Archivos para 28 febrero 2011

Injubilables felices

...Como Angelillo, que no es este, pero podría serlo, aunque él sea más de montaña que de mar.

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Botín tiene 76 años, pero es feliz levantándose a las 6´30 de la mañana y reuniendo a directivos de altos bonus cuando aún no les ha dado tiempo de quitarse las legañas. A Tomás Fuertes, presidente de El Pozo, lo que más le apasiona es estar al pie del cañón. ¿Querrá decir que se pondrá el mono y los guantes y bajará a la fábrica a embuchar charcutería, que es lo suyo? Amancio Ortega, 76 años, dice que seguirá trabajando hasta el final. Nadie sabe cuánto vale su minuto de actividad. Teresa Rivero, 75 años, es presidenta del Rayo Vallecano, equipo de fútbol cuya plantilla lleva varios meses sin cobrar por la mala cabeza de la familia Ruiz Mateos. Reconoce que está mayorcita, no que su familia es incorregible, pero afirma estar encantada con sus ocupaciones. Plácido Domingo, 70 años, ya avisó desde el palco del Real que seguiría cantando mientras le quedaran fuerzas. Mejor que cante, porque hablando se pone un poquito cursi. “Podría vivir sin trabajar”- dice Francisco Ibáñez, el creador de Mortadela y Filemón“pero la vida sería demasiado aburrida”.

En el último dominical del periódico El Mundo se han juntado cien injubilables felices y nos cuentan su porqué. También los hay sin cara conocida: Celso González, un ganadero que prefiere cuidar sus animales que pagar a alguien por ello, Mª del Carmen Rodríguez, dueña de una zapatería, Juana López, carnicera, Lourdes Soriano, monja. Podría interpretarse como un reportaje pagado por el gobierno para ir acostumbrarnos a la idea de que jubilarnos más tarde es prolongar ese estado de felicidad que parece dar el trabajo. No subraya lo fundamental, lo que de verdad explica por qué no quieren retirarse. Y es que todos trabajan o en su empresa mercantil o en su empresa vital, que otros llamarán su ego. Qué curioso: los albañiles y jornaleros por cuenta ajena no aparecen en la lista, ¿por qué será?

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Tampoco aparece Ángel Serratosa,  80 años cumplidos justamente ayer, natural de Ronda, casado felizmente con la prima Carolina, más conocida como Chita, y residente en Barcelona. Padre feliz  de siete hijos, abuelo y bisabuelo de incontables criaturas, se jubiló después de una larga carrera en la empresa Tassada y Beltrán, y desde entonce es  activista puntual en Intermón. Como tantos jubilados que no salen en los papeles sigue en activo, aunque un proyectito de agua potable en un país subdesarrollado de la ONG en la que colabora sea menos vistoso que los dividendos de Botín o las tiendas que abre a diario el dueño del imperio ZARA.

Angel hace honor a su nombre, y no lleva alas porque las alas se planchan mal, no hay quien les marque la raya, y él es extremadamente pulcro y presumido. A su padre le fusilaron en Ronda cuando la memoria histórica se empezaba a escribir con sangre. Pasa de puntillas por esa cruel espina que se clavó en su niñez, y no se le conoce una expresión de odio ni tampoco una secuela que haya sesgado su natural bonhomie. A veces llega a irritar, porque no critica nunca  a nadie. En sus ratos libres  pasea,  pinta, lee y va a exposiciones. Un experto en felicidad diría que su biografía es un éxito, pero ni siquiera él está libre de imperfecciones. Lleva más de medio siglo en Barcelona, y es tan políticamente correcto que hace lo posible por hablar el catalán.

Ziz plau –le dice al kiosquero con su lengua rondeña un poquito zopaz– ¿E que me donaría La Vanguardia?

Es su máximo logro en la lengua de Espríu. Bienaventurados los que tienen buenas intenciones.

