Archivos para 30 mayo 2011

Un gran día de cerezas

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Llevaba tantos días, tantos años intentando arreglar el mundo sin éxito que aquel día, al despertar, decidió dedicar sus primeros pensamientos a naderías.

-No hay que esperar que este día vaya a ser lo que cantaba Serrat– se dijo- En realidad, llevo casi veinticuatro mil días vividos y nunca se me ha aparecido un hada para hacerme el lazo de los cordones de los zapatos. Que eso sí que sería una gran cosa.

Atarse los cordones de los zapatos era para el pensador casi tan odioso como desvirgar el rollo de papel higiénico por el lugar justo para que no se deshaga en capas de celulosa.

No le dio más vueltas al asunto. Amanecía en el campo. Así que apenas se arregló abrió las puertas y se dirigió a los cerezos.

2

Veintitrés mil y pico días atrás, los cerezos y las cerezas casi siempre eran de otros. Es verdad que  entonces la emoción de robar fruta le añadía más emoción a cualquier paseo por el campo. Pero hasta eso le impedía la buena educación.

-Niño, eso no hace, eso no se dice, eso no se toca.

Así que esa mañana no se anduvo con remilgos. Había caído un chaparrón nocturno, y el día despertaba envuelto en frescor. El esplendor de la primavera estaba a punto de entrar en decadencia. Y en esa atmósfera deliciosa, dio un paseo matinal entre los cerezos  mientras tomaba de su propia mano diversas especies de su fruto favorito.  Las cerezas  pasaban directamente de la rama a su boca.

-Gracias, Señor -musitó como oración- por este refinamiento de tu divina obra.

Fue un placer indescriptible que consideraba necesario transmitir a toda la humanidad. Nadie le decía que tuviera cuidado, que le sentaría mal, que se iba a indigestar. Se hartó de disfrutar comiendo cerezas. Incluso imaginó que, por entre los cerezos, aparecía Kelly le Brock, aquella maravillosa Mujer de Rojo,  y se llamaba a la parte. Lo cual era lógico, pues hay frutas que podrían identificarse con algún tipo de mujer, y mujeres que son la alegoría de un fruto. Y estaba claro que Kelly fue en aquella película la encarnación de la cereza.

Total, que aunque el hombre no esperaba nada, a lo tonto a lo tonto las cerezas hicieron de aquel lunes un gran día para él.

Nociones de ética con ZP al fondo

Antes lo podía todo. Ahora no se sabe si podrá aguantar el irresistible cariño de los suyos...

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Quien bien te quiere te hará llorar, pensó Adelina mientras repasaba los ejercicios de sus alumnos. Ética, les tenía que enseñar ética. Cómo se comía eso en la sociedad actual. Miraba de reojo el telediario y veía a su antiguo amigo José Luis ojeroso y en ese papel, tan difícil de interpretar, de esfinge inasequible al desaliento. Pobre, él cree que su temple de estadista debe estar por encima del bien y del mal. Del mal en este caso. Pobre, él cree que lo seres humanos somos químicamente puros.

El montón de ejercicios corregidos la desalentaba. A tenor de ellos era evidente que las nuevas generaciones podían pasar de la ética. Apagó el televisor y puso la radio. Aún era lo bastante capaz para corregir ejercicios y escuchar al mismo tiempo lo que los políticos críticos y los líderes de opinión decían del que fue su compañero en la facultad.

-Zapatero es un cadáver político que se niega a ser enterrado-dejó caer uno citando a Luis María Ansón.

No era partidario el tal Luis María, como el cura aquél del chiste que tampoco era partidario del pecado. Pero lo malo es que luego asomaron partidarios de verdad, conspicuos compañeros de viaje que ahora marcaban distancias. Nombres como Barreda, Fernández Vara, Pachi López. Y Joaquín Leguina, que le atizaba inmisericorde como si  nunca hubiera tenido que ver nada con el cadáver.

Y tuvo que recurrir a la sabiduría refranera de su abuela. Quien bien te quiere te hará llorar.

2

Su amiga  Dolores estaba enamorada de él, le veía el más guapo de la promoción. Y encantador.

-Siempre te dice lo que quieres escuchar. Y con esa caída de ojos de Bambi indefenso…-suspiraba- Qué ternura.

