Archivos para 30 agosto 2010

Cambiando de aires 5/Por la Bretaña de Mr. Hulot

No hace falta tener una villa como ésta para disfrutar de la costa de Bretaña. Te das un largo paseo por la ruta que bordea Dinard y te sientes el rey del mundo...

Dónde viajan los que tienen tiempo y dinero para viajar donde les llega la real gana. Por qué gustan tanto de ir donde van los que son de su condición, no desmarcarse, saber que se encontrarán siempre a los suyos. Por qué no buscan otros destinos menos trillados. Los niños con los niños y las niñas con las niñas, se cantaba antes en los corros infantiles. Y los ricos con los ricos. Dónde va Vicente, donde va la gente. Más bien al Mediterráneo, aguas esmeraldas, puertos acogedores, buenos barcos, navegación tranquila, calas tentadoras,  noches locas llenas de fiesta, cenar un pescadito junto al mar rodeado de magnates y de rubias, luciendo el moreno sobre un blusón blanco y sonriendo a los conocidos que se agolpan en el mismo restaurante de moda.

-Don Leoncio, qué gusto verle otra vez por aquí –le dice sumiso el maître mientras hace cuentas del ojo de la cara y la yema del otro que le cobrará por el crustáceo del día- Le tengo reservada su mesa de siempre…

Le reconocen, le reverencian, le sonríen. Es feliz.

Seguramente don Leoncio también ha viajado donde los demás. Quizás en otros tiempos, cuando era estudiante y más curioso. Pero si ha ido allí, lo comentó poco, porque luce más el veraneo poderoso, y donde llegan los que no pueden pagar 1.000 € por un atraque tal vez  tenga algún interés cultural, pero interesa poco contarlo. Al tal don Leoncio lo que de verdad le pone es saber que él ocupa siempre un coto exclusivo. Por eso no le acompañó al bloguero en su recorrido por Bretaña.

-Lo siento, tío. Ahora sólo disfruto donde los destellos de la Visa Oro deslumbran más que el sol.

(Es exagerado. Leoncio no es tan simple, y en el fondo entiende los viajes de la clase media. De todo tiene que haber).

Sorpresas te da la vida. Y sorpresas que se hubiera llevado el viajero fardón al saber que la  costa norte de Bretaña fue en el período de entreguerras del pasado siglo la costa del glamour y del dinero de los leoncios de entonces. Le leyó en la guía este duende, y lo comprobó haciendo el  inolvidable y bellísimo promenade costero de Dinard, desde el cual se ve Saint Malo como una nariz amurallada del continente anclada en el mar. Hasta el crack del año 29 el casino de Dinard era punto de encuentro de los magnates. Francia  por ahí se desmelena en numerosos  cabos, separados entre sí por rías que multiplican el placer de una mansión con vistas a un horizonte de agua. Así ocurre que  en unos pocos kilómetros cuadrados se arrugan muchísimos kilómetros lineales de costa. Y el viajero puede contar en su paseo tantos chateaux, manoires, palacios y casonas de categoría como los que probablemente se asoman a nuestro Cantábrico desde San Sebastián a Finisterre.

No todo son delirios de grandeza. También se enteró el Duende de que en una de las innumerables y magníficas  playas de Bretaña era donde tomaba sus vacaciones Monsieur Hulot, aquel personaje pintoresco que encarnó en el cine Jacques Tati. La película se llamaba precisamente Las vacaciones de Monsieur Hulot, y fue una de las más divertidas que uno recuerda de aquel tiempo feliz en que uno acudía al cine para gozar, y no para pensar y sufrir, como ahora. No metió el viajero ni un dedo del pie en el agua, sólo cruzó las playas de Bretaña por el gozo de pasear. Pero buscó insistentemente la figura espigada de Tati, con su sombrero y pipa característicos,  y no la encontró. El esplendor de Monsieur Hulot, como el de la propia costa bretona, puede que pasaran, pero su encanto permanece. Aunque Leoncio  insista en que, ahora, todos los que son pasan el verano en otra parte. Modas y modos de entender la vida.

Cambiando de aires 4/ Francia, grande

Hasta el lugar más impresionante del mundo puede convertirse en un horror cuando millares de turistas caen sobre él al mismo tiempo...

Francia es el país más grande de la Unión Europea. Es casi 140.000 km2 más extensa que España, pero sostiene este bloguero que la diferencia psicológica puede ser aún mayor.