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Una de las grandes satisfacciones de Angelillo, como se le conoce en familia, es haber rehabilitado la massía que heredó su mujer en la Pobla de Lillet. Por ahí aparece de vez en cuando este bloguero y pasa unos días inolvidables con sus primos y con parte de su numerosísima tribu, porque en la casona de piedra no cabemos todos.  Ahí tiene su fuente el Llobregat, desde ahí se ve el impresionante peñasco de Pedraforca y se avistan al norte las lejanas crestas de los Pirineos. Cerros, valles, aire puro, montañas nevadas al fondo. Uno se acuerda de  cuando se quedaba embobado mirando la ilustración de la caja de lápices de colores Alpino, con aquel cervatillo triscando por paisajes como el de la Pobla. Angelillo y la prima Chita han repartido mucho oxígeno entre el personal que los conoce.

Un día paseaba con ellos por el monte y Angelillo se plantó ante un enorme pino negro.

-Mira qué ejemplar- dijo con evidente orgullo- Es el mejor de este monte.

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Quiso este duende entonces escribirle un poema de esos pretenciosos que hablan de la realidad y el símbolo, la aguja impasible que, en el frío del invierno o bajo el sol abrasador de agosto, sigue cosiendo el cielo y la tierra, la realidad y el sueño, el ser y el deber ser, la materialidad y la inmortalidad del alma. El gran  pino negro de la Pobla, directo desde las raíces de la tierra hasta hacerle cosquillas con las ramas de su punta al mismísimo Dios. Un trasunto arbóreo del Angelillo.

Quiso escribirlo y dedicárselo a este buen hombre que, aún no saliendo entre los injubilables de la lista de El Mundo, tampoco quiere dejar de trabajar. Aunque sólo sea  en el noble afán de hacer la vida más amable a los demás. Así que hoy lo escribe este bloguero no en verso, sino en prosa deshilvanada, con el simple deseo de felicitarle por ser un ochentón aún tieso, sonriente y positivo, bien planchado  y exportador de felicidad.

Otro 23 F bien distinto

Como demuestra esta historia, aún quedan muchas cosas por saber del 23 F...1

El diputado Encinas manifestó su necesidad de ir al cuarto de baño. Le  asignaron un cabo para vigilarle. Al entrar en los lujosos aseos del Congreso, creyó percibir  un olor acre y desagradable, en nada parecido al del perfumado desinfectante que distingue a los urinarios de los padres de la patria. Al diputado Encinas le costó exonerar la vejiga, pues no estaba acostumbrado a hacerlo a punta de pistola. Y entretanto se le relajaba el esfínter, le daba vuelta a la cabeza intentando de dónde vendría la tufarada.

-Serán los cagajones del caballo de Pavía-pensó.

El presentador cerró el libro y se sonrió. Era, a su juicio, una buena muestra de la ironía, no exenta de rigor, que caracterizaba a la novela. Después, en la copa, al autor le llovieron las felicitaciones. Era el trigésimo cuarto libro sobre el tema que se publicaba en ese aniversario que el presidente Bono, a pesar de su tradicional afán de pasar desapercibido, había inmortalizado con una arenga inolvidable dedicada a la memoria de los héroes que aquel día salvaron nuestra joven democracia.

Todos los asistentes al acto parecían felices. Todos, incluso Matilde, que después de felicitar al autor con dos besos en sus mejillas, agarró a Tomás por un codo y salió del salón de actos refunfuñando.

-¡Y tú aplaudiendo, como un gilipollas!-le espetó a su marido- ¿Cuándo vas a despabilar?…

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Mientras andaban por el Paseo del Prado buscando la boca del metro, Matilde fue implacable.

-Todos los de tu promoción supercolocados. Y el que no publica un libro sobre el 23 F sale a contarlo en una tele o en una tertulia de radio. Todos famosos, todos presentando libros, todos héroes de la democracia…¡Y tú callado en la redacción de un periódico de provincias!

-Mujer, a ti te gustaba la vida en una ciudad pequeña. Y de vez en cuando, ya ves, presenta un libro un amigo y nos venimos a Madrid.

-¿Y tú no lo viviste?…¿No eras de su promoción?…¿No se te ocurre nada sobre los bigotes de Tejero, o sobre la cara de pánfilo de Armada, o sobre eso tan socorrido de de qué hacías y dónde te pilló el golpe?..

Tomás detuvo el paso y se quedó clavado.