Tampoco era para tanto, creía Adelina. Ella también salió con él, y siempre recordó que le dejó desconcertada. El chico tenía buena planta, y trataba de ser encantador a toda costa. Pero treinta y dos años después aún no sabía si sus ojos claros y su sonrisa forzada ocultaban a un malvado disfrazado de redentorista laico o a un Forest Gump con muy buena labia.

Nos parábamos a tirar piedras en el río y él me decía con palabras preciosas que quería cambiar el mundo, recordaba Adelina. Eso sí, acababa empalagando, y ella no podía ocultar que siempre le pareció un cursi.

3

Sus alumnos seguramente no sabían lo que significaba la palabra cursi. Y tampoco aportaban nada deslumbrante respecto a la actitud del ciudadano ante el poder, que era el tema de los ejercicios que corregía. Sólo una alumna llamada María Eugenia se había atrevido a escribir algo que Adelina subrayó con su lápiz rojo: el ciudadano y el político deben ser críticos con el poder incluso cuando éste gobierna con la opinión pública a su favor.

Hizo un alto, suspiró. Bebió un sorbo de su taza de café y desvió su atención por unos instantes hacia las tertulias que vomitaba la radio matinal. Al cadáver ansoniano no lo podían enterrar, pero los analistas habían sacado sus escalpelos y lo despedazaban sin piedad.

-Caray con los forenses…-se dijo- ¡Si son los mismos que  babeaban cuando le veían como el híbrido perfecto entre Gandhi y el Ché!...

4

Se acordó del coro de las ministras adoradoras del estadista alicaído. De sus artistas oportunistas y aduladores. De los plumistas especialistas en hagiografía. De los palmeros que jaleaban las extravagancias y los brindis al sol del figura. De los políticos que ponían su partido a los pies del nuevo mesías por un plato de lentejas. Con chorizo, por supuesto. De los chantajistas, de los pelotas y de los cínicos que antes hacían la ola al líder y ahora se desmarcaban de él como de un apestado.

-Qué voluble y miserable es a veces la condición humana- pensó recordando a su amigo de juventud.

Adelina le concedió un 9 a María Eugenia y dio por terminada la corrección de los ejercicios. A continuación se puso a trabajar en su tesis doctoral, en la que trataba de la pleitesía ante el poder y del efecto untuoso y paralizante que este ejerce incluso en las sociedades más avanzadas. Casualmente, en los campos que aún rodeaban el bloque de apartamentos donde vivía pastaban las ovejas. Y hasta los oídos de Adelina llegaban unos balidos que le parecían más expresivos que nunca.

Rosas como oraciones

...Y no teniendo muy claro cómo se reza, decidió que cada rosa cortada era una oración por algo o alguien

1

No fueron estas manos las que plantaron el rosal, pero las rosas le esperaban  allí, luciendo su primavera de perfume y de color. Las rosas: no se sabe cuándo están más guapas, si en la plenitud o cuando se ponen  viscontinianas y el borde de sus pétalos se empieza a abarquillar para  anunciar su crepúsculo.

-Somos la belleza de lo efímero-parecen decir.

Las rosas. Qué pronto se forma el capullo, qué rápidamente abren y qué poco tiempo duran. A los pocos días languidecen, y si no aparece presta la mano del jardinero para cortarlas se convierten en momias vegetales. Qué triste es un rosal abandonado. A ves da pena cortar sus flores en la plenitud de su belleza. Ni siquiera  hay una dama a la vista a quién ofrecérselas, ni un florero, ni tiempo para contemplar el florero con las rosas en el alféizar de una ventaba, un Cezanne vivo al alcance de cualquier mortal. A veces duele cortarlas, pero es la metáfora de la vida: la rosa debe dejar paso a nuevos capullos. Se corta por encima de la primera yema y a otra cosa, mariposa.

-¿Y me vas a segar la vida sin dedicarme una oración?-le dijo la rosa.

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Y el Duende, que no había sembrado las rosas, pero que no soporta ver a su alrededor rosales que languidecen sin que nadie les haga caso, se acordó de cómo definía el catecismo del padre Ripalda la oración: levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes.

-¿Y tienen que ser Mercedes? –se preguntaba el niño cristiano literalmente estupefacto.

