El buen cristiano que deseó el mal ajeno a un banquero

...Y el buen cristiano se hizo malo y la tomó también contra los mercaderes del templo

1

Aquel anciano intentaba ser buen cristiano, como le enseñaron. Se encontraba sin embargo con algunas dificultades. Por ejemplo, la de rezar como dicen que Dios manda. Necesitaba visualizar lo que las oraciones decían, y para eso, mientras sus labios modulaban el padrenuestro o el avemaría, repasaba mentalmente las imágenes religiosas de Juan de Juni o de Salzillo, los lienzos de Fra Angélico, de Murillo, de Ribera y demás los pintores clásicos o las grandes películas bíblicas de Cecil B. de Mille, que decoraban divinamente cualquier rezo.

-Perdóname, Señor, si eso te parece poco piadoso. Pero como la oración es siempre la misma, necesito ilustrarla de una manera diferente. Pienso que si no lo hago te aburrirás…

Y él, tan mayor y tan asiduo a las prácticas religiosas, no podía ir la iglesia  para aburrirse él y aburrir a Dios.

-No es plan, Señor, no es plan.

2

Sin embargo, aunque había perdido vista, sí vio que el feligrés del banco de delante, vestido con un traje de buen paño y excelente corte,  lucía unos llamativos tomates en el talón de sus calcetines. Lo había advertido cuando se arrodilló en la consagración. Y entonces, en lugar de ilustrar ésta con las diversas versiones de la Ultima Cena que tenía en la memoria, imaginó que el traidor Judas, no sólo no mojaba el pan en la salsa, sino que abandonaba  el cuadro y con hilo y aguja zurcía los calcetines del hermano que estaba mostrando sus miserias.

-Señor –oraba el anciano- Perdona que cambie los papeles que nos cuenta el Evangelio. Pero me parecía que era una manera de redimir al desgraciado de Judas y, al mismo tiempo, taparle las vergüenzas al hermano que tengo delante. Porque…¿hay algo más indigno que un hombre honorable mostrando tomates en los calcetines?

3

Como andaba muy lentamente y no quería ralentizar la fila de comulgantes, siempre comulgaba el último. Y entretanto, observaba  a los que volvían a su banco después de tomar la sagrada comunión. Fue entonces cuando descubrió que el feligrés elegante y distinguido con tomates en los calcetines era –oh paradoja- un banquero ilustre. El mismo banquero que había negado la hipoteca a su nieto más querido.

-Perdónale, Señor –suspiró recordando el disgusto de su nieto- porque este canalla no sabe lo que hace…

Y ese día, por primer domingo desde hacía muchos años, él no se levantó a comulgar Después de su piadosa súplica por el banquero lo pensó mejor y se quedó sentado deseándole lo peor.

-Perdóname, Señor-dijo para sus adentros-Porque yo sí se lo que hago.

Y se concentró en pedir a Dios que perpetuara en los codiciosos el terrible castigo de llevar tomates en los calcetines hasta la consumación de los siglos.

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7 Responses to “El buen cristiano que deseó el mal ajeno a un banquero”


  1. 1 Ángela octubre 6, 2010 en 7:16 pm

    Tampoco me parece tan grave la cosa. Tu piensa Duende, que en las casas ya no hay costureros. Y si por casualidad conservas alguno de los que recoges en algún hotel, seguro que cuando vas a utilizarlo: NO TIENE EL COLOR QUE NECESITAS!!

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  2. 2 Emilio octubre 6, 2010 en 7:30 pm

    Estoy seguro de que este buen cristiano obtendría el perdón solicitado, y que además El Señor lo recibiría con honores en el Reino de los Cielos.

    Delicioso cuento lleno de ternura y de fino humor. Ese hombre que prefiere innovar antes que aburrir al mismo Dios; “No es plan Señor, no es plan”.

    No hay más que ver el “castigo” que le desea el anciano al banquero canalla. Toda una declaración de intenciones.

    Realmente no se puede caer más bajo, llevar tomates en los calcetines siendo un poderoso hombre de banca. El paradigma de la indignidad.

    Genial.

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  3. 3 MARIBEL octubre 7, 2010 en 7:08 am

    me ha encantado pero yo creo que no deberia heberse castigado asi mismo por el banquero usurero que no , que no trankilo creistiano que el que no se comporta bien es el??????? jajajajaj

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  4. 4 Franciska octubre 7, 2010 en 7:35 am

    Desde luego era un buen cristiano, porque si su deseo de venganza quedo colmado con que el banquero llevase tomate en los calcetines, era un deseo ingenuo . Casi sufria más él por verselos que el otro por llevarlos. Pero desde luego quedaba como un miserable, y tacaño, que es lo que era. A Dios tampoco le gustaba, seguro.

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  5. 5 Charivari octubre 7, 2010 en 9:47 am

    Con ocho y nueve años todavía en mi colegio era obligatoria la confesión semanal. Como las mías me parecían aburridísimas (no pasaban de alguna que otra mala contestación, un rifirrafe con mi hermana, rechazar la merienda reiteradamente…) me inventaba enfrentamientos con mis padres, palabrotas impensabes y cosas así con el fin de hacerle más llevadera al pobre P. Gerardo la mañana de las confesiones. Eso sí, las remataba con un “padre, y me confieso de decir mentiras”, lo que me dejaba muy tranquila.

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  6. 6 Zoupon octubre 7, 2010 en 5:07 pm

    Siento desilusionaros, pero los únicos que lucen tomates son los pobres. Los ricos compran unos calcetines superfashion a los que se les han practicado estudiados agujeros de ventilación con láser de última generación, y que cuestan un pastón. Los llaman “smart sockets” y su famosísimo diseñador, como suele hacer en estos casos, ha rodeado su idea de un rebuscado, aunque limitado, corpus doctrinal: “Estos “smart sockets” con sus “air holes” nos definen a un hombre urbano, moderno y sofisticado, que sabe lo que quiere y al que le gusta pisar fuerte en la vida, pero que al mismo tiempo busca estar en contacto con la Madre Tierra para equilibrar el yin y el yang”. De hecho, ya se empieza a ver manteros con calcetines agujereados de imitación china.

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  7. 7 lola octubre 7, 2010 en 8:33 pm

    Qué pechá reir chiquillo, gracias por compartir tu sentido del humor.
    ¡Zoupon for president! ¡Vive ZPon!

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