Ocurre, en efecto, que en España la mirada del curioso se puede conformar con sobrevolar determinadas zonas para darles por conocidas. Tal es caso de las mesetas y llanuras castellanas, o de las vasta zonas semidesérticas de Los Monegros, Murcia y Almería, o de la llamada Siberia Extremeña, o de los mares de olivos del plateado Jaén, o de las  muchas montañas o abruptos serrijones que son, cuando menos, tortuosos y difícilmente accesibles. Tanto terreno que uno no podrá andar, y que, abarcado a veces en una sola mirada, cree absorber de un solo golpe de vista. A estas alturas de la vida, y aún valorando sobremanera los dramáticos  y, quizás por ello,  fascinantes contrastes de nuestra tierra, uno agradece mucho los paisajes mansos. A veces demasiado previsibles, pero casi siempre bonitos.

-Me gustaría morir después de haber recorrido todos los caminos –dijo una vez el Duende.

Francia está llena de caminos. Casi todos gratos. De hecho, una de las conclusiones de este viaje estival es que en agosto se debe huir de cualquier punto señalado en la guía con tres estrellas. Por curiosidad, por paletería, por aprovechón, por aquéllo de al menos poder contarlo y, en definitiva, por falta de personalidad, este viajero no se quiso perder, en vivo y en directo, una de las postales más famosas del mundo. Y alargó su itinerario hasta el Mont Saint Michel.

Me quiero morir- se dijo cuando, después de sortear una masa multirracial de turistas consiguió penetrar la muralla que lo rodea.

No llegó a entrar siquiera en el recinto de la abadía. Fue sólo asomarse a la ciudadela que la guarda para sentirse tan agobiado como en el primer día de rebajas de El Corte Inglés. Se dio la vuelta, escapó del gentío que se agolpaba en una única calle atestada de tiendas de souvenirs y, aprovechando la marea baja, dio un paseo circular alrededor del famoso monte para ver ese monumento de la Humanidad desde el único punto que podía evocar su razón de ser. Sólo desde el mar sugería el Mont Saint Michel la soledad y el misterio que uno busca en esos lugares. Lo de dentro,  arte y piedras aparte, que apenas se podían disfrutar, era sencillamente un espanto.

Así que anduvo el bloguero por otros caminos menos transitados. En todos ellos vio cosas interesantes. Y en todos se preguntó cómo siendo Francia tan grande, tan bella, tan cercana,  tan rica en su oferta cultural, tan placentera en la mesa y, fuera de París, no mucho más cara que España, despierte en los españoles menos interés que muchos otros destinos turísticos más complicados.

¿Pasó el encanto y la fascinación que la France despertaba en la generación del Duende? El aroma de la libertad, la cultura, el cine, la canción, el arte y el buen gusto que tanto nos embobaban entonces…¿dicen algo ahora a los jóvenes de hoy? Todos saben o quisieran saber inglés, pero…¿se molestan siquiera en aprender nociones básicas de francés?

Malgré tout, piensa el bloguero, Francia sigue siendo grande en todo. Tanto, que uno puede perderse por sus entrañas y olvidar que el mes de agosto es el peor para echarse a la carretera y ver mundo. No aburriremos con muchos pequeños detalles, pero aún contaremos algunas impresiones más que anotamos en nuestro cuaderno de ruta.

Cambiando de aires 3/Sueño con Sofía Loren

Cómo ibamos a dejar escapar un sueño con Sofía Loren, aunque fuera en medio de un relato de viajes...A las dos semanas de iniciar el cambio de aires –léase, vacaciones de verano itinerantes- entró el bloguero en una duda metafísica de muy largo alcance. De repente sintió el complejo de viajero-plasta. Hay familiares-plasta, vecinos-plasta, viajeros-plasta y plastas diversos sin cualificación específica. Les unifica a todos el afán de castigar al personal haciéndole copartícipes de eventos familiares y sociales, aventuras deportivas y viajes que a los demás no interesan nada.

Algunos nos afanamos en contarlos con prolijidad y alevosía, cosa peligrosísima si se hace de viva voz, porque es difícil esquivarlo sin pecar de mala educación. Otros los escribimos, que es más considerado con los demás: se lo entregas o lo cuelgas en Internet y éstos lo leen o no, a su conveniencia. Pero para los plastas fetén el instrumento de tortura favorito sigue siendo el video.

