Las Cajas y las grietas

Si la madre de Homper viviera, se escandalizaría al ver que ni las Cajas de Ahorro son ya lo que eran...

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Homper leía el periódico cuando se quedó perplejo.  Hizo un alto en la lectura  y suspiró.

-A dónde habría ido a parar su fe –pensó acordándose de su difunta y querida madre- ¡Si hasta las cajas de ahorros se tambalean!…

Y recordaba el empeño de mamá  en que cortejara a Pilarín.  Pilarín era mofletuda y caderona, y tenía una nariz acyranada. Hasta que se la operó, y le quedó desternillada y fina como el pico de la aleta de un tiburón. No era pues la más atractiva de la promoción, pero le hicieron madrina del paso del Ecuador, y la rondaron, y le cantaron aquello de asómate, asómate al balcón, carita de azucena. Homper no recordaba exactamente qué carita tenían las azucenas, pero esperaba que en el campo, y mecidas por la brisa, lucieran algo más graciosas que Pilarín.

Pilarín era buena, y en la cuesta de enero invitaba a los amigos aun guateque  sólo para liquidar el resto de los cestones que habían recibido en su casa por Navidad. Pilarín, naturalmente, no era el amor de su vida. Pero era hija del presidente de la Caja de Ahorros de la provincia.

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La sede de la Caja de Ahorros se erigía en uno de esas plazas de la ciudad que ahora se dicen “emblemáticas”. A Homper le sorprendía que ahora se adjetive tanto con esa esdrújula de nuevo cuño. Pero le pasmaba aún más el estilo del edificio, que José Ramón (lector de este blog) y otros arquitectos versados podrían catalogar dentro del racionalismo opulento, la oficialidad funcional o, como diría el ínclito  Jesús Gil y Gil, la fealdad ostentórea. A primera vista  parecía una horterada monumental chapada en mármol rosa, pero el arquitecto que lo firmó ganó un accésit en el concurso del Proyecto para el rediseño de las Cabinas de Baño de la Playa de Santa Lucía de Camagüey, en la isla de Cuba, y además era ahijado de un consejero de la Comunidad Autónoma correspondiente.

-Es que la cajaahorreidad es una manera de entender la vida –decía su amigo Gustavo, que era muy filosófico él-  un pensamiento social. Y, por suerte o por desgracia,  una estética.

Eso, una estética. Se veía en sus edificios, en sus diseños corporativos, en sus logotipos,  en sus calendarios, en sus libros de cheques, en el papel y el sobre de sus cartas. Se adivinaba en ese toque especial que daban a sus obras los artistas que exponían en sus salas. Hasta en el estilo de esos bancos, esos columpios y ese mobiliario urbano que, siempre atentas a sus fines sociales,  habían plantado en tantas ciudades y pueblos de España.

-¿Ves? –le decía su madre a Homper- El padre de Pilarín…¡Ese sí que es un hombe de categoría! ¡Y ayudando a todas las iniciativas!

Homper veía a la Caja de Ahorros por todas partes. Viviendas, polideportivos, centros culturales…Y patrocinando conciertos, exposiciones, pruebas deportivas, iniciativas sociales. Las cajas lo eran todo, aunque para él Pilarín,  pese al empeño de su madre, no significara casi nada.

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El padre de Pilarín se hacía el nudo de la corbata muy gordo, al estilo Wilson, y gustaba de llevar zapatos de rejilla. El padre de Pilarín lucía un fino bigote de capitán general de la época, y aunque sólo era profesor mercantil había escalado puestos porque tenía muy buena cabeza y un hondo sentido social del trabajo. Además era presidente de una hermandad de penitentes muy importante, y aunque tenía el feo vicio de tocarse sus partes vía bolsillo del pantalón –otra costumbre de los hombres de entonces- pasaba por ser todo un caballero cristiano,  generoso, atento, servicial y de sonrisa fácil.

-Pilarín –decía a su querida hija cuando ésta salía de casa- Que no te falta de nada…¿Le das un beso a papá?…

Papá ofrecía la mejilla, Pilarín se la besaba y el prócer le daba un billete de quinientas pesetas doblado que extraía entre los dedos índice y corazón del bolsillo de su chaleco.

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Un verano  Pilarín se fue a Inglaterra a aprender inglés. Cuando regresó, sus cabellos eran rubios y la topografía de su cuerpo se había redondeado sospechosamente.

-La cajaahorreidad ha mejorado algo su estética- sentenció Gustao.

Ni por esas consiguió Homper enamorarse de ella. Tampoco le hubiera ido mucho mejor, porque pasó por allí un joven registrador de la propiedad que acababa de ganar plaza y que apenas había tenido tiempo hasta entonces para salir con chicas. Pilarín le parecía maravillosa, y a Pilarín él otro tanto. De modo que se casaron, y fue una boda de mucho lustre. La Caja de Ahorros le regaló un juego de te completo de plata.

