Archivos para 29 septiembre 2010

El amigo Félix, en comisión de servicios

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Cuando el hombre se convenció de que la razón se estrellaba contra las grandes verdades de la fe se fraguó esta leyenda.

Cuentan que después de millones de años de culminar su creación, Dios no estaba seguro de que todo era bueno.

-Padre –le dijo el Hijo al verle atribulado- Gracias a Ti yo soy Dios, pero gracias a mi madre soy hombre. Y como tal pienso que, con todos los respetos, debo abrirte los ojos.

El Señor al principio se quedó sorprendido. Pero se sentó a escuchar y supo por boca del Hijo que, en la dificultad de concebir cosas como Dios y la gloria eterna, muchos seres humanos creían que  ésta era como un balneario feliz donde Dios compartía sus horas con los elegidos.

-Es verdad –le reconoció el Padre- Y así debe ser. Porque tampoco  es bueno que Dios esté solo. Ya ves, con toda mi grandeza y a veces echo de menos un poco de alegría…

Y Dios reconoció  desencantado que después de culminar la Creación se sentó a complacerse de su gran obra. Pero pronto se le torcieron las cosas: el hombre, en el que tanta confianza había puesto, no siempre era trigo limpio. Y al cabo de los siglos -de los millones de siglos según estos sabios imposibles que ahora pasan un fósil de pulga por el Carbono 14 y saben hasta lo que se había desayunado el día de su muerte-  no sólo se mosqueaba, sino que además se aburría. Pues las almas que le rodeaban habían prestado grandes servicios a la humanidad, y por eso compartían con El la gloria eterna. Pero no eran precisamente  divertidas.

-Hijo –dijo entonces el Padre- Tú que conoces mejor a tus congéneres…Búscame alguna gran alma que sea capaz de hacerme reír e invítale al balneario.

Y desde arriba señalaron a un hombre menudo y delgadito, un gaditano gracioso  y socarrón con cuerpo de monosabio, pero con la  generosidad, la elegancia natural y el señorío de un príncipe.

-Nadie que le conozca habrá dejado de reírse y de sentirse feliz a su lado- aseguró el Hijo para completar el informe- Este Félix, como dice su nombre, es infalible.

Y así es como el amigo Félix fue llamado en comisión de servicios.

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No se suele  valorar lo que  los tipos como nuestro amigo Félix Bragado hacen por los demás.  A esta sociedad le va lo trascendente, sin distinguir que hay otros órdenes de trascendencia. Estamos acostumbrados a ponderar sobre todo los méritos de los héroes, de los santos, de los próceres. Incluso de algunos políticos idealizados. Y es verdad que mucho debe la humanidad a los inventores, y a los grandes de la literatura y el arte, y a Gandhi, y a Teresa de Calcuta, y a Vicente Ferrer. Pero también le debe a esos seres anónimos, buenos, generosos y, sobre todo, entrañablemente divertidos, que pasan por un momento a tu lado y te dejan un recuerdo imborrable.

-Yo le quiero en mi mesilla de noche –dijo de Félix, llorando de risa, una prima del Duende que, en un momento difícil de su vida,  había disfrutado una velada de sus impagables chistes.

Todos los que le conocieron le quieren. Admirable Félix, suministrador de momentos inolvidables, ungüento mágico contra la tristeza, amigo de largueza infinita, marinerito de Cádiz navegando eternamente por el mar de nuestro sentimiento. Compañero de risas, compañero. Muchos como la prima y como  este bloguero le han  puesto ya en su mesilla de noche. Y mañana, cuando despertemos con la almohada mojada después de haberle llorado lo que es de ley, volveremos  a estar alegres pensando en él.

Porque fue Félix, y estaba predestinado a desparramar y sembrar buen humor y felicidad.

El tirano Cacerolo hará huelga

Hay contradicciones que sólo puede salvar la máscara de un gran actor...

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-Espero que lo comprendas -dijo el empresario a Lucila mientras hacía anillos con el humo de su veguero- El martes doce filas vacías, el miércoles catorce, el jueves medio teatro. Y el fin de semana ni siquiera nos sirvió para pagar la nómina y los decorados. Un desastre.

-¿Y yo lo hacía tan mal?-preguntó temblorosa la joven.

-No, claro que no.  Tus gritos de ¡muerte al tirano! y ¡el pueblo unido jamás será vencido! eran de lo más emocionantes. A mí mismo, que soy perro viejo, se me desgarraba el alma escuchándote. Pero ya entenderás que una muchedumbre puede representarse sobre el escenario con quince figurantes o con setenta, que eran los que teníamos al estrenarse la obra.