-Os invito a unas copas en casa, y así vemos el video de la primera comunión de mi Vanessita-dice el plasta primero.

-Bueno- dice el plasta segundo-Siempre que te pueda poner yo el de mi viaje en familia a los fiordos noruegos.

No hay nada como despabilar a tiempo. Entonces va el plasta primero y se lo piensa.

-Bueno, casi lo dejamos, ¿no?…Al fin y al cabo…¡siempre nos quedará el purgatorio!

Moraleja: piensa que es bueno ahorrar a los demás el mismo tormento que ellos te pueden infligir a ti.

Así cavilaba el bloguero cuando terció en su memorial de viajes un sueño singular. Era tan curioso y desopilante que no puede dejar de contarlo. Sin video, claro. Lo cual servirá, además, para volver sobre el manido, pero siempre interesante tema, de cómo y por qué se forman los sueños, esa especie de albóndiga inmaterial donde se mezclan recuerdos, deseos, frustraciones diversas, aspiraciones pendientes y hasta meros reflejos físicos de un dolor o de una experiencia sensorial.

En La interpretación de los sueños el maestro Freud refiere que uno de sus pacientes había soñado que le guillotinaban en la Revolución Francesa. Se vio paseado en un carro por las calles de París rumbo al patíbulo mientras las hordas sedientas de sangre le insultaban por ser un asqueroso realista. Soñó a continuación que el verdugo le colocaba en la guillotina, y que la hoja de ésta le rebanaba limpiamente la cabeza, que cayó en un cesto. A decir del famoso psicoanalista, esta historia macabra podría haberse producido  por un estímulo físico. El paciente recordó que fue despertado por el golpe en el cuello que le dio al desprenderse del dosel de su cama la barra de la que colgaba la cortinilla. Y este golpe desató, en un instantáneo flash back, toda la truculenta secuencia de su ejecución.

La aventura onírica del bloguero fue muy distinta. A tenor de la suavidad y el `perfume de´su sueño, el bloguero, debería de haber tenido al alcance de la punta de los dedos  de sus pies alguna dulce compañía. Pero da fe de que dormía solo. Sin embargo soñó con Sofía Loren. No con la actual, sino con aquella mujer despampanante que en los años sesenta rodó en  España la película Orgullo y pasión. O sea, con el sueño erótico por excelencia de aquella juventud que dividía sus afanes entre Brigitte Bardot y la excelente y exuberante actriz napolitana.

En el sueño ella entraba en la habitación del Duende portando un saquito de arroz. A cambio de su amor, Sofía Loren sólo le pedía que cocinara uno de esos sabrosos arroces caseros de los que él tanto presume. Y entretanto, se divertían en varios juegos amorosos, vaya si se divertían. Todo se perfilaba feliz hasta que apareció en el sueño Enric Sopena y lo fastidió. Enric Sopena, que fue director de RNE y que coincidía con el Duende en el mismo programa –uno de bromista y el otro de tertuliano apocalíptico-, no se comía una rosca en el sueño. Sólo se mosqueaba, y decía que era intolerable que Sofía Loren le diera más importancia a un secundario que a él. Qué mal carácter, diablos. Pero eso no consiguió empañar la categoría del sueño, que desde el mismo momento del despertar entró en el capítulo de los inolvidables.

No pensaba este bloguero en Sofía Loren desde hace muchos años. Sin embargo, ayer hojeó un dominical que abordaba el tema del descubrimiento del LSD, y  en él citaban a Cary Grant como uno de sus consumidores habituales para, entre otras cosas, olvidar que  Sofía Loren, de la que se había enamorado rodando la película antes mencionada, no le hacía caso. Aparecía ésta en el reportaje en una fotografía. Y estaba en el esplendor de su belleza, por cierto, por lo que el bloguero la raptó subconscientemente para su sueño.

Enric Sopena también se había asomado el día anterior en un televisor encendido que vio fugazmente. Alguien mencionó su nombre, y evidentemente quedó registrado como malo de la película. En cuanto al arroz, es absolutamente cierto que no hace ni dos semanas el Duende preparó uno para sus anfitriones en la Bretaña francesa y los franceses, que tienen buen paladar, repitieron por dos veces. Así es como se elaboró el sueño.

