Aguirre, el no tan magnífico, y la lectura rodante

Lo mejor de Jesús Aguirre probablemente sea lo que Manuel Vicent ha escrito sobre él. Un magnífico libro para la lectura rodante...

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El primer compañero de pupitre de este bloguero tenía un hermano que se llamaba Gonzalo. Y éste a su vez era muy amigo de un chico rubiasco y de ojos claros que se llamaba Enrique Ruano. Nunca llegó a tratarle el bloguero, pero coincidían en la casa de los amigos comunes, por los pasillos del cole, en el patio del recreo y haciendo cola ante la pipera  que vendía chuches a la entrada de aquel feo edificio neogótico de la calle Castelló donde domesticaban su infancia.

No volvió a saber de este muchacho hasta la década siguiente. Enrique Ruano, estudiante, como él, en la Facultad de Derecho de Madrid, había sido atrapado por la policía por supuestas actividades subversivas, cuando este eufemismo podía significar algo tan simple como reunirse y planear sueños contra la dictadura del general Franco. Le interrogaron, le amenazaron, le sacudieron de lo lindo. Parece que quiso escapar, y que recibió un tiro. No debió de ser suficiente, porque la causa de su muerte fue una caída desde un sexto piso. La versión oficial fue que se había suicidado.

Al día siguiente, junto al relato del suceso convenientemente maquillado, aparecía su foto en los periódicos. La misma mirada clara e infantil que el Duende recordaba del colegio. Se estremeció. Era una de las primeras tragedias públicas que le pasaban a alguien que conocía, aunque sólo fuera de vista. Y esas cosas en la edad de la inocencia (entonces se tardaba mucho más que ahora en perderla) dejan una profunda muesca en el alma.

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Un par de años después el Duende, que ponía en las clases de derecho el interés justito, descubrió un rostro femenino que llamó su atención. Era una chica de tez muy  blanca y grandes ojos azules y cabello de color castaño, con un tipo de belleza romántica algo triste, como de retrato ovalado firmado por Madrazo. Sólo había entonces en Madrid una facultad de Derecho, pero aún así la promoción juntaba a más de cuatrocientos estudiantes. No era fácil por tanto sentarse en el aula al lado de la alumna que uno escogía. Lo más que pudo aquel tímido duende fue enterarse de su nombre.

-Se llama Loli –le dijeron.

Luego supo también que Loli González Ruiz había sido la novia de Ruano, y pertenecía a uno de esos grupos activistas que agitaban la resistencia universitaria contra el franquismo. De ella arrancó la policía, con esa habilidad interrogatoria que pone los pelos de punta imaginar, el paradero del desdichado Enrique. Aquella compañera estaba marcada por la tragedia. Se casó después con Javier Sauquillo, uno de los abogados asesinados en la matanza de la calle Atocha que hizo trastabillar a los primeros pasos de nuestra vacilante democracia. Loli sobrevivió de milagro a aquella salvajada. La última vez que la  vio este bloguero tenía su cara destrozada por un balazo. Los asesinos no acabaron con su vida. Pero consiguieron desfigurar el romántico retrato de mujer joven  que uno guardaba en el museo de su memoria.

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De un tiempo a esta parte, el público ha descubierto que la literatura enriquece más si ha sido tejida sobre el cañamazo de la historia. De la historia lejana o de la más reciente. Todas esos lectores, fundamentalmente mujeres, que uno puede ver en el metro leyendo novelones históricos se quedan encantados sabiendo que, además de entretenerse leyendo los amores de la Princesa de Éboli o las granujadas de Godoy, o han ampliado sus conocimientos o han refrescado su cultureta. Este mismo año ha habido grandes éxitos editoriales –El tiempo entre costuras y Riña de gatos, sin ir más lejos- por los que uno transita cómodamente al reconocer en ellos algunos personajes, rincones y sucesos que habitan en su memoria cercana.

No es exactamente una novela, pues debería de encuadrarse más bien en el género biográfico. Pero de ese material que combina lo vero con lo ben trovatto está hecho también Aguirre, el magnífico, el último libro que ha escrito Manuel Vicent. Maravillosamente, por cierto. Lo de menos, a juicio de este lector, es que la figura central sea un personaje tan discutible como el último Duque de Alba. Lo verdaderamente meritorio es cómo el autor, de la mano de aquel cura reconvertido en noble merced al sublime braguetazo,  nos pasea por ese cuadro de luces y sombras, de miedos y esperanzas, de hazañas y de méritos y, por contra, de sinvergonzonería y de gilipollez  divinizada que ha sido la modernísima historia de España.

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El cura Aguirre, faro de los católicos progresistas del tardofranquismo  fue el director espiritual de Enrique Ruano. Tardofranquismo: extraño sustantivo inventado por los columnistas de la época para la dictadura decadente. Quizás el franquismo era tardío –más bien anacrónico, se diría- pero no por ello dejaba de ser tenaz en su tiranía. Allí un cura liberal, audaz y algo insolente  brillaba como una luminaria y ejercía de pulmón para muchas conciencias jóvenes atormentadas. Esa es la parte buena de Aguirre, el cura capaz de convertir una homilía en la Capilla de la Ciudad Universitaria de Madrid en un dardo directamente dirigido al Pardo. La menos buena la resumiría el cruel desparpajo del pueblo en tres palabras.

-Era un jeta, un trepa y un gilipollas.

