Archivos para 29 noviembre 2010

No habrá güatillazo

Corría la sospecha de que la lenidad de la RAE diera por buenos los deslices verbales de Leyre Pajín, pero parece que de momento deja las normas en su sitio

Enésima causa de la estupefacción permanente en la que vive Homper. Estaba mosca desde la semana pasada, donde a cuenta de otro ataque de vehemencia feminista de la ministra Pajín creyó escucharle decir cónyugues para lo que el roman paladino dijo y escribió siempre cónyuges.

Se lo comentó a la tía Clota, que está haciendo acopio de leña seca para el invierno en su casita de Nueva Inglaterra.

-Tía, aquí ya vale todo –comentó el Hombre Perplejo- Digo yo que lo habrá dado por bueno la Academia de la Lengua.

-Pero si siempre fueron muy rígidos, sobrino.

-Qué se yo, tía. Será que se han contagiado del furor reformista de Zapatero. Mi amigo Muguerza dice que a menudo tiene problemas porque da su apellido para hacer una reserva y luego se encuentra en el hotel o el restaurante de turno con que no consta nadie que se llame así. Lo más parecido es un tal Mugerza.

-¿Confunden el fonema ge con el gue?-pregunta la anciana, profesora jubilada de literatura española en Estados Unidos– Eso no pasaba ni con los más borricos de mi época.

-Las cosas cambian, tía. ¿No te acuerdas de cuando Alfonso Guerra vaticinó que a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió?…

Pero hoy la sorpresa de Homper es saber que, reunidas las academias de la lengua española en Guadalajara, Méjico, han decidido reducir las últimas travesuras ortográficas a una propuesta de futuro, y acuerdan mantener las reglas aún vigentes.

-Qué tranquilidad, hijo-dice la tía Clota- O sea, que lo de cónyugues va a seguir siendo ignorancia.

-Bueno, si lo dices tú….A mí me llamarían machista por decirlo.

La buena noticia del día, piensa Homper, es que no todo se reforma a lo loco. O que el afán de darle la vuelta incluso a lo innecesario puede acabar volviéndose contra ti. Mira el Hombre Perplejo los periódicos del día, se fija en las elecciones de Cataluña y se pregunta cómo definiría Pajín  los resultados para su partido, que es básicamente el partido del jefe.

-¿Escribiría que ZP ha dado un güatillazo? ¿O pondría gatillazo como se ha escrito toda la vida?

Un no famoso en el Rastrillo

El espanto de tener que pasar por famoso sin serlo...Tierra, trágame.

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-¿Es usted famoso?-le preguntaron una vez al Duende en el Rastrillo de Oviedo.

Y el interpelado dijo para sí la frase típica de los personajes de Pulgarcito cuando se cruzaban por la calle con su sastre.

-Tierra, trágame.

(No se sabe por qué, siendo tan pobres, los héroes de tebeo de entonces vestían de sastre. Tampoco se entiende que los sastres trabajaran para ellos, pues por lo visto, nunca cobraban).

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No era famoso entonces ni lo ha sido nunca. Lo que hoy se entiende por fama  sólo viene de la televisión, que da el carnet de famoso a quien lo merece y, muy a menudo, a quien no  reúne más mérito que el de ocupar la pantalla. Pero la radio genera una relación muy estrecha  y cálida. Había personas que valoraban lo que en ella largaba el Duende, y consideraban que si les gustaba a  ellas, tenía que llegar a todo el mundo.

Es lo que le `pasó a Cristina Palau, aquella distinguida amiga que colaboraba en el Rastrillo y necesitaba una cara conocida para vender camisetas. Las intenciones eran buenas, a pesar de que el Duende trató de persuadirla de que no era el hombre más indicado.

-La radio no la ve nadie.

Y tanto. Su cara era tan poco conocida y estaba el hombre tan poco animado que sólo pudo vender diez camisetas. Debiendo soportar, además, la humillante pregunta  de un bobalicón.

-Oiga, ¿es usted famoso?

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Ahora el presunto famoso de entonces ya no es ni duende de la radio, que a efectos de fama  tampoco era mucho. Pero tiene amigos mantenedores del Rastrillo que le sobrevaloran, y aún le piden que acuda a animar al personal.