Quizás no debería de figurar  en las impresiones de un viaje. Pero los paisajes están ahí, y permanecen, los monumentos serán los mismos mañana, los itinerarios y las postales tampoco cambiarán demasiado si esperan un día más. Y sin embargo era de necesidad urgente contar que el Duende tuvo la suerte de seducir  a la Sofía Loren más bella cocinando arroz. Y que mató dos pájaros de un tiro, cabreando además al mismo tiempo a Enric Sopena. Todo fue gracias a un sueño, y si no lo contara hoy, podría evaporarse en el cajón de los sueños prescindibles, lo que en estos tiempos de crisis, la verdad, hubiera sido una lástima.

Cambiando de aires 2/ Decíamos ayer…

...Así que, con la impagable ayuda de un vecino ejemplar, este menda consiguió abrir la dichosa puerta de las vacaciones

Qué frescas permanecen las enseñanzas del colegio. Quién no se acuerda de aquella frase de Fray Luis de León, tantos años de prisión por una causa injusta. Y de su retorno a la cátedra, como si la última lección se hubiera interrumpido porque le esperaba el dentista y no podía faltar, pues tenía un molar hecho trizas y, para él,  masticar un tasajo era ver las estrellas. Hay que comprenderlo, se puede ser místico y no aguantar el dolor de muelas. Conque  se subió el fraile al estrado, tan pimpante y tan natural, y sin más preámbulo soltó lo que nos contaba el profesor de literatura con una sonrisa de satisfacción en los labios, porque hay que ver lo bueno, lo sabio y lo bien educado que era el fray.

Decíamos ayer– dijo el poeta.

Y quizás fue la frase célebre  más corta de la historia.

Se llamaba como el bloguero, pero lejos de éste el afán de buscar otra similitud con el divino fraile. Su frase aquí es pura picardía, un pretexto literario para empezar a justificar un largo silencio  del que no sabe cómo salir, pues desde hace más de tres años no había callado el Duende durante tanto tiempo. Sin que lo motive más causa de fuerza mayor que haber estado vagando por ahí, si no lejos de la civilización sí lejos de una mesa, un espacio, un par de horas para escribir a diario, como más o menos acostumbra. Y sobre todo, lejos de un punto de conexión a ese auténtico cuerpo místico –no sabe este bloguero si alguien recordará esa doctrina que también nos enseñaban los curas de aquel tiempo-, como cabría rebautizar ahora ese milagro que es Internet. O sea, vagaba este escribidor tan intensamente que no tenía tiempo para escribir ni para buscar un enganche con la red. Al principio creía que no lo toleraría, que su conciencia le fustigaría implacable.

-¡Qué vergüenza! Tres días ya sin haber subido ni un mal papel de fumar-que hubiera podido decirle  su Pepito Grillo en plan mosca cojonera.

Tres días, cuatro, cinco. Así hasta once o doce. Y lo que es más grave, la conciencia ni remordía. Sólo una vez, en un ordenador de un café de nosesabedónde, se asomó el Duende al Duende, y vio que, diablos, hasta Lola, la comentarista que fue pródiga y que permanecía mudita desde hace un año, se preguntaba primero el por qué de este abandono bloguero. Y, sobre todo, cuál fue el final de la última tragicomedia del primer sábado de agosto, pocos amigos en Madrid, cuando su protagonista se vio en la calle desamparado, solo, vestido con un polo, un pantalón corto y unas alpargatas, con un proyecto de viaje colgando y sin poder entrar en casa por haberse dejado la llave de la puerta colgando por dentro. Ni una sola de las ventanas del pequeño bloque de viviendas, seis plantas y doce pisos, aparecía iluminada. Nadie.

Y de repente se encendió una luz. En el sexto B, un ático, se empezaba a obrar el milagro. No se sabe cómo José Andrés, un joven fuerte, sano, divertido y con una de esas motos de 1.200 c/c como para comerse el mundo en el mes de vacaciones, podía estar en su casa de Madrid  un sábado  de agosto a las diez y media de la noche. Si da fe este desventurado/aventurado bloguero de que llegó en ese momento, y  de que atendió a la llamada desesperada que recibió a través del interfono del portero automático.