Al niño le gustaban más los haigas americanos. Y cuando se hincaba de rodillas y rezaba a Dios por la salvación del mundo, por la Santa Infancia o por salud de su abuela, creía que en cualquier momento el cielo se abriría y de él bajarían en paracaídas Cadillacs, Chevrolets, Buicks y Studebakers, que eran sus coches soñados. Luego le aclararon que la oración no era eso. Pero nunca le explicaron qué debía pasar por el cine interior del alma cuando se reza.

Y él aprovechaba para visualizar las oraciones como si fueran películas de Cecil B. de Mille.  Padre nuestro que estás en los cielos: y veía a Charlton Heston en un rompimiento de gloria que se abría entre unas espesas nubes por el que se filtraban los rayos de la divinidad. Perdónanos nuestras deudas: y se imaginaba echando mano al bolsillo mientras que Dios levantaba la mano y le decía que alto ahí, que no le debía nada. Y no nos dejes caer en la tentación: y qué lástima. Porque la tentación era Gina Lollobrigida medio en pelota bailando la danza del vientre en la plaza pública, y él tenía que taparse los ojos para no ver sus movimientos peristálticos y rechazar las acometidas del Maligno. Las oraciones también fastidiaban lo suyo.

3

Hasta que, ante la rosa, llegó a la conclusión de que la oración sólo es recordar, desear y pedir. Y cada vez que sus tijeras cortaban una, con el suspiro por la rosa se  iba el recuerdo, el deseo o la petición por algunas de las personas que la merecían.

La primera rosa fue por su prima Mary, la que dejó escrito un libro de poesía intimista que se titula  A mí me gusta soñar.  La prima Mary ya no sufre su enfermedad, porque nos dejó hace un par de semanas y ahora vive el sueño eterno.

La segunda rosa fue para darles las gracias a sus amigos Jorge y María Dolores, que le abrieron las puertas de su casa de Sevilla a este duende. Jorge Prádanos, compañero en RNE, es periodista, gastrónomo, compositor y escritor de canciones. María Dolores García Muñiz, su pareja,   es poetisa y novelista. Ahora Jorge está poniéndole música a los poemas de María Dolores. Y entrambos han generado a su alrededor una atmósfera de delicadeza y de refinamiento que hace aún más placentera su hospitalidad.

La tercera rosa fue por Sevilla. El jardinero aún guardaba fresco el recuerdo de un larguísimo trote matinal por la capital andaluza. Se perdió especialmente a gusto por las múltiples fuentes, glorietas y rincones que alberga el Parque de María Luisa. Y se preguntó, una vez más, cómo no le habla más la gente de esa joya botánica por la que aún pasea, en sus zonas más umbrías, el fantasma romántico de los Montpensier. Para perderse, en casi todos los sentidos.

Hay muchas emociones más pendientes de contar. Afortunadamente, las rosas florecen sin cesar. Tiempo habrá de seguir haciendo de cada rosa una oración.

Venid y vamos todos

Democracia Ya. Que cuando llegue la solución ya le buscaremos el problema...

1

Venid y vamos todos/ con flores a María/ con flores a porfía/ que madre nuestra es…

Otro mayo, otras voces, otros ámbitos.

Dejando al lado la enigmática cuestión de qué o quién era porfía –cuántas memeces se escriben como obligado tributo a la rima-, Benito recordaba  lo que era este mes en su infancia. El colegio, el mes de las flores, el mes de la virgen María. Junto al estrado del profesor se improvisaba una especie de altar en la que se entronizaba una imagen de la madre de Dios. Y los niños de familia rica se turnaban en ofrecerle ramos de flores.

También bajo la tapa de aquel pupitre que se abría como una caja de puros el pequeño Benito improvisaba, al igual que casi todos los niños del cole, su altarcito: una diminuta imagen de la Virgen custodiada por un par de frascos de Penicilina llenos de agua en los que colocaba tres o cuatro margaritas, que eran las únicas flores que allí cabían. Lo recomendaban los padres educadores: un escolar con altarcito a la nuestra Señora facilitaba la santidad.

Y para eso tanto valía la del Pilar, que era su patrona, la del Carmen, la del Perpetuo Socorro o, quizás la más popular entonces, la de Fátima, cuyos famosos pastorcitos aún eran leyenda viva. Inspiraba mucha devoción, porque estaba hecha en material fosforescente, y cuando la habitación, o el pupitre, se quedaban a oscuras, ella irradiaba divinidad por todos los poros de su carnación plastificada.

