Archivos para 27 abril 2011

Noche negra de fútbol y libros

El partido del Madrid fue horroroso. Más le hubiera valido a Tomás celebrar la Noche de los Libros

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Si dos millones de moscas no pueden equivocarse, aunque coman mierda,  cómo lo van a hacer los cuatrocientos millones de personas que  este miércoles 27 de abril, a las veinte horas y cuarenta y cinco minutos, se ponían ante la pantalla del televisor para ver el primer partido de la semifinal de la Champions League entre el Madrid y el Barça.

Que no-se excusaba Tomás-Que esto es algo único, excepcional, un fenómeno social extraordinario. ¿Cómo no voy a verlo, churri?

La churri se llamaba Silvia, y estaba enamorada. En principio estaban enamorados ambos. Pero así como para ella lo más fascinante era aprovechar la Noche de los Libros sentándose juntos en una de esas librerías-café que ahora se estilan y leer al alimón poemas de amor, para él lo prioritario era disfrutar de la fiesta del fútbol y vibrar junto  a  ese cuerpo místico madridista que iba a arrebatar al Barcelona la posibilidad de jugar la final.

-Pero…si tampoco eres tan merengón, ¿no?-se lamentó la churri.

-No, es cierto…Pero no quiero quedar al margen del sistema, de verdad, churri. Si quieres, luego, cuando acabe el partido…

Tomás  se largó a ver el partido con sus amigos mientras Silvia se quedó en casa compuesta y sin novio.

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Dos  millones de moscas quizás no puedan   equivocarse –masculló Tomás al acabar el partido- Pero…anda que el Madrid…Anda que Ramos…Anda que Pepe…Anda que el árbitro…¡Anda que Mourinho!

Tomás se enfadó porque en su opinión el Madrid fue cobardica y reservón como un equipo menor,  y su partido fue un desastre. Pensó que aunque dos millones de moscas no se equivoquen  libando caca, muchos de esos cuatrocientos millones de espectadores, y entre otros él mismo, hubieran hecho mucho mejor empleando el tiempo del partido en cualquier otra cosa.

Y lo peor; se enfadó consigo mismo viendo hasta qué punto se había equivocado rechazando el plan de su churri. Porque apenas  la dejó por culpa del fútbol, Silvia recibió la llamada de Enrique. Y este la invitó a celebrar la Noche de los Libros tomando un café juntos en uno de esos cafés-librerías que tanto se estilan, mientras leían poemas y prosas de amor. Y entre que la literatura amorosa era excelente, ella se sentía chafada y abandonada y todo estaba a media luz, cuando la chica se quiso dar cuenta tenía un nuevo amor entre los labios.

-Lo siento, Tomás-fue todo lo que le dijo ella al día siguiente- Pero entre una vulgar historia de fútbol y otra de libros, me enamoró más la segunda…

Las moscas quizás no se equivocan. Pero los que ponen el fútbol por encima de todo sí. Por cierto, para más inri no sólo perdió el Madrid, sino que el dichoso Enrique  además era del Barça.

Almas sin traductor

Hay momentos en que casi todas las almas necesitan traductor...

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Ayer por la tarde el  bloguero bajó de su entorno serrano a darse un paseo por la dehesa que florece junto al Tiétar. Acababa de caer el enésimo chaparrón, por fin el azul del cielo le ganaba la partida a los densos nubarrones, y el sol quería anticipar tímidamente que hoy es domingo de Resurrección. Con las encinas pujando poderosas entre el pasto verde, las jaras en flor, los tomillos, la retama y el lentiscar eclosionan estos días en  una sinfonía de aromas difíciles de explicar. El suyo es un masaje de salud y fragancia que tonifica el espíritu y ventila hasta lo más profundo del sentimiento. Un soplo de felicidad delicada, un momento que el observador querría atrapar en su cazamariposas sensorial para estudiarlo detenidamente, diseccionarlo y así podérselo contar a sus amigos y compartir el regalo que constantemente nos ofrece la naturaleza.

Pero se encuentra incapaz de expresarlo adecuadamente.

-Necesitaría un buen traductor – piensa.

