos y este post del Duende, todos nos estamos acordando tanto de las nuestras, imprescindibles todas ellas para nosotros.
    Como a Zoupon, mis abuelas salen con muchas frecuencia en mis sueños, pero también en mis días. En esa mirada tan especial de la gente mayor, en sus movimientos cautos, en su forma de hablar, en sus expresiones… reconozco y recuerdo casi a diario a mis abuelas que ya no están.
    A ellos, el abrazo más fuerte y al Duende, las gracias por traérnoslas de nuevo, esta tarde lluviosa.

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