Cambiando de aires 2/ Decíamos ayer…

...Así que, con la impagable ayuda de un vecino ejemplar, este menda consiguió abrir la dichosa puerta de las vacaciones

Qué frescas permanecen las enseñanzas del colegio. Quién no se acuerda de aquella frase de Fray Luis de León, tantos años de prisión por una causa injusta. Y de su retorno a la cátedra, como si la última lección se hubiera interrumpido porque le esperaba el dentista y no podía faltar, pues tenía un molar hecho trizas y, para él,  masticar un tasajo era ver las estrellas. Hay que comprenderlo, se puede ser místico y no aguantar el dolor de muelas. Conque  se subió el fraile al estrado, tan pimpante y tan natural, y sin más preámbulo soltó lo que nos contaba el profesor de literatura con una sonrisa de satisfacción en los labios, porque hay que ver lo bueno, lo sabio y lo bien educado que era el fray.

Decíamos ayer– dijo el poeta.

Y quizás fue la frase célebre  más corta de la historia.

Se llamaba como el bloguero, pero lejos de éste el afán de buscar otra similitud con el divino fraile. Su frase aquí es pura picardía, un pretexto literario para empezar a justificar un largo silencio  del que no sabe cómo salir, pues desde hace más de tres años no había callado el Duende durante tanto tiempo. Sin que lo motive más causa de fuerza mayor que haber estado vagando por ahí, si no lejos de la civilización sí lejos de una mesa, un espacio, un par de horas para escribir a diario, como más o menos acostumbra. Y sobre todo, lejos de un punto de conexión a ese auténtico cuerpo místico –no sabe este bloguero si alguien recordará esa doctrina que también nos enseñaban los curas de aquel tiempo-, como cabría rebautizar ahora ese milagro que es Internet. O sea, vagaba este escribidor tan intensamente que no tenía tiempo para escribir ni para buscar un enganche con la red. Al principio creía que no lo toleraría, que su conciencia le fustigaría implacable.

-¡Qué vergüenza! Tres días ya sin haber subido ni un mal papel de fumar-que hubiera podido decirle  su Pepito Grillo en plan mosca cojonera.

Tres días, cuatro, cinco. Así hasta once o doce. Y lo que es más grave, la conciencia ni remordía. Sólo una vez, en un ordenador de un café de nosesabedónde, se asomó el Duende al Duende, y vio que, diablos, hasta Lola, la comentarista que fue pródiga y que permanecía mudita desde hace un año, se preguntaba primero el por qué de este abandono bloguero. Y, sobre todo, cuál fue el final de la última tragicomedia del primer sábado de agosto, pocos amigos en Madrid, cuando su protagonista se vio en la calle desamparado, solo, vestido con un polo, un pantalón corto y unas alpargatas, con un proyecto de viaje colgando y sin poder entrar en casa por haberse dejado la llave de la puerta colgando por dentro. Ni una sola de las ventanas del pequeño bloque de viviendas, seis plantas y doce pisos, aparecía iluminada. Nadie.

Y de repente se encendió una luz. En el sexto B, un ático, se empezaba a obrar el milagro. No se sabe cómo José Andrés, un joven fuerte, sano, divertido y con una de esas motos de 1.200 c/c como para comerse el mundo en el mes de vacaciones, podía estar en su casa de Madrid  un sábado  de agosto a las diez y media de la noche. Si da fe este desventurado/aventurado bloguero de que llegó en ese momento, y  de que atendió a la llamada desesperada que recibió a través del interfono del portero automático.

-Jose, perdona que te moleste, me cago en mis muertos, soy un gilipollas, pero no tengo más remedio que acudir a tí, porque bla-bla-bla…

Otro alma angelical que figuraba en la agenda del móvil –único instrumento de ayuda que el desdichado bloguero llevaba en el bolsillo- y que, casualmente, también estaba en Madrid, ya había acudido con el instrumental de urgencia en estos casos. A saber, radiografías y tarjetas de crédito de las que nos vas a usar jamás (lo aconsejaba Zoupon, siempre tan sabio). Primero lo intentó el bloguero con ambos elementos, naturalmente sin éxito. Luego José Andrés, que tiene un taller de fontanería. Sudaban los dos la gota gorda –vaya sábado de calor- subiendo y bajando radiografías y tarjetas por la rendija que queda entre la puerta y el marco, pero el resbalón del cerrojo, caramba, no cedía. El puñetero resbalón.