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Recordó cómo aquella tarde salió del taller donde le vendieron una Vespa de tercera mano contento como unas pascuas. Era una tarde soleada. Ella libraba y él, sencillamente, se había escapado del trabajo para celebrar el acontecimiento como estaba mandado. La recogió.

-Agárrate a mí como si yo fuera el único hombre de tu vida-le dijo con una sonrisa maliciosa.

Enfilaron la carretera del Pardo, donde merendaron y luego pasearon por el  monte y el bosque de encinas. Vieron un gamo. Era la tercera vez que salían juntos. Se besaron en la puesta del sol. Y cuando les sorprendió la noche, estaban medio desnudos y enredados en el amor.

-¡Eso es lo que yo hacía el 23 F! –dijo irritado sin levantar la vista del suelo- Eso es lo que hacíamos, Matilde…Darnos un revolcón como cualquier pareja joven enamorada sin saber ni querer saber qué pasaba un poco más allá…Y siempre he creído que eso era más importante que haber estado en el Congreso, ante un micrófono o al pie de las rotativas. Porque yo te amaba. Claro que entiendo el significado de lo que fue aquel día para mis compañeros. Pero entonces estaba convencido de que en democracia o en dictadura, girase la tierra en un sentido o en otro, yo no podría ser feliz si no te tenía…

Hizo una pausa para tomar aire. Se llevó las manos a la cabeza y, sin dejar de mirar al suelo, como si Matilde le escuchara bajo una tapa de alcantarilla, gritó desesperadamente y remachando una a una cada palabra.

-¿No entiendes, Matilde?…¿O es que quieres que yo también escriba mi libro sobre el 23 F?

Cuando levantó la cabeza y miró a su alrededor se dio cuenta de que estaba hablando solo. La buscó con la mirada. Aún alcanzó a ver la mancha fugaz de un abrigo rojo como el de Matilde que se hundía en las escaleras del metro de Cibeles.

La vida y sus navajazos

Nadie lo tenemos en el guión, pero todos debemos esquivar los navajazos que de vez en cuando larga la vida...

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Sestea el Duende en su sillón de IKEA mientras le aturden las noticias del Telediario. Disturbios en Libia y Marruecos. Esperanza Aguirre tiene cáncer. Ha muerto Odón Alonso.

No obstante, se duerme: esta mañana ha empezado su mañana corriendo por el Parque de San Isidro y el nuevo salón de pinos –qué nombre tan pretencioso- que arbola la orilla del Manzanares, y está cansado. Madrid, por cierto, amanecía limpio y con un cielo transparente. Cuando lo ve recortado en el horizonte y antes de que el sueño le baje las persianas seguía muy presentable.

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Esperanza Aguirre es la mujer de temple intermitente. Quiere ser del mismo hierro que su admirada Margaret Thatcher, pero de cuando en cuando sucumbe a la emoción y quiebra su palabra con inflexiones que le manda el corazón. Hoy intentaba un discurso firme y sereno para anunciar su cáncer de mama. Como el que habitualmente modula en sus declaraciones. Pero se le cruzaba el llanto, y a su fraseo le patinaba el embrague. Qué cosa más natural, incluso en una mujer de tanto carácter.

-Quiero animar a todas las madrileñas-decía abundando en el mensaje preventivo- para que se no dejen de hacer sus revisiones ginecológicas.

Los famosos afectados, como Josep Carreras, o como Plácido Domingo y Luz Casal, se convirtieron en los mejores agentes propagandísticos de la vigilancia activa contra la enfermedad que ya es no es innombrable. Ellos la vencieron, como ojalá lo venza Espe, con ese nombre de virtud tan poderosa.

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Pero lo uno no quita lo otro. El bloguero paró la carrera en seco al escuchar la noticia, Por razones largas de explicar –entre las que cuenta el implacable marcaje al que le someten sus enemigos- guarda una especial simpatía por esta política tan brava. Al menos da la sensación de currarse su cargo más que ningún otro representante del pueblo. No es sutil, pero es inasequible al desaliento, consecuente y simpática.  Por eso, al enterarse de su enfermedad el bloguero, se detuvo y le dedicó un recuerdo mientras, acodado en la barandilla de uno de esos nuevos puentes que cruzan nuestro pequeño río,  veía nadar a los patos, ajenos al mundanal desasosiego.