-¿Y a todos los despidió igual? –preguntó Lucila conteniendo los sollozos.

-No, de ninguna manera –respondió el empresario- La procesión va por dentro…Y bajo esta apariencia de gerente del negocio teatral hay un hombre con el corazón destrozado..¡Tener que despedir a una actriz de talento como tú…¡Puta crisis!

El empresario dejó el veguero en el cenicero, y se puso serio con la mirada perdida. De repente suspiró,  se tapó la cara con las manos e hincó los codos en la mesa. Se hizo un minuto de silencio en el que Lucila no sabía si llorar por el negro futuro que le esperaba o por la suerte incierta de su patrono.

-No se preocupe, lo entiendo, yo…

No pudo rematar su frase, porque el empresario rompió a llorar como un niño que encuentra su hamster muerto al amanecer.

-No sigas, pequeña, no sigas- dijo el inconsolable empresario- Nunca me lo podré perdonar, te lo juro…

Y mientras con el dorso de su mano derecha  trataba de secar  sus lagrimones, con la izquierda abrió un cajón de su escritorio, extrajo el finiquito y  lo plantó ante la maravillosa actriz.

Lucila simuló la mejor de sus sonrisas y firmó.

-Adios….¡Y suerte a pesar de todo!-fue lo último que dijo.

La prometedora actriz salió del despacho con el paso leve y silencioso de un humilde gorrión. Detrás, desparramado en llanto sobre su mesa, quedaba la estampa de un empresario literalmente hundido en la miseria y el fracaso.

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La obra el El tirano Cacerolo, de Teodor Gamm, situaba en un país de ficción llamado Pitanza la lucha del pueblo contra un rey que controla el negocio del gas  y que, naturalmente, está encantado de que su pueblo cocine en las cacerolas de siempre.

Cacerolo, rey absolutista donde los haya, se entera a través de sus servicios secretos de que un inquieto ingeniero llamado Maximino ha inventado la olla exprés, y le encarcela bajo la pintoresca acusación de haber participado en la conspiración judeo-masónica y en el Contubernio de Munich. El tirano incauta el invento, pero no sabe que el prototipo estaba en poder de Gertrudis, la amada del inventor, la cual, invita secretamente a las pobres gentes  de Pitanza a un conejo con tomate guisado entiempo record en la mágica olla. Cuando la Guardia Real se persona para intervenir la olla y el conejo, las hordas hambrientas  se rebelan y desarman a los pretorianos de Cacerolo, les dan a probar el conejo y les convencen de las ventajas de la democracia y el progreso frente al gobierno de la tiranía. Entonces forman todos una sola legión para arrasar el palacio del rey, dar muerte al tirano y liberar a Maximino, que a partir de entonces será el símbolo de la lucha de la justicia contra el obscurantismo y la caspa de todo lo que huele a conservador.

-Es la leche-dijo el empresario al leerla- Va a ser un bombazo.

El tirano Cacerolo tenía  algo del Banderas de Valle Inclán, de El enemigo del pueblo de Ibsen, algo de Brecht, algo del teatro populista de Lauro Olmo y algo del teatro pánico de Fernando Arrabal. Algo incluso del propio Teodoro Gamm. Pero tenía mucho más del Ministerio de Cultura, del Centro Nacional de Nuevos Talentos, de la Comunidad, del Ayuntamiento, de la AIIP (Agencia Impulsora de Iniciativas Progresistas), de Magefesa, de Gas Natural –la filantropía de ver cómo aplaudían a los que le estaban quitando negocio con las ollas exprés quedaba compensada por la tranquilidad de saber que Cacerolo era sólo una ficción- y, cómo no, de IBERIA y de EL CORTE INGLÉS, que suelen patrocinarlo todo. Pero a pesar de que la crítica la aplaudió y de que el público vibraba con su mensaje y su vigorosa puesta en escena, no fue inmune a la crisis. Poco a poco se empezaron a ver claros el teatro, la taquilla se resintió y, en consecuencia, la rebelión de Pitanza fue mermando sus efectivos.

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Cuando el empresario teatral decía para sí mismo “antes muerto que fallarle a los sponsors” quizás estaba queriendo decir “todo por la pasta”. Pero él era un hombre  cien por cien de teatro, y aunque le dolía, sabía que en ocasiones el fin justifica los medios.

-No lo creerás, compañero-le dijo al primer rebelde de Pitanza al que tuvo que despedir- Pero aceptando este despido estás haciendo un gran servicio a la cultura.