Pero este era otro mayo, como sonaban otras voces en otros ámbitos.

2

De nuevo aquí nos tienes/ purísima doncella/ más que la luna bella/ postrados a tus pies.

Se postraba mucho entonces. A este verbo, como al mes de las flores, se lo llevó el viento del progreso, del escepticismo y del descreimiento. Postrar, prosternarse y arrodillarse, por ejemplo, no estaban de moda. Postrar, prosternarse, arrodillarse. ¿Quién se postra o se prosterna ahora?

Benito miró al gentío concentrado a su alrededor. Plásticos, cartones, sacos de dormir, puestos de café. La Puerta del Sol despertaba con el cielo limpio, y los primero rayos de sol doraban la torre del reloj. Pero era el día de la indignación, que sus razones tenían para ella, de la rebeldía,  de la insumisión.  Una cosa llamada Junta Electoral Central había dicho que la acampada y la manifestación convocada para el sábado preelectoral eran ilegales, ja, ja.

3

Otro mayo, otros tiempos. A Dios y al misterio de su santa madre les había desplazado hacía tiempo la democracia. Y como la democracia tampoco hacía los milagros más elementales, pensó Benito, había sido desplazada por Democracia real Ya. Que, una vez instaurada en el poder, seguramente sería sustituida por Democracia Según me Vaya o por Democracia Si me Mola aunque el estado de derecho diga lo contrario.

-Tenemos razón-pensó Benito.

Y sin darse cuenta convocó a la humanidad entera para que acudieran allí canturreando por lo bajini: Venid y vamos todos…

Todos irían a derribar no a la señora de la Casa de Correos, aunque no les cayera demasiado bien. Sino esa especie de divinidad laica llamada democracia que había sustituído a la divinidad fetén y que ahora tampoco servía.

-Qué bueno…¡Vuelvo a sentir la fe! –gritó Benito entusiasmado- ¡Vuelvo a poner un altar!…

Los que le rodeaban le miraron estupefactos.  Estás grillado, le dijeron algunos llevándose el dedo a la sien. Y a él mismo se le heló la sonrisa imaginando que en unos años, si la utopía no lo solucionaba todo, tendría que volver a dormir sobre cartones en la Puerta del Sol.

Dominique. Listo, pero no tanto

Parece mentira, pero hasta los políticos más listos siguen sin conocer los principios más elementales de su oficio...

1

Lo dijo muy finamente y en francés, que es su lengua, pero no dejó lugar a dudas.

-Dominique fue siempre muy listo para el polinomio. Pero algo tonto para los recados.

Fue la declaración de la portera de la casa natal de Dominique Strauss-Kahn a la revista chismosa  Le lapin déchâiné.

Y sin embargo lo hechos habían desmentido hasta entonces. Dominique había hecho una gran carrera política, los matrimonios más provechosos y un prestigio que le permitía vivir como un pachá y ser la gran esperanza blanca de la izquierda francesa.

Vous savez, mon ami-subrayaba en su diario inconfesable- El corazón a la izquierda, pero el bolsillo a la derecha.

Lo otro en el centro, entre las dos piernas. Y muy en forma, según se adivinaba en su hoja de servicios especiales.

2

Al otro lado del Atlántico, en una prisión del Estado de Nueva York, el viejo profesor del M.P.S. (Master de Politiques pour la Survivance) monsieur Brocarde visitaba al que había sido su alumno favorito.

-Pero hombre de Dios…-le dijo- Mira que te lo avisé. .

-No me percaté.

-Sí, ¿no te acuerdas? Te conté un chiste que era toda una lección.

-No me acuerdo del chiste.

-Aquella madre que despierta al hijo: levántate, hijo, que son las siete. No quiero, madre. Recuerda que tienes que asearte, vestirte, desayunar y coger el autobús. Que no, madre, que tengo mucho sueño. Recuerda que debes ir al colegio. Que no me da la gana, madre, que no voy. Hijo…¡recuerda que eres el profesor!

Dominique le miró con cara de pavo. Se acababa de caer del guindo, y evidentemente estaba atontado por el golpe. No se podía imaginar lo que le había pasado. Entre rejas, que no eran las del cabecero de la cama de un hotel de lujo. Qué injusticia, qué atropello. Qué falta de consideración-pensó.