-Jose, perdona que te moleste, me cago en mis muertos, soy un gilipollas, pero no tengo más remedio que acudir a tí, porque bla-bla-bla…

Otro alma angelical que figuraba en la agenda del móvil –único instrumento de ayuda que el desdichado bloguero llevaba en el bolsillo- y que, casualmente, también estaba en Madrid, ya había acudido con el instrumental de urgencia en estos casos. A saber, radiografías y tarjetas de crédito de las que nos vas a usar jamás (lo aconsejaba Zoupon, siempre tan sabio). Primero lo intentó el bloguero con ambos elementos, naturalmente sin éxito. Luego José Andrés, que tiene un taller de fontanería. Sudaban los dos la gota gorda –vaya sábado de calor- subiendo y bajando radiografías y tarjetas por la rendija que queda entre la puerta y el marco, pero el resbalón del cerrojo, caramba, no cedía. El puñetero resbalón.

Pero funcionó el pesqui, palabra castiza, quizás muy madrileña, que significa ingenio, instinto, intuición o algo así. El caso es que José Andrés se ausentó, dijo que venía en un minuto, y al cabo del rato se presentó con una lámina algo más gruesa que las radiografías, exactamente un trozo del plástico que empaqueta las botellas de Solán de Cabras, que a partir de este momento será el agua mineral favorita del Duende. Funcionó el pesqui y funcionó el plástico. José Andrés, estuvo forcejeando con él resbalón por unos minutos. Y de repente, no se sabe cómo, cuando todas las esperanzas estaban perdidas y sólo pensábamos ya en pillar a un cerrajero despistado que quedara de servicio en el Madrid cocido y deshabitado,  al resbalón le dio por ceder. El buen vecino y mejor amigo, el manitas providencial llamado José Andrés encontró el punto exacto, dio un leve empujón y…

-¡Se ha abierto!…

Decíamos ayer… Estaba tan desesperado como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! que quiere suicidarse lanzándose al río turbulento, cuando, mira por dónde, se le aparece al Duende  otro meritorio de ángel que quiere ganar sus alas, como el de aquella bonita historia. No hay mal que por bien no venga: la vida es también otra película.

Una de las más taquilleras del cine español se titulaba No desearás al vecino del quinto, no precisamente cine poético. Ahora el Duende, rendido de agradecimiento, le ha cambiado el título. Decíamos ayer, y lo mantendrá siempre emocionado, que Sí desearás al vecino del sexto. Sobre todo si es tan simpático, tan amable, tan hábil y tan generoso como ese José Andrés que, tal vez sin proponérselo, fue protagonista de esta película con final feliz.

Cambiando de aires I/Un olvido imperdonable

La llave del apartamento, que tanto a Jack Lemmon como a este bloguero le ha causado tantos disgustos y cabreos...

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Se va uno de donde no está a gusto buscando escapar de sus particulares fantasmas. Y a eso se le suele llamar vacaciones.

La noche antes de la partida fue concluyente.

-O te vas, o te hago la vida imposible-parecía insinuarle el destino a este bloguero.

Y se lo insinuó de esa forma tan cruel y divertida que parecía una película de Billy Wilder. Pensaba el muy inocente escaparse rumbo al norte, quizás más allá de los Pirineos, descubriendo algo, un cachito de ese gran país que el neocolonialismo cultural anglosajón ha dejado en segundo lugar. Francia. Francia, que cuando uno era niño significacaba pecado, francamente pecado: ya saben la historia de Juanito Bernaola, que viajó a san Juan de Luz en los años cincuenta del pasado siglo para deleitarse con esa depravación llamada striptease y que luego, al regreso, murió en accidente de coche y, lo que es peor, …¡en pecado mortal!

Bueno. Pues pensaba escaparse a ese lugar de pecado que era antes Francia cuando la noche antes, por aquello de dejar el coche cargado, sale de su casa con todas las llaves pertinentes. Antes de franquear el umbral con las maletas, instantes de meditación: el hombre que vive solo no puede permitirse el lujo  de un olvido en las llaves. Así que antes de salir, repasa mentalmente ante la puerta abierta. Llaves de la casa, imposible olvidarlas, están colgando por la parte de dentro, siempre las deja así, fue consejo de un buen amigo.

-Así nunca las olvidarás- le dijo con la mejor de las intenciones- Y nunca saldrás de casa sin ellas.

Ja.

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En este manojo de llaves estaba la llave que da paso al garaje desde el ascensor, llave no menos importante si se quiere cargar el coche la noche antes. Pero para este menester hacían falta, ay, la propia llave del coche y la de la Vespa que, aparcada ante el portón trasero del coche, impedía la carga del equipaje.

