Archivos para 31 julio 2010

Langostinos canallas…

No se puede pensar tanto en el éxito, porque a veces los langostinos se te escurren de las manos...

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Guillermo Prior, resultado natural de su apellido, era el primero en casi todo.

-Porque uno es lo que mama –sostenía con seguridad palmaria, como si fuera a enunciar la ley de la gravitación de Newton– Lo que mama, lo que aprende y lo que luego  sabe poner en la práctica.

Cada mañana, cuando se desayunaba sus huevos revueltos, su zumo de kiwi y sus tostadas de pan integral con mermelada de naranja amarga, tenía la costumbre de repasar los apotegmas que explicaban su trayectoria triunfal. No rendirse nunca, no arrepentirse de nada, el que compra gana, el que vende pierde. Esto último era  la “summa lógica” de uno de sus maestros de pensamiento, Ramón Areces, tantas veces citado en la escuela de negocios donde se doctoró.

-Ser empresario es un sacerdocio-le gustaba decir en cuanto le daban la menor oportunidad

A este andamiaje ideológico le añadió después la divisa “trabajo, trabajo y trabajo”, aportación de José Pérez García, que nació pobre y paleto en un pueblín de panllevar de la provincia de Salamanca y sin embargo llegó a levantar un imperio con la manteca de cerdo. Ahora José Pérez García era el rey de la manteca, presidente del CEG (Círculo de Empresarios Guay), patrono de todas las instituciones y corporaciones culturales y benéficas por donde aparecía la Reina y, `por añadidura, presidente de la Fundación para la Salvación de la Rana de San Antonio. Al final, tanto para el maestro Pérez como para el brillante ejecutivo Prior  todo se traducía en lo más fácil de imaginar:, dinero, reconocimiento social, éxito, y una autoestima sólo dos centímetros menos alta que la punta de la cúpula de San Pedro.

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Una vez cada seis meses Guillermo Prior invitaba a comer a Jockey a su hermano Gerardo, funcionario del ministerio de Fomento, nivel 23. Gerardo era un entrañable mindundi que admiraba la facilidad de su hermano para desenvolverse en la vida.

-Ya lo decía mamá: más vale caer en gracia que ser gracioso.

-¡Mmm! –matizó Guillermo mientras atacaba  la quinta ostra de su plato- Mamá era una buena mujer, pero un poco simple. La clave es conocerse, estudiarse, programarse. Y sobre todo, tomar en cada caso la decisión oportuna. ¡Ah!, y no hacer nunca nada de lo que te puedas arrepentir ni arrepentirte luego de lo que puedes haber hecho.

Gerardo se fue tan contento con el estómago lleno y la lección de su hermano el importante bien asimilada. Tenía que preparar su roulotte para marcharse de veraneo con su mujer y sus tres niñas a un camping de Levante.

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Verano. Como muchos altos ejecutivos  y empresarios, Guillermo Prior andaba ya por la tercera esposa. Lo cual no le impedía seguir ejercitando sus dotes de seductor. Todo lo procesaba con la naturalidad del sabio, del buen gestor, del que no falla nunca. Tampoco iba a fracasar con Antonia, aquella inteligente abogada de Ferrara que los de Montecattini habían enviado para que estudiaran conjuntamente durante el ferragosto los últimos flecos de una fusión que podría hacerle definitivamente multimillonario. La familia esperaba en Mallorca. Él, claro, se debía a su trabajo.

-No puedo más de sandwiches –le dijo a Antonia la tarde del sábado, después de diez horas de trabajo conjunto-¿Y si me dejas que te prepare un arroz con langostinos en casa?…

Dejaron los papeles sin recoger sobre la mesa de su despacho y se despidieron. Ella se pasó por su hotel para ducharse y cambiarse.

-Ponte guapa –le había avisado él –Nunca se sabe lo que puede salir de una fusión, je, je…

Guillermo corrió a su casa, se dio un chapuzón en la piscina,  se aplicó el desodorante y las colonias oportunas, se peinó negligentemente ante el espejo, se puso su pantalón blanco y su camisa de Ralph Laurent a medio abotonar, mostrando ostentosamente sus pectorales convenientemente depilados  y corrió a  la barra de su bar para preparar en la coctelera dos dry martín. Después ordenó ante los fuegos de su cocina los elementos necesarios para aquella cena improvisada que, como era de esperar en un gestor de su categoría estaban perfectamente planificados: el sofrito, el caldo de pescado, el arroz bomba y una fuente de langostinos de Sanlúcar de Barrameda que, vaya por Dios, aólo necesitaban ser pelados.