Y con palabras hermosas como éstas fue convenciendo a los jóvenes actores que hacían de chusma y  reduciendo la población de hambrientos desde los setenta con que se estrenó la obra a los catorce que quedaron tras la marcha de Lucila.

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Lo cortés no quitaba lo valiente.

-Naturalmente –respondió cuando un reportero de la tele con una cámara le preguntó si su compañía se sumaría a la Huelga General del 29 de septiembrela Reforma Laboral de este gobierno que se dice de izquierdas es sencillamente intolerable. Y yo quiero ser un creador de cultura, no un exterminador.

Después de la frase  de oro de Miguel Ríos (“Los políticos responden ante la ciudadanía, no ante el FMI”) fue de lo más jaleado por los asistentes al acto de adhesión a la huelga. Sólo Lucila, la última actriz que había dejado su obra, la que casi le pidió perdón por ser despedida del elenco de El tirano Cacerolo, se le acercó para disentirle.

-¿Cómo consiguió convencernos de que el nuestro era un sacrificio necesario, si ahora está predicando lo contrario?-le espetó a la cara.

-Cariño-dijo el empresario-Yo soy ante todo un hombre de teatro. Y he hecho de todo: he sido desde maquinista a regidor, de traspunte a escenógrafo, de meritorio a empresario…¿Sabes quién es Teodor Gamm?… Pues sí,  es mi seudónimo. El autor de Cacerolo, esa magnífica obra que ha movido a los “sponsors” y a la crítica, soy yo mismo, porque a mí no se me escapa nada. Yo me lo guiso y yo me lo como.

-Pero…¿cómo pudo librarse de tantos  ingenuos  sin que ninguno  le rompiera la cara?-gritó Lucila agarrándole de las solapas y acercándole a su rostro crispado.

Se hizo un silencio y una gran expectación, como si aquel tenso diálogo perteneciera en sí mismo a un montaje teatral.

-Oye, nenita –susurró el empresario marcando mucho cada sílaba mientras trataba de acercar sus labios a los de la actriz rebelde- Ya te he dicho que he hecho de todo en el teatro. Pero, `por encima de ello, soy esencialmente un mag-ní-fi-co  ac-tor.

Curiosidades de un precioso 25 de septiembre

Nunca te acostarás sin saber una cosa más. Desde esta Iglesia de Santiago parte ...¡un camino de Santiago desde Madrid!

Hay días en la ciudad que apetece hacer muchas cosas sin programa. Le faltaba a este 25 de septiembre madrileño digno de ser recordado el que hubiera llovido lo bastante como para que el otoño dejara su tarjeta de visita. Pero de momento el otoñal sólo amaga: viento fresco, cielo despejado, atmósfera increíblemente limpia y una luz que dora la tarde como si el jefe de los efectos especiales fuera Vermeer. Es seco, pero qué lujo de día.

El bloguero quiere, como de costumbre, hacer muchas cosas, aunque su cuerpo y su alma le demandan un chute de dolce far niente. Ser o no ser. Por no ceder a la galvana anotará el diario de su molicie.

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Por la mañana hablan en la radio de un libro que buscaba desde hace tiempo. Se trata de A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales (Sevilla 1897- Londres 1944). También escucha que se inaugura la nueva calle de Serranodonde, por cierto, nació él- con la modernidad y las megalomanías propias de este alcalde. Por un momento el bloguero se acuerda de aquel tiempo en la calle tenía dos direcciones,  con dos aceras igualmente anchas y una calzada por la que circulaban en los dos sentidos los tranvías, luego sustituidos por los trolebuses. El conductor solía llevar un palillo entre los dientes, y un bocata de sardinas grasiento envuelto en una hoja del MARCA.

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Lapsus de melancolía. El Duende recuerda que el escaparate que más le fascinaba de esa calle hoy invadida por la moda y el lujo estaba entre las calles de Conde de Aranda y Columela, y se llamaba Avícola Baezuela. Allí se podía ver tras un enorme cristal a una multitud de pollitos calentados por una lámpara que colgaba por encima de au comedero

. Es una pena que el negocio desapareciera. El mismo escaparate en el Serrano pijo y sofisticado de hoy podría pasar como una de esas “instalaciones” por las que pagan un cojón de mico los Saatchi , la Tate Gallery y el MOMA de Nueva York. Pero ya se sabe que el arte es marketing. En la calle de entonces eran sólo pollitos. Ahora serían  una genialidad.