-Muchas llaves para un solo instante –pensaba el viajero mientras las recogía del cajón del pueblecito del hall y se las metía en los bolsillos- Menos mal que estoy haciéndolo bien, sin olvidar ninguna.

Se convencía a sí mismo de que todo estaba en orden mientras sacaba el enorme saco de viaje al descansillo y pulsaba el botón para llamar al ascensor. Y una vez más se palpó los bolsillos asegurándose de que no le faltaban las llaves y los mandos oportunos, toda vez que las llaves de la casa, como estaban colgadas y uno no las puede evitar al abrir la puerta para salir, seguro que no se le iban a olvidar.

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Y no se le olvidarían, seguro, en circunstancias normales. Solo que en este caso distraía su atención algo que normalmente no ocurre en su vida. Primero, que se iba de viaje de duración indeterminada. Y además que, en  medio de su aburrida vida pequeñoburguesa…¡el viaje era a la Francia del pecado que costó la salvación a Juanito Bernaola!

Así que, convencido de que hacía las cosas bien, cerró la puerta de la casa. Justo apenas unos segundos antes de darse cuenta de que había ocurrido lo que  pensaba que nunca le iba a ocurrir. Y es que, con tantas cosas en la cabeza, había olvidado lo esencial. O sea, sacar las llaves que colgaban por el interior de la puerta.

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Eran las diez de la noche  de un sábado 7 de agosto de calor africano en un Madrid apartado y aparentemente semivacío. En el pequeño bloque de viviendas no se veían más luces que las de las ventanas del viajero. Y este se encontraba vestido con bermudas y alpargatas, con un saco de viaje que ahora no podía cargar por carecer de la llave interior del garaje y sin posibilidad alguna de entrar en casa. Aún a riesgo de quedarse fuera toda la noche –entre las que faltaban, también estaba la llave del portal- se echó a la calle, se sentó en un banco del parque vecino, hincó los codos sobre sus rodillas y hundió su cabeza entre las manos.

-¡No puede ser! –se dijo- ¡No puede ser que esto me haya ocurrido a mí! ¡¡No se puede ser tan gilipollas!!…

Y entonces, sin saber si echarse a reírse de sí mismo o ponerse a llorar, se acordó del personaje que hacía Jack Lemmon en aquella maravillosa, inigualable película titulada El apartamento. Y en particular en esa secuencia en la que el chupatintas que quiere medrar haciendo favores al jefe, tiene que darle las llaves de su apartamento y morderse los puños de rabia mientras se tortura desde fuera imaginando cómo se acuesta con la bella ascensorista de la que él está enamorado.

Hizo algunas llamadas desesperadas con su móvil, que aún conservaba algo de carga. Se mesó los cabellos, al modo bíblico. Pensó en abandonar esa idea tan repugnantemente burguesa de hacer un viaje de vacaciones en agosto.  Creyó además que ese olvido imperdonable era castigo divino, por pensar en la Francia pecaminosa de Juanito Bernaola.

Pero en ese momento, se encendió una luz en el sexto izquierda.

(Continuará)

El gozo de hacer un jardín

Como esta dama del cuadro de Monet, la protagonista de esta historia también ha sabe del gozo de pasear por el jardín que has ido haciendo con tanto cariño....

Según Bondovío de Parpignac, filósofo, poeta, y polemista del siglo XVIII –no buscar en las enciclopedias, porque este nombre se acaba de inventar ahora para darle más autoridad al pensamiento que sigue- una de las vías más seguras hacia la felicidad que puede emprender el hombre es construirse un paisaje a su gusto.

Algunos elementos de éste, cierto es, escapan a sus posibilidades. Un mar, una montaña, una sierra, un desierto, un lago, una playa, un acantilado, un lago o un río son caprichos del Gran Arquitecto. Pero la voluntad y la mano humanas pueden acotar un punto de vista de la naturaleza que las rodea y embellecerla. Otros llaman a esto jardinería. O, más pretenciosamente, arquitectura del paisaje.

A eso se dedica afanosamente desde hace cuarenta años la señora Belén Bardají, que en algún directorio de la nobleza de España figurará como Condesa Viuda de Pinofiel, pero que en su pueblo, que es Arenas de san Pedro, aún es conocida como la Maribel. La Maribel era una moza morena, espigadísima y reidora. Se casó con un primo del Duende en una boda a la que éste acudió de pantalón corto, y hoy es una floreciente abuela mantenedora de uno de los jardines más hermosos y meritorios que uno recuerda. Por eso lo de floreciente, observen la perspicacia.