Todos tenemos un cáncer en alguna vecindad del corazón. Más cercana o más lejana. De ella se defiende bastante bien el Duende gracias a que su psique debe de padecer una cierta  bipolaridad sentimental. Lo cual le hace a ratos frío y tan áspero como la lija del 9, y a ratos cursi y de lacrimal fácil, como si fuera una heroína de Corín Tellado. En el paseo matinal, y escuchando la noticia de boca de la protagonista, le dio por lo segundo. Alivió con un suspiro. Y siguió trotando por el parque porque, según la propia presidenta, nada debe detenerse por culpa de su percance.

Salvo el cáncer, claro.

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Odón Alonso coleccionaba gallos. Gallos de cerámica, de barro, de hojalata, de basalto, de cristal, de plata, de madera. Lo leyó una vez el Duende en una entrevista que le hicieron al recientemente fallecido director de orquesta. Y esta confesión le produjo un efecto de simpatía hacia el maestro. No se imaginaba a Toscanini coleccionando enanitos en su jardín, ni a Von Karajan exhibiendo su tesoro de sorpresas de roscón en la vitrina de su mansión en Gstaad.

De alguien capaz de producir el milagro de la buena música a este bloguero le interesa casi todo, hasta los detalles más insignificantes de su vida. En un libro apasionante titulado El mito del maestro su autor, un crítico llamado Norman Lebrecht, hace un análisis de la personalidad de los grandes directores del pasado siglo. No aparece en la lista, cree recordar el lector, ningún director español, ni siquiera Ataúlfo Argenta. Deberían agradecérselo. Porque los grandes de la batuta resultaban ser, según Lebrecht, tan magníficos músicos como vanidosos, despóticos e insoportables personajes. La simpatía y la naturalidad raramente hace divos.

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Por muy fino que se ponga el bloguero, tiene que reconocer que tampoco él se libra del poderoso influjo del star system. Una novena de Beethoven dirigida por Metha, Mutti, Maazel o Giulini siempre le merecía más atención que una de Odón. A Odón le saludó un par de veces en su vida, y parecía un tipo amable, simpático y cercano. Nada que ver con los que Lebrecht disecciona tan cruelmente en su libro. Jamás le decepcionó musicalmente (los snobs no pensaban lo mismo), pero probablemente pesaba en su biografía la ausencia de glamour, que es el lo que parece que pedimos los ignorantes a los artistas. Coleccionaba gallos, recordemos, y era de La Bañeza.

Un día le sonó el teléfono al Duende.

-Hola, Luis-escuchó por el auricular-Soy Odón Alonso…Te llamaba porque hace mucho tiempo que no nos vemos.

El bloguero se quedó literalmente estupefacto. Jamás había sido amigo del maestro, se conocían sólo de un par de cenas con amistades comunes. Alguien le habló entonces de Alzheimer. Hoy una necrológica  recoge otra causa por la que, al cabo moriremos  casi todos: insuficiencia cardiorrespiratoria. Da igual. Una de las ventajas de la edad es que te enseña que la enfermedad y hasta la muerte forman parte de la vida. La  vida, con sus navajazos.

Así que a la cama, que mañana será otro día.

Adios a todo esto

...Y se cortó la coleta en San Sebastián, con la luna llena e testigo

Adios a todo esto, cuando esto aún llevaba acento. Lo escribió en su día Robert Graves. Y el bloguero, devoto del género memorístico, leyó aquel acta del fin de una etapa en la autobiografía del poeta. Interesado, claro, y, como siempre, con el afán de aprender algo.

Aquellas eran vidas intensas. Graves combatió en la famosa batalla del Somme, una de las más cruentas de la historia, fue profesor en Oxford, vivió en El Cairo, se retiró en Deyá. Con ese andamiaje cómo no se va a a construir una existencia apasionante. Pero el bloguero de vida alicorta y mirada minimalista, sin grandes batallas ni poemas en la mochila de su recuerdo, se quedó sobre todo con la rotundidad del título. Adios al pasado: sin ira, sin nostalgia, sin complejo de jubilado. Pero también sin contemplaciones.