-Verán…-dijo tratando de presentarse cuando le dieron el micrófono- No se si saben que yo…

Es su sacrificio del año. No por lo que aporta en términos monetarios a la noble causa, sino por lo que le abruma tener que regresar desde el pasado. Por lo que sufre cuando le plantan  ante una parroquia  que espera glamour y que sólo ve a un señor mayor haciendo cosas extrañas.

-¿Y en qué radio estás ahora?-le pregunta  al concluir el numerito alguno que fue su oyente.

No se puede quejar. Peor  hubiera sido que le volvieran a preguntar eso tan horrible de si era un famoso.

Amor en tiempos de crisis

Gracias te doy, Señor, por este dentífrico que ha limpiado y refrescado el beso que ella hacía tanto tiempo que no me daba...

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Aquella madre creyente siempre había mantenido la buena costumbre de rezar antes de iniciar la comida con su familia.

-Bendice Señor estos alimentos que vamos a tomar, recibidos de tu mano generosa…

Pero últimamente estaba tan asustadita por las malas noticias económicas, que se consideraba una privilegiada, y daba gracias al cielo por casi todo. Se despertaba y daba gracias por despertarse. Se duchaba y daba las gracias por agua que derramaba la alcachofa. Salía a la calle y elevaba los ojos para dar las gracias por los zapatos recibidos. Dejaba a los niños en el colegio y se abrazaba al maestro para expresarle su gratitud.  Respiraba y daba las gracias al oxígeno. Llegaba su puesto de trabajo, se sentaba ante la mesa, besaba al ordenador, lo levantaba hacia el cielo y repetía sus preces.

-Gracias te doy, Señor, por este ordenador con su Windows Vista y su antivirus y sus múltiples programas, con los que puedo hacer dignamente mi trabajo…

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Sus compañeros  pensaban que se había vuelto loca. Algunas vecinas que la habían visto dando las gracias al felpudo del portal por limpiarle las suelas de sus zapatos, también. Sus hijos creían que se había vuelto santa de la noche a la mañana.

-Gracias te doy Señor –rezó ante el espejo del cuarto de baño mientras desenroscaba la tapa del dentífrico- por el lujo de poder lavar mis dientes antes de acostarme.

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Cuando se aprestaba a agradecer a Dios también el cepillo de dientes, observó en el espejo que desde la puerta entreabierta la estaba mirando su marido. Su expresión era de sorpresa, pero también de emoción, arrobo y ternura.

-¿Y a mí, que también colaboro en esos dones recibidos, y que además te quiero, no me dices nada?-preguntó él.

Entonces ella se volvió, y le besó como se besan al final de las películas románticas. Y con aquel beso tan fresco y aún con sabor de menta él, que también venteaba tiempos difíciles, pensó que tal vez no hay crisis que por bien no venga.

Lo importante, los sueños y el sofión de Moratinos

Hé aquí a una buena persona que sabe lo que es importante, aunque muchos no le comprendan...

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Supone este duende que una de las características que distinguen a las personas notables es que priorizan siempre lo importante. Saltan de la cama, se duchan, se despejan y hale, se ponen a pensar o a trabajar en lo importante.

Claro está que hay que saber primero qué es eso. Por formación, cree entender que importante es lo que afecta a muchos y lo hace profundamente, como el nuevo tembleque con el que Irlanda asusta a nuestra economía marioneta. Más importante, y desolador por irritante, es la plaga de cólera que flagela al desdichado pueblo de Haití. Importante, por escandaloso, es que el telediario nos sorprenda con un cadáver haitiano transportado en carretilla mientras aún no hemos despachado el postre. Qué mal gusto, caramba.   Importante, cómo no, es el paro que nos sangra. Importante es que el director del CNI confiese que, como los malos son tantos, hay poco tiempo para reflexionar y, por ende para protegernos. Importante es que Marruecos sólo haya provocado un muerto en el conflicto del Sahara, y pueda presumir de sus morgues vacías. Importantes deben de ser las razones por las que el gobierno bebe el amargo cáliz ver cómo sus queridos artistas le vuelven la ceja en su contra a cuenta de este asunto. Que son las mismas razones por las que todos los que dudan de la versión oficial son considerados antipatriotas  por el mando y su partido. Qué duro es lo importante.