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Corriendo y de librerías. El  bloguero es consciente de que se está aburguesando. Su Pepito Grillo le tortura.

-¿Qué es esto? Escribes menos, corres menos. ¿Vas a seguir así?

Se cambia, se viste de deportista otoñal, y después de trotar por el Parque de san Isidro y por la nueva  pineda del  Manzanares sube por el Parque de Atenas y por la Cuesta de la Vega y llega corriendo a una librería/café cerca del Teatro Real, donde está agotado el libro, a la Librería Méndez de la calle Arenal, donde tampoco lo tienen, a la Casa del Libro de la Plaza de las Descalzas, lo siento ya usted a la tienda de Gran Vía, a ver si les queda…Les queda. Al fin puede comprarlo, así que regresa a casa, no sin anotar el buen invento que son las librerías-café. Lástima que su temperamento austero y culoinquieto le impida disfrutar de ese momento de placer.

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¿Un camino de Santiago desde Madrid?. Toda una vida cabe la Puerta de Alcalá y uno sin enterarse. Es más, a menudo sospechaba que detrás de la sospech0sa  multiplicación de los caminos de Santiago había en nuestra ex católica España una oportunista ocasión para el turismo. Pero héteme aquí que cruzando la plaza de Santiago ve salir de la iglesia del mismo nombre a su amiga de la adolescencia Payo Janini con su marido y unos compañeros andarines. El marido de Payo luce los atributos del peregrino, bastón y concha incluidos, y le cuenta a este pecador que lleva 2.600 kilómetros de caminos de Santiago en el zurrón, y que hay otro más que sale de esta iglesia madrileña, sigue por la Castellana, Plaza de Castilla y carretera de Colmenar Viejo y se junta con el de Roncesvalles en Sahagún. Le faltaba, y había elegido este día para cubrir la primera etapa hasta Tres Cantos. Todos los caminos no van más que a Roma, pero, ¡oh sorpresa!,  a Santiago parece que  llegan casi todos. Nunca te acostarás sin saber una cosa más…

Lo que ganamos y perdimos con Labordeta

Miraría la estela que ha dejado a su paso por aquí y seguro que se quedaría tan estupefacto como Homper...

Como todos los ancianos, la tía Clota –cuánto tiempo sin saber de ella- se va blindando el alma contra las añagazas de la muerte. Ella misma se siente cada día más débil, más alejada de este mundo, y cuando sabe que alguno de sus contemporáneos ha sido citado por la Parca pasa sobre el asunto como el viento de otoño sobre la cresta de los cardos secos. Sin embargo,  según Homper ha sentido muy particularmente la muerte de José Antonio Labordeta.

-Era más joven que ella –explica el sobrino- maestro, como ella. Y más republicano y cascarrabias que ella.

Añade el Hombre Perplejo que la tía no tuvo reparos en reconocer que le gustaba muchísimo más su colega como ciudadano original y político revoltosillo que como cantautor. Parece mentira que fuera paisano de Miguel Fleta –fue su comentario en este punto. Pero lo que más le había sorprendido a la anciana, tan distanciada quizás de lo que es hoy su España natal, había sido el enorme impacto popular de su fallecimiento.

-¿No crees, sobrino, que el pueblo se siente feliz cuando tiene algún muerto famoso que pasear?

Una vez más, y haciendo honor a su nombre, Homper se quedó estupefacto. Luego comentaría con este duende que, con el desparpajo cruel que a veces se expresan los que ya tienen poco que perder, la anciana tía podía tener parte de razón. El efecto placebo de las muertes famosas. La sociedad es cada día más descreída, pero aprovecha estos eventos emocionales para levantar la banderita de la sensibilidad y redimir su condición de masa significándose por una causa noble.

-Por eso los aplausos fúnebres que ahora suenan en ciertos entierros- comentó- A mí me parece sorprendente.

A este duende también por cierto. Recuerda al entrañable Labordeta de sus tertulias en Radio Nacional y está convencido de que se escandalizaría al verse convertido en un fenómeno como Elvis Presley, a su edad, con esos bigotones y esas trazas de profesor machadiano, y con una mochila llena de itinerarios y de bonhomie. Se reía de las travesuras que escuchaba al Duende y a Capitán, como se reía de sí mismo, sin sospechar, ni de lejos que iba a ser el icono balsámico en que le ha convertido la muerte.

-Yo tuve como alumno a Federico Jiménez Losantosironizaba un día- ¡Fíjate si habré sido buen profesor!…

Y se echaba a reir. Parecía considerarse un hombre sin demasiada importancia.

