Lo que aún no ha contado Wikileaks

Los líderes políticos se preguntan, con cierta razón, si la libertad de expresión y la libertad de filtración no se estarán pasando...

1

Qué triste vivir atormentado por la sombra de una sospecha, por el remordimiento, por el sentimiento de culpabilidad. Qué insufrible salir a la calle y tener la sensación de que todo el mundo está leyendo en el fondo de tu alma y conoce los secretos que más quieres ocultar. Qué tortura ver en cualquier  ciudadano con el que te cruzas a un juez togado que te mira fríamente mientras frunce el ceño y con cara  de calamar impasible lee su sentencia.

-Culpable. Se le condena a…

Nadie, ni los gatos de la calle, tan discretos y respetuosos, parece observar el principio de presunción de inocencia. Qué dura la vida de quien tiene que hacer doble vida.

2

Un agudo acotador de la actualidad disfrazado en plan Mortadelo como castaño de Indias lo hubiera constatado aquella mañana. Al igual que cualquier otro día, se podía ver a oficinistas diligentes vestidos de oficinistas diligentes que atravesaban el parque para dirigirse a su trabajo.  También a algunos buscones discretos que esperaban en lo más umbrío del jardín su encuentro con el amor oscuro. Y, cómo no, a los practicantes de “jogging”. Corrían en todas las direcciones.

Pero al ojo crítico no le pasaron inadvertidas dos figuras que avanzaban en dirección contraria. Ella era una chica  rubia que  vestía un chándal verde y corría como una gacela. Él, como tantos diplomáticos, era de los de trote cochinero: el chándal de Armani, eso sí. Pero sólo para mantener la forma sin aburrirse tanto como los colegas que pagan un gimnasio carísimo y hacen kilómetros  sobre una monótona cinta rodante.

Ambos se iban a cruzar, pero cuando se encontraron sus miradas, ralentizaron el paso. Y, sin  conseguir disimular el por qué, cambiaron su rumbo y tomaron direcciones opuestas.

3

Fue el oprobioso complejo de culpa. Si, a tenor de los últimos acontecimientos, impregnaba éste a toda la sociedad, que veía caer a otro mito -la única flor y nata que le quedaba ya a aquel país tan venido a menos- cómo no iba  a pesar sobre ellos, que al fin y al cabo eran atletas.

Ella, además, al igual que la otra gran protagonista de la Operación Galgo, también se llamaba Marta. Y aún no había tenido tiempo de pasar por la peluquería y cambiar el tinte de su cabello por otro menos llamativo. Recordó horrorizada el final de la noche en que conoció a aquel apuesto diplomático norteamericano. No es que se gustaran al primer golpe de vista. Es que se emborracharon juntos, se olvidaron de sus respectivas vidas, se acostaron en la misma cama  y ya al amanecer, antes del último envite  de la pasión, esnifaron una rayita de coca.

-¡Qué espanto!-pensó Marta- Se sabrá todo…Y acabarán desposeyéndome de la medalla que gané en la Carrera por el Corazón Sano que organizamos en la urba…

4

Pero más graves aún eran los motivos que angustiaban a Edgar Templeton, diplomático, y espía. Vivía sin vivir en él desde que saltó Wikileaks porque,  aunque había arrancado secretos de alto valor estratégico sobre los narcos colombianos, los nuevos ricos del petróleo rusos, las mafias chinas y el preocupante nuclear de Irán y de Corea del Norte, lo que más le inquietaba aún no había visto la luz.

-Con todas mis informadoras tuve la precaución de acostarme a oscuras-pensó.

Pero el encuentro con aquella dichosa Marta fue distinto. Con las demás  sólo servía al Departamento de Estado y al placer carnal. Con Marta había sentido además algo parecido al amor, y se había desinhibido sin tomar las debidas precauciones.

-Qué disparate-pensó mientras se abría la bragueta y se acercaba a la taza del retrete- Lo hicimos a plena luz, y ella lo vio. Me moriré de vergüenza…

Escudriñó todos los rincones de aquel cuarto de baño, buscando cámaras ocultas. Se temía que la bomba podía estallar de forma inminente. Pensaba que cualquier día de éstos, la filtración llegaría a EL PAÍS, y todo el mundo acabaría sabiendo que Edgard Templeton además de espía era agente doble.

Aún más: también se sabría que aquel hombre tan serio y competente, aquel diplomático ejemplar que tanto había arriesgado por la seguridad de Occidente, se había tatuado en el miembro viril la imagen de Hello Kitty.

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4 Responses to “Lo que aún no ha contado Wikileaks”


  1. 1 Edgar diciembre 14, 2010 en 9:59 am

    Me lo estaba temiendo. Me has descubierto…Miro para todos los lados y no veo más que ojos que me señalan. Mi mente es un hormiguero que no hace más que dan vueltas y vueltas sin descanso…

    La angustia de la culpa me arruga el corazón y mi respiración es contenida. No debía haber visitado este rincón donde habitan los duendes.

    Pronto lo sabrán todos. Ya esta mañana, hasta Cristina, la secretaria, siempre sonriente, me miró con recelo. Fui al servicio, me miré el tatuaje y hasta el dichoso felino me lo dijo erizando sus bigotes: “Ya te indiqué que no deberías haberlo hecho”

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  2. 2 El Duende de la Radio diciembre 14, 2010 en 10:15 am

    Acojonated me dejas, Edgar…¿Dolió mucho?

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  3. 3 Franciska diciembre 15, 2010 en 1:37 am

    Me he quedado obsesionada con el tatuaje de Hello Kitty, pobre Marta, no se habrá recuperado del susto, bueno, y del bajón que le daria al verlo…..lo siento por ti, Edgar, pero ¿a quien se le ocurre hacerse ese tatuaje? claro, que la mente de los espias debe de ser un poco rebuscadilla.

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  4. 4 Angelus Risi diciembre 16, 2010 en 9:26 pm

    ¡Juás! He tenido ir a la Wiki para enterarme de la identidad de la tal Kitty, pero bueno, ya me sonaba haberla visto por la tienda de la familia.

    ¡Miauuuuuu!

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