Memoria de un martes 13

Cosas inquietantes que le pueden a uno pasar...

1

Se quedó perplejo Homper al leer cómo Gregoria Samsa se despertó una mañana convertido en cucaracha. Asco, era la palabra dominante en La metamorfosis de Kafka, acaso el primer libro que leyó después de haber roto amarras con las lecturas de  la infancia. Asco.

Poco después abordó una novela de Graham Greene que se titulaba El revés de la trama. Lo único que  se le quedó en el retel de la memoria es que ésta sucedía en África, y que el protagonista se levanta de la cama una noche de insomnio y aplasta una cucaracha  con su pie desnudo. Más asco. La cucaracha crecidita revienta en una  papilla amarilla cuando es aplastada. Y, a lo largo de la novela, el protagonista de la novela de Greene no puede escapar  a la sensación de repugnancia que le produjo el contacto de la planta de su pie con el puré de hélitros negros. Vivas y correteando por las bocas de las alcantarillas en las noches de verano, las cucarachas pueden parecer un desfile de cobradores del frac o de profesores de una orquesta sinfónica saliendo del foso. Aplastadas por el pie desnudo, cualquier cucaracha es un asco. Una arcada premonitoria de los múltiples vómitos amarillos de Alien y otros monstruos cinematográficos que habrían de venir después.

2

Todo había quedado muy atrás. Ahora salía de un cine  donde acababa de ver La última estación, una amable película de Michael Hoffman que supuestamente recrea los últimos días de la vida de Tolstoi. Este vive secuestrado por sus fanáticos seguidores en su mansión de la finca Yasnaia Polyana. El célebre escritor fue un idealista, partidario de repartir con el pueblo sus bienes  y los derechos sobre sus libros. Y un ecologista prematuro, pero no un imbécil. En un determinado momento, el autor de Guerra y paz quiere espantar a un mosquito que hostiga su rostro. Este insiste y no ceja en su empeño hasta que el escritor larga un sopapo y acaba aplastándolos contra su cuerpo..

-Maestro –le reprocha su secretario, más papista que el Papa- Hasta ese mosquito tenía derecho a la vida.

Pues sí, pensó Homper. Y la cucaracha de Gregorio Samsa. Y la rata que apareció en su habitación la noche anterior y que, pese a escapar con vida, no le había dejado dormir.

3

El campo tiene esas cosas. El verano también. Al anochecer, se abren las ventanas para que refresque la casa, y cualquier criaturita curiosa o hambrienta trepa por la hiedra o por las paredes de piedra y se mete donde no debe.

Aquella rata equivocó la despensa con el dormitorio, y de repente, en el momento en el que Homper iba a apagar la luz para conciliar el sueño se quedó en un primer tiempo de estupefacción terrorífica. No se sabe por qué, un ratoncito en el campo puede caer incluso simpático, pero una rata, que sólo es un ratón ampliado nos produce pavor y repugnancia. Y más si está dispuesta a alojarse en tu misma habitación

Homper luchó contra ella sin más armas que una linterna para localizarla en el hueco que quedaba bajo el buró y un calzador que no llegaba para hacerle cosquillas en los bigotes. La rata le miraba con cara de pocos amigos. Homper dudó por unos instantes si salir en busca de una escoba para atacarla con el palo, pero pensó que el roedor podría aprovechar su ausencia para huir. Lo que terminó haciendo sin mayor problema. De repente salió de su refugio, recorrió el maderamen del suelo a toda velocidad, esquivó una patada de Homper que sólo consiguió derribar una silla y trepó por la cortina para ganar la ventana y escapar al exterior.

Homper trató de dormir con las ventanas abiertas, como era su costumbre. Pero durante la primera media hora no hizo otra cosa que dar vueltas a una hipótesis horrible. Pensaba que quizás a  la rata le había gustado su habitación, y que quizás le merecería la pena volver a correr la emocionante aventura de ser perseguida por un señor mayor en pijama armado de una linterna y un calzador. También revisaba los postulados de la ética ecologista. ¿Llamaría san Franciso de Asís a la rata hermana rata? ¿Cómo se comportaría en su caso Tolstoi? ¿Por qué hay que amar a los golden retriever y no a los roedores? ¿Merecen igual respeto todos los animales?

Aunque hacía calor, Homper acabó cerrando las ventanas. Estaba muerto de sueño, pero apenas pudo dormir. Miró su reloj y este marcaba las seis de la mañana. Bien pensado, no era la peor manera de empezar un día de julio, a la sazón martes y 13.

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3 Responses to “Memoria de un martes 13”


  1. 1 maribel julio 16, 2010 en 7:58 am

    QUE ASCO……me has tocado la fibra yo n hubiese dormido ahi ni nada por el estilo….dios yo lo de los bichos lo llevo FATALLL…saludos

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  2. 2 Angelus P. julio 16, 2010 en 4:41 pm

    Hay animalillos que me visitan.

    Los asquerosos pulgones negros, que me acribillan los frutales…
    Esas puñeteras avispas empeñadas en anidar en el buzón…
    La nube de hormigas aladas que ha equivocado su ruta…
    Las abejas, zumbonas ellas, que me aseguran no probaré su riquísima miel de mi lavanda…
    La orquesta de ruiseñores, jilgueros, gorriones y otros muchos inidentificables…
    El zalamero, y negro como la noche, “Mini” que se me enrosca en los pies cuando sale de ronda nocturna…
    El cumplido cocker de mi vecina, que se retira cabizbajo cuando mi invitado por unos días y celoso Yorkshire Terrier, le enseña los dientes…

    Animalicos. También hay otros, pero esos, otro día.

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  3. 3 Zoupon julio 19, 2010 en 8:58 am

    Las ratas y ratones pueden subir paredes verticales, pero no pueden desafiar la ley de la gravedad hasta el punto de andar en posición totalmente invertida, por ejemplo por un techo. Por eso en los hórreos gallegos y asturianos se colocan unas grandes losas entre los cuatro pies que soportan la estructura de madera, de tal forma que los ratones que suben tan panchos por los pies verticales se encuentran un obstáculo que no pueden franquear, y la cosecha de maíz y patatas queda a salvo. Así que si la musofobia es muy intensa, a dormir al hórreo.

    De todas formas, yo creo que la creación de la rata y de la cucaracha se debe a un despiste divino, porque a Dios se le bufaba la leche en el fuego o algo así, es que sino no se entiende el porqué de la existencia de estos bichos asquerosos.

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