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Escuchar y verlo todo en su estado original, directamente,  o buscar un experto intermediario que lo entiende mejor para que te lo interprete, ese es el dilema.

El bloguero recuerda que estos días ha leído en varios periódicos diversas necrológicas sobre un tipo de profesional al que raramente se le presta gran atención, que es el traductor. En Garrucha, Almería, donde residía, ha muerto Miguel Martínez Lage, Premio Nacional de Traducción y, a decir de los muchos, un minucioso orfebre de las palabras que otros como Faulkner, Beckett, Evelyn Waugh, el doctor Samuel Johnson  o el biógrafo de éste, Samuel Boswell, dejaron escritas también para los que no conocemos a la perfección su idioma. Miguel, al parecer se ponía en la piel del autor, de lo que este quiso decir en su época y con las palabras que entonces se usaban. Luego adoptaba una segunda piel, que era la del lector, y trasladando los datos anteriores a su psicología, su lenguaje y su tiempo, que es el nuestro. Digamos que fundía el oro del talento original y lo troquelaba en el molde que el buscador de tesoros literarios necesita para apreciarlo con todo su valor y su brillo.

Todos los críticos dicen que la obra de Miguel no sólo no desmerecía la de sus traducidos, sino que  probablemente la mejoraba.

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Habrá algún traduttore, traditore, cierto. Pero cuando son tan numerosos los matices y los arabescos del lenguaje que se pierden si no se conoce este a la perfección, uno agradece infinito la labor de una figura como la de Miguel.

-Siempre me dará más de lo que encontrarían yo en un libro no escrito en mi idioma-admite el Duende.

Aplica la teoría no sólo a los libros, sino también al cine. Su amiga Rosi desde que vio La mujer del teniente francés y escuchó la voz de Jeremy Irons mantiene que todas las películas deben verse en su idioma original. Seguramente le ganó el espíritu romántico de aquella película, sus playas bravías, sus cielos tormentosos. Quizás –no lo recuerda- aquel fuera un filme en el que hablaran más las imágenes que los personajes. En muchos otros en los que el conocimiento del idioma es fundamental y los personajes hablan como metralletas –Woody Allen  es un buen ejemplo- ni su precario conocimiento del inglés ni la ayuda de los subtítulos le dan lo que un buen doblaje le aporta. No es intelectualmente  correcto confesarlo, aunque así lo sienta.

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Miguel Martínez Lage era, además de un espléndido traductor, sobrino de un buen amigo e hijo del neurólogo José Manuel Martínez Lage. Que el amigo se asome de vez en cuando por este blog –usando siempre seudónimos- no tiene tanto de particular, pues para eso, entre otras cosas, están los amigos. Más le sorprendió al Duende ver que hace algún tiempo, y con ocasión de un post dedicado a Antonio Mercero y a su película ¿Y tú quién eres?, en la que los protagonistas padecen el mal de Alzheimer, le enviara el galeno un comentario propio de quien es un gran especialista en la materia. El bloguero, simplemente, no podía imaginar que una eminencia con tanto trabajo tuviera un minuto para él.

Quisiera trasladarle el sentimiento de dolor que le ha producido la muerte de su hijo. El bloguero,  que sólo conocía  a Miguel por sus libros, sí dispone en cambio de todos los minutos  para glosar su muerte y tratar de consolar a sus padres, a su esposa, a sus hijos y a su tío Santiago. Lo que le ocurre es lo mismo que insinuaba al principio de este post. Hay veces que ante el fenómeno de la muerte los sentimientos nos desbordan, se precipitan en tropel y uno es incapaz de decantarlos ordenadamente y expresarlos como se merecen. Cree saber vagamente qué hay que decir, pero ignora las palabras adecuadas para hacerlo. Será que muchas almas  necesitamos en algún momento un traductor como Miguel.

Llanto sobre lluvia

Cuánto se sufre por no poder sufrir con la pasión del Señor...