Se fue de los micrófonos el presunto duende en 2007. Y desde entonces, craso error, ignorando el consejo aquel de no volver nunca al territorio donde fuiste feliz,  hizo tres tímidos  intentos de reenganche. Como la mayoría de los toreros retirados que regresan al ruedo con la tripa cantando por encima de la taleguilla, se encontró incómodo, desconfiado, sin sitio.

-No se si no hay toro o lo que ya no hay es torero-pensaba.

Y más pausadamente, reconocía que quizás no había nada de nada. Para fraseando a los Coen, creía firmemente que eso del humor y el show business no es país para cabelleras blancas.

Fue su última intervención en un programa de  tarde de la televisión vasca. No tenía mucho que decir en él, la verdad, pero le trataron divinamente. Le llevó allí Antxon Urrosolo con las mejores intenciones, y él no supo ver que quizás el amigo sobrevaloraba sus capacidades televisivas. Pero no hay mal que por bien no venga: ha aprovechado la  oportunidadpara conocer mejor el País Vasco, para tratar con personajes curiosos y muy simpáticos y para descubrir a  contertulias maravillosas, como   Gurutze BeitiaMaitena Salinas e Imatzi Rico, que  compartían con él disparates off the record y le despidieron con  verdadero cariño.

Antes de ir a la tele el  último día, disfrutó el Duende de unos buenos pinchos en grata compañía.  A la salida después del programa, caía la tarde limpia de nubes mientras emergía por el horizonte la luna. Luna llena y espléndida, qué detalle,  sobre la bahía de San Sebastián.  Aunque parezca mentira, no le dolió decir  adiós a todo esto. Porque  al mismo tiempo decía hola a todo lo otro que, con tanto tiempo libre y el depósito de ilusiones sorprendentemente lleno,  puede ser aún mucho mejor.

La pesadilla de los contragoyas

¿Qué hizo el de Fuendetodos pra merecer ésto?...1

Ya le chocó bastante a Homper el nombre de los premios que venían a ser una especie de contragoyas. Un académico travieso había decidido sustituir al pintor de Fuentedotodos, que al fin y al cabo no había inventado el cine, por otra palabra malsonante con la que rima tan ilustre  apellido. La palabra es del género femenino, pero designa algo muy masculino. O sea, que cumplía con el lenguaje políticamente correcto que mandan los cánones modernos, para satisfacción de la clase política, tan pendiente siempre de la cultura.

-¡Y qué potente resulta el trofeo!-comentó la Academia del Cine cuando le presentaron aquella cosa en forma de menhir modelada en bronce.

Los presentadores de la gala eran Groucho Marx, que había resucitado para la ocasión, y Santiago Segura. Para que nadie se llamara a engaño, este aparecía directamente convertido en el célebre y nunca bien ponderado inspector Torrente, con su camisa mal abrochada enseñando su tripilla blanquecina, su chaqueta nevada de caspa por las hombreras y su cabeza grasienta correctamente peinada. A lo largo de la gala, él mismo aplicaba su fijador salivar escupiendo sobre las palmas de sus manos de cuando en cuando y esparciendo tan eficaz brillantina sobre las crenchas de su cabello. Como contrapunto femenino estaba La Maña, vestida con un modelo de un tal Delfín, que explicaba  así su audaz propuesta.

-La palabra cine viene del griego clásico, y como Creta queda más o menos por ahí pues me he inspirado en las macizas que aparecen en los mosaicos de Knosos, que son como muy modernas. O sea, que el escote de La maña va exactamente por debajo de las tetas, fashion total, y así pasamos  de la horterada esa de enseñar sólo el canalillo. Ni Marilyn se hubiera atrevido a tanto, chatitos.

La ministra de Cultura, a la sazón Chus Lampeave, representaba un contrapunto clásico y muy serio, pues vestía un modelo de Francis Montesinos que reproducía exactamente el atuendo que llevaba Isabel la Católica en el conocido cuadro de La toma de Granada pintado por Pradilla. La simpática Chus, con su corona y su larga capa, apareció en escena  a lomos de un brioso corcel , y estaba realmente mayestática posando de tal guisa para la foto final.

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Estas son las películas y los profesionales premiados-dijo el fantasma de Groucho- Pero si no les gustan, tengo otras…

Y el público enfervorizado se echó a reír y prorrumpió en aplausos.