Labordeta fue además de un personaje simpático un poeta oscurecido voluntariamente por el respeto que tenía a un hermano mayor, Miguel,  muerto prematuramente y que aún era mejor que él. Luis Antonio de Villena dixit. También fue un estimable escritor costumbrista. Un día le regaló a este mindundi que les escribe un ejemplar de su libro Cuentos de San Cayetano, un conjunto de relatos deliciosos dedicado con mucha gracia. Lo disfrutó hasta que desdichadamente lo perdió en un viaje. Ahora le hemos perdido a él, aunque, por lo que se ve, hayamos ganado un prócer, un héroe popular y quién sabe si hasta un santo. Descreídos  o no, seguimos necesitándolos…

¡A las barricadas, abuelos!

Menos besarse y más compromiso, caramba...¿O es que no vamos a tener los abuelos nada que decir el 29 de septiembre?...

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Me he reencontrado con Chufi. Qué emoción, qué divertido. Lo guapa que era la condenada cuando le llamaban la musa de la Facultad.

A la vejez viruelas, ahora ya no se llama Chufi, sino Magdalena, que suena más distinguido. Ahora ya no pega carteles, ni se encadena en ningún sitio, ni arma líos para arreglar el mundo, porque es “una dama”. Le ha jodido bastante que le dijera, coño, Chufi…¿ahora vas de señora bien?…Pero me lo ha pasado.

Sigue siendo muy simpática, y a pesar de ser abuela conserva buena parte de su atractivo. Y naturalmente continúa considerándose de izquierdas. Cuesta mucho entenderlo, porque su marido está forrado, vive en el mismo barrio que Botín y cuando viene al centro le conduce su mecánico. Pero antes muerta que sencilla, le gusta ser la rosa más roja del jardín.

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Me ha dicho que somos equipo. Que ante la convocatoria del 29 tenemos que ser persuasores e imaginativos. Que qué se me ocurría.

Le he dicho que yo ya me había dado de baja, pero que me llamó Jenaro, que sigue enredando en una de esas agrupaciones sectoriales, y me dio el coñazo hasta la extenuación. Por favor, por favor, te necesitamos, te llamará Chufi, me dijo. Bueno, me lo quité de encima, si no tengo nada mejor que hacer….

Y cuando Chufi me llamó le dije se trajera al mecánico, que  iba a llevar muchas barajas, muchos juegos de dominó, muchos parchises. Todos los juegos de mesa que pillemos por ahí. ¡Ah!, y películas pornográficas, que hay mucho abuelete salido y todo vale para entretenerles el día D. Entonces se me ha mosqueado.

-Sigues tan guarro como siempre- me ha reprochado.

-Pero…¿donde está tu progresía?- me he defendido yo- ¿No dicen ahora que los abuelos también tenemos derecho a la sexualidad sin tapujos?

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Le he visto llegar,  bajarse del fastuoso BMW mientras el mecánico le abría la puerta. Y la verdad, me he descojonado de risa. Me he acordado de la canción esa de la familia Alcántara, y allí mismo me he puesto a cantar:

Cuéntame/ cómo te ha ido/ desde que yo te dejé de ver

Cuéntame/ cómo es posible/ que sigas siendo de la UGT…

Ella me ha escuchado y, la verdad, se ha cabreado. No ha entendido que el tiempo pasa, y que una cosa es sentirse de izquierdas y otra estar en Belén con los pastores. Quizás tampoco entendiera que yo sólo acepté el embarque de Jenaro por volver a ver a Chufi, que en el fondo me gustaba…

Pero ¿cómo va a aceptar la Magdalena esta que a mí lo de ser un abuelo piquete me parece de coña? Y, sobre todo, ¿cómo le explico que el día de la Huelga General pensaba llevar a mis nietos a ver Toy Story?

Amando a pesar del vampiro

Todos los que usamos una impresora creemos que en ella se oculta un vampiro insaciable...

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Aunque el joven  Elías Adante se creía ya un hombre maduro, era evidente que le faltaba un hervor para entrar en sazón. Así, no acababa de entender que los cursos con los que entretenía su situación de puto parado le ponían en la privilegiada situación de ser un trabajador en activo, según la doctrina social más avanzada que acababa de exponer, con su brillantez formal habitual, el presidente de gobierno. La cabriola argumental del gran reformador sin embargo pinchaba esta vez en hueso. Elías creía de que no necesitaba cursos, porque llevaba dentro el gen de un gran escritor, y estaba convencido de que se podría ganar la vida con su talento y con su pluma.