-Empezaré ahora para que, cuando ella llegue, me sorprenda aún en faena-pensó- Eso le dará muy buena imagen de mí. Un hombre de mis características debe saber estar a las fusiones multimillonarias y a los langostinos, caramba. Todo es cuestión de método.

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Y empezó a pelar los langostinos. Vaya –pensó después de forcejear con el primero- no es tan fácil. Avanzaba el reloj y esa faena que él en el aperitivo sobre la cubierta de su yate hacía a toda velocidad  le parecía ahora imposible, como a cualquier pardillo en el manejo de los mariscos. Guillermo Prior empezaba  a pasarlo mal. Algo no transcurría según sus cálculos. Imaginaba que el hielo picado de la coctelera se estaba fundiendo, y que llegaría Antonia y no podría tener las manos libres para dedicarse a ella. Un desastre, por lo indispensables que le resultaban para servirle el dry martín y el resto del ceremonial del coqueteo.

-No puede ser, no puede ser-se desesperaba- Quién me mandaría a mí…¡Putos langostinos!….

Eran las nueve cuando sonó el timbre y sobre la encimera de la cocina sólo había cuatro langostinos pelados y doce más si pelar. Cuando abrió la puerta, le bella Antonia, de minifalda y con una blusa ceñida  que mostraba un impresionante panorama pectoral, sólo pudo ver la imagen de un hombre hundido, sudoroso y descompuesto. Frente a aquella italiana arrebatadora Guillermo  Prior constató que desgraciadamente había conocido el primer fracaso de su vida, la primera ocasión perdida, aquello que nadie de las tertulias  del Círculo de Empresarios Guay le perdonaría nunca.

-Perdóname –le dijo a la bella abogada sin atreverse a darle su mano pringada de esencia de marisco- Perdona mi deplorable aspecto Un triunfador infalible como yo debería haber caído en la cuenta de que no se pueden pelar langostinos después de haberse cortado las uñas…

Pescando en aquel largo y no cálido verano…

Siempre acaban volviendo a la memoria aquellos veranos en Somo, frente al islote de Mouro con su faro, y aquellos paseos por la playa buscando las bolas de cristal quearrojaba el mar...

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Era el verano tan largo que apenas importaban los días de lluvia. Si no te bañas hoy, te bañarás mañana. Verano en el norte, en lo que ahora es administrativamente Cantabria,  en un caserío aldeano no demasiado gracioso, pero con un huerto de perales y manzanos que abastecía de postres caseros toda la temporada.

Desde entonces el Duende mira con prevención las manzanas asadas, las peras al vino, las jaleas  y las compotas. Le encantan los postres dulces, pero aquellos llegaron a aburrirle.

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En el huerto había una pequeña cabaña, donde, por cierto, el Duende y sus amigos fumaron furtivamente sus primeros pitillos, de marca Peninsulares. Se tragó el humo, lo pasó fatal tosiendo y en aquel mismo momento se dijo que  nunca más, que si para hacer de aquello un placer tenía que sufrir un mal rato como ese, es que no valía la pena  ser mayor y fumar como los gangsters de las películas.

Y nunca más volvió a fumar.

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Un día al Duende le regalaron un conejito. El Duende lo apacentaba por el día en el  herbazal del huerto, y por la noche lo guardaba en la cabaña. Un veinticinco de julio el pobre conejo amaneció muerto. Un gato asesino había penetrado por el único diminuto ventanuco de la cabaña y había consumado su fechoría. Desde entonces, todos los veinticinco de julio, aniversario de aquel disgusto, además de recordar a su amigo Santiago, que a su título de marqués de Betanzos ha añadido ahora el de Duque del Implantado –le han implantado un cacharrito en el oído que ha resuelto sus problemas de audición- el Duende dedica un poético suspiro al inocente conejo que tanto quería.

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No era el bloguero consciente del privilegio de veranear tres meses lejos de Madrid. Salir de casa y no ver asfalto ni coches. Cruzar la carretera, echarse andar y encontrarse, frente por frente, con una playa larga y profunda de fina arena y un mar que inspiraba miedo y respeto. Un mar bravo, rebelde infatigable, que anunciaba su indómito poder de azules y de espumas con un aroma de yodo y sal que esparcía la brisa y llenaba el alma de gozo.

Aún no intuía que así es, probablemente, el perfume de la libertad.