La señora Belén se ha propuesto ir a contrapelo de la tendencia natural de su pueblo que, como muchos otros de España, ha hundido sus encantos en los horrores de la moderna construcción urbana. ¡Ay si Don Álvaro de Luna, el de su castillo, y el infante Don Luis de Borbón, el de su palacio neoclásico, levantaran la cabeza! Y qué decir de la Triste Condesa. Vamos, que resucita ahora y solicita cambio de nombre.

-Por favor, señores munícipes. Si no les sirve de molestia, llámenme la Desesperada Condesa.

Afortunadamente para la señora Belén –que, aunque es condesa viuda no es nada triste ni desesperada, sino todo lo contrario- Arenas de san Pedro queda a sus pies. En una pequeña tierra que heredó de su padre en los alrededores del pueblo, justo antes de que la carretera caiga en el hoyo donde se erige el casco urbano, se hizo una casa y, a su alrededor, un auténtico paraíso botánico que es el oasis del viajero estival. Por ahí se dejó caer también este observador itinerante, que aún recuerda su momento germinal. Apenas había entonces unos pinos –hoy enormes-, algún membrillo y, cómo no, la fabulosa higuera con tronco en forma de sirena mitológica que hoy es una de las peculiaridades  más asombrosas del jardín.

Lo demás es el milagro de los que saben construirse un paisaje a su medida. No se sabe si será la corriente de agua  que circula bajo tierra o la mano amorosa de su cuidadora. El caso es que desde ahí el paisaje de Arenas de san Pedro consigue eludir las miserias del cemento y el ladrillo para ofrecer una estampa única de la sierra de Gredos festoneada por las flores de color fucsia de los árboles de Júpiter y los verdes variados de las múltiples especies arbóreas; arces, cipreses, melias, tilos, robles de Virginia aclimatados al tórrido verano arenense, acacias. Y arbustos como el rododendro, o el camelio. Y flores, miles de flores.

Lo grande de todo esto es que, según la señora del jardín, un bosque como el que crece ahí puede hacerse en sólo cuarenta años. Es algo más que el plazo que se tomó el Señor para crear el mundo. Pero no hay atajo sin trabajo, y, como diría Bondovío de Parpignac -y si no lo dijo él, lo dice este menda- hace falta la paciencia, voluntad y, sobre todo, el cariño de Belén para emular la obra del Creador. O sea, para  dibujar los pequeños paisajes  hermosos (léase jardines) que Él no tuvo tiempo de hacer.

La pesadilla de una noche de tórrido verano

Los sueños de la sinrazón, y más en verano, engendran monstruos...

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Jura Eliseo por lo más sagrado que cuando conoció a Alabe en el mes de agosto  y se quedó prendado de ella no mediaba ningún interés bastardo. Antes al contrario, pues él era un hombre de posición económica desahogada, empleado de una poderosa empresa del sector eléctrico, sección PYMES, viudo sin hijos, y sin más dependencia sentimental que la que marcaba Matilde, su anciana madre, a la que todos los días le llevaba el ABC y, de vez en cuando, un par croissant o unas flores.

-Qué buen hijo eres, Eli-le decía la señora mientras mojaba un cuerno del bollo en su café con leche descafeinado.

-Mamá, ni bueno ni malo-le replicaba sonriendo-Soy tu único hijo.

No jura en cambio que de vez en cuando cae en fase crítica con su propia vida, y lejos de verse como un héroe de nuestro tiempo, pues no es ni héroe ni mucho menos contemporáneo, se deprime, se va a Zángano´s Blue y se entretiene mirando en la tele programas rosáceos con Belén Esteban y un homosexual serie locatis mientras se homenajea a sí mismo con uno, dos, y a veces tres, gin-tonics que prepara el barman con mucho limón y unas hojitas de menta. De resultas de sus soledades alcohólicas Eliseo es de los de tripa generosa, pronunciada aún más por el cinturón apretado por debajo del estómago.

Una de estas tardes en la barra del Zángano´s, normalmente bastante tranquila, descubrió a Alba.