El Duende lamenta no tener armas para solucionarlo.

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Pero es que además cada día está más pendiente de lo que, no por insignificante, le queda más cercano. Lleva tres días aislado en el campo, observando cómo poco a poco el otoño ha decorado el paisaje con el esplendor de la decadencia. El tulipo y algún liquidámbar del jardín ya desnudaron sus hojas, pero muchos cerezos, castaños, robles e higueras aún prestan sus amarillos y rojizos a un paisaje en el que los naranjos y los madroños contrastan el brillante verdor de sus ramas con el coloridos de sus frutos. Abajo el valle, extenso y abierto hasta las lejanas cumbres de Guadalupe. Detrás, Gredos, recién nevado como de azúcar molida de polvorón Cuánta belleza poco importante: no cambiaría este cuadro por el mejor Renoir o Monet de los que ahora se exhiben en el Prado y en la Thyssen.

Al despertar, más dueño de la luna que del aún tímido amanecer,  se pregunta cuánto durarán estos milagros de la vida. Apolcalipsis no todavía, por favor.

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No todo lo poco importante resulta placentero. Durante la noche, el Duende vivió una de esas desazones a las que todos los mortales estamos expuestos. Quién, al cortarse las uñas de los pies, no ha dejado alguna con un puntito mal pulido que luego se engancha en las sábanas y pone grima en los sueños. Además, estos, que empezaron muy bien, le dejaron un regusto amargo.

Pues resulta que, impresionado por unas declaraciones de Zapatero, que por alabar a su antes ministro de asuntos exteriores y ahora embajador volante Moratinos, había dicho de él que es un hombre extraordinariamente bondadoso, soñó que a éste le encargaban otra noble misión especial.

-¡Oh, bondadosímo Curro! –le decía el presidente- Necesito otro servicio de tu noble talante.

-Dime, dilecto presidente y dueño de mis destinos…¿Qué deseas de mí?

-Escucha, Curro…La Asociación de Hijos del Laicismo por la Ilusión me piden que destrone a los Reyes Magos y promueva  un Papá Noel de garantías para sustituirles…¿Quién mejor que tú para esa misión?…Conste que no lo digo por tus hechuras, que ciertamente casan a la perfección con la silueta clásica del bon hôme. Sino por eso, por tu bonhomie, tu inmensa bondad natural…¡Qué ocasión para seguir demostrando talante!

-¡Gracias, poderoso señor!- dijo el ex ministro con los ojos inundados de lágrimas antes de salir corriendo a comprarse unas barbas postizas.

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Lo siguiente es un trineo cargado de juguetes. Encima, el orondo Papá Noel vestido de rojo que es Moratinos recibe niños, les da un beso y  luego un juguete. A los pies del trineo, una cola de párvulos ilusionados espera su regalo, y el Duende está entre ellos. Todos son despachados con alegría y largueza por el ex ministro polivalente. Pero al llegar el turno del Duende, no sucede lo mismo: a Papá Noel se le tuerce el gesto. Se pone de pie, estira un brazo y apuntando con el dedo le expulsa de la cola de los bendecidos por su bondad.

-¡Fuera, chaval!- grita sin poder ocultar su ira- A ti ni un regalo, que siempre me has faltado al respeto…

Y el Duende se va con las orejas gachas, compungido, intentando recordar en qué le faltó alguna vez al nuevo papá Noël. Jo, qué mal sueño. Menos mal que estas son cosas poco importantes.

La luna, la romántica y los mandos a distancia

La luna...Mejor dejarla que siga brillando lejos

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Era preocupante, pero de un tiempo a esta parte, cada mañana que despertaba aquel hombre  sentía que un gusano cruel le roía el corazón. Un día era el paro de una persona afecta, al día siguiente un cáncer que amenazaba a un amigo, al otro una patada a la moral colectiva perpetrada por un político, al de más allá la sombra de la ruina acechando a su pueblo.

-Pobres-pensaba- Pensar que hace nada todos éramos ricos, y el más tonto hacía relojes dormido.