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Primer tesoro, tener todo el tiempo del mundo. Segundo tesoro, una playa que se estira varios kilómetros desde el Puntal hasta Loredo. Tercer tesoro, un mar tan bello como poco de fiar, como lo demostraba el pecio de un barco hundido que aún  se atrevía a asomar entre las olas.

Más tesoros: los que dejaban éstas en la arena. Madreperlas, caracolas, fósiles de erizo, objetos raros que venían de los buques y que los chiquillos de entonces buscábamos afanosamente. Y entre ellos, los que más le fascinaban al Duende: esas bolas de cristal que servían de flotadores a las redes de pesca y que parecían contener dentro todo y a la vez nada.

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No sabe por qué, quizás porque acababa de ver Recuerda, de Hitchcock, cuando se puso a escribir estas líneas, y su historia subraya el peso de las experiencias infantiles en la formación de la personalidad. No sabe por qué.  Pero repetía el título de la película y de repente sólo recordaba esas bolas que no contenían nada y  a la vez lo contenían todo, que estaban vacías y que la nostalgia llenaba del recuerdo de lo que entonces significaban. Llenas de verano, de playa infinita, de amigos, de chocolatadas,  de conejitos entrañables vilmente asesinados, de romerías, de pescar panchitos en el muelle, mejillones en las rocas y navajas en la bahía. De miradas furtivas a las primeras bañistas- generalmente francesas- que lucían el dos piezas. Llenas de gozos y aventura. No es que la vida fuera entonces más maravillosa que ahora. Lo único maravilloso es la irresponsabilidad de la niñez.

Se metía en la cama el Duende y echaba cuentas de lo largo, aunque no precisamente cálido, que era aquel verano norteño de 1954. Salvo las sábanas y las galletas, que siempre estaban húmedas, y el penoso asesinato del conejo, todo sugería felicidad.

Sensación refrescante que hoy sale a flote gracias a unas bolas vacías que entonces  sujetaban las redes de pesca.  Y que, sin que Freud explique la razón, han vuelto a repescar hoy en el viejo caladero de la memoria.

Homper visita a sus primas

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Homper también se quedó perplejo cuando descubrió que sus primas  mayores, registradas en su memoria infantil con melenita y curvas de artistas de cine de la época, no iban a permanecer  así de por vida. Las primas cumplen años, llegan a ancianitas, y sufren alifafes propios de su edad. Además, a la que no vive postrada en el sofá o en la silla de ruedas se le va la olla de cuando en cuando. Tempus fugit.

Esto último no es grave, también le sucede ya a él mismo, veintidós año más joven que la menos joven de ellas. En el caso de la prima Tere lo es quizás aún menos, pues, profesora de instituto jubilada, fue siempre machacona y repetitiva. Por darle marcha a una de esas visitas que los fines de semana veraniegos se hacen más necesarias, sacó a colación Homper que se había encontrado por la calle a Enrique Maderuela, un sobrino que  dejó de ver de bebé y  al que reencontró por la calle  hace una semana convertido en un elegante ejecutivo de banca. Enrique Maderuela es un hijo de Julita, otra prima lejana con la que, sin embargo, las primas hermanas mantenían mucho trato.

-¿Sabéis algo de la prima Julita? –preguntó a Homper a sus primas las ancianitas.

La prima Mary, acurrucada en el sofá como una gatita delicada, asintió con la cabeza. La prima Tere, más vigorosa y vehemente, abrió su amplia sonrisa y ratificó lo que su hermana, muy débil, no atinaba a decir de viva voz.

-¡Siiii!….Está muy bien.

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Todos deberíamos estudiar un tratado de conversación con ancianos. O por falta de fuerzas, caso de  una prima, o por dificultad para fijar el tema y avanzar en él, caso de la otra, Homper se vio a menudo empantanado en marasmos de silencios o de respuestas absurdas que le acababan generando muy mala conciencia. Imagínense el cuadro, tarde de sábado de verano en la gran ciudad, calles desiertas, mucho calor. Una habitación penumbrosa decorada con algún mueble decimonónico, silloncitos y sofá, cuadros de naturalezas muertas, paisajitos y retratos de antepasados. Sobre la mesa baja, un ABC, una jarra de agua con medidas de volumen marcadas y un vaso al lado. Silencio.

-¡Fíjate! –decía la prima Tere rompiendo el silencio- El médico me ha dicho que tengo que beber cinco vasos al día. Y no se cómo, porque yo bebo muy poco, ¿sabes?

