El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

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Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

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-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

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La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

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Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

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El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

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8 Responses to “El fenómeno de la Feria del Libro”


  1. 1 El Duende de la Radio junio 9, 2010 en 7:02 pm

    ESCRIBIR ES DUDAR.

    Apenas subido este post advierto que la palabra “rasgahojas” me canta. Con razón: entro en el diccionario y compruebo que no existe.

    Es una de esas voces familiares que, por haberlas escuchado en la casa donde uno se crió, cree equivocadamente que son universales.

    Probablemente la palabra adecuada es”abrecartas”, instrumento que tanto sirve para rasgar los sobres de las cartas como aquellos cuadernillos “intonsos” tan comunes en las ediciones antiguas.

    Doy fe de mi error, pero no lo corrijo ahora porque este post me ha dado mucho trabajo y estoy cansado. Gracias.

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  2. 2 José Ramón junio 9, 2010 en 11:00 pm

    Pues yo creo que la palabra “rasgahojas” no es necesario que la refleje el diccionario para que exista o, mejor dicho, para que alguien la pueda hacer existir. Es una palabra compuesta de dos que existen, y la unión de ambas se entiende perfectamente.
    Muchas palabras compuestas sí aparecen en el diccionario, porque son notorias e incluso conspicuas (toma ya); pero eso no significa (a mi juicio) que cualquier hablante (o escribiente) deba renunciar a la potestad de componer las que le parezcan oportunas.
    Si se puede decir “montacargas”, “sacamantecas”, “aguafiestas” y “destripaterrones” yo creo que también se puede decir “jodefotos”, “tocanarices”, “enroscabombillas” y “guardalápices”. ¿O no?

    Yo he visto libros intonsos “a posteriori”, como objetos ya antiguos y nostálgicos, pero no los he disfrutado en su momento. Lo que sí he tenido de niño han sido tebeos intonsos (creo recordar que los de “Hazañas Bélicas”), y también eran intonsos los programas de los libros de texto del colegio (esos cuadernillos pequeños que traían el índice desarrollado). A ver si alguien se acuerda, porque estas cosas surgen de repente como un fogonazo y ya no sé si fueron así o qué.

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  3. 3 El Duende de la Radio junio 10, 2010 en 7:20 am

    CORREGIR LO ESCRITO TAMBIÉN ES VOLVER A DUDAR.

    Abradezco el “nihil obstat” de José Ramón, siempre a cualquier quite que roce lo cultural. Pero por ser fiel al diccionario he sustituído finalmente “rasgahojas” por “abrecartas”, y caigo en la cuenta de que aquéllo de cortar las páginas por el pliegue del cuadernillo tampoco es exactamente rasgar las hojas de un libro.

    Más propiamente, el instrumento debería de ser “cortapapeles”, que sí aparece en mi diccionario definido, también, como “plegadera”. En la voz “plegadera” el diccionario dice:”instrumento de forma semejante a un cuchillo, para plegar y cortar papel”. Eso sí cuadra, francamente.

    La cuestión es: ¿alguien de los cultos lectores ha tenido conciencia de manejar alguna vez una “plegadera”? Todos deberíamos tener un Lázaro Carreter a mano…

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  4. 4 Dora junio 10, 2010 en 8:02 am

    Cuento genial en la forma y en el fondo. Duende que bien escribes y cuánto dice entre líneas.

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  5. 5 Zoupon junio 10, 2010 en 10:29 am

    Genial y delicioso fresco del panorama editorial actual. Sólo se echa de menos en la trama del libro algún miembro de la Orden del Temple que clandestinamente, como todo el mundo sabe, ha sobrevivido hasta nuestros días. Me recuerda que José Manuel Lara, el fallecido fundador de Planeta, reconocía no saber cuándo estaba ante un libro bueno, pero que sabía al instante cuándo tenía en sus manos un libro vendible.

    Por cierto, sin querer acabas de inventar el verbo “abradecer”, que lógicamente significa agradecer mediante un abrazo. Podría figurar en aquel diccionario personal que tenía el admirado José Luis Coll.

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  6. 6 Pedrito junio 10, 2010 en 10:30 am

    Ocurrente, malicioso, entretenido y cargado de moraleja
    tu cuento del dia es una delicia … Una más, es cierto, pero “cum laude” !
    ¡ Gracias por tu tiempo y por la generosidad de tu arte !

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  7. 7 bachi junio 10, 2010 en 12:04 pm

    Todo el que encuaderne por afición o profesión usa ” plegaderas”.Yo no encuaderno,pero es un material indispensable.Yo personalmente las uso cuando restauro y tengo que hacer trabajos de taraceas.Hoy en día venden unas comdísimas que no rayan la madera y es muy cómodo para fijar bien la madera sobre la cola de conejo.Y efectivamente se llaman “plegaderas”

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  8. 8 Charivari junio 11, 2010 en 12:49 pm

    Efectivamente, guardo una plegadera de hueso preciosa de mis tiempos en la escuela de encuadernación, allá en la calle Libertad. De filo romo, rasgan el papel con delicadeza además de ayudar a marcar los dobleces de éste: de plegar… plegadera.
    El relato, casi sublime, muy bonito.

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