Pero pasaron los años. El presidente del bigotillo y el nudo Wilson y la madre de Homper ya habían muerto cuando a Pilarín se le cruzaron los cables y se enrolló con un fisioterapeuta más joven y con mejor planta  que el registrador. Dejó a éste, tuvo un hijo con el cachas y se hizo gestora cultural pensando que con su carrera y su pedigree lo tenía resuelto todo. Pero cuando, como asesora del Ayuntamiento, diseñó un Curso de Cuentacuentos y un Taller de Abrazoterapia y fue a la Caja de Ahorros a solicitar patrocinio para financiarlos, se encontró con una sorpresa desagradable.

-No me jodas, Pilarín–le dijo Gustavo, el teórico de la cajaahorreidad ahora al frente  del alicaído  Departamento de EsponsorizaciónEsto ya no es como en tiempos de tu padre .¿Aún no te has enterado que se ha acabado la fiesta?…

Se lo contó desolada a su antiguo amigo Homper. Y éste suspiró aliviado, pensando que su difunta madre se había evitado otra grave grieta en uno de los pilares fundamentales de su cristianísima fe.

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7 Responses to “Las Cajas y las grietas”


  1. 1 El Duende de la Radio enero 27, 2011 en 3:16 pm

    Dos precisiones.

    Una, lo del Taller de Abrazoterapia no es coña. Lo escuché esta mañana en Onda Cero Extremadura. Aunque dude mucho que lo patrocine ninguna caja.

    Dos,creo que el nudo ancho de corbata es efectivamente Wilson,m y no Windsor, como dicen otros. Se parece mucho más al que llevaba el presidente estadounidense Woodrow Wilson que al del Duque de Windsor, aunque este haya quedado como ejemplo de elegancia.

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  2. 2 joselepapos enero 27, 2011 en 6:29 pm

    Desde luego querido duende eres una verdadera caja de sorpresas.

    Los vientos de la historia van borrando poco a poco lo que durante un tiempo fueron verdades inamovibles. Estoy viendo de nuevo una serie de los años 80 “Arriba y abajo”. Es curioso lo parecido que fue el cambio del siglo diecinueve al veinte con el actual.

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  3. 3 Zoupon enero 27, 2011 en 7:13 pm

    Llevaba hoy el día torcido y de mal café, querido Duende, y mira por donde me lo acabas de enderezar y alegrar con tu relato delicioso. Te debo otra, y ya no se ni cuántas van.

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  4. 4 José Ramón enero 27, 2011 en 11:50 pm

    Pues sí, Duende. Creo que me puedo imaginar el estilo arquitectónico del edificio de la Caja de Ahorros. Lo has descrito muy bien.
    Mi padre, que ha sido toda la vida de corbata diaria hasta que se jubiló, siempre lo ha llamado “nudo Wilson”. Estaba el Wilson y el doble Wilson. Nunca ha dicho Windsor, y yo de mi padre me fio mucho (al menos en cuestiones corbateras).

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  5. 5 PedroJMar enero 28, 2011 en 9:40 am

    Estimado Duende.
    Gracias por una explicación escueta y sencilla de las cosas del dinero.
    Para uno que hemos hecho incluso muchas obras de remodelación de sucursales de Bancos y Cajas, como los presupuestos de adjudicación se daban a partida alzada cerrada después de discutir sobre papel hasta cuanto estaban dispuesto a gastarse en poner mármoles, aceros inoxidables y cristales blindados, para guardar un dinero inexistente, si por cualquier mala fortuna, una vez te pusieses a ejecutar el trabajo, saliesen unidades de obras no contempladas en proyecto, si querías cobrarlas te decían que nanay, y te decían que además esas mejoras iban a beneficiarte en tu reputación ante los directivos de la entidad, como persona coherente con tu profesionalidad y que tu prestigio (dígase que con mi dinero) se haría notar en futuras adjudicaciones. Si sabrán ellos lo que es prestigio y dinero.

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  6. 6 Pemberton enero 28, 2011 en 9:40 am

    Disiento¡¡
    No se les ha terminado la fiesta, ahora es otra fiesta…aeropuertos en medio de la nada, equipos de baloncesto, pisos y mas pisos de amigos que luego hay que malvender, becas para hacer estudios de cosas que nadie entiende, Pilarin no iba tan descaminada.
    Ahora si que parece que el tiempo de fiesta esta pasando a la historia pero no porque no quieran sus gestores seguir festejando sino porque se les ha acabado el fuelle….la Señora Merkel ha dado un puñetazo en la mesa y ha dicho: ¡¡¡ para fiestas estoy yo ¡¡¡

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  7. 7 Charivari enero 28, 2011 en 11:07 am

    ¡Esto es la caida del Impero Romano, señores!

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