Tanta devoción, tanto sufrimiento íntimo, tanta madrugá ensayando y a la hora de la verdad el cielo se pone más triste que nadie, descarga su llanto y nos deja con la hiel en los labios. La hiel, no la miel. Que para muchos la Semana Santa aún era ocasión de sufrimiento, y este año sufriremos por no sufrir en condiciones.

Lágrimas sobre lágrimas. La lluvia suspende las procesiones y no paramos de llorar. Llora la Dolorosa, por la que le espera a su Hijo, llora el buen cristiano la pasión de Cristo, llora el penitente por no poderlo llorar en público, llora el costalero, y el que tiene que guardar su saeta para otro año. Llora el turista, caramba, que también tiene su corazoncito. No sabe muy bien de que va ese ceremonial de cirios, flores, redobles de tambor, autoridades investidas con medallones, capiruchos y desfiles procesionales cortejados por guardias civiles con mosquetones a la funerala.  Pero la procesión también va por fuera. La Semana Santa será religiosidad, pero él viajó para ver espectáculo, divertirse y consumir, aunque tal y como está el tiempo va a ser difícil.

-Señor, Señor-clamaba un cofrade destocándose del capirote y levantando la mirada al cielo- ¿Pero no te das cuenta de que tiras piedras en tu tejado?…

Duelo sobre duelo. La Semana Santa iba a ser un pulmón para muchas dudas espirituales, y un respiro para nuestra flagelada economía. No contaba con lo histérica que a veces se pone la primavera. Es te año, en abril aguas tres mil.

Ya hace tiempo que se apagó el sonido el sonido de las carracas, pero siguen tronando los pasos perdidos de añejas semanas santas. Para el bloguero, el primer  recuerdo del viernes santo era un día oscuro y lluvioso como el de hoy. Se habían ido sus padres a hacer las estaciones (otra expresión que habría que explicar ahora): un vía crucis, de iglesia en iglesia, rememorando con oraciones los distintos episodios de la Pasión. Y de repente rompió sobre Madrid una furiosa tormenta, un aguacero implacable con trompetería celeste que encogía el ánimo y detuvo el tráfico. Y el pobre muchacho se asustó viendo sobre el oscuro de las ventanas  de la casa de enfrente unos goterones que caían en diagonal como puñales de diamante.

-¡Y papá y mamá por ahí!-suspiraba angustiado mientras esperaba que sonara el llavín de la puerta anunciando su regreso.

Era otro sufrimiento más que dejó huella en su alma recental. Como lo de evocar el tiempo de ayer, hoy sensación agridulce, que sin embargo al final se va asimilando con la normalidad que al cabo impone la vida. También es natural que llueva en primavera.
Además, aunque la Semana Santa llore por no llorar en condiciones, los del Real Madrid han ganado la Copa del Rey y están de fiesta. Y los pájaros. Qué milagro escuchar alegre cantar de primavera cuando amanece un viernes santo de nubarrones más nazarenos que nunca.

Meditando un lunes santo

Todo son preguntas. Y algunas veces, reacciones inesperadas...

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Despierta Homper el lunes santo ante un bosque de pinos, encina y castaños que vierten hacia el valle, y un horizonte de montañas limpias que se alzan al otro lado del río que discurre por su lecho. Homper tiene un amigo que de vez en cuando se retira a este lugar, donde construyó una gran casa de campo. El amigo es un hombre pausado. De vez en cuando le invita a acompañarle y a no hacer otra cosa que lo propio de un monasterio para ejercicios espirituales laicos. Aquí se juntan los dos en plan Sócrates y Platón o como Tip y Coll, según se lo pide el cuerpo y el tenor más o menos caprichoso de las horas. Conversan mucho, repasan recuerdos de la lejana amistad que nació en la universidad, leen y pasean. Más él que el amigo, poco partidario de castigar al cuerpo con ejercicios exagerados.

El amigo no es madrugador, y Homper se sorprende del lujo que son unos maitines en solitario para escribir una sencilla meditación.