3

-También os dije que lo escribierais en vuestros cuadernos y lo grabarais bien en vuestra conciencia-volvió a la carga monsieur Brocarde.

-El qué.

-El aforismo latino sobre la ejemplaridad de los políticos: la mujer del César…

 -No me diga más:¡Calpurnia!-interrumpió Dominique visiblemente excitado- La ví en unos mosaicos…Qué buena estaba… Y cómo me ponía, me la hubiera tirado.

Monsieur Brocarde pensó que el director del FMI no tenía remedio. Tampoco se explicaba cómo era posible que los políticos olvidaran que hay cosas que no se pueden hacer. Y que, si se hacen, no se pueden saber. Y que, si se saben, acaban con el político que las hizo.

-Tan listo no será –murmuró al despedirse de su antiguo alumno-O será que tenía razón la portera. Listo para los libros, tonto de remate para los recados y además más rijoso que un macaco…

Y salió de la calle preguntándose por qué, y a pesar de que el ojo público cada día deja pasar menos granujadas,  los tipos así se siguen metiendo  en política.

 

 

Doblando las campanas

1

Ang Lee titulaba una de sus últimas películas  de esta forma sorprendente: Deseo, peligro. Esta eran las tensiones que latían en la tremenda historia que contaba su filme. Woody Allen continuó con Vicky Cristina Barcelona la moda de bautizar las películas como si fueran telegramas. Bastan tres palabras como tres flashes para resumir el contenido de una hora y media de cine. Mejor eso que la chorrada de titular en inglés. Así que se lo compramos, giramos el kaleidoscopio por el que miramos habitualmente el deporte y los cristalitos de colores componen espontáneamente estas cuatro palabras: Canaletas Cibeles Pedreña Lorca. Sobran hasta las comas.

2

Mientras el Barcelona celebraba su Liga y el Madrid su Copa la ciudad de Lorca lloraba porque su tierra se había estremecido y además de derribar edificios había hecho sangre entre los suyos. Lorca, cuyo equipo de fútbol apenas asoma en este periódico, robaba de esta manera el primer plano de la actualidad. Guardiola y Rosell tuvieron el buen gusto de ponerle sordina entonces al clamor del Barça Un respeto, que ha habido víctimas bien cerca, y en esto también debemos mostrar nuestra sensibilidad, sugerían. Aday Santana, jugador del equipo murciano, que tantos avatares deportivos ha sufrido la última década, lo ratificaba en MARCA: “nunca te imaginas que esto puede ocurrirte nunca”. Nunca te lo imaginas.

3

El deporte es un mantra social, una especie de realidad virtual en la que sólo cabe el éxito, el triunfo, la evasión, la gloria. Es la terapia del pueblo llano. Para miserias, bastantes con las que tiene en casa, en el trabajo o, aun peor, en la cola del paro. Cuando en esta constelación de esperanzas que rodean a nuestros ídolos o a nuestros equipos favoritos aparecen las sombras de la tragedia y la muerte, estas duelen y hacen llorar más que si asoman en otros ámbitos de la vida. Se creía que Seve tenía que ser inmortal como los dioses del Olimpo. A los que le veíamos hace unos meses en el Foro Marca –que, desde entonces, se ennoblece con su apellido- se nos hace difícil creer que aquel genio que con tanto entusiasmo promovía su fundación y prometía volver a jugar los cuatro  hoyos de Saint Andrews haya muerto. Quizás no sea así. Seguramente sólo está en comisión de servicios en la eternidad porque al jefe se le ha antojado jugar al golf como Dios. Y, naturalmente, le necesita de maestro.

4

Aún así, deporte español, además de vibrar en Canaletas y Cibeles, tenía que estar en Pedreña enterrando las cenizas del admirado Ballesteros. Pero a última hora, y después de conocer las aterradoras noticias, también en Lorca, donde el terremoto segó nueve vidas y arruinó mucho más que lo que se ventila en un campo de golf o en cualquier final de temporada de fútbol. Era cuestión de solidaridad o de simple delicadeza. Probablemente el equipo de Aday Santana ni sepa qué le espera la próxima jornada. Poco importan estas cosas cuando se siente tan de cerca la tragedia.