-¿Es usted un cineasta libre e independiente?-le preguntó a otro de los premiados-¿Está dispuesto a renunciar a las subvenciones del Ministerio de Cultura, de la televisión autonómica correspondiente, y del FAPI, Fondo de Ayuda para Productores Incompetentes?…¡Conteste antes a la segunda pregunta que a la primera!

El premiado puso una cara extraña, `pero el público celebró la ocurrencia con nuevas risotadas.

Cuando la mejor actriz recibió su premio,  Groucho sacudió la ceniza de su veguero, echó un vistazo a aquella grosera verticalidad de forma sospechosa y volvió a parafrasearse.

-¡Qué barbaridad, señora!…Yo en su lugar no lo cogería…

El puro de Groucho era, más que una provocación, un crimen de lesa salud pública. Pero los guionistas de la gala, que eran Boadella y Fernando Arrabal lo resolvieron brillantemente dando entrada a Silvio Berlusconi que apareció a paso ligero encabezando un pelotón de bersaglieri compuesto por sus mamachichos favoritas. Éstas le arrebataban el habano a Groucho y se lo llevaban a la trena mientras il Cavalliere, genio y figura hasta la sepultura, se quedaba galanteando a la Maña y a Chus Lampreave para darle más categoría al evento.

3

Pero el momentazo de la gala fue cuando Torrente dijo por primera vez el nombre del nuevo premio para las estrellas del séptimo arte.

-Señoras y señores…¡Comienza la entrega de las Pollas del cine español!

Y tampoco quedaron nada mal las dedicatorias, que dejaban atrás el estilo melifluo y untuoso para iniciar un nuevo tipo de lenguaje más acorde con los nuevos tiempos.

-Dedico esta Polla al capullo de mi padre –dijo el premiado como mejor guionista- que quería que yo fuera guardia civil. Y a la guarra de  mi vecina, que mientras que yo escribía el guión se paseaba en pelotas por la terraza para distraerme, la muy puta…

Se estiraba Torrente con finas metáforas sobre el felpudo de la vecina cuando Homper se despertó sobresaltado. Todo había sido un sueño.

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Quizás un mal sueño, pensó.

Aunque luego recordaba las múltiples ceremonias de este tipo que había presenciado a lo largo de su vida. Entregas de premios, mitines políticos, inauguraciones, convenciones de empresa, programas de televisión donde se tiene que adular a los premiados, a los colegas, a los equipos,  al público que se lo merece todo. La feria de las vanidades, el borreguismo de lo bonito, el vacuo lenguaje del halago y del eufemismo, la cursilería, el autobombo. La falla que quemamos en nuestro propio honor.

-Otro pan y circo que  pone espejos deformantes al alma humana para redimirla de sus miserias-concluyó

Lo comentó luego con la tía Clota, a la que ya no le divierten ni la fiesta de los Oscars, que son más o menos igual de repetitivas y empalagosas que nuestros Goyas. No se atrevió a contarle el sueño de las Pollas del Cine, porque le pareció demasiado fuerte para una anciana. Pero estaba seguro de que entendería su afán feístaiconoclasta y destroyer por el hartazgo de purpurina, de fuegos de artificio, de espuma y de glamour.

-No lo soporto más, tía-suspiró Homper- Soy demasiado viejo como para que me  sigan  contando la vida y el cine como si fueran una estúpida tarta de nata con guindas.

Como si fuera una falla.

Cuando la lluvia dibuja

Apasionante jercicio visual para una tarde de invierno, seguir la trayectoria de las gotas de lluvia en en el cristal de la ventana...

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Así que aquella tarde de la mitad del invierno estaba tan metida en lluvia que quiso aprovecharla para escribir.

Se había propuesto ser el mejor escritor sin escritos, porque todo lo que salía de su pluma corría una suerte fugaz: o se evaporaba, o se lo llevaba el viento, o lo arrastraba la lluvia o lo sepultaba la nieve. Lo que superaba esos desafíos se lo tragaba el olvido.

-Sin embargo está la tarde de escribir, seguro –pensó- Escribiré de nada, que es un tema  inagotable y tan sugestivo como la inmortalidad del alma.

