Emociones, gripes y pálpitos

A veces, emociones y pálpitos se encadenan entre la realidad y el sueño sin solución de continuidad

1

Se acostó Homper aquella noche bajo el poderoso influjo del piano de Bach. Uno hará recuento al final de sus días de los momentos emocionales más singulares de su existencia. Y entre los de Homper, el hombre eternamente perplejo, siempre quedará ese ratito en que un joven chino llamado Lang Lang salió al escenario del Auditorio de Madrid se sentó ante un Steinway y desgranó las notas de la Partita nº 1 del genio de Eisenach.

Bach es la Summa Teológica de la música- escuchó  en una ocasión.

A tal señor, tal honor. Lang Lang es otro prodigio de la música. Tocó en el concierto inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín y le escucharon miles de millones de personas. Gracias su proyección mundial ha conseguido que cuarenta y cinco millones de niños chinos se pongan a estudiar piano y solfeo. Buen negocio para Yamaha y para Steinway. Después de escuchar a Bach interpretado por Lang Lang  el alma  del pobre Homper estaba tan sanamente exhausta y limpia como si saliera de la sauna. Aunque las almas jamás vayan a ninguna sauna.

2

Los pretextos para la emoción salen cada mañana a pasear y van encontrando a quien les haga caso para germinar espontáneamente. Hay explosiones emocionales previsibles, como las que surgen en los cumpleaños, las bodas, los funerales, las despedidas y los homenajes. Un paisaje, una obra de arte o una música maravillosa también provocan emociones digamos razonables.  Pero de cuando en cuando saltan chispazos  inesperados de sucesos insignificantes. Hace muchos años Homper se encontró a un viejecito recién llegado del pueblo vendiendo ramilletes de manzanilla serrana delante del edificio del Banco de España. A su alrededor pasaba mucho ejecutivo con cartera, ciudadanos apresurados que sin duda tenían gestiones que hacer, guiris que se fotografiaban sobre el fondo de la Cibeles y andadores coronarios. Nadie le hacía caso. El viejo abría sus ojos azules y voceaba tenuemente en medio del fragor del tráfico.

-¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete!

Qué monumento vivo a la ingenuidad humana. Homper se acercó a él, le  pagó las 25 pesetas y se alejó rumbo a Recoletos con su compra. Cualquiera que se le hubiera cruzado y le hubiera visto con un ramillete de manzanilla mientras, disimuladamente, se secaba unas lágrimas, hubiera pensado: qué gilipollez. Los pensamientos son libres. Pero mucho más las emociones, que a menudo barajan motivos caprichosos e irrelevantes para dar señales de vida.

3

Por la noche, el sueño de la emoción de Bach se desordenó y degeneró en pesadilla. Tenía fiebre. La mejor ilustración de un sueño en estado febril es el Jardín de las Delicias del Bosco superpuesto sobre un cuadro de Dalí de esos que mezclan relojes derretidos, caracolas y pedazos de carne sanguinolenta en un horizonte infinito. Su música –porque también los sueños tienen sonido- lejos del Bach mágico es el dodecafonismo torturador.

Aunque lo de ponerse malo también tiene su puntito.  A sus años, Homper redescubrió que, si bien no hay nada peor que encontrarse mal, tampoco lo hay mejor que saber que tienes a mano una cama mullida y caliente para hundirte en ella y dormir la modorra después de una buena ingesta de antipiréticos.

4

En las primeras caricias de la almohada, el subconsciente el Homper rebobinó al modo de Proust los duermevelas enfermizos de su infancia.  Recordaba las gripes, o  las anginas, o las escarlatinas, o aquellas tripoteras que eructaban con sabor a huevo duro y si no te vaciaban por la retambufa.

Pero recordaba también que se libraba del cole. Y que le trasladaban a dormir a la alcoba de sus padres. Y que pasaba los largos días leyendo cuentos de la Condesa de Segur o novelas de Salgari , y que por la tarde le ponían la radio para escuchar a Matilde, Perico y Periquín o a Pañolín Rompenubes. Anhelaba el momento de recuperar el apetito, porque entonces tenía derecho a  arroz blanco y a jamón de York, que era lujo total, y al delicioso yogur en tarrito de cristal con tapa de papel de estraza ceñido por una goma. Era tan mágico que entonces se despachaba en farmacias. Como mágica era  esa atmósfera inquietante y tenebrosa, pero también dulce acogedora que sellaba cada noche el dorso de la mano materna posándose sobre su frente.

-Buenas noches- decía su madre mientras le palpaba la última fiebre, le daba un beso en la mejilla y apagaba la luz.

Qué curioso. Homper asegura que ese pálpito misterioso y sobrecogedor latía también en la partita de Bach que Lang Lang tocó aquellla tarde.

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3 Responses to “Emociones, gripes y pálpitos”


  1. 1 Palinuro marzo 7, 2011 en 7:05 pm

    He vivido punto por punto las sensaciones que describe el Duende cuando se adentra en la magdalena proustiana de sus enfermedades infantiles. Añado que la radio, aquella gran Philips de caja de madera que nos trasladaban desde el cuarto de estar, emitía ruidos variados hasta que un golpe seco en su base superior permitía empezar a escuchar Diego Valor o Dos hombres buenos.

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  2. 2 Ángela marzo 7, 2011 en 7:47 pm

    Sin duda he pasado las mismas gripes que vosotros. Además le dejaban a una la caja de los collares de bisutería que habían dejado de usarse y que hoy serían auténticas joyas “vintage”. Abrigaos ambos, un beso.

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  3. 3 Angelus P. marzo 13, 2011 en 8:38 pm

    Hala, y luego a ponerse al día en los deberes bosqueriles, claro. A ver si no que hago tras mi “gadarro alérgico-asténico-primaveril” que diría D. Antuán, alias Forges.

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