Pero funcionó el pesqui, palabra castiza, quizás muy madrileña, que significa ingenio, instinto, intuición o algo así. El caso es que José Andrés se ausentó, dijo que venía en un minuto, y al cabo del rato se presentó con una lámina algo más gruesa que las radiografías, exactamente un trozo del plástico que empaqueta las botellas de Solán de Cabras, que a partir de este momento será el agua mineral favorita del Duende. Funcionó el pesqui y funcionó el plástico. José Andrés, estuvo forcejeando con él resbalón por unos minutos. Y de repente, no se sabe cómo, cuando todas las esperanzas estaban perdidas y sólo pensábamos ya en pillar a un cerrajero despistado que quedara de servicio en el Madrid cocido y deshabitado,  al resbalón le dio por ceder. El buen vecino y mejor amigo, el manitas providencial llamado José Andrés encontró el punto exacto, dio un leve empujón y…

-¡Se ha abierto!…

Decíamos ayer… Estaba tan desesperado como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! que quiere suicidarse lanzándose al río turbulento, cuando, mira por dónde, se le aparece al Duende  otro meritorio de ángel que quiere ganar sus alas, como el de aquella bonita historia. No hay mal que por bien no venga: la vida es también otra película.

Una de las más taquilleras del cine español se titulaba No desearás al vecino del quinto, no precisamente cine poético. Ahora el Duende, rendido de agradecimiento, le ha cambiado el título. Decíamos ayer, y lo mantendrá siempre emocionado, que Sí desearás al vecino del sexto. Sobre todo si es tan simpático, tan amable, tan hábil y tan generoso como ese José Andrés que, tal vez sin proponérselo, fue protagonista de esta película con final feliz.

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6 Responses to “Cambiando de aires 2/ Decíamos ayer…”


  1. 1 lola agosto 20, 2010 en 7:25 pm

    La luz de la ventana del quinto dejaba entrever a Laura a través de las ventanas abiertas. El viento jugaba con su camisa apenas sin abrochar, iba, digámoslo, ligerita de ropa, normal para un agosto tórrido en Madrid.

    Me moría de ganas de llamar al timbre de la vecina, pero las imágenes eran tan bellas que prefería esperar un poco. Laura estaba a punto de cenar y estaba preparando la mesa mientras tomaba algo y bailaba al son de la música tranquila, se diría que se trataba de una cena romántica. El viajero pensó que bien podría estar esperándole a él, llamaría al timbre sin tener que explicar nada y acudiría a la cita aunque no fuese vestido para la ocasión. De repente, sonó el teléfono y Laura respondió, parecía triste, enfadada y colgó bruscamente. ¡Lástima! dijo para sus adentros el viajero. ¿Cómo demonios llamo yo ahora y le pido por favor si puede abrirme el portal y ayudarme a entrar en mi casa? En ese instante recordó los sabios consejos de Don Braulio y se hizo acopio mentalmente de lo que necesitaría para intentar burlar la dichosa cerradura: “la uña polivalente”.

    ¡Cáspitas! Tenía sus uñas perfectamente cortadas, impecables. Imposible llevar a cabo el intento. Maldijo una y otra vez esa manía suya de cortarse las uñas al milímetro. Ya se lo decía su amiga doña María: “hijo mío, no hace falta que te cortes las uñas de esa manera, parece que hayas utilizao la cortadora de césped. ¡Así no se va a ningún sitio!” ¡Qué razón tenía esa gran mujer!

    En esos momentos, vió llegar a Faustino del primero segunda, el fontanero. Nuestro amigo el viajero saltó del banco, perdió una zapatilla, no le importó y le imploró al amable vecino si podía ayudarle en su trágica aventura de abandonar Madrid a mitad de agosto. Por supuesto Faustino accedió a su petición, perdía así la posibilidad de ver qué ocurriría con Laura. Definitivamente el destino le había jugado una doble mala pasada. ¿Quién dijo dos mejor que una?