Los gusanos voraces seguían haciendo de las suyas. Belén Esteban omnipresente, algún idiota con proyección nacional contando en voz alta o baja, off the record , sotto voce o por las claras, sus inconfesables veleidades eróticas. Los políticos incapaces de explicar al pueblo por qué el fin justifica los medios, y a veces tienen que abrazar el cinismo para no acabar siendo aún más despreciables. La demagogia, la irresponsabilidad, la estulticia. La desesperanza. No era un gusano ni dos, era un ejército insaciable que todos los días horadaba su maltrecha conciencia ciudadana.

-Y encima esto-dijo contemplando su cesto de mandos a distancia.

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Y encima eso. No sabía por qué a él, como a tantos malditos que se han ido plegando a la amable dictadura del progreso, lo que antaño era el cesto de los calcetines desparejados o de las piñas para la chimenea se le había ido llenando de mandos a distancia: de un televisor, de otro televisor, del Canal  Plus, del equipo de música, del otro equipo de música, de la radio, del aire acondicionado, del DVD, del TDT, de un videojuego de los niños. Mandos a distancia en activo, mandos a distancia jubilados, mandos con pilas, mandos sin ellas, mandos con una marca grabada en su carcasa que ya no se correspondía con la marca de ninguno de los aparatos visibles. Mandos para crearle aún más problemas que los que ya le daba vida.

-¿Y qué carajo hago yo con ellos?

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Ocurrió que después de la lluvia que lavó la atmósfera,  salió la luna de noviembre más redonda, limpia y guapa que nunca. Y que en esas le llamó su amiga la romántica, la que nunca daba por perdida la ocasión para la felicidad y la ternura. La amiga ilusa. Salieron a pasear juntos cuando aún resplandecía la puesta de sol  y la luna tomaba el relevo. Solo hablaron de topicazos.

-Qué bonita la luna.

-Si…Quizás nos gusta tanto porque es de las pocas cosas que no nos está fallando.

Ella dijo que soñaba con bajarla, tocarla y descubrir el misterio de su fascinación. Y a él se le ocurrió que quizás, quizás…

-Ven a casa-le dijo- Vamos a probar un experimento.

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Llegaron a casa, acercaron el cesto de los mandos a distancia al balcón y, uno a uno, él fue probándolos todos. Los cogía, los apuntaba a la luna y apretaba sus botones. El primero no funcionó, los seis siguientes tampoco, pero al apretar un botón del octavo artilugio, la luna obedeció: dejó su orto y fue acercándose al balcón donde miraban la romántica y el escéptico.

-Para, para-le dijo ella cuando la luna lo llenaba todo y estaba a punto de abducirlos en su poderoso influjo.

-Tienes razón –dijo él – No hay que ser insolidarios. ¿Qué será del resto de la humanidad si acaparamos  la luna sólo para nosotros?

-Aún más –concluyó la romántica- ¿Qué será de nosotros si la conocemos de cerca y perdemos también esa ilusión?…

Entonces ella le arrebató el mando de las manos, apretó otro botón, devolvió la luna a su lugar y a continuación lanzó el cacharro al canasto de las ilusiones dormidas.

Marruecos recuerda a “los poderes fácticos”…

Agradezco a O. Santana el préstamo de esta imagen. La dibujó pensando en la Cuba de Castro, pero vale perfectamente para el Marruecos actual...

“Pocas noches baldías si quieres ser feliz”, le dijeron una vez al Duende. Versión  estrellada del aforismo carpe diem. Si el sabio latino aconsejaba exprimir intensamente el día, se trata también de aprovechar las noches: para descansar, para amar o para soñar.

Tocaba sueño. En su cielo oscuro, como una `nebulosa inquietante, planeaba una pregunta: ¿qué fue de los poderes fácticos? Los jóvenes ahora ni saben lo que es eso. Pero los que vimos morir a Franco con el alma encogida entre el miedo y la esperanza especulábamos con esa sombría amenaza que podría hacerse carne. Los fácticos eran un eufemismo periodístico con el que se designaba a los poderes latentes que en cualquier momento serían capaces de despertarse enfadados y segar la naciente democracia. Pocas veces se citaban con sus nombres, pero todos sabíamos que eran por este orden, los militares, los amos de la economía y, cómo no, la Iglesia.