Los cinco vasos de agua dieron para alegrar diez minutos de visita. Homper teorizó sobre lo que esta manía de que bebamos a toda costa ha influido en el aspecto de los transeúntes en general y de los turistas en particular. Ahora el turista no sólo debe llevar mochila y cámara de fotos, sino también una botella de agua en la mano.

-Cinco vasos de agua –insistía la prima Tere ante el silencio resignado y pasota de su hermana Mary- Cinco vasos de agua….

Por delante de las cortinas de la ventana, casi completamente corridas para detener el lamparazo del sol, había una mesita auxiliar con un televisor apagado. A las primas ancianitas no les interesaba nada ni el Tour de Francia ni la etapa contrarreloj de Contador. Antes veían alguna película de esas de media tarde con actrices como Deborah Kerr, Vivien Leigh y Katharine Hepburn, que les gustaban mucho, o con galanes como Gary Cooper, Cary Grant y Clark Gable, que les gustaban aún más. Ahora ni siquiera eso.

De vez en cuando un leve golpe de aire movía las cortinas. No alivió mucho la sensación de espesura de la habitación, pero  entretuvo el silencio que envolvía la visita a aquellas primas que Homper conoció jóvenes y que ya no lo son tanto.

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Las campanas de una iglesia le recordaron a Homper que, como todo es relativo, él era el joven de la reunión, y su deber era esforzarse en la conversación. Pensaba que así al menos las primas ancianas se sentirrían más animadas, y apreciarían la diferencia entre el tiempo de soledad compartida y el tiempo de visita. Para Homper éste empezaba  a pesar como una grave responsabilidad. Creía que si no era capaz de que la prima Tere, normalmente muy locuaz, pegara  la hebra, es que él no era una visita de recibo.

Pero en ese momento tuvo una inspiración.

-¿Cuántos hijos tiene la prima Julita? –preguntó.

Y la respuesta  llenó el resto de la visita. La prima Tere habló de Irene, que se casó con un alemán y vive en Alemania. Además de Irene estaba Enrique, promotor involuntario de la conversación, pero luego -¡ay problema!- estába el pequeño, que se acababa de separar de su mujer. Leve inciso para lamentarse de las muchas separaciones de esta sociedad moderna.

-Porque Irene –recordó Tere- se casó con un alemán, y vive en Alemania. Pero el pequeño se ha separado

Homper era consciente de que la hija de la lejana, aunque muy querida, prima Julia, se llama Irene, se casó con un alemán y vive en Alemania. También era consciente de que había otro hijo separado y Enrique, que es ejecutivo del BBVA.

-Ese está casado y tiene hijos –repitió la prima Tere- Pero el pequeño se ha separado. Y luego está Irene, que es mayor, pero que se casó y vive en Alemania.

Alguien, no se sabe si la prima Mary por señas o el propio Homper, divina inconsciencia, lanzó una nueva hipótesis. Pudiera ser que la prima Julita no tuviera sólo tres, sino cuatro hijos, porque Tere había lanzado el nombre de Curro y el recuerdo de un mocetón que sabíamos que no es Enrique,  al que  tenemos perfectamente identificado,  ni el pequeño. Este hasta ahora siempre había sido llamado “el pequeño”.

-Es una pena que se haya separado-insistió Tere-Porque Enrique no, Enrique está casado y tiene una mujer estupenda y un  magnífico trabajo. Lo mismo que Irene, lo que pasa es que Irene se casó con un alemán, y por eso vive en Alemania…

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El tiempo, que afortunadamente no fue de silencio, se le echó encima a Homper, y llegó  el momento de despedirse  de sus ancianas primas.

La vuelta a su casa fue un camino de dudas y preguntas. Algunas poético-filosóficas, desde el tempus fugit, aforismo clásico, al verso coplero de Jorge Manrique: cómo se pasa la vida, tan callando. Otras, de moral práctica, le planteaban si el suyo fue un buen comportamiento con sus primas mayores. Volvió a pensar que la asignatura  de Educación para la Ciudadanía debería, por ejemplo,  enseñar a hacer compañía y a dar conversación a los ancianos. Luego se imaginó a sí mismo en esa edad. ¿Sobreviviría para entonces esta costumbre de las visitas? ¿Tendrá la gente entonces un solo minuto para dedicárselo a los demás?

Y, por encima de esos, otros enigmas menores que no por ello dejaron  de preocuparle. ¿Era Curro el hijo pequeño de Julita, aunque fuera  un mocetón? ¿O es que los Madderuela tienen un cuarto hermano que no tenemos bien perfilado?. Porque lo que está claro es que Irene se casó con un alemán y vive en Alemania, y que Enrique está muy bien casado, bien colocado  y tiene unos hijos estupendos. ..

