La vida y sus navajazos

Nadie lo tenemos en el guión, pero todos debemos esquivar los navajazos que de vez en cuando larga la vida...

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Sestea el Duende en su sillón de IKEA mientras le aturden las noticias del Telediario. Disturbios en Libia y Marruecos. Esperanza Aguirre tiene cáncer. Ha muerto Odón Alonso.

No obstante, se duerme: esta mañana ha empezado su mañana corriendo por el Parque de San Isidro y el nuevo salón de pinos –qué nombre tan pretencioso- que arbola la orilla del Manzanares, y está cansado. Madrid, por cierto, amanecía limpio y con un cielo transparente. Cuando lo ve recortado en el horizonte y antes de que el sueño le baje las persianas seguía muy presentable.

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Esperanza Aguirre es la mujer de temple intermitente. Quiere ser del mismo hierro que su admirada Margaret Thatcher, pero de cuando en cuando sucumbe a la emoción y quiebra su palabra con inflexiones que le manda el corazón. Hoy intentaba un discurso firme y sereno para anunciar su cáncer de mama. Como el que habitualmente modula en sus declaraciones. Pero se le cruzaba el llanto, y a su fraseo le patinaba el embrague. Qué cosa más natural, incluso en una mujer de tanto carácter.

-Quiero animar a todas las madrileñas-decía abundando en el mensaje preventivo- para que se no dejen de hacer sus revisiones ginecológicas.

Los famosos afectados, como Josep Carreras, o como Plácido Domingo y Luz Casal, se convirtieron en los mejores agentes propagandísticos de la vigilancia activa contra la enfermedad que ya es no es innombrable. Ellos la vencieron, como ojalá lo venza Espe, con ese nombre de virtud tan poderosa.

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Pero lo uno no quita lo otro. El bloguero paró la carrera en seco al escuchar la noticia, Por razones largas de explicar –entre las que cuenta el implacable marcaje al que le someten sus enemigos- guarda una especial simpatía por esta política tan brava. Al menos da la sensación de currarse su cargo más que ningún otro representante del pueblo. No es sutil, pero es inasequible al desaliento, consecuente y simpática.  Por eso, al enterarse de su enfermedad el bloguero, se detuvo y le dedicó un recuerdo mientras, acodado en la barandilla de uno de esos nuevos puentes que cruzan nuestro pequeño río,  veía nadar a los patos, ajenos al mundanal desasosiego.

Todos tenemos un cáncer en alguna vecindad del corazón. Más cercana o más lejana. De ella se defiende bastante bien el Duende gracias a que su psique debe de padecer una cierta  bipolaridad sentimental. Lo cual le hace a ratos frío y tan áspero como la lija del 9, y a ratos cursi y de lacrimal fácil, como si fuera una heroína de Corín Tellado. En el paseo matinal, y escuchando la noticia de boca de la protagonista, le dio por lo segundo. Alivió con un suspiro. Y siguió trotando por el parque porque, según la propia presidenta, nada debe detenerse por culpa de su percance.

Salvo el cáncer, claro.

4

Odón Alonso coleccionaba gallos. Gallos de cerámica, de barro, de hojalata, de basalto, de cristal, de plata, de madera. Lo leyó una vez el Duende en una entrevista que le hicieron al recientemente fallecido director de orquesta. Y esta confesión le produjo un efecto de simpatía hacia el maestro. No se imaginaba a Toscanini coleccionando enanitos en su jardín, ni a Von Karajan exhibiendo su tesoro de sorpresas de roscón en la vitrina de su mansión en Gstaad.

De alguien capaz de producir el milagro de la buena música a este bloguero le interesa casi todo, hasta los detalles más insignificantes de su vida. En un libro apasionante titulado El mito del maestro su autor, un crítico llamado Norman Lebrecht, hace un análisis de la personalidad de los grandes directores del pasado siglo. No aparece en la lista, cree recordar el lector, ningún director español, ni siquiera Ataúlfo Argenta. Deberían agradecérselo. Porque los grandes de la batuta resultaban ser, según Lebrecht, tan magníficos músicos como vanidosos, despóticos e insoportables personajes. La simpatía y la naturalidad raramente hace divos.

5

Por muy fino que se ponga el bloguero, tiene que reconocer que tampoco él se libra del poderoso influjo del star system. Una novena de Beethoven dirigida por Metha, Mutti, Maazel o Giulini siempre le merecía más atención que una de Odón. A Odón le saludó un par de veces en su vida, y parecía un tipo amable, simpático y cercano. Nada que ver con los que Lebrecht disecciona tan cruelmente en su libro. Jamás le decepcionó musicalmente (los snobs no pensaban lo mismo), pero probablemente pesaba en su biografía la ausencia de glamour, que es el lo que parece que pedimos los ignorantes a los artistas. Coleccionaba gallos, recordemos, y era de La Bañeza.

Un día le sonó el teléfono al Duende.

-Hola, Luis-escuchó por el auricular-Soy Odón Alonso…Te llamaba porque hace mucho tiempo que no nos vemos.

El bloguero se quedó literalmente estupefacto. Jamás había sido amigo del maestro, se conocían sólo de un par de cenas con amistades comunes. Alguien le habló entonces de Alzheimer. Hoy una necrológica  recoge otra causa por la que, al cabo moriremos  casi todos: insuficiencia cardiorrespiratoria. Da igual. Una de las ventajas de la edad es que te enseña que la enfermedad y hasta la muerte forman parte de la vida. La  vida, con sus navajazos.

Así que a la cama, que mañana será otro día.

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3 Responses to “La vida y sus navajazos”


  1. 1 joselepapos febrero 23, 2011 en 4:11 pm

    Esperanza Aguirre no es precisamente santo de mi devoción pero admiro el coraje y la sencillez con la que se ha enfrentado al cáncer.

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  2. 2 maribel febrero 23, 2011 en 6:40 pm

    pues para mi si es santo de mi devocion …suerte Espe””” saludos DUENDE

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  3. 3 Franciska febrero 23, 2011 en 11:14 pm

    Ser valiente se demuestra en diferentes momentos de la vida, ante una enfermedad es uno de los casos. Claro que, para unos es más importante ser valiente que para otros. Admiro la valentia. Uno no sabe en realidad lo que es, hasta que no le llegan ciertos momentos.! Ojala salga de esta nuestra presidenta.!

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