5

Apenas hacía dos días que el belga Weylandt se estrelló contra una pared y pasó a ser el cuarto ciclista muerto en accidente en la historia del Giro de Italia. Otro aviso más de que el deporte, como la vida misma y como la película de Ang Lee, es deseo, y a veces también peligro. El caballero medieval de El séptimo sello practicaba un deporte tan poco arriesgado como el ajedrez, pero al otro lado del tablero jugaba la muerte. Esa partida la jugamos todos, deportistas o no. Así que celebremos lo que haya que celebrar, pero con respeto y sensibilidad por los que nos han dejado justo cuando algunos cantan victoria. Las campanas que hoy doblan por Seve, por Weylandt o por las víctimas de Lorca, como decía el poeta John Donne, doblan por ellos, pero también por todos nosotros.

Memorias de un bellaco

"Miente como un bellaco quien diga que hemos hecho recortes sociales"...

1

-La escritura es la vida –se dijo Julio-Lo he leído siempre, creo que hasta Jorge Semprún tituló así uno de sus libros.

Porque Julio, como buena parte de los que tienen el gusto de escribir, pensaba que era ya la hora de completar una novela. La gente cree que sólo es escritor el que escribe novelas. Así que él decidió escribir la suya, presentarla a algún premio y ganarlo para consolidar su biografía.

-¿Qué hizo Hemingway?-razonaba-Novelar su vida. Es verdad que yo no he estado de corresponsal en ninguna guerra, ni he cazado en África,  ni he subido al Kilimanjaro, ni he vivido los Sanfermines, ni he pescado en el Caribe, ni he conocido a Ava Gardner. Pero yo también tengo cosas que contar, caramba…

2

Julio sólo era un funcionario. Estuvo a punto de escribir: puto funcionario. Pero se frenó en las primeras líneas. Luego, si acaso, cuando se caliente el relato…Sólo era, escribió, un modesto funcionario. Obviamente había alentado sueños e ilusiones. Cambiar el mundo, hacer una familia, emprender un viaje de aventura…Pero en los últimos años todo se le había venido abajo.

Su mujer había sido despedida de su trabajo. Su hijo mayo también. La niña se había quedado embarazada y había perdido el cheque bebé por no haberlo concebido diez meses antes de que el gobierno suprimiera este premio. Su hermana había entregado el piso que creía haber comprado al banco que le concedió la hipoteca. No lo podía pagar., y así esperaba  saldar su deuda. Pero el banco la perseguía, porque no se conformaba con eso. Los buitres siempre quieren más.

Luego miró a sus bolsillos. Le habían congelado el sueldo. Le habían subido los impuestos. Le habían alargado el tiempo de cotización para poder jubilarse. Cada vez que paraba en una gasolinera imaginaba que la manguera era un lanzallamas que le iba a freír según llenaba el depósito de su moto. A la compañía eléctrica que le suministraba la energía le gustaba electrocutarle cada dos meses con una factura que ponía los pelos de punta. O gasearle, porque ahora también suministraba el gas.

-Y no te descuides, pequeño-creyó escuchar de boca de uno de los barandas de la energía- Porque aún podemos darle un par de vueltas más a tu escroto…

Le dio un escalofrío.

3

Finalmente pensó en su anciana madre impedida, sentada en su silla de ruedas mientras veía pasar su vida con la sempiterna mirada de alienadita inocente. Como muchos otros, esperaba que se pusiera en marcha ese Plan de Dependencia que no terminaba de llegar.

-¿Y qué escribiría Hemingway con este bagaje?- se preguntó.

Quiso ser optimista, y recordó que sus compañeras Virginia y Pepa, nivel dieciocho, se habían casado gracias  la legalización del matrimonio homosexual. Pero en conjunto le parecía una vida tan agobiante y oscura que  cuando terminó la novela no se atrevió a titularla.

4

Tuvo que ser el presidente el que, esta vez también, saliera en su ayuda. No otra cosa había sido su mandato de siete años: sólo servir a los más desfavorecidos, ampliar sus derechos sociales y repartirles los beneficios del estado del bienestar. Sembrar felicidad, en suma. Últimamente parecía ligeramente deprimido por la contumacia de las encuestas. Pero estaba en campaña, y con ondear de las banderas y el clamor de los pelotas y los palmeros se vino arriba.

-Miente como un bellaco quien diga que hemos hecho recortes- dijo en el mitin del día.

Y Julio, que lo escuchó por la radio, suspiró. Ya sabía que su novela habría de titularse Memorias de un bellaco.


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