Caminando por la Costa Vasca

San Sebastián visto desde el inicio de la senda que lleva por lo alto del monte Ulía a Pasajes

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La respuesta de este Duende a la conocida pregunta de qué es lo que más le gustaría hacer en esta vida si pudiera fue muy cuca. Dijo que andar hasta el final todos los caminos que uno se encuentra por la vida.

-Es otra forma de complacer a la curiosidad –añadió- ¿Te imaginas ir descubriendo todo lo que podrás ver tras la próxima curva, al otro lado de ese monte, más allá de la montaña o traspasando la línea del horizonte en el mar?…Aún así, siempre quedaría algo por descubrir

Desde entonces tiene claro que no hay que estar, sino moverse. Caminar, navegar, volar. Sin preocuparse de dejar huellas o estela alguna.

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…Y si es con el mar a la vista, recibiendo la caricia de una brisa que no se sabe si es atlántica o cantábrica, pero fresca y vivificante, tanto mejor. Se para en San Sebastián y el recuerdo que apuntará el turista no será demasiado original. Qué postal tan bonita, qué mesa tan exquisita, qué pinchos…De corrido, los nuevos dioses de la cultura que proliferan como setas por esos pagos: Arzac, Subijana, Berasategui. Solo uno de cada cincuenta hablará de los murales de Sert en San Telmo. Los coronarios o los escapistas románticos, se estirarán paseando desde el Peine del Viento al fondo de la Zurriola, por el Paseo Nuevo y cruzando el Urumea por el vistoso Puente del Kursal…

Pero nadie le había hablado a este bloguero de que lo más hermoso que reserva esta ciudad  es salir de ella por el monte Ulía y caminar por entre un espeso bosque donde crecen espontáneamente macizos de hortensias para llegar a Pasajes casi como si uno fuera un barco, pues acabará entrando en él por la bocana de su precioso puerto. Dos faros jalonan la ruta, los dos al final de la misma y en la orilla izquierda de la ría. El primero, a unos cien metros sobre el nivel del mar, el Faro de la Plata, encaramado en un risco casi comido por la maleza. El segundo, el faro de Senokozulua, al que se baja por una larguísima escalinata, al pie mismo del agua.

El senderista costeño puede ver en la orilla opuesta  de la ría las viejas casas de Pasajes de san Juan mientras camina desde Senokozulua hacia el pequeño Pasajes de san Pedro, donde tomará una chalupa para cruzar la ría y pasear por lo que queda del viejo pueblo marinero. En una de sus casonas del siglo XVII, hoy convertida en oficina de turismo, vivió el escritor Víctor Hugo. Vuelve el Duende a uno de sus pensamientos tradicionales: hay lugares, paisajes y panoramas donde es fácil convertirse en artista o escritor. Pasajes de san Pedro y Pasajes de san Juan, frente a frente, en un puertecito delicioso que parece un decorado cinematográfico, es uno de ellos.

Varado en la orilla de san Pedro, el caminante se tropezará con el Jaizkibel, un barco que oxida su vieja gloria como el peine de Chillida, unos kilómetros de costa más al sur, oxida la suya. En su ignorancia, y comparando ambas piezas, el senderista ve el cadáver del viejo navío derrotado como una escultura más bella que la del artista guipuzcoano. Un barco siempre será un barco, y que digan lo que quieran los entusiastas del arte contemporáneo.

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Por qué, cuando se pasea, cualquier detalle evoca un recuerdo.

Costa vascofrancesa, paseo por  la Corniche, de Hendaya hasta Sokoa, fácil y grata de andar. A la izquierda, el Atlántico (los folletos franceses no hablan del Cantábrico). A la derecha, bosques, prados, casonas, castillos. El Duende recuerda la primera vez que escuchó en directo un concierto de piano de Ravel ejecutado por la pianista chilena Marta Argerich. El primer tiempo comienza con un aire de danza vasca, donde una fanfarria da paso al impresionismo melancólico que bien pueden inspirar esos paisajes. El Duende sabía que Maurice Ravel era de por allí. Se lo contó su tío político, el catedrático Joaquín Garrigues, que le conoció en sus veraneos de San Juan de Luz.

Mira –le dijo mostrando orgulloso un viejo disco de pizarra  que exhibía en un atril de su salón- ¿Ves lo que escribió en su funda?…Me lo dedicó a mí, porque éramos amigos.