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Orilló aposta todo lo que pudiera resultar útil o medianamente sensato. Sólo quería escribir por escribir, sin siquiera buscar el consuelo que a veces produce descargar la conciencia con palabras que se escapan igual que volutas de humo. Pero la lluvia seguía percutiendo en el tejado suavemente. Como si los ángeles tamborileasen sobre las tejas con la yema de sus dedos.

La lluvia, tan cinematográfica y hermosa, hisopando en el cristal de la ventana el capricho de su indolencia líquida. Tomó como referencia de ella un grueso goterón, lo siguió por unos segundos. Observó cómo se deslizaba desde la parte superior de la ventana hacia abajo. Y cómo, sobre el fondo panza de burro de la niebla que rodeaba la casa, la gota iba dibujando en el cristal  la frente, la nariz, los labios, la barbilla y el cuello de una figura femenina que no le resultaba desconocida.

Y entonces reconoció que aunque que no quería nada ni a nadie en particular, y sólo aspiraba a escribir sobre el vacío de aquella tarde de lluvia,  no podía olvidarse de ella.

Aguirre, el no tan magnífico, y la lectura rodante

Lo mejor de Jesús Aguirre probablemente sea lo que Manuel Vicent ha escrito sobre él. Un magnífico libro para la lectura rodante...

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El primer compañero de pupitre de este bloguero tenía un hermano que se llamaba Gonzalo. Y éste a su vez era muy amigo de un chico rubiasco y de ojos claros que se llamaba Enrique Ruano. Nunca llegó a tratarle el bloguero, pero coincidían en la casa de los amigos comunes, por los pasillos del cole, en el patio del recreo y haciendo cola ante la pipera  que vendía chuches a la entrada de aquel feo edificio neogótico de la calle Castelló donde domesticaban su infancia.

No volvió a saber de este muchacho hasta la década siguiente. Enrique Ruano, estudiante, como él, en la Facultad de Derecho de Madrid, había sido atrapado por la policía por supuestas actividades subversivas, cuando este eufemismo podía significar algo tan simple como reunirse y planear sueños contra la dictadura del general Franco. Le interrogaron, le amenazaron, le sacudieron de lo lindo. Parece que quiso escapar, y que recibió un tiro. No debió de ser suficiente, porque la causa de su muerte fue una caída desde un sexto piso. La versión oficial fue que se había suicidado.

Al día siguiente, junto al relato del suceso convenientemente maquillado, aparecía su foto en los periódicos. La misma mirada clara e infantil que el Duende recordaba del colegio. Se estremeció. Era una de las primeras tragedias públicas que le pasaban a alguien que conocía, aunque sólo fuera de vista. Y esas cosas en la edad de la inocencia (entonces se tardaba mucho más que ahora en perderla) dejan una profunda muesca en el alma.

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Un par de años después el Duende, que ponía en las clases de derecho el interés justito, descubrió un rostro femenino que llamó su atención. Era una chica de tez muy  blanca y grandes ojos azules y cabello de color castaño, con un tipo de belleza romántica algo triste, como de retrato ovalado firmado por Madrazo. Sólo había entonces en Madrid una facultad de Derecho, pero aún así la promoción juntaba a más de cuatrocientos estudiantes. No era fácil por tanto sentarse en el aula al lado de la alumna que uno escogía. Lo más que pudo aquel tímido duende fue enterarse de su nombre.

-Se llama Loli –le dijeron.

Luego supo también que Loli González Ruiz había sido la novia de Ruano, y pertenecía a uno de esos grupos activistas que agitaban la resistencia universitaria contra el franquismo. De ella arrancó la policía, con esa habilidad interrogatoria que pone los pelos de punta imaginar, el paradero del desdichado Enrique. Aquella compañera estaba marcada por la tragedia. Se casó después con Javier Sauquillo, uno de los abogados asesinados en la matanza de la calle Atocha que hizo trastabillar a los primeros pasos de nuestra vacilante democracia. Loli sobrevivió de milagro a aquella salvajada. La última vez que la  vio este bloguero tenía su cara destrozada por un balazo. Los asesinos no acabaron con su vida. Pero consiguieron desfigurar el romántico retrato de mujer joven  que uno guardaba en el museo de su memoria.