-A la mierda los cursos-dijo mientras se sentaba en la mesa con la pluma y el papel en blanco- Eso no es para un espíritu creador como el mío…

La seguridad de su autodiagnosis no ocultaba tampoco otros síntomas de su inmadurez. Influído por la leyenda de que hay que vivir como el estereotipo de un escritor para llegar a serlo, se había obsesionado con la figura de James Joyce. Y se empeñó en empezar la casa por el tejado haciendo suya en primer lugar la desmesurada afición del escritor irlandés por la absenta.

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Se podía haber conformado con con los Dry Martíni que, según se cuenta, se suministraba Hemingway en el Harry´s de Venecia. O con el Calvados del comisario Maigret, que también resultaba muy literario. O con cualquier whisky de malta, armagnac o vino amontillado, aromas y sabores todos que invitan a la ensoñación y al exceso, buenas espuelas para la inspiración. Pero le dio por la absenta,  como a Verlaine, y al autor del inextricable Ulises, y tuvo que hablar con los barman de los baretos del barrio para enterarse, primero, de qué diablos era aquel espirituoso tan demodé y conseguir el suministro adecuado. Luego probó el Absinta Mousse de Lehman, después se dio al famoso Pernod, y al cabo de dos meses llegó a la conclusión de que el Anís del Mono, si no tan literario, era no menos eficaz para colocarse y, desde luego, más barato.

-Además, qué tontería, sale en un cuadro cubista muy famoso –se decía- ¿Cómo no me va a inspirar?

Primero se inspiraba y  luego se ponía a escribir. Siempre con su copita del Mono cerca, al que sin embargo seguía llamando absenta.

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Elías Adante conoció a la bella Elisa en un punto limpio. Este era un lugar nada o muy literario, según se mirase. Él había acudido allí para deshacerse de un viejo televisor en blanco y negro, mientras que ella, más original, combinaba dos tarros de aceite frito con una muleta, radiografías diversas y una serie de láminas de goletas, bergantines y clipers enmarcadas en madera de roble que unos laboratorios médicos le habían regalado a su marido y de los que se deshacía estrellándolos con violencia contra el fondo del contenedor..

-¿No le gustan los barcos?-ironizó Elías.

Ella torció el gesto.

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La audacia, que a veces derivaba  en falta del sentido de la oportunidad, no era la única de las virtudes de Elías.  Pronto su simpatía había hecho posible que tras unas disculpas suyas, procedentes por otra parte,  Elisa bajara sus defensas, y le confesara abiertamente que su marido, pediatra de profesión, se había fugado con la enfermera la semana anterior.

-Disculpa, no podía imaginar….

Pero mientras se excusaba, anotaba mentalmente las pautas de lo que podría ser la novela de este siglo: chico parado que quiere ser escritor encuentra a abandonada en un punto limpio y nace el amor.

Por la noche, borracho de absenta o de Anís del Mono, Elías se plantó ante el papel y comenzó a escribir su obra maestra con la dedicatoria:

A Elisa, a la que encontré cuando me deshacía del pasado para emprender un nuevo camino.

Sostiene Elías saber que la dedicatoria se suele poner después de haber escrito el libro, y que escribió aquella noche bastante más. Casi medio capítulo de una novela que, modestia aparte, prometía ser magistral. Pero a la mañana siguiente todo lo escrito había desaparecido misteriosamente.

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-Cuando bebo absenta- se decía- es mi sangre la que escribe.

Y los glóbulos competían entre sí por querer decirlo todo y de la manera más vibrante. El amor, el ansia de vivir, el miedo a la muerte, el afán de descubrir el mundo más allá de las frontera de esa cárcel que es nuestra propia personalidad, el pánico a la soledad, el desasosiego, la relatividad del arte, la ambigüedad del alma humana, las dudas sobre si hay vida después de la muerte… Elías Adante quería ser, como Joyce, un escritor que rastrillara en todas las capas de la sensibilidad y en todos los momentos que vive un espíritu humano a lo largo del día para hilvanar en medios de aquel caos alborotado una sencilla pasión. No era hombre de método –a ningún escritor que lo fuera se le escribiría poner la dedicatoria antes de haber concluído el libro- pero tenía gran fe en sus capacidades.

-Soy una esponja –pensaba-Y gracias al extraordinario poder de instropección que me da la absenta lo absorbo todo.

Aupaba su ego de creador  a base de muchas tonterías. Pero escribir, escribía mucho todas las noches. Aunque luego, a la mañana siguiente, siempre volvía encontrar su manuscrito en blanco.

