Amando a pesar del vampiro

Todos los que usamos una impresora creemos que en ella se oculta un vampiro insaciable...

1

Aunque el joven  Elías Adante se creía ya un hombre maduro, era evidente que le faltaba un hervor para entrar en sazón. Así, no acababa de entender que los cursos con los que entretenía su situación de puto parado le ponían en la privilegiada situación de ser un trabajador en activo, según la doctrina social más avanzada que acababa de exponer, con su brillantez formal habitual, el presidente de gobierno. La cabriola argumental del gran reformador sin embargo pinchaba esta vez en hueso. Elías creía de que no necesitaba cursos, porque llevaba dentro el gen de un gran escritor, y estaba convencido de que se podría ganar la vida con su talento y con su pluma.

-A la mierda los cursos-dijo mientras se sentaba en la mesa con la pluma y el papel en blanco- Eso no es para un espíritu creador como el mío…

La seguridad de su autodiagnosis no ocultaba tampoco otros síntomas de su inmadurez. Influído por la leyenda de que hay que vivir como el estereotipo de un escritor para llegar a serlo, se había obsesionado con la figura de James Joyce. Y se empeñó en empezar la casa por el tejado haciendo suya en primer lugar la desmesurada afición del escritor irlandés por la absenta.

2

Se podía haber conformado con con los Dry Martíni que, según se cuenta, se suministraba Hemingway en el Harry´s de Venecia. O con el Calvados del comisario Maigret, que también resultaba muy literario. O con cualquier whisky de malta, armagnac o vino amontillado, aromas y sabores todos que invitan a la ensoñación y al exceso, buenas espuelas para la inspiración. Pero le dio por la absenta,  como a Verlaine, y al autor del inextricable Ulises, y tuvo que hablar con los barman de los baretos del barrio para enterarse, primero, de qué diablos era aquel espirituoso tan demodé y conseguir el suministro adecuado. Luego probó el Absinta Mousse de Lehman, después se dio al famoso Pernod, y al cabo de dos meses llegó a la conclusión de que el Anís del Mono, si no tan literario, era no menos eficaz para colocarse y, desde luego, más barato.

-Además, qué tontería, sale en un cuadro cubista muy famoso –se decía- ¿Cómo no me va a inspirar?

Primero se inspiraba y  luego se ponía a escribir. Siempre con su copita del Mono cerca, al que sin embargo seguía llamando absenta.

3

Elías Adante conoció a la bella Elisa en un punto limpio. Este era un lugar nada o muy literario, según se mirase. Él había acudido allí para deshacerse de un viejo televisor en blanco y negro, mientras que ella, más original, combinaba dos tarros de aceite frito con una muleta, radiografías diversas y una serie de láminas de goletas, bergantines y clipers enmarcadas en madera de roble que unos laboratorios médicos le habían regalado a su marido y de los que se deshacía estrellándolos con violencia contra el fondo del contenedor..

-¿No le gustan los barcos?-ironizó Elías.

Ella torció el gesto.

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La audacia, que a veces derivaba  en falta del sentido de la oportunidad, no era la única de las virtudes de Elías.  Pronto su simpatía había hecho posible que tras unas disculpas suyas, procedentes por otra parte,  Elisa bajara sus defensas, y le confesara abiertamente que su marido, pediatra de profesión, se había fugado con la enfermera la semana anterior.

-Disculpa, no podía imaginar….

Pero mientras se excusaba, anotaba mentalmente las pautas de lo que podría ser la novela de este siglo: chico parado que quiere ser escritor encuentra a abandonada en un punto limpio y nace el amor.

Por la noche, borracho de absenta o de Anís del Mono, Elías se plantó ante el papel y comenzó a escribir su obra maestra con la dedicatoria:

A Elisa, a la que encontré cuando me deshacía del pasado para emprender un nuevo camino.

Sostiene Elías saber que la dedicatoria se suele poner después de haber escrito el libro, y que escribió aquella noche bastante más. Casi medio capítulo de una novela que, modestia aparte, prometía ser magistral. Pero a la mañana siguiente todo lo escrito había desaparecido misteriosamente.

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-Cuando bebo absenta- se decía- es mi sangre la que escribe.

Y los glóbulos competían entre sí por querer decirlo todo y de la manera más vibrante. El amor, el ansia de vivir, el miedo a la muerte, el afán de descubrir el mundo más allá de las frontera de esa cárcel que es nuestra propia personalidad, el pánico a la soledad, el desasosiego, la relatividad del arte, la ambigüedad del alma humana, las dudas sobre si hay vida después de la muerte… Elías Adante quería ser, como Joyce, un escritor que rastrillara en todas las capas de la sensibilidad y en todos los momentos que vive un espíritu humano a lo largo del día para hilvanar en medios de aquel caos alborotado una sencilla pasión. No era hombre de método –a ningún escritor que lo fuera se le escribiría poner la dedicatoria antes de haber concluído el libro- pero tenía gran fe en sus capacidades.