3

De un tiempo a esta parte, el público ha descubierto que la literatura enriquece más si ha sido tejida sobre el cañamazo de la historia. De la historia lejana o de la más reciente. Todas esos lectores, fundamentalmente mujeres, que uno puede ver en el metro leyendo novelones históricos se quedan encantados sabiendo que, además de entretenerse leyendo los amores de la Princesa de Éboli o las granujadas de Godoy, o han ampliado sus conocimientos o han refrescado su cultureta. Este mismo año ha habido grandes éxitos editoriales –El tiempo entre costuras y Riña de gatos, sin ir más lejos- por los que uno transita cómodamente al reconocer en ellos algunos personajes, rincones y sucesos que habitan en su memoria cercana.

No es exactamente una novela, pues debería de encuadrarse más bien en el género biográfico. Pero de ese material que combina lo vero con lo ben trovatto está hecho también Aguirre, el magnífico, el último libro que ha escrito Manuel Vicent. Maravillosamente, por cierto. Lo de menos, a juicio de este lector, es que la figura central sea un personaje tan discutible como el último Duque de Alba. Lo verdaderamente meritorio es cómo el autor, de la mano de aquel cura reconvertido en noble merced al sublime braguetazo,  nos pasea por ese cuadro de luces y sombras, de miedos y esperanzas, de hazañas y de méritos y, por contra, de sinvergonzonería y de gilipollez  divinizada que ha sido la modernísima historia de España.

3

El cura Aguirre, faro de los católicos progresistas del tardofranquismo  fue el director espiritual de Enrique Ruano. Tardofranquismo: extraño sustantivo inventado por los columnistas de la época para la dictadura decadente. Quizás el franquismo era tardío –más bien anacrónico, se diría- pero no por ello dejaba de ser tenaz en su tiranía. Allí un cura liberal, audaz y algo insolente  brillaba como una luminaria y ejercía de pulmón para muchas conciencias jóvenes atormentadas. Esa es la parte buena de Aguirre, el cura capaz de convertir una homilía en la Capilla de la Ciudad Universitaria de Madrid en un dardo directamente dirigido al Pardo. La menos buena la resumiría el cruel desparpajo del pueblo en tres palabras.

-Era un jeta, un trepa y un gilipollas.

Cuesta mucho creer que un fino intelectual forjado junto al padre Sopeña en la música de Mozart, en la teología de Ratzinger y en la Escuela de Frankfurt cayera en los brazos de Cayetana de Alba, por simpática, jaranera y puede que aún mollar que estuviera la duquesa entonces. Es difícil creer que no hubiera impostura en ese amor, con la cantidad de feligresas maduritas, pero discretas, que habría conocido en sus años de ejercicio sacerdotal. Como llamativo fue el esnobismo de quien quiso erigirse en el más ducal de los duques por disimular su origen. Lo más cruel del libro es lo que cuenta sobre el comportamiento del personaje con su madre y con los que pagaron su educación. Cría cuervos…

4

Pero todo queda sublimado por la prosa precisa y hermosísima de Manuel Vicent, un biógrafo/cronista que escribe a punta de diamante. Usa su palabra como un implacable escalpelo capaz de diseccionar el personaje y el momento histórico, y sólo edulcora su mordaz ironía con un ritmo y un repertorio de metáforas que destilan fragancia e invitan a la sonrisa. E incluso a la carcajada. Qué país, Miquelarena, que dicen que dijo Pedro Mourlane. O ¡joder, qué tropa!, que adjudican al Conde de Romanones en un monumental cabreo por ser rechazado en la RAE.

Es el creciente encanto de la literatura sobre la historia cercana. Uno conoce el cuadro sobre el que se arma la trama. Uno le pone cara a los personajes, algunos de los cuales ha llegado a conocer personalmente. Uno se solidariza o discrepa con la tesis del autor, pero con la seguridad de saber de lo que piensa. Y acaba paseando por  la novela cómodo, confiado y feliz, como Pedro por su casa. Lo saben bien María Dueñas, Eduardo Mendoza o Manuel Vicent, tres de los últimos exponentes de este nuevo modo de novelar que ha convertido a los vagones de metro y a los autobuses en salas de lectura rodantes.


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