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  2. 2 maribel agosto 21, 2010 en 8:18 am

    menos mal que tuvo un final feliz Querido Duende porque mas de diez dias esperando la solucion…….. bueno todo el mundo necesita vacaciones!!!!!!me voy a la playa, feliz dia!!!!!!!!!!!!

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  3. 3 Pemberton agosto 21, 2010 en 8:35 am

    Bienvenido de vuelta al “trabajo”.
    A pesar de las vacaciones , bueno cambio de lugar, te he echado de menos, pues tus comentarios eran lo unico juicioso que podia leer ya que me estaba embruteciendo con tanto libro pesado que me he traido este año al “veraneo” y las largas estrevistas del Marca al entrenador del nuevo Campeon de Europa, el filosofo Señor Mourinho… me las he tragado todas.
    Comprendo que es muy pretrncioso lo del nuevo Campeon de Europa, no lo puedo evitar a la vista de tanta lectura veraniega de prensa deportiva, mi ecuanimidad se ha visto seriamente afectada y te repito que ha sido en parte debido a tu ausencia de tantos de dias .
    Volvere poco a poco a la realidad, quizas el domingo 29 cuando Mou y sus chicos jueguen en Mallorca…

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  4. 4 Cocoliso agosto 21, 2010 en 1:21 pm

    La Solán de Cabras,si mis recuerdos no me fallan,yá era el agua favorita y curativa del padre del Duende;por aquel entonces era producto de farmacia,de encargo,apropiada para el riñon y sus correspondientes cólicos nefriticos,tán en boga por la epoca.
    Hubo un tiempo,en la niñez,en que atribuia el celo con que eran guardadas las botellas en la oscura despensa del viejo cocinón,al pecaminoso origen del producto.Allí,en la etiqueta,entre aguilas imperiales y monedas de premios de “Exposiciones en Paris”,estaba el secreto de que aquello,que al fin y al cabo solo era agua,estuviera vetado para los niños: allí ponia !!Beteta¡¡.

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  5. 5 Julio agosto 21, 2010 en 3:00 pm

    ¡Ay, viajero nocturno! ¡Ay cuidadoso, descuidado! ‘Ay Cancerbero sin tus llaves! ¡Ay , cuánta angustia me has hecho pasado!

    ¿Por que no eras tú, en calzoncillos, velando la noche agosteña de un Madrid insolente y deshabitado! LLegó un momento en que no eras tú, era ‘yo’ quién no podía ir al país de los ‘ex-pecados’. Me veía, cargándome de culpas, rociándome de insultos:imbécil, inútil, gilipollas de mierda… Y otros epítetos que recordar no quiero porque se renueva el enojo y la impotencia.

    Recomiéndome de culpa, preguntándome quién cojones me había aconsejado dejar colgadas las llaves. Además quién me manda a mí tener Vespa, coche, garaje y vivir en un inmueble de sólo seis pisos, donde todo dios duerme o anda de juerga una noche de agosto de verano, a las diez y media de la noche…

    Y de repente una luz, que no era la de Laura. Una luz tan alta como la del ático… Sentí mi palpitar… ¿Y si ahora Juan Andrés no responde a mi llamada… Maldije la hora en que desaparecieron aquellos ángeles de la noche con su guardapolvo , su gorra , su vara y el manojo de llaves y poder gritar: ¡Serenoooooo!… ¡Vaaaaa….!

    – Buenas noches, don Luis: Qué, ¿se ha olvidado de las llaves?

    – Pues sí, Juan Andrés, me cago en mis muertos, soy un gilipollas

    ….

    ¡Menos mal que alguien inventó el Solán de Cabras!

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  6. 6 Angelus P. agosto 22, 2010 en 6:24 pm

    ¡Qué alivio, Duende! Pero ni en mi casa ni en las de mis familiares inmediatos se vuelve a dejar las llaves en la puerta. Ni siquiera en su posición de entrada, pues las gira el diablo. Y bastan unos grados, para que ya no puedas abrir con la que guarda tu vecino de confianza…

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