En el mismo sueño, caramba con los caprichos de Morfeo, este insignificante duende saludaba a Zapatero, al que en los episodios oníricos uno puede encontrarse como te topas con un viejo compañero de colegio en la escalera del Metro. El presidente estaba inusualmente desaseado. Sin afeitar, con mala cara, descorbatado y sin traje, con la mirada perdida e insegura. Parecía un español cualquiera esperando en la cola del paro. Pensó el observador que, entre lo imaginario y la áspera realidad, el antiguo profeta de la utopía había elegido vivir sólo en los sueños, que le costaban menos disgustos. Pero aún así no parecía feliz.

-¿Será por la nebulosa esa?- le dijo el indiscreto duende.

La nebulosa que perturbaba el sueño había ordenado su morfología, lechosa y evanescente, como corresponde a los misterios del cosmos. Ahora podía leerse en el cielo oscuro una palabra: Marruecos.

Al presidente le costó admitir que nuestros amigos y vecinos del sur –y eso sí que es eufemismo- se han convertido, treinta y cinco años después de la muerte del dictador, en el poder fáctico que más cruelmente está desnudando las miserias del gobierno. De este, dicen los politólogos, o de cualquier gobierno: al parecer hasta en las democracias más puras hay que pactar de cuando en cuando con el diablo. Y hay que tragar, porque aunque este poder fáctico sea malo, puede ser vampirizado por Al Qaeda y convertirse en peor. Así que de momento orillamos la utopía y ponemos cara de póker, como ante esa banca que nos arruinó y a la que hay que seguir ayudando.

-Entremos jubilosos en Guatemala para no caer en Guatepeor –dijo el Vicepresidente de Realpolitik cuando estábamos  aún con un pie en el sueño.

Menos mal que al despertar del todo y tocar tierra, nos llevamos el alegrón de saber que el flamenco y els castells han sido catalogados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

El hombre que dejaba escapar los aviones

Homper necesita aviones de papel para volar a su antojo...

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Cuando Homper vio La cantante calva de Ionesco, descubrió que el teatro del absurdo tiene muchos visos de realidad. Se acodó de la famosa sentencia de Oscar Wilde, tantas veces aplicada cuando el observador se queda pasmado admirando un instante glorioso del atardecer, una formación geológica caprichosa o un paisaje sobrecogedor: la naturaleza imita al arte.

-Está claro –se dijo- la naturaleza imita al arte y el absurdo se posesiona muchas veces de la realidad.

Lo pensó después de presenciar una de tantas secuencias estúpidas que suceden en la vida de cualquiera. A la sazón, en un marco tan poco sugerente como ese lugar de pasos perdidos en que se han convertido los agotadores aeropuertos modernos.

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El protagonista del suceso fue un viajante atormentado por algunas cuestiones básicas. ¿Cuántas horas de su vida habría pasado en ese penoso trance de esperar un avión? ¿Cuántos kilómetros acabaría peregrinando por los aeropuertos? ¿Cuánto dinero deberían de haberle reembolsado las compañías aéreas por sus impuntualidades horarias? ¿Cuánta adrenalina  había segregado por ellas? Acumulándolas todas…¿podría haber cumplido alguno de sus grandes sueños? ¿Estudiar música, por ejemplo? ¿Tocar el violín? ¿Aprender física cuántica? ¿Dominar los misterios del Sudoku? ¿Escribir una versión moderna de Á la recherche du temps perdu? ¿O montar pacientemente, pieza a pieza, esa maqueta del buque Juan Sebastián Elcano que dormía resignadamente en un anaquel de su habitación?

-Es la medida de eternidad más tonta que conozco-pensó mientras despachaba uno de esos carísimos sándwiches con sabor a química saludable que distingue a la gastronomía aeroportuaria-Los aeropuertos son el limbo de los viajeros del siglo XXI…

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El día que acuñó ese pensamiento su despiste habitual le dio otro disgusto suplementario. Por necesidades de trabajo, viajaba todos los miércoles al mismo destino en el avión de la dos de la tarde. No había adelantado su reloj el fin de semana del cambio horario de primavera, y el primer miércoles después de este, al solicitar su tarjeta de embarque, una amable señorita uniformada le dio amablemente la muy desagradable sorpresa.