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Alba acababa de pagar a su madre la dentadura postiza más cara y lucida que la buena señora soñó jamás. Alba era una hija excelente. Había pospuesto su sueño de estudiar astronomía y ganar una plaza en el Observatorio del Monte Palomar –donde estaba segura de que descubriría una nueva galaxia y se enamoraría de un astrónomo que se pareciese a Hugh Jackman– por complacer a su madre. Su madre era una actriz frustrada. De joven dominaba a la perfección el repertorio de los hermanos Quintero, pero un director de escena muy moderno le dijo que para dar el salto a actriz de calidad debía de cambiar dos cosas fundamentales.

-Primero, cambiar de repertorio, porque los Quintero están apolillados y ya no venden nada. Y luego cambiarte los piños, hija, que los tienes en rompan filas.

Aquel director de escena sin escrúpulos destrozó a la madre de Alba, y su hija, tan buena chica, se propuso aplazar sus sueños hasta que su madre pudiera competir en sonrisa con Rita Hayworth. Aprovechó su palmito para ganar mucho dinero como chica de compañía de esas que aparecen por los vestíbulos de los hoteles de lujo. Cuando ahorró lo suficiente Rita Hayworth había muerto, y a su madre sólo le daban papeles de castañera o de figurante en las zarzuelas. Lo peor es que no sólo se le había pasado el arroz a su madre, sino también a ella, que ya no estaba para empezar a estudiar nada, sino sólo para entretener, y en buena parte con mucha conversación,  las horas perdidas de hombres como Eliseo.

-Te apasiona la azarosa vida de Belén Esteban, ¿no? –fue su aproximación al caballero..

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Ligaron.

Eliseo pareció no darle demasiada importancia al pasado que Alba sólo disfrazó superficialmente, y empezó a espaciar más las visitas a su madre. Alba se dejaba caer dos o tres veces en semana por el Zángano´s, lo suficiente para que Eliseo, un hombre malgo misógino y despegado de los negocios del amor, sintiera que había en su vida otros argumentos que la electricidad, las pymes, Zángano´s y aquella madrecita del alma querida que en su pecho (el del hijo) llevaba una flor.  Alba y Eliseo hablaban, tomaban los gin tonics juntos y alguna vez, como dos o tres por trimestre,  continuaban la conversación en la chaise-long de su casa. Entponces dialogaban largo y tendido, mayormente tendidos y livianos de ropa. Pero antes, no dejaban de ver juntos aquel programa del corazón con mariquita incluído que mantenía en vilo a toda España y que en el fondo era lo que les había unido.

-Este Coto Matamoros es un hacha –decía él- ¿Verdad que parece que acaba de decapitar a Ana Bolena?

-A mí me apasiona más Carmen Rossi-comentaba ella- Me da mucha moral vela tan gordita y tan segura de sí misma. Y , sobre todo, flipo con mi tocaya…

-¿Tu tocaya?

-Claro, Cayetana, la duquesa de Alba.

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En mala hora dijera semejante cosa. Ya se sabe lo caprichosos y turbulentos que son los sueños, y sobre todo en verano. Las tórridas noches de aquel estío de 2010 precipitaron la crisis. Porque sucede que a veces, Morfeo visualiza criaturas monstruosas como las del Bosco y te las incrusta por sorpresa entre tus personas queridas o en las aspiraciones que tienes más cerca. Nadie sabe por qué, porque los sueños carecen de razón inmediata. Pero apareceny no dejan su sádica huella en vano.

Y a Eliseo aquella noche le  aconteció  en su sueño algo espantoso.

Parte buena: soñaba que al fin el amor había vencido sus prejuicios y doblegado sus reticencias. Soñaba que se casaba con Alba, y a la boda acudían su madre, feliz de que su querido hijo al fin llenara su vida con algo más que  su trabajo y sus gin-tonics, y la madre de ella, más feliz todavía de encontrar sentido para aquella sonrisa de Rita Hayworth que, desgraciadamente,  ya no podría lucir en la escena.

Parte mala: Alba era Alba, pero no la deliciosa criatura que había descubierto en Zángano´s Blue. Sino un  híbrido de ella con esa pintoresca duquesa que se asomaba a los programas de corazón usurpando en su título el bello y poético nombre de su amada.

-¡Santo cielo! –resopló sudoroso al despertar de su pesadilla- ¡Yo quería casarme con Alba, no con la niña de El exorcista!…

Y Eliseo decidió volver a ser un tipo solitario, anodino y bebedor de gin-tonics,  hasta que los sueños del otoño o del invierno le propiciaran mejores sensaciones.


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