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Él no se tiene por un gran filósofo. Sólo sabe sorprenderse por casi todo, especialmente por lo menos denso y significativo. Le complacen las oportunidades que ofrecen las pequeñeces de la vida. misma. Piensa, porque tampoco la mollera le sirve para cosas más útiles, pero no muy profundamente. Quisiera arreglar entuertos y reformar el mundo. Quisiera hacer cosas más útiles para los demás. Pero su pensamiento más sublime se le derrite como un helado de vainilla, y se va en un pispás sin haber germinado en nada. Luego va al blog y levanta acta de su curiosidad fugaz.

-Queridos lectores incautos-escribe-Hoy voy ahorrarle tiempo y esfuerzo intelectual a la humanidad. Porque tampoco tengo nada importante que deciros.

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Antes de sentarse a escribir, escuchó por  la radio que ocho de cada diez españoles no se moverán de casa para disfrutar de las vacaciones de Semana Santa. La crisis.  Entre ésta y los días feriados, la actualidad se destensa, y, como en Navidad,  cunde la sensación de que hay que serenarse, aparcar las preocupaciones y ventilar el espíritu. Si no se le quiere buscar sentido a la pasión de Cristo, que es la que nos ha dado el asueto, se puede reposar y vaguear en el dolce far niente. A veces, oh sorpresa, en estos estados ya casi milagrosos uno acaba descubriendo recónditos rincones del alma. E incluso encontrándose a sí mismo.

En el monasterio laico del amigo hay  muchos libros, y el lujo un de un soberbio equipo musical que se extiende discretamente en altavoces camuflados por las distintas estancias. Hoy nos trae untema de Henry Purcell que toca a la flauta Alvaro Marías. Sobre este mismo tema Benjamín Britten compuso en el pasado siglo unas variaciones y fuga que tituló como Guía de Orquesta para Jóvenes,  una composición admirable que ilustra los sonidos de los distintos instrumentos integrados en una orquesta sinfónica. Muy recomendable para curiosos de la magia de la música, como era el propio Homper en su primera juventud.

-Gracias, música-reza calladamente en sus maitines-Por venir a aliviarnos a incluso en tiempos de zozobra.

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Lamentablemente un blog acaba degenerando en un diario. Sostiene Homper que las personas de vida gris deberían de guardar recato ante la tentación de escribir sobre sí mismos.

-Eso es para tipos como Hemingway o la Mata Hari, que sí tenían algo interesante que contar.

Pero si la carne es débil, cómo no lo va a ser el ego. Admitida esta premisa, se pone en la piel de los pocos demás que haya por ahí y piensa que quien peine su blog estos días no querrá disquisiciones hegelianas, sino impresiones ligeras. Aunque sean sinceras. Por ejemplo, el periódico cuenta que uno de los etarras excarcelados apodado Gatza es recibido en su pueblo como un héroe. Lo muestra en el balcón de su casa alzando los brazos jubiloso, en ademán de victoria. Qué estimulante: le acompañan los papás, la esposa y la hijita, orgullosos de la criatura. Para ellos el chico es tan meritorio como  Alexander Fleming o Teresa de Calcuta, aunque haya matado o colaborado con los matarifes de personas que, como él, tenían padres, esposas e hijos.

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Quiere parecer conciliador, demócrata y flemático, pero la noticia le revuelve las tripas. El próximo jueves será el día del amor fraterno, y la grandeza del cristiano es poner la otra mejilla, perdonar y olvidar. Pero hoy, incluso en este idílico ambiente, tan propicio a la meditación trascendente, no puede reprimir Homper un odio razonable hacia estos troitiños y compañía que, cumplida su condena, siguen apuñalando la memoria de los muertos que nos dejaron.

Por explicarse lo inexplicable, invoca las palabras de Cristo en la cruz.

Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen.

Y añade a continuación.

-Y a mí también, por derramar tanta bilis en un lunes santo tan plácido como este.  

Ateos, creyentes e insignificantes

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Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

-Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

-Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

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A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

-Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

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Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

-A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

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Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

-¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

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-Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

-Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

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También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

-¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

-No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

-No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

La engañosa primavera

No te dejes engañar si te despierta el canto del ruiseñor...