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Debía de ser el milagro de la absenta lo que permitía reconstruir en cada sesión todo lo que había escrito y de manera inexplicable había desaparecido después. El entusiasmo que le provocaba su droga no le desanimó al principio, pero al enésimo día de encontrar  que alguien o algo borraba las líneas de su novela empezó a preocuparse. Después de una noche de trabajo infernal, un día se despertó sobresaltado, saltó de la cama y se dirigió a su escritorio como poseído. Todavía no había amanecido cuando, al traspasar el umbral del se asustó al ver en la penumbra una figura extraña. Sentado en la silla giratoria ante el escritorio, dando la cara a la puerta,  había un hombre alto y enjuto de tez lívida y porte aristocrático vestido con frac y capa que fumaba tranquilamente un cigarrillo mientras sonreía mostrando dos grandes colmillos superiores sanguinolentos.

-El…¿El conde Drácula, supongo? –titubeó temblando de miedo el inocente Elías Adante.

-¿Qué otra cosa podías esperar?- contestó el vampiro- ¿No decías que cuando bebes absenta es tu sangre la que escribe?… Escrita queda…¿Y cómo iba a dejar yo que se desperdiciase? Sangre del día, y sin tener que tomarme la molestia de morder  a nadie…

-Bueno –se excusó Elías- Cuando uno se emborracha con absenta…

-O con Anís del Mono –interrumpió el vampiro- ¡Que hay que ver como abaratáis el mito los plumillas de ahora!…

-Si claro –prosiguió el aprendiz de escritor con su torpe hablar de lengua estropajosa- El…el caso es que cuando uno bebe, dice muchas tonterías…

-Y las hace-confirmó el conde- ¡Mira que confiar lo que crees que dicta tu talento a una impresora!…

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No entendió del todo lo que dijo el vampiro, pues estaba convencido de que, al igual que  Verlaine, Rimbaud y todos los genios consumidores de absenta, él escribía a mano y sólo dejaba sobre el papel rasgos de tinta. Sin embargo, convencido de que su amor por Elisa se resentía  al no avanzar la novela, Elías le tuvo que contar a ésta la verdad. Le contó que para escribir se había hecho un adicto a la absenta, que la absenta le hacía escribir con sangre, lo que garantizaba una obra de gran calidad literaria. Pero que al interrumpir su escritura para acostarse  bien entrada la noche, al olor de la sangre fresca acudía un vampiro y se bebía  diariamente el producto de su inspiación.

-Estoy desesperado, Elisa –le confesó conteniendo a duras penas sus sollozos.

-No te preocupes, mi amor –le consoló Elisa- Te ayudaré a vencer este problema y a seguir adelante.

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El especialista que, por consejo de Elisa, le trató no fue precisamente el más delicado y sutil del Colegio de Psiquiatría. Después de conocer la obsesión de Elías, su enfermiza idolatría por  los románticos, su adicción  a la absenta y su paranpoica fantasía creadora le vino a decir que era un pusilánime, un imbécil y un mentiroso que sólo inventaba para encubrir su mediocridad.

-Lo siento, señor Adante-Pero usted no es consciente de lo que miente. Cree escribir como los escritores a los que tanto admira. Cree que es un vampiro el que le roba su obra. Y no es consciente de que está alcoholizado,  y de que, cuando escribe en ordenador, como casi todo el mundo hoy,  es ya víctima del delirium tremens y alucina.

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Le suministraron Diazepan y Haloperidol, sustituyó la absenta por una bebida isotónica y, convencido de que debía cambiar de hábitos para su completa curación,  Elías  reinició su novela escribiendo en el ordenador.  Todo transcurrió con normalidad, y fraguaba perfectamente hasta que, acabado el tercer capítulo, creyó oportuno imprimir el texto para hacer una lectura sobre papel y corregir a mano.

-Es lo que hacía Joyce –se consoló mientras apretaba el botón de la impresora.

Pero en ese momento, como el genio de la lámpara de Aladino, salió de aquel siniestro aparato el mismo vampiro que se le apareció en las infernales noches de absenta que creía haber superado.

-¡Bah!…¡Alucinaciones! –dijo con desprecio mientras esperaba a que apareciera el papel impreso.