El viejo don Joaquín Garrigues sabía lo suyo de derecho mercantil, pero también presumía de melómano.

Apenas sobrepasado Sokoa ven los paseantes en un rótulo el nombre de Ciboure. Y el Duende recuerda que un amigo suyo llamado Darío le dijo una vez que tenía su guarida en esa localidad, y que si alguna vez caía por allí no dejara de llamarle. Ya habían hecho su picnic los senderistas, sólo se trataba de saludarle, así que ni corto ni perezoso, especialista en dejarse caer por casas amigas como un murciélago por la chimenea, le llamó por teléfono. Qué alegría, no quiero molestarte, qué tontería, sólo un café, pues claro, os espero, es un apartamento sobre la ría que nos separa de San Juan de Luz , estaré asomado al balcón…

Fue una noble casa de estilo holandés del siglo XVIII donde vivió por seis meses el cardenal Mazarino, que se instaló allí para bendecir la boda de Luis XIV con la infanta María Teresa, hija de nuestro Felipe IV, celebrada en la iglesia de San Juan de Luz. No es que su eminencia viviera como un cura, es que vivía como un cardenal. Dividida hoy por pisos, en uno de ellos, desde el que se ven los barquitos del puerto y al fondo, San Juan de Luz, pasa sus asuetos leyendo, escribiendo y pensando el periodista y escritor Darío Valcárcel.


La casa natal de Ravel es la primera por la izquierda

La planta baja de la casa acoge a la Oficina de Turismo de Ciboure. Y en la fachada, una lápida en piedra recuerda que en ese lugar nació en el año 1875 el compositor Maurice Ravel. Ya lo sospechaba el bloguero: hay lugares que invitan a cultivar el espíritu y a dejar volar a la imaginación. Lo grande es que a todos ellos se puede llegar caminando, y que aún nos queda salud para seguir recorriendo los  muchos  que faltan  por conocer.

Juanito Galíndez , funcionario de elite

Todos merecemos comprensión, pero algunos deben comprender que en estos momentos no se les entienda como sin duda se merecen...

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Se celebraba, con gran pompa y circunstancia, la clausura del curso. Y el decano pronunciaba la lección final ante los nuevos licenciados y una legión de familiares que asistía al acto con cara de mamá de la Pantoja.

-Qué duda cabe de que los viejos conceptos de la Escuela Superior de Administración Pública han caducado –dijo el don Amalio Berzotaz, que es como se llamaba el cátedro- Hoy no debemos mirar sólo a la utilidad de los servicios públicos y a la eficacia  de la propia la administración. Sino que velar, ante todo, por los derechos humanos y el bienestar de las personas.

Aquí el decano tomó un ejemplar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la besó, la depositó, con la portada vuelta al público, en un atril que había sobre el pupitre desde donde disertaba e hizo una genuflexión ante ella. El público estalló en estentóreas ovaciones.

-¡Viva la libertad! ¡Viva el individuo!…¡La persona ante todo!-se escucharon gritos estentóreos-¡Por una administración pública a nuestro servicio!…

Y entonces, de la balconada del primer anfiteatro se desplegó una enorme pancarta con este impactante mensaje:

El estado para mí

Y a los demás que les den por ahí

Fue tal el delirio del público que el decano Berzotaz  renunció a seguir pronunciado su lección. Así que sonó por megafonía el Gaudeamus igitur, se dio por concluída la sesión , y profesores, alumnos y familares `pasaron al aula magna donde se celebraba un cocktail de confraternización.

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Como todas las reformas administrativas de aquel gobierno humanista, el sentido general de la nueva  escuela Superior de Administración Pública pretendía eliminar las aristas a veces incómodas a las que a manudo conducía una interpretación rígida del llamado estado de derecho.

-El estado de derecho absoluto a veces se tuerce, y tiene un valor muy relativo- había dicho el preclaro líder reformista en uno de sus más jaleados discursos parlamentarios- Yo gobierno para la felicidad general, no para que me de palmadas en la espalda Montesquieu.

Al escuchar esa proclama genial Leire, Bibiana y María Teresa entraron en éxtasis.

En consecuencia, los antes llamados   pomposamente altos cuerpos de la administración habían sido borrados o transformados en negociados menores. Porque, como decía el líder supremo, a veces esos que dicen entender tanto de derecho lo que hacen es retorcer y entorpecer la gestión pública. El plan de estudios de la nueva Escuela Superior de Aministración Pública permitiría, eso sí unos Titulados de Aproximación Legislativa, para que los futuros funcionarios, sin caer en el exceso de celo, procuraran ajustar los actos de la administración a derecho.