-Señor, llega usted tarde. Su vuelo acaba de despegar…

Efectivamente, se le puso primero cara de limbo. Pero poco a poco la expresión de su rostro mutó a indignación consigo mismo. No era para menos. Imaginó que salía del aeropuerto cojeando y dejando tras de sí un reguero de sangre. Qué cabreo, santo Dios: no le maltrataba la aviación comercial lo suficientemente mal como para que encima él mismo tomase una pistola cargada y se disparase en el pie.

-A ver qué se le ocurre, doctora –dijo el hombrecillo cuando se tendió en el diván de la psicóloga- A ver cómo me convence usted de que no soy el viajante más desdichado y el más gilipollas del mundo.

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Además de los consejos de la psicóloga, él mismo se aplicó otras terapias de urgencia. Imanes en la puerta de la nevera sujetando recordatorios. Postit amarillos sobre su mesa de trabajo. Rotuladores luminiscentes para hacer más llamativos sus avisos. Chinchetas de colores pinchando notas urgentes en el panel de corcho del pasillo. Y un firme propósito de la enmienda: recuerda al levantarte las obligaciones del día y a qué hora debes cumplirlas. Recuerda que debes recordarlo. Recuerda que debes recordar que luego se te olvida recordar.

La escena del hombrecillo atormentado le hizo sonreir a Homper, pero confiaba en que la trama de aquella comedia profundizara en el absurdo hasta el delirio. No le defraudó. A la semana siguiente el viajante debía tomar un vuelo a las 11’ 30 de la mañana. Puso el despertador a las siete, pero el subconsciente vigilante le despertó a las 6´30. én el taxi tempranero. se acordó de su abuelo, que cuando viajaba en tren se presentaba en la estación dos horas antes de la hora de salida.

-Elemental, muchacho –le decía- Es indispensable presenciar la formación del convoy.

“La formación del convoy”, se repetía el viajante sonriendo. Qué antiguo el abuelo, pero qué sabio. Aquella mañana trataría de seguir escrupulosamente sus pasos. Antes se proveyó de ayudas para apacentar la espera: su libro, su MP3 para escuchar la radio y su música favorita, el periódico del día y un pequeño block de notas por si en el entretanto debía  apuntar algo nuevo.

Llegó al aeropuerto una hora y tres cuartos antes del embarque. Era lógico: aquella mañana se había puesto pantalones con tirantes. Los tirantes tenían seis presillas metálicas, y para pasar el control policial debería abrir las presillas y luego cerrarlas al fin de no presentarse en el avión con los pantalones caídos. Elemental, como decía el abuelo. El control, la caminata hasta la puerta K 93, y, en la pequeña pantalla de Salidas, la sorpresa que ya no es, desdichadamente, ninguna sorpresa para los viajeros habituales de avión: delayed. Nueva hora de salida: 12, 05.

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El hombrecillo  desahogó su frustración con las dos encantadoras empleadas uniformadas que debían chequear las tarjetas de embarque.

-Buenos días –les dijo educadamente mientras con el gesto señalaba a la pantalla- ¿Qué nos cuenta hoy la compañía para justificar el retraso?…¿Falta de visibilidad? ¿Control logístico? ¿Causas técnicas?…¿Migrañas de los controladores?…

-No señor –respondió la que parecía más veterana- Es que no ha llegado aún el avión que debe cubrir ese vuelo.

-¿Tardará mucho en hacerlo?…

-No le puedo decir…Tiene que llegar de Gerona, pero no sabemos si ha despegado.

-¿Cree que con los Episodios nacionales de Galdós tendré bastante para la espera?

-¿Cómo dice?-preguntó la empleada, inmune a cualquier tipo de ironía.

-Quiero decir que si la espera va para rato.

-¡Oh si!-contestó luciendo la más amable de sus sonrisas- Siéntese ahí y lea lo que quiera, le va a dar tiempo…

El pobre viajante  refunfuñó visiblemente enfadado. Después advirtió que su cólera no sólo era inútil sino, que caía sobre dos trabajadoras que no tenían la culpa de nada, y les pidió disculpas por ello.