-¿Alucinaciones dices?- repitió  el vampiro con voz cavernosa sin poder  contener una risa sardónica que sacó a elucir sus colmillos manchados de sangre- ¿Olvidas que los vampiros modernos estamos patrocinados?…

El vampiro abrió entonces su capa y el  aprendiz de escritor se quedó estupefacto, no sabiendo dónde fijar su atención. Pues mientras  la impresora advertía en su pantalla que no podía imprimir por falta de tinta, el vampiro se burlaba de él mostrando sobre el forro de raso rojo la marca Brother para la que ahora chupaba en horario continuo.

-¡Pobre imbécil!…-dijo el vampiro antes de prorrumpir en una diabólica carcajada.

Elías corrió a por una cabeza de ajos y un crucifijo, y el vampiro, como era de esperar, salió de naja despavorido. Luego llamó a Elisa.

-¿Me acompañas al punto limpio donde nos conocimos?

Juntos arrojaron con estrépito al fondo del contenedor la impresora, que se rompió en mil pedazos Y cuando fueron conscientes de que  se habían liberado de aquel siniestro vampiro tecnológico, se besaron y sintieron que la novela de su vida  empezaba otra vez.

En el nombre de Matilde

Ha llegado la niña y no se ha quejado nada de que el día anterior bromease con su nombre

No se sabe cuándo y por qué los nombres se posan en el cerebro del escritor.

Llegan de improviso, a veces asoman en una conversación, otras los escucha uno por la calle. Algunos nombres son los de un personaje o personajillo que en un plisplás se ha hecho popular por la tele,  otros corresponden al agente del último call center que se atrevió a quebrar nuestra siesta, especialmente el viernes por la tarde, a primera hora. Maldición, quién habrá decidido que hay que llamar a los consumidores sobre todo el viernes por la tarde. ¿No tienen nada mejor que hacer? Pobres: luego coge el bloguero el teléfono, escucha la abnegada voz anónima y la despide con cajas destempladas. Seguramente estas voces serán inocentes, como casi todo el mundo, porque el culpable de todo es el sistema. Pues eso, maldigamos al sistema que permite a los call center ser tan coñazos vendiendo telefonía, suministros de gas y energía, seguros y televisiones de pago. De vez en cuando, por aquello de despistar, deberían llamar preguntando al consumidor por su salud.

-¿Está usted bien?- podrían decir para que les cogiéramos cariño- Pues nada, Iberdrola sólo llamaba para interesarse por salud.

Pero nada, no llaman así, y así no hay manera de quererles.

El caso es que, de una forma u otra, los nombres aparecen, penetran en nuestro cerebro, buscan un rincón y luego quizá se echan a dormir. Y un día, no se sabe cómo. despiertan y toman presencia en la vida del inventor de cuentos.  Construye uno sus pequeños mundos en forma de historias, casi siempre protagonizadas por gentes. Y hay que darles un nombre.

Pero lo que es  la casualidad, la última fabulilla de este blog era una variación sobre el actualísimo tema de Pepito, el concavenator de Cuenca. Tocaba en el fondo el asunto de los parecidos entre las personas y otras criaturas vivas, y de cómo una persona atractiva puede recordar lejanamente a un monstruo y ser, sin embargo, una criatura adorable. Así que saltó el nombre de Matilde, sin más antecedentes que una amiga de la madre del Duende que se llamaba Matilde Benlliure, sobrina del escultor Mariano Benlliure, gran mujer y persona admirable, esposa que fue del gran arquitecto Luis Feduchi. También tiene el Duende una sobrina de bellísimos ojos que fue la pequeña de su casa y aún es conocida como la pobre Matildita, aunque ahora es una feliz madre de tres hijos y nada pobre, por cierto. Hay otras matildes en la gran historia –la emperatriz Matilde– o en la historia costumbrista de la radio, como Matilde Conesa, Matilde Vilariño y aquel entrañable producto de ambas que fue el serial Matilde, Perico y Periquín (Cadena SER, década de los cincuenta del pasado siglo) de la televisión y de la publicidad (las matildes de Telefónica que popularizó José Luis López Vázquez).

No había, se insiste, más matildes para el abajo firmante. Primero nació la de mentira, la mujer del paleontólogo, y apenas unas horas después Matilde Figuerola-Ferretti y Freyre, un bebé redondito, (quizás una bebá para la ministra Aído), una niña sana que mama y duerme como los ángeles, que llora como un rebuznito lejano de  Platero y que dormida en su cuna es la imagen de la paz perfecta. Caprichosa coincidencia. El refranero dice que no hay quinto malo. La recién nacida es la quinta nieta de este bloguero, por lo que vale complacer a la ministra mentada y decir que tampoco hay quinta mala. Que Dios la guarde. A la niña y, ya que estamos tan sensibles, también a la ministra.


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