Pero el grueso de los titulados serían Técnicos Superiores PP, apócope no el partido conservador que nunca ganaba elecciones, sino del concepto Propio Provecho. Los teóricos de la nueva administración, después de haber apurado al límite los beneficios del estado de las autonomías, al punto de proclamar que la solidaridad bien entendida empieza por uno mismo, habían concluído que para glorificar a la persona, lo mejor era hacer de cada una de ellas un modelo de autogobierno. Y desarrollando el principio de a cada uno según sus méritos, habían creado el Cuerpo de Técnicos Superiores UM (Técnicos Superiores en  uno Mismo), que, una vez en posesión de su cargo podrían  hacer lo que les saliera de los mismísimos ignorando olímpicamente el interés general, que para eso habían ganado su oposición. Como concluyó don Amalio Berzotaz en su ponencia, “lo público no puede atentar contra la sagrada dignidad de la persona, y cuando el Técnico Superior UM -que tiene todo el derecho a  que le respeten sus emolumentos, a la fijeza de su salario y a vivir como un maharajá y que bastante tiene sus responsabilidad-   está de baja y no puede cumplir su función, los administrados deben entender que a joderse tocan”.

El texto final de la ponencia se corrigió. En lugar de “a joderse”, decía “a fastidiarse”.

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En el cocktail, los Galíndez estaban encantados. El propio decano Amalio Berzotaz les había revelado que veía a su hijo Juanito tan egoísta, tan miserablemente centrado en resolver sus problemas, tan odioso con el resto de sus compañeros de promoción  y con el resto de la humanidad, que él mismo le  había dado la máxima calificación para su ingreso en el CSTPA.

-¿Y eso qué es? –preguntó el señor Galíndez con cierta timidez por su ignorancia.

-¡Hombre, Galíndez!…¡La elite de la elite, la flor y nata del CTSUM, que es el Cuerpo de Técnicos Superiores en Uno Mismo!

-Pero…¿qué significan esas siglas?-insistió el padre del licenciado.

-Muy sencillo: Cuerpo Superior de Tocapelotas del Puto Administrado.

-¡Pero Juanito! –dijo el señor Galíndez mientras lanzaba una mirada de reproche a su hijo-…¿Y tú quieres ser eso?…

Y Juanito Galíndez sonrió dejando asomar dos colmillos sanguinolentos muy al estilo del conde Drácula.

-Papá –respondió el pequeño vampiro-¿Por qué te crees que de niño pedía a los Reyes tantos aviones de juguete?….¡Siempre quise ser controlador aéreo, ji, ji!…

Memoria de un martes 13

Cosas inquietantes que le pueden a uno pasar...

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Se quedó perplejo Homper al leer cómo Gregoria Samsa se despertó una mañana convertido en cucaracha. Asco, era la palabra dominante en La metamorfosis de Kafka, acaso el primer libro que leyó después de haber roto amarras con las lecturas de  la infancia. Asco.

Poco después abordó una novela de Graham Greene que se titulaba El revés de la trama. Lo único que  se le quedó en el retel de la memoria es que ésta sucedía en África, y que el protagonista se levanta de la cama una noche de insomnio y aplasta una cucaracha  con su pie desnudo. Más asco. La cucaracha crecidita revienta en una  papilla amarilla cuando es aplastada. Y, a lo largo de la novela, el protagonista de la novela de Greene no puede escapar  a la sensación de repugnancia que le produjo el contacto de la planta de su pie con el puré de hélitros negros. Vivas y correteando por las bocas de las alcantarillas en las noches de verano, las cucarachas pueden parecer un desfile de cobradores del frac o de profesores de una orquesta sinfónica saliendo del foso. Aplastadas por el pie desnudo, cualquier cucaracha es un asco. Una arcada premonitoria de los múltiples vómitos amarillos de Alien y otros monstruos cinematográficos que habrían de venir después.

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Todo había quedado muy atrás. Ahora salía de un cine  donde acababa de ver La última estación, una amable película de Michael Hoffman que supuestamente recrea los últimos días de la vida de Tolstoi. Este vive secuestrado por sus fanáticos seguidores en su mansión de la finca Yasnaia Polyana. El célebre escritor fue un idealista, partidario de repartir con el pueblo sus bienes  y los derechos sobre sus libros. Y un ecologista prematuro, pero no un imbécil. En un determinado momento, el autor de Guerra y paz quiere espantar a un mosquito que hostiga su rostro. Este insiste y no ceja en su empeño hasta que el escritor larga un sopapo y acaba aplastándolos contra su cuerpo..