-Lo siento –les dijo- Se que ustedes son el pararrayos de la furia de los viajeros…Pero es que estoy hasta la coronilla de la falta de respeto de la aviación comercial y de su compañía  por mí y por todos los que tenemos que viajar.

A continuación se quitó su chaquetón color mostaza de Dijon, se puso los auriculares de su  MP3 en los oídos y se sentó en la segunda fila de asientos que daban la cara al puesto de embarque. No quería perder de vista ni la pantalla ni a las empleadas uniformadas, de modo que tuvo buen cuidado de sentarse en un lugar bien visible para ellas. Después abrió su periódico y conecto su MP3 para intentar evadirse.

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Parece ser que se evadió demasiado. Mientras en su MP3 sonaba su música favorita, dio buena cuenta del periódico del día y de medio capítulo de su libro. La música era arrebatadora, y el libro que se traía entre manos era sencillamente apasionante. Tanto, que el hombrecillo furibundo no advirtió que el avión procedente de Gerona había aterrizado, y después de ser debidamente limpiado y repostado, había despegado nuevamente rumbo a San Sebastián.

Eso es lo que le dijeron las amables empleadas uniformadas cuando, cansado de no saber nada de su destino, se levantó a preguntar por el vuelo retrasado.

-Oh, señor…Salió hace veinte minutos…

Se quedó helado.

Parece ser que el avión partió medio vacío. El hombrecillo asegura que entre página y página  levantó la vista y no vio ninguna cola ante la puerta de embarque. También asegura que no escuchó ningún aviso, cosa normal si se tiene en cuenta que ahora se ahorran en los aeropuertos las llamadas por megafonía, y  que, aunque estas se hubieran producido, él, raptado por su música favorita, no la hubiera oído.

-Perdón –dijo el viajante a las señoritas uniformadas- ¿No se acuerdan de que yo les pregunté hace una hora si había  mucho retraso?…

-Sí, claro…Usted, el del chaquetón mostaza….Claro que m acuerdo…Se sentó ahí a leer mientras llegaba el avión…

-¿Y no se les ocurrió levantar la mirada cuado vieron que ésta iba a despegar de nuevo y faltaba un pasajero?…Estaba en esa silla….

-¡Imposible! –se excusaron sin perder la sonrisa- ¡Si tuviéramos que acordarnos de todos los que se nos vienen a quejar!…

No se quedó precisamente contento con la respuesta de las amables empleadas. Pero si en esos momentos hubiera tenido la pistola a mano, no les habría disparado a ellas, ni tan siquiera a su propio pie. Sino directamente a la sien de su maldita cabeza, porque ahora ni siquiera podía alegar el despiste horario. Simplemente, había dejado escapar el avión delante de sus narices por leer y escuchar música en lugar de estar pendiente del avión. O porque la lectura y la música le seducían más que viajar apretado como una gallina ponedora cuando a los amos de los cielos le sale de las narices.

Volvió a casa después de haber perdido una deliciosa mañana en el aeropuerto.

7

Como cine verité, real tal que  la vida misma, o como teatro del absurdo, la cosa tenía su gracia. La naturaleza imita al arte, y la vida misma acaba reproduciendo a veces lo que los maestros del disparate convierten en comedia.  Cuando Homper vio esta escena, desde el distanciamiento del espectador no pudo menos que reírse  a mandíbula batiente. Je, qué paradoja, el hombre con prisas que quiere viajar en avión para llegar pronto y, desalentado por la impuntualidad,  se desentiende de él, lo pierde inconscientemente y luego se tira de los pelos al ver que ha echado por tierra una cita importante.

¿Importante?

-Qué capullo-pensó-Eso le podía haber pasado a un personaje de Jacques Tati. Pero…¿cómo es posible que le pueda suceder alguien con la cabeza en su sitio?

Y dibujó una sonrisa que no se desvaneció hasta que, al llegar a casa y abrir el armario del hall,  advirtió que lo que colgaba en la percha era un chaquetón de color mostaza, como el del  viajante frustrado del aeropuerto. Entonces Homper, haciendo honor a su nombre, se quedó más perplejo que  nunca. Porque, qué contrariedad, comprendió que el gran majadero, el viajero estúpido que dejaba escapar los aviones no había sido otro que él mismo.


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