-Soy una esponja –pensaba-Y gracias al extraordinario poder de instropección que me da la absenta lo absorbo todo.

Aupaba su ego de creador  a base de muchas tonterías. Pero escribir, escribía mucho todas las noches. Aunque luego, a la mañana siguiente, siempre volvía encontrar su manuscrito en blanco.

6

Debía de ser el milagro de la absenta lo que permitía reconstruir en cada sesión todo lo que había escrito y de manera inexplicable había desaparecido después. El entusiasmo que le provocaba su droga no le desanimó al principio, pero al enésimo día de encontrar  que alguien o algo borraba las líneas de su novela empezó a preocuparse. Después de una noche de trabajo infernal, un día se despertó sobresaltado, saltó de la cama y se dirigió a su escritorio como poseído. Todavía no había amanecido cuando, al traspasar el umbral del se asustó al ver en la penumbra una figura extraña. Sentado en la silla giratoria ante el escritorio, dando la cara a la puerta,  había un hombre alto y enjuto de tez lívida y porte aristocrático vestido con frac y capa que fumaba tranquilamente un cigarrillo mientras sonreía mostrando dos grandes colmillos superiores sanguinolentos.

-El…¿El conde Drácula, supongo? –titubeó temblando de miedo el inocente Elías Adante.

-¿Qué otra cosa podías esperar?- contestó el vampiro- ¿No decías que cuando bebes absenta es tu sangre la que escribe?… Escrita queda…¿Y cómo iba a dejar yo que se desperdiciase? Sangre del día, y sin tener que tomarme la molestia de morder  a nadie…

-Bueno –se excusó Elías- Cuando uno se emborracha con absenta…

-O con Anís del Mono –interrumpió el vampiro- ¡Que hay que ver como abaratáis el mito los plumillas de ahora!…

-Si claro –prosiguió el aprendiz de escritor con su torpe hablar de lengua estropajosa- El…el caso es que cuando uno bebe, dice muchas tonterías…

-Y las hace-confirmó el conde- ¡Mira que confiar lo que crees que dicta tu talento a una impresora!…

7

No entendió del todo lo que dijo el vampiro, pues estaba convencido de que, al igual que  Verlaine, Rimbaud y todos los genios consumidores de absenta, él escribía a mano y sólo dejaba sobre el papel rasgos de tinta. Sin embargo, convencido de que su amor por Elisa se resentía  al no avanzar la novela, Elías le tuvo que contar a ésta la verdad. Le contó que para escribir se había hecho un adicto a la absenta, que la absenta le hacía escribir con sangre, lo que garantizaba una obra de gran calidad literaria. Pero que al interrumpir su escritura para acostarse  bien entrada la noche, al olor de la sangre fresca acudía un vampiro y se bebía  diariamente el producto de su inspiación.

-Estoy desesperado, Elisa –le confesó conteniendo a duras penas sus sollozos.

-No te preocupes, mi amor –le consoló Elisa- Te ayudaré a vencer este problema y a seguir adelante.

8

El especialista que, por consejo de Elisa, le trató no fue precisamente el más delicado y sutil del Colegio de Psiquiatría. Después de conocer la obsesión de Elías, su enfermiza idolatría por  los románticos, su adicción  a la absenta y su paranpoica fantasía creadora le vino a decir que era un pusilánime, un imbécil y un mentiroso que sólo inventaba para encubrir su mediocridad.

-Lo siento, señor Adante-Pero usted no es consciente de lo que miente. Cree escribir como los escritores a los que tanto admira. Cree que es un vampiro el que le roba su obra. Y no es consciente de que está alcoholizado,  y de que, cuando escribe en ordenador, como casi todo el mundo hoy,  es ya víctima del delirium tremens y alucina.

9

Le suministraron Diazepan y Haloperidol, sustituyó la absenta por una bebida isotónica y, convencido de que debía cambiar de hábitos para su completa curación,  Elías  reinició su novela escribiendo en el ordenador.  Todo transcurrió con normalidad, y fraguaba perfectamente hasta que, acabado el tercer capítulo, creyó oportuno imprimir el texto para hacer una lectura sobre papel y corregir a mano.

-Es lo que hacía Joyce –se consoló mientras apretaba el botón de la impresora.

Pero en ese momento, como el genio de la lámpara de Aladino, salió de aquel siniestro aparato el mismo vampiro que se le apareció en las infernales noches de absenta que creía haber superado.