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Hacía tiempo que Homper no se impresionaba por naderías así, pero hoy le ha despertado un ruiseñor, y eso no es cosa de todos los días. El canto del ruiseñor, como el de las esquilas del ganado saliendo al campo al amanecer, son variantes de su particular magdalena de Proust. Sensaciones que vivió en el campo de niño, vuelven ahora en forma de recuerdos. Y los recuerdos se convierten en un soplo que aviva su curiosidad y su interés por la vida natural que nos rodea. Se dice que no es posible que pueda caer en el tópico, jura y perjura que nunca jamás hubiera incurrido en semejante cursilada, pero no tiene más remedio que  reconocerlo: ha vuelto la primavera.

Y lo peor es que, una vez más le ha sorprendido. Nunca se acaba de convencer de que, cuando caduque su esplendor, más dura será la caída. La primavera es bellísima, peo cuánto engaña la muy traidora.

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Nada es igual que hace tan sólo un mes, cuando por sus pagos habituales la naturaleza se mostraba escuálida y triste. Mira por la ventana y, como en los teatrillos de juguete donde hacía sus funciones sobre la mesa del comedor, los verdes se han ido superponiendo en distintos planos. Son  forillos de clorofila pura. El paisaje se abullona, y gana en profundidad y misterio. En esta fronda puede aparecer una princesa que perdió ayer su diadema mientras paseaba recogiendo flores. El árbol que en invierno era simplemente un adusto mojón es ahora un templo de ramaje que quizás se llene de gnomos. A la vuelta de ese recodo del camino quién sabe si asomará Bambi. Cuando uno mira al manzano florecido, piensa que Garcilaso de la Vega está ahí, componiendo una égloga. Le dan ganas de pedirle un favor.

-Dedícale unos versos de mi parte a esa mujer a la que quiero decirle tanto, y tan sentido, que no se cómo decírselo.

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También se imagina a un hombre ceñudo y con la cabellera revuelta paseando por entre los helechos mientras marca con sus manos un compás de tres por cuatro.

-Don Luis-le dice- se  usted siente conmigo a desayunar unas tostaditas  de aceite mientras vemos el campo, que está tan bonito.

Pero la invitación es inútil, ni vuelve la cabeza. No oye prácticamente nada, está sordo. Es Beethoven, y sabe que su destino hoy es componer su  Sinfonía Pastoral.

Se aleja, se pierde en la floresta, se desvanece. Otro trazo más de lo efímero y engañoso de la primavera.

Homper la recibe con esperanza.La desazón general le tiene el alma  trillada, y el hombre confiesa que necesitaba esponjarse de oxígeno, aire libre,  y fantasía. Aunque es consciente de que esta estación es de poco  fiar. Lamentablemente, enseguida llegará el terrible  verano de la España interior, que a golpe de calores y de fríos implacables fabricó tantos místicos y guerreros. Carpe diem, Homper. Pronto,  a la primavera se le pasará su poder de seducción, y todo verdor perecerá.

¿El fin justifica los medios?…

No hay política posible sin un Maquiavelo dentro

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Sigue trabajando Homper en su doctorado. Sospecha que lo conseguirá. Va elaborando su tesis día a día, y eso le hará Doctor en Estupefacción. Curioso título, que no existe, pero que siente como suyo. Ni un día sin su afán, que en este caso es detectar, estudiar y acumular motivos para seguir sorprendiéndose. Conste que no le disgusta el estado de perplejidad permanente: según los filósofos, mientras hay capacidad de asombro, hay hombre.

Repasa los afanes de este día, echa el retel a voleo y se queda con tres. Pudieran ser otros muchos, pero le da por subrayar estos: un chico llamado Justin Bieber que ha revolucionado a las jovencitas de este país, capaces de pernoctar en el Palacio de los Deportes de Madrid para conseguir una entrada que les permita escucharle cantar en directo. Quizás, incluso atrapar en el aire un pelo de su tupé. Qué despiste el de Homper. Vivía sin saber quién era este muchachito, record de comentarios en Twitter.

Perplejidades añadidas: ¿ha sustituido Twitter a Facebook? ¿Ha decidido el planeta abandonar su eje y girar en torno a las redes sociales?

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El segundo pellizco en su curiosidad viene en la letra pequeña del papel couché. La Duquesa de Alba está indignada con la miniserie que Tele5 nos ofrece sobre su vida. Dice de ella que es mentirosa, que no le consultaron sobre el guión, y que maltrata al amor de su vida, que fue Jesús Aguirre.

Vaya por Dios-suspira Homper- Esto sí que es grave. Y no lo de Fukushima.

Otra pregunta que se hace Homper. Siendo la imagen de la duquesa Cayetana  y del difunto duque tan fácil de remedar…¿por qué se ha recurrido a Adriana Ozores y a Carlos Hipólito ? Estas miniseries no buscan las honduras de películas como El discurso del Rey, donde la semajanza del actor con el personaje que recrea puede ser irrelevante. Si presentan a los duques de ficción en el auténtico Palacio de Liria, ¿por qué no cuidan más  su parecido con los modelos originales?

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Es tan antiguo Homper que al reparar en la tercera causa de perplejidad suelta un palabro obsoleto y ridículo. Algo así como córcholis, cáspita, atiza. O ¡concho!, como exclamaba su padre cuando no se atrevía a soltar un socorrido ¡coño!

Pues eso: córcholis, cáspita, atiza, concho y coño. Es más: recoño. Todo se merece lo que ha escuchado esta mañana en la radio. Y es que el magistrado De Prada, en un voto particular contra un auto de la Audiencia Nacional a la que pertenece, manifiesta que el chivatazo del Faisán que, más o menos, vino a decir a los terroristas toma el dinero y corre, es plenamente justificable en un proceso de paz.

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¿El fin justifica los medios?…Se acuerda Homper de su inolvidable amigo Félix Bragado, con el que se pasó media vida haciendo comedia. Paseaban juntos y aunque eran ellos, no eran ellos: les gustaba hablar  como si fueran otros en otro mundo. Una de sus recreaciones favoritas era la de tertulianos de casino ilustrados y nostálgicos. Ponían voz cascada y aguardentosa, como la de Don Hilarión, Mr. Scrooge y otros chinches célebres de otros siglos. Y cuando abordaban cuestiones espinosas de este orden citaban el verso de un poeta tan demodé como sus caricaturas. Joaquín Bartrina, en un poema llamado Fabulita adoctrinaba así un mozalbete inquisitivo:

Si quieres ser feliz, como me dices/ no analices, muchacho, no analices

Homper y Félix se lo tomaban a risa, porque lo suyo no era el drama. Quizás no se daban cuenta de que todos tenemos que pasar de largo sobre muchas contradicciones e hipocresías para sobrevivir medianamente felices

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También ha paseado estos días nuestro Hombre Perplejo por el nuevo Madrid Río que se ha inventado Gallardón. Es un parque lineal de 120 hectáreas sembrado sobre los intestinos de la M-30 por los que diariamente circulan, dicen, cien mil coches. Los que antes sufrían el horror del tráfico, la contaminación, el ruido y la estética de la marginalidad ahora están encantados. Los críticos en cambio recuerdan el despelote del endeudamiento municipal.

-¿Cuánto nos cuesta la megalomanía de nuestro alcalde? –se preguntan.

Enigma sin respuesta, y que además resbala a la mayoría de los  que pasean por ahí como niños con zapatos nuevos. El que venga detrás que arree. Al barón de Haussmann, que convirtió París en el paradigma urbano de la belle epoque también le pidieron cuentas por su despilfarro monumental. Y no digamos lo que sufrieron los súbditos de Pedro el Grande para construir  la maravilla de San Petersburgo, levantado piedra a piedra sobre el río  Neva. Homper leyó la magnífica biografía que escribió Robert. K. Massie de este zar impetuoso. Le encantó, y se la recomienda vivamente a los amantes de la historia. Pero se quedó tan fascinado por la megalomanía de aquel gigantesco visionario, como horrorizado  por los sacrificios y el dolor que probablemente encierran cada uno de los  palacios, avenidas y monumentos de su ciudad lacustre.

Al final, la cuestión recurrente. ¿El fin justifica los medios? Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices…


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