Ateos, creyentes e insignificantes

1

Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

-Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

-Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

2

A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

-Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

3

Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

-A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

4

Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

-¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

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-Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

-Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

6

También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

-¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

-No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

-No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

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4 Responses to “Ateos, creyentes e insignificantes”


  1. 1 maribel abril 14, 2011 en 6:55 am

    a este paso no nadie creera en nada…que maliTa esta la cosA DUENDE…SALUDOS

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  2. 2 José Ramón abril 14, 2011 en 1:16 pm

    A mí los ateos me merecen todo el respeto, pero éstos no. Éstos, como dice Homper, sólo buscan ser protagonistas.
    Yo creo que es provocar por provocar. Y con muy mal estilo.
    Y los periodistas y los medios, siempre dispuestos a ponerles un altavoz y a hacerles importantes y rimbombantes. Lo de siempre.

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  3. 3 Zoupon abril 18, 2011 en 6:20 pm

    Lo cortés no quita lo valiente, y lo ateo no quita lo cretino.

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  4. 4 algodonsina abril 28, 2011 en 11:39 am

    Yo creo que nuestra muerta sociedad civil sólo se manifiesta “contra” algo. Pena de país. 400 años igual…

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