-¡Bah!…¡Alucinaciones! –dijo con desprecio mientras esperaba a que apareciera el papel impreso.

-¿Alucinaciones dices?- repitió  el vampiro con voz cavernosa sin poder  contener una risa sardónica que sacó a elucir sus colmillos manchados de sangre- ¿Olvidas que los vampiros modernos estamos patrocinados?…

El vampiro abrió entonces su capa y el  aprendiz de escritor se quedó estupefacto, no sabiendo dónde fijar su atención. Pues mientras  la impresora advertía en su pantalla que no podía imprimir por falta de tinta, el vampiro se burlaba de él mostrando sobre el forro de raso rojo la marca Brother para la que ahora chupaba en horario continuo.

-¡Pobre imbécil!…-dijo el vampiro antes de prorrumpir en una diabólica carcajada.

Elías corrió a por una cabeza de ajos y un crucifijo, y el vampiro, como era de esperar, salió de naja despavorido. Luego llamó a Elisa.

-¿Me acompañas al punto limpio donde nos conocimos?

Juntos arrojaron con estrépito al fondo del contenedor la impresora, que se rompió en mil pedazos Y cuando fueron conscientes de que  se habían liberado de aquel siniestro vampiro tecnológico, se besaron y sintieron que la novela de su vida  empezaba otra vez.

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5 Responses to “Amando a pesar del vampiro”


  1. 1 lola septiembre 17, 2010 en 11:23 am

    Si me permite una sugerencia don Elías, lleve al punto limpio el Diapezan y el Haloperidol mientras se da cita con Elisa pues acabará peor de lo que está. Sustituya esa droga por otra, tome hierba, no, esa que está pensando no; Hierba de San Juan, verá como poco a poco se sentirá mejor.

    ¿Bebidas isotónicas? Pruebe el té verde y será otra persona. Lo mejor está en la naturaleza y por supuesto en lo natural, en lugar del psiquiátra ¿por qué no se da cita con Elisa? No hace falta que sea en un punto limpio, cualquier otro lugar puede ser más agradable.

    Y, no se preocupe tanto, eso de tener miedo a todo lo que nos cuenta es más corriente de lo habitual.

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  2. 2 José Ramón septiembre 17, 2010 en 9:58 pm

    Muy bueno, Duende.
    Una tontería mía: ¿No se les debería llamar “puntos sucios” a los mal llamados “puntos limpios”? Al fin y al cabo, corren heroicamente con toda la porquería para que el resto del mundo sí esté limpio.

    (Otra cosa: Permitidme que os recomiendo encarecidamente el cuento “los muertos” del libro de James Joyce “Dublineses”. Yo me leí el “Ulises” hace años, echándole muchas ganas y mucha paciencia, y estudiando atentamente los resúmenes y guías de José Mª Valverde. Mereció la pena y me divertí muchísimo, pero reconozco que asusta un poco. Pero podéis leer a un Joyce delicioso, exquisito y muy humano en este maravilloso cuento que os digo).

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  3. 3 Franciska septiembre 18, 2010 en 8:23 am

    Querer ser escritor, para muchos es un sueño, poder serlo es fantastico. Como en el amor, querer amar es una cosa y poder hacerlo, otra. Me encanta que en tu historia hay que coger todo lo que de alguna manera nos chupa la sangre, vampiro incluido, y como dice Jose Ramon, llevarlo al “punto sucio”, deshacerse de ello y empezar de nuevo.
    Y ¿que seria de nosotros sin miedos razonables? seriamos tontos.

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  4. 4 El Duende de la Radio septiembre 20, 2010 en 10:02 am

    El cuento no es en absoluto desinteresado. Quiero que los que sepa me digan cómo se puede escapar del vampirismo constante que padezco por parte de mi impresora BROTHER. Ya compro cartuchos de esos que ofrecen más baratos, pero aún así me da la sensación de que o vienen con muy poca tinta -no se ve el nivel, es plástico opaco-o o mi vampiro chupa mucho.

    Me queda el recurso de estrellar al vampiro en el Punto Limpio, pero me temo que no va a aparecer por ahí ninguna Elisa que justifique el sacrificio

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  5. 5 Zoupon septiembre 20, 2010 en 10:50 am

    Me temo que tu impresora Brother es más bien el Big Brother (el de Orwell, no el de la Milá) que todo lo absorbe. Y temo que tiene mal arreglo. Yo tenía una impresora de otra marca (Epson) e igualmente chupaba tinta como un Ferrari gasolina. Me pasé a la láser (hoy ya las hay muy económicas si sólo deseas imprimir en blanco y negro) y problema resuelto.

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