-Maestro –le reprocha su secretario, más papista que el Papa- Hasta ese mosquito tenía derecho a la vida.

Pues sí, pensó Homper. Y la cucaracha de Gregorio Samsa. Y la rata que apareció en su habitación la noche anterior y que, pese a escapar con vida, no le había dejado dormir.

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El campo tiene esas cosas. El verano también. Al anochecer, se abren las ventanas para que refresque la casa, y cualquier criaturita curiosa o hambrienta trepa por la hiedra o por las paredes de piedra y se mete donde no debe.

Aquella rata equivocó la despensa con el dormitorio, y de repente, en el momento en el que Homper iba a apagar la luz para conciliar el sueño se quedó en un primer tiempo de estupefacción terrorífica. No se sabe por qué, un ratoncito en el campo puede caer incluso simpático, pero una rata, que sólo es un ratón ampliado nos produce pavor y repugnancia. Y más si está dispuesta a alojarse en tu misma habitación

Homper luchó contra ella sin más armas que una linterna para localizarla en el hueco que quedaba bajo el buró y un calzador que no llegaba para hacerle cosquillas en los bigotes. La rata le miraba con cara de pocos amigos. Homper dudó por unos instantes si salir en busca de una escoba para atacarla con el palo, pero pensó que el roedor podría aprovechar su ausencia para huir. Lo que terminó haciendo sin mayor problema. De repente salió de su refugio, recorrió el maderamen del suelo a toda velocidad, esquivó una patada de Homper que sólo consiguió derribar una silla y trepó por la cortina para ganar la ventana y escapar al exterior.

Homper trató de dormir con las ventanas abiertas, como era su costumbre. Pero durante la primera media hora no hizo otra cosa que dar vueltas a una hipótesis horrible. Pensaba que quizás a  la rata le había gustado su habitación, y que quizás le merecería la pena volver a correr la emocionante aventura de ser perseguida por un señor mayor en pijama armado de una linterna y un calzador. También revisaba los postulados de la ética ecologista. ¿Llamaría san Franciso de Asís a la rata hermana rata? ¿Cómo se comportaría en su caso Tolstoi? ¿Por qué hay que amar a los golden retriever y no a los roedores? ¿Merecen igual respeto todos los animales?

Aunque hacía calor, Homper acabó cerrando las ventanas. Estaba muerto de sueño, pero apenas pudo dormir. Miró su reloj y este marcaba las seis de la mañana. Bien pensado, no era la peor manera de empezar un día de julio, a la sazón martes y 13.

Viva España y viva el lagarto

España ya es Campeona del Mundo de Fútbol. ¿Pasa algo si me acuerdpo del lagarto?...

Soñó el Duende que Del Bosque estaba en un triángulo. Digámoslo sin tapujos, Del Bosque, tan responsable, tan serio y tan bueno, incapaz de un mal gesto, de una pataleta o de exceso de júbilo que pudiera molestar a nadie, era Dios. Uno y trino, Iniesta, Casillas, Pujol y Villa se alternaban en los otros vértices de su triángulo.

Y el humilde bloguero pensó que no podía escribir nada en un día como éste. Estaba convencido de que, en el resacón patriótico-triunfal del día después, mucho le tendrían que querer los internautas  para asomarse por unas páginas incapaces de añadir una coma más a la obligada verborrea del momento. La España del desánimo ha muerto. ¡Viva España Campeona del Mundo de Fútbol!

Por eso quería comentar otra buena noticia. El mejor castaño de su lugar, el que tanto quería, y de cuya traición no quería hablar por razones obvias, se secó y murió sin decir nada hace un par de años. Por su tronco no corría ya más vida  que una yedra con la que se quería tapar las vergüenzas del gran árbol sin sombra. Pero, poco antes del partido, el Duende vio correr hacia él un enorme lagarto que se coló por un agujero abierto entre sus raíces.

Queridos lagartos, cuánto tiempo sin veros. Tenía razón Del Bosque cuando, minutos después del gran triunfo, respondía al presidente Zapatero valorando la humilde aportación del fútbol al bienestar patrio. “Tranquilo, presidente. Después de la lluvia siempre escampa”. Muera pues el pesimismo, hay vida después de la crisis. Viva la España contradictoria. Y entretanto, bravo por ese lagarto audaz que sabe plantar cara a lo incierto del futuro.


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