Cuesta mucho creer que un fino intelectual forjado junto al padre Sopeña en la música de Mozart, en la teología de Ratzinger y en la Escuela de Frankfurt cayera en los brazos de Cayetana de Alba, por simpática, jaranera y puede que aún mollar que estuviera la duquesa entonces. Es difícil creer que no hubiera impostura en ese amor, con la cantidad de feligresas maduritas, pero discretas, que habría conocido en sus años de ejercicio sacerdotal. Como llamativo fue el esnobismo de quien quiso erigirse en el más ducal de los duques por disimular su origen. Lo más cruel del libro es lo que cuenta sobre el comportamiento del personaje con su madre y con los que pagaron su educación. Cría cuervos…

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Pero todo queda sublimado por la prosa precisa y hermosísima de Manuel Vicent, un biógrafo/cronista que escribe a punta de diamante. Usa su palabra como un implacable escalpelo capaz de diseccionar el personaje y el momento histórico, y sólo edulcora su mordaz ironía con un ritmo y un repertorio de metáforas que destilan fragancia e invitan a la sonrisa. E incluso a la carcajada. Qué país, Miquelarena, que dicen que dijo Pedro Mourlane. O ¡joder, qué tropa!, que adjudican al Conde de Romanones en un monumental cabreo por ser rechazado en la RAE.

Es el creciente encanto de la literatura sobre la historia cercana. Uno conoce el cuadro sobre el que se arma la trama. Uno le pone cara a los personajes, algunos de los cuales ha llegado a conocer personalmente. Uno se solidariza o discrepa con la tesis del autor, pero con la seguridad de saber de lo que piensa. Y acaba paseando por  la novela cómodo, confiado y feliz, como Pedro por su casa. Lo saben bien María Dueñas, Eduardo Mendoza o Manuel Vicent, tres de los últimos exponentes de este nuevo modo de novelar que ha convertido a los vagones de metro y a los autobuses en salas de lectura rodantes.

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8 Responses to “Aguirre, el no tan magnífico, y la lectura rodante”


  1. 1 Ángela febrero 11, 2011 en 9:18 pm

    Deseando leerlo.

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  2. 2 José Ramón febrero 11, 2011 en 11:15 pm

    No me interesa el personaje, ni su esposa. Pero el otro día le escuché a Manuel Vicent en la radio, y hablaba del magisterio de Valle Inclán y de su Ruedo Ibérico. Leyeron algunos párrafos y me quedé pasmado. Qué bien escrito, qué palabras, qué sonoridad, qué imágenes. Sí que me recordó al ruedo valleinclanesco.
    Seguro que es un libro magnífico, magistral.

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  3. 3 maribel febrero 12, 2011 en 8:49 am

    yo tampoco me lo he leido pero ando enganchadisima al de Julia Navarro DIME QUIEN SOY???? espero acabarlo este finde porque ya no aguanto mas sin saber el final….saludos

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  4. 4 Higorca febrero 12, 2011 en 10:52 am

    ¡¡¡A leer que son dos día!! Me parece de los más interesante y más cuando se saben algunas cosas.
    ¡Debo leer ya!… Saludos

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  5. 5 Julio febrero 12, 2011 en 5:12 pm

    ¿Por qué si alabamos las virtudes del escritor/’biógrafo’, no ponderar también la sencillez, la falta de arrumacos, la claridad y las anécdotas de quien esto ha escrito?

    A Vicent lo que es de Vicent que seguro se lo merece, y al Duende lo que es del Duende. Al Duque… lo que le corresponda por su sinuosa trayectoria. Habrá que agradecer al autor de esta entrada todo lo que en ella expresa. No está mal repasar nuestra reciente o lejana historia. Según quién y desde dónde la mire.

    Notas:
    – Que conste que estas líneas no pretenden dar jabón, sino que es una reacción espontánea ‘ad pedem texti”. (Las declinaciones se me han olvidado con el tiempo)
    – Por cierto que buscando la foto de Enrique Ruano, para recordar su cara, Google me llevó a una foto de Enrique y Aguirre, en un blog de Peñafiel que habla de ambos.

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  6. 6 jaime febrero 13, 2011 en 10:29 am

    Perdóne no se si corresponde. Gracias.
    El libro es magnífico. Es divertido y muy sarcástico.

    http://www.atleticosporelcambio.com/

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  7. 7 Charivari febrero 14, 2011 en 2:22 pm

    Manuel Vicent siempre me pareció un escritor excelente y un columnista extraordinario, ahora no va a ser menos. El “paisano” será será secundario, no así el “paisanaje”.

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  8. 8 jose marzo 5, 2011 en 11:43 pm

    He leído, releído y subrayado el libro con lentitud, interés y fruición. Sencillamente, genial. No es la biografía de Aguirre, como ya expresa el autor en la contracubierta, sino la historia de los últimos 50 años del siglo XX, nuestra historia, en suma. Para nosotros es un recuerdo de hechos, personas, situaciones, anécdotas, chismes, canciones, etc., porque de todo hay en el libro. En él nos reconocemos.
    La biografía de Aguirre exacta: su “condición primera” de hijo natural, su familia, su valía intelectual, su preparación, su forma de ser tan peculiar (su “levita preferida”, sin duda, la pedantería), su carácter, sus relaciones. Sus años de Comillas, Munich y Madrid muy adecuadamente descritos en cada contexto.
    Lo mejor, sin duda, el desfile de los personajes y situaciones de esta farsa que es la vida misma, expuestos con habilidad literaria, con mucha gracia e ironía y un estilo envidiable. No comparto todos los “detalles”, pero ya lo cantaba Machín, ¿no?: “Somos diferentes…” Por mi profesión no suelo comprar libros, pero éste me interesaba. ¡